martes, 8 de mayo de 2012

ALEGRÍA DEL HOMBRE TRISTE. CARLOS "COCO" MENESES.


ALEGRIA DEL HOMBRE TRISTE


 Nadie es totalmente alegre ni completamente triste. Los dos estados de ánimo se reúnen en una misma persona aunque uno de ellos destaque por encima del otro. Las proporciones de ese mestizaje son las que suelen determinar que a una persona se le considere más triste que jovial o al revés. La poesía y la narrativa de César Vallejo, alcanzaron una considerable altura a partir de 1923 cuando abandonó su país, el Perú, y fue a residir a París donde falleció en 1938. La impronta sobre todo de sus poemas siempre se ha considerado de tono desesperanzado. Sin que eso signifique desmedro para una obra de tan elevada categoría. 


   Escribir con lágrimas en vez de tinta no es un capricho es a lo que obliga un país desbastado, hambriento, con profundas desigualdades sociales, raciales y económicas como lo es el Perú. Eso tampoco niega la posibilidad de tener poetas festivos, de  mostrar buen humor y mencionar aspectos jocosos. Nadie puede dudar que la poesía de Vallejo, también la prosa y el teatro,  reflejan la realidad de un país cautivo en manos de la minoría que sucedió a la vigencia del colonialismo instaurado desde el descubrimiento de América por Colón.


    Han pasado los años, más de cien desde el nacimiento del poeta de Santiago de Chuco (1892) ligeramente menos de un siglo desde la publicación de su primer libro “Los Heraldos negros” (1918), Tres cuartos de siglo de la muerte en París (1938) de ese hombre que sabía lo que era (y tristemente aun es) el sufrimiento de su pueblo y su voz no calla. No es sólo la lóbrega visión de esas enormes diferencias citadas, la precisa observación del dolor de quienes durante quinientos años han padecido el rigor de los amos, es  la belleza herida de su verso. Un verso que capta ayes, injusticias, que penetra en el motivo de la lágrima pero que no traiciona la poesía.  En el alma de los poemas vallejianos está el retrato de la aflicción de la inmensa mayoría de peruanos, como la sencillez de la bondad del autor. 


   Las biografías totales y los atisbos biográficos que se han publicado por centenares contienen anécdotas cuajadas de humor de Vallejo. No el humor negro que sí lo tenía y lo practicaba. El humor sencillo que muchos le han negado al poeta peruano, encerrándolo en una caja de pesimismo, angustia, dolor. Pasó por todas esas situaciones pero también supo lo que hay en la otra orilla, la optimista o alegre. Un libro que tuvo escasa circulación titulado: “Vallejo en la encrucijada del drama peruano” de Ernesto More, que contiene una veintena de entrevistas a personas que conocieron al poeta en París y que cuentan anécdotas tristes y alegres sobre él. La aflicción de Vallejo por la desgracia del pueblo peruano no le impidió sus “recreos” en bares, sus largos viajes dentro de Europa y las seducciones de muchachas francesas con las que compartió su vida.


   Creer que si la poesía realizada por un poeta o por centenares de ellos brota impregnada de dolor impulsa a un país hacia la desgracia, como se ha llegado a decir en Lima de toda la obra de Vallejo, más que tildar de error ese concepto habría que señalarlo de necio. La poesía no cambia el destino de ningún país, más bien recoge la imagen del país, del habitante de ese país. Muestra al ser humano hundido en su desgarrada vida. O enseña – como logra Vallejo genialmente -, las dimensiones de ese dolor y las circunstancias nefastas que lo convocan. No querer o no poder ver los mensajes de nuestro gran poeta es propio de una enorme ceguera.


    Cuando Vallejo en su poema “Espergesia” dice : 
                                           “ Yo nací un día
                                               Que dios estuvo enfermo”


     
 No está dando una opinión como la de un político, un profesor o como un analista de una sociedad cualquiera. Está dando a conocer la profundidad de su pena y la desgracia de haber nacido sin el apoyo de Dios al que considera como el gran amparo con el que debería contar todo  ser humano. Justamente lo que Vallejo siente que se le ha hurtado a él y otros sí  han alcanzado. Pero él es el ejemplo, la muestra, que nos está diciendo nací en la orfandad. Vivo huérfano de ayuda. Esta es mi desgracia, esta es la vida. Aún alcanza sonidos más tétricos, no con el ánimo de causar pesar en el mundo. El mundo es como es al margen de lo que él pueda decir. El no es el creador de un planeta injusto, es la voz que expresa las terribles desgracias  de la vida. Su obra  poética o narrativa no es un museo de pesimismo. El poeta se ha encontrado con ese museo y lo describe con su voz herida.
La tristeza de Vallejo no es un capricho. Es una consecuencia.  En su narrativa  se pueden encontrar más que llantos denuncias. Es la palabra señalando como un dedo gigantesco esas diferencias infamantes que abruman a un país. El hombre que con arte y valentía arremete contra quienes  recelan y llegan al desprecio absoluto de quienes pertenecen a otra clase social, son de otra raza y, por supuesto, de  escasas o casi nulas posibilidades económicas. En el cuento titulado:”Paco Yunque”, está concentrada la visión que el narrador tiene de la sierra peruana. Cómo ese desprecio por el indio se va heredando de generación en generación. El hacendado lo fomenta en sus descendientes y estos lo demuestran, lo convierten en patética realidad contra el representante de esa clase maltratada que es el niño que lleva el nombre del cuento y que va al único colegio de la zona, donde se reúne con esos niños privilegiados.
 Esos hijos de hacendados son los que le cierran el paso a Paco Yunque. Vallejo no inventa, no destila pesimismo como se le ha querido achacar (y si destilara pesimismo y lo hace con arte, bienvenido sea) pone su don de la escritura al servicio de un pueblo. Paquito representa el triste mundo andino. Vallejo lo rodea de muchachos que lo menosprecian, que obstruyen su discurrir por el colegio y, lo más grave, impiden que pueda alcanzar el mismo nivel cultural que ellos. Unas pocas páginas bastan al gran poeta de Santiago de Chuco, para mostrar todo ese conjunto de adversidades que sufre Paquito, y que es en realidad el sufrimiento que soporta toda una raza.


     Aunque ha habido muchos intentos de reunir toda la obra de Vallejo bajo un mismo título aunque sí en varios tomos, siempre después una publicación de ese estilo aparece un poema no tomado en cuenta, un relato, un artículo periodístico que se había extraviado. De donde se determina que la obra total es casi imposible de reunir. Vallejo hallándose en Europa escribió sin descanso. Practicó periodismo como sustancial colaborador de las más importantes revistas peruanas de aquellos años. Publicó un extenso reportaje sobre la Unión Soviética en 1931. Y En España su novela “Tungsteno” fue un grito a favor de los obreros de las minas, fue muy aplaudida y se mantuvo como uno de los títulos más importantes de 1930. 


   El verso de Vallejo impacta, emociona, obliga a reflexionar. Eso tal vez es lo que algunos, muy pocos en realidad, rechazan o creen puerilmente que es perjudicial. Lo que defienden no es que contaminen de pesimismo una región o un país, lo que molesta es que el poeta pida igualdad, que todos tengan los mismos derechos, que desaparezca la 
perjudicial idea de que unos son superiores a otros. Muchos han visto y siguen viendo lo mismo que vio Vallejo, pero no todos han podido manifestarlo como lo ha hecho él, lanzar una solicitud para lograr un trato digno para quienes sufren duramente las consecuencias de la mala distribución de la economía.


   Su continuo lamentarse, como un herido de muerte por la indiferencia humana, se encuentra en muchos de sus libros y especialmente en los de poesía. Por ejemplo en “La cena miserable” cuando dice:


                      




                         “Hasta cuando estaremos esperando lo que
                             no se nos debe……Y en qué recodo estiraremos
                             para siempre nuestras pobre rodilla!”.




    Quien que haya leído a Vallejo, su poesía, su narrativa, su teatro e incluso sus artículos periodísticos, y que haya comprendido que es portador de un dolor inconmensurable, el dolor de todo un pueblo en el que él está incluido.  Puede hablar de contagio de pesimismo a los demás. Ese contagio no existe, lo que estaba vivo en su época, y lo está también ahora es la injusticia, la falta de solidaridad con un pueblo tantas veces traicionado, tanto tiempo humillado.




Carlos Meneses
 Palma de Mallorca
Abril  2012

domingo, 6 de mayo de 2012

GUMUCIO, AMIGO, EL PUEBLO ESTÁ CONTIGO.

Compromiso
Por Rafael Gumucio.
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Günter Grass acaba de provocar un escándalo mundial publicando en varios de los diarios del mundo un poema sobre el potencial peligro de las armas nucleares israelíes. El poema no me parece demasiado inspirado ni demasiado justo aunque la reacción destemplada no sólo de las autoridades israelíes sino de gran parte de la opinología mundial parece darle finalmente sentido. Las opiniones ahí vertidas no son nuevas ni originales, ni siquiera en la culposa y culpable Alemania. Lo es sí que se expresen en un poema que justamente habla de la dificultad, del miedo, del riesgo de decir "lo que hay que decir" (como se llama el poema) ciertas cosas cuando se es alemán, escritor y veterano de la SS.
Lo que indignó a tanta gente en el poema de Grass no es quizás tanto lo que dice sino la forma en que lo dice, la poesía misma, que escogió para dudar en público, un ejercicio particularmente riesgoso, particularmente prohibido hoy en día, donde se deben expresar en el diario certezas cambiantes y verdades seguras con cifras y datos para más remate. ¿Será ésta la razón por la que la mayor parte de los diarios del mundo han ido borrando de sus páginas editoriales a los poetas y los narradores, la afición que éstos tienen de preguntarse "que hay que decir" que no se puede decir para decirlo ellos?
No pocos sienten alergia ante la figura del escritor comprometido, el que se siente con la obligación de opinar sobre la marcha del mundo en general. La poesía está para ellos fuera del mundo, libre de él. Olvidan que no opinar es también una opinión. La literatura literaria de los años noventa era tan didáctica como la literatura revolucionaria de los sesenta. Uno decía que el mercado estaba mal hecho porque no se parecía al pueblo, la otra que el individuo estaba mal porque no se parecía al mercado. Ni Borges ni Nabokov ni mucho menos Kafka o Proust se liberaron de las preocupaciones de su tiempo. Su literatura fue en cada caso y de manera distinta manifiesto, panfleto y defensa ante distintos tribunales reales o imaginarios.
¿Tiene un escritor que hablar por su país, su región, su gente, su clase, su tribu? Cuando la realidad se desmadra, ¿tiene la literatura que desmadrarse también? Es lo que se han empezado a preguntar, en interesantes polémicas, no pocos jóvenes escritores y críticos mexicanos. Cansados de las ansias internacionales del Crack y otros McOndo, mareados de metaliteratura, ¿no es nuestro deber escribir sobre los sicarios de la droga, los sindicalistas corruptos, las mujeres asesinadas en los descampados del odio? ¿No es un crimen seguir internándose en la vida sin sentido de solteros sin ataduras que se drogan escuchando música de moda sin saber si irse con una beca a Pittsburg u Osaka?
La duda, por razonable que sea, es quizás un coqueto atajo al mismo error: la visión de la literatura como otro continente que hay que preservar o ensuciar, como si no estuviera desde siempre sucio y aparte, aquí mismo y en otro lugar. Tijuana puede quedar tan lejos de Tijuana como Viena. Puede resultar tanto más simple y menos comprometedor investigar un cartel de la droga o hablar de tus problemas digestivos que preguntarse cómo Sealtiel Alatriste, un supuesto plagiario con poco talento incluso en este ultimo arte, llegó a ocupar casi todos los sitiales de poder y prestigio del panteón literario mexicano. La picaresca de los agentes literarios, la mendicidad del periodismo cultural, pero también la soledad o no de los que tratan de decir o no, el esplendor y la miseria de los cortesanos, en México pero también en Argentina, Chile, Perú y para no hablar de la madre patria, una verdadera pionera y maestra en esto de los premios previamente pactados, de los escritores que no escriben, de los críticos que no critican.
La literatura misma donde se gana tan poco, donde se juega sin embargo tanto, puede explicar por qué la corrupción es entre nosotros -los que hablamos en español- no sólo una peste sino también un placer, porque la impureza es nuestra fuerza y nuestra condena. Contar eso requiere un tipo de valor, un tipo de astucia, del que somos apenas capaces. Es cierto, el escritor no debe tener más compromiso que con su arte. ¿Pero qué es su arte más que una serie infinita de compromisos entre lo que ve y lo que sabe, entre lo que quiero decir y lo que puedo decir, entre lo que creo y que mis personajes creen? El escritor no puede a la hora de los tiros o de los tomates levantar su pasaporte de artista y pasar inmune por ninguna refriega. Los que conozco suelen, al revés, quedarse parados en medio del barullo más de lo que es sano, razonable, decente, incluso quedarse. Ese quizás es uno de los compromisos ineludibles del escritor: quedarse cuando los otros se van.

miércoles, 2 de mayo de 2012

CIUDAD DE TERTULIAS. Desde el siglo XIX Barcelona ha cultivado el placer de debatir sobre las letras. Una pasión que no decae.

Barcelona ha sido, ya desde el siglo XIX, ciudad de tertulias. Los amantes -y practicantes- de las letras siempre han tenido tendencia a encontrarse, para hablar no sólo de literatura sino de cualquier otra cuestión que merezca su interés, ya sea el cine o el fútbol. En los últimos años, la actividad de las tertulias no ha decaído y la pasión por el intercambio de pareceres literarios se ha visto además incrementada por la proliferación de los clubes de lectura. Los amantes de las letras se citan, como antaño, en los bares, pero ahora lo hacen también en las bibliotecas y en los foros y blogs de internet

EL INVIERNO DEL DIBUJANTE
Las imágenes de estas páginas dedicadas a las tertulias pertenecen a la obra 'El invierno del dibujante', de Paco Roca (Valencia, 1969). En este premiado cómic (entre otros, premio al mejor guión y mejor obra española del Salón del Cómic de Barcelona), publicado por editorial Astiberri, Roca recrea la vida de los dibujantes de historietas en los años de la España franquista y, entre otros muchos detalles, se puede ver las habituales reuniones de los autores en algún bar, una costumbre común, entonces y ahora, de dibujantes y escritores
Son las cinco y cuarto de una tarde de viernes y Juan Gallardo, alias Curtis Garland, alias Donald Curtis, alias Frank Logan, entre otros alias repartidos en las portadas de dos mil novelas, dice que mañana es la misa por el cuarto aniversario de la muerte de su esposa y que, por tanto, pronto hará cuatro años que existe esta tertulia. Estamos en el Bar Leonés del Paral·lel, en Barcelona. Hace poco que se reúnen aquí: la sede tradicional era El Rincón del Artista, pero tras una discusión con los camareros decidieron no volver. En la mesa se encuentran el editor Gabriel Bravo, el bloguero Juan Carlos Alquézar y los escritores Javier Pérez Andújar, Robert Juan-Cantavella y Juan Gallardo, quien preside la tertulia. Dos invitados acuden hoy por primera vez: el cineasta Francesc Bellmunt y el ensayista Xavier Theros, que han venido a enseñarles escenas de un documental en que trabajan sobre la Sexta Flota en Barcelona y a hablar de aquella época. La de una ciudad desaparecida, que se hundió junto con una mitología popular de cabarets, actores secundarios, poetas malditos y bolsilibros. Curtis Garland nos enseña su última novela, La máscara y la muerte. "Siempre nos trae libros nuevos -me cuenta Robert-, este es la continuación de Las oscuras nostalgias, protagonizada por el mismo detective, donde aparece en portada una foto de Tere, porque a ella le encantaba esa novela, pero no la vio publicada en vida".

En el desaparecido café Delicias, de la Rambla, Moratín instauró a principios del siglo XIX una tertulia literaria que duró lo que sus estancias en la Ciudad Condal. Andersen escribió en la segunda mitad del siglo sobre las conversaciones de la comunidad diplomática en la chocolatería de la Ópera, cercana a su Hotel Oriente. Las tertulias y recitales de Els Quatre Gats contaron con interlocutores como Isidre Nonell, Ramon Casas o Pablo Picasso. La Penya dels Vells del Ateneu Barcelonés estaba formada por figuras del peso de Domènech i Montaner o Àngel Guimerà; la Penya Gran por otras como Santiago Rusiñol, Josep Maria de Sagarra, Carles Riba, Joan Crexells o Josep Pla. Y en su Jardín Romántico los autores locales se encontraron con Unamuno, Baroja, Lorca o Dalí. No hay más que dejarse llevar por la sonoridad de los nombres de algunos extintos bares y cafés barceloneses para recorrer la República y el franquismo: La Luna, El Oro del Rhin, el Navarro, el Términus. En algunos de ellos animó tertulias literarias José María Gironella, que le hace decir a un personaje de Los cipreses no creen en Dios: "Soy un hombre de tertulias".

También José María Carandell fue alma máter de muchas en aquellos años turbulentos, como me recuerda Pedro Zarraluki: "¡Ah!, sería imperdonable no hablar de las que montaba Carandell, yo iba de joven, teníamos que ir cambiando de café, porque cuando nos localizaban los fachas amenazaban con poner una bomba; allí conocí a Marsé, a José Agustín Goytisolo, a un montón de grandes escritores; y luego, después de hablar mucho de literatura, acabábamos tomando copas en Bocaccio". La década de los setenta está atravesada por esa fricción entre escritura y política. Los encuentros en el Velòdrom de Josep Miquel Servià, Vicenç Altaió, Rosa Novell y Miquel de Palol, entre otros, estuvieron marcados tanto por los libros como por el nacionalismo y la ideología. Y por el alcohol, el combustible junto con el café de las tertulias literarias: "A finales de los setenta, y como resultado de un desorden de borrachos, la tertulia se trasladó al Bauma, y entró en un periodo letárgico y acabó teniendo una muerte natural", recuerda Palol. En los años ochenta y noventa, el bar del cine Astoria acogió a Cristina Fernández Cubas, Carlos Trías, Enrique Vila-Matas y Vladimir Herrera, quienes contaron con invitados de excepción, como José Bianco, editor de la revista Sur y amigo de Borges. Y, como recuerda Javier Cercas en El vientre de la ballena, en aquellos años Alberto Blecua invitaba a sus alumnos a asistir a las reuniones del Oxford.

Esa es la historia oficial. O al menos parte de una historia oficial posible. Porque es imposible trazar el mapa completo de las tertulias barcelonesas. Había otros encuentros de carácter artístico, menos conocidos, muchos de ellos protagonizados por mujeres, que tenían lugar en casas privadas. Particularmente importantes, en los años veinte, son los patrocinados por Carme Karr o Narcisa Freixas, frecuentados por Francesca Bonnemaison, que fueron espacios de introducción del feminismo en Catalunya. En el prólogo a Pombo, el libro en el que la editorial Visor reunió en 1999 todos los textos que Gómez de la Serna dedicó al célebre café madrileño, Andrés Trapiello lo deja claro: las tertulias "eran cosa de hombres, por lo mismo que los salones eran cosa de mujeres (por esas mismas fechas funcionaba la de la Pardo Bazán, la de Colombine o la de dos o tres aristócratas literatas), a las que no se veía del todo bien que entraran en según qué cafés y a qué horas". También las redacciones de las revistas, desde la de L'Avenç en la Ronda Universitat a finales del siglo XIX, hasta la de Lateral en el paseo Sant Joan durante nuestro propio cambio de siglo, pasando por las de Destino o Ajoblanco, fueron sedes permanentes de tertulias literarias. De hecho, aunque a veces se constituyan como tales, la mayoría son informales, tienen lugar en cualquier sitio donde se dé cita un grupo de lectores. No hace falta que sea el Bar Glaciar o Casa Leopoldo. Puede ser, sin ir más lejos, el Bar Leonés.

Las tertulias siguen dos vías de composición: la reafirmación de la amistad y la generación de nuevas amistades. Junto al congelador de los helados se suceden los cafés, las aguas, las cañas, algún carajillo, una copa de vino rosado. Empezaron a reunirse "para hablar sobre actores y cine, porque Alquézar es un erudito en la materia, no tienes más que leer su blog Lady Filstrup -me cuenta Pérez Andújar, que viene siempre andando desde el Clot, poco más de una hora de caminata-, y Gallardo, que fue guionista, los conocía a todos". El hecho que dos libros suyos, La noche de América agonizante y Yo, Curtis Garland, fueran publicados por Bravo en su editorial Morsa; y que Robert lo entrevistara para Quimera y lo invitara a escribir un capítulo de Asesino Cósmico, una novela que homenajea la literatura popular española de los años 50, 60 y 70, completó el círculo.

Francisco Caudet, alias Frank Caudett, ha sido en varias ocasiones el invitado estrella, pero cada vez le cuesta más acudir desde l'Hospitalet, por problemas de salud. Juan Gallardo tiene ochenta y dos años, una gorra donde se lee "Madrid" y una sonrisa en plano fijo: "Casi todos los de la vieja Bruguera han muerto, como Escobar, el creador de Carpanta y de Zipi y Zape, que además tuvo alzheimer y olvidó toda aquella época". La editorial impedía de todos los modos posibles que los autores se conocieran entre ellos, para evitar que se organizaran en contra de sus abusos en materia de sueldo y de derechos de autor, de modo que "no teníamos tertulia, por supuesto". Pero eso no significa que, con los años, no formaran su propia comunidad del anillo: Francisco González Ledesma, alias Silver Kane, Antonio Vera, alias Lou Carrigan, Luis García Lecha, alias Clark Carrados, y Caudet y Gallardo.

Quien mejor ha retratado aquella época ha sido Paco Roca en su cómic El invierno del dibujante. Pero se centra en el mundo de los tebeos y no en su universo paralelo: el de las novelas de bolsillo. Para explorar esa dimensión desconocida hay que acudir a Sonrisa de nieve, el blog que el guionista barcelonés Raule le ha dedicado al abuelo materno que no llegó a conocer: Manuel Arsís Solbes, alias M. de Silva. El blog es sobre todo una pequeña enciclopedia de cultura popular, una biografía fragmentaria y un álbum de fotos de familia y de portadas escaneadas; pero también actúa como una tertulia: con comentarios de protagonistas y de lectores y con invitados. Uno de los post documenta la visita de Rafael Barberán y de Àngels Gimeno, alias Ralph Barby, a Las Comidas Frikis, la tertulia que lidera Raule en el restaurante Eucaliptus del Raval barcelonés.

El encuentro nació a principios del 2000, cuando el dibujante Roger Ibáñez, el guionista Albert García y Raúl Anisa, alias Raule, se reunieron en "un Bocatta de la calle Santa Anna, para ver qué podíamos hacer con nuestras ideas y con nuestros esbozos, pero se fue corriendo la voz y fuimos creciendo, llegaron también músicos y estudiantes de letras, pero sobre todo éramos gente del mundo del cómic". Después se trasladaron a otros lugares, como el Viena, el Sitges o el Petit Xaica. Llevan ya tres años en el Eucaliptus, donde se congregan entre otros Josep Maria Martín Saurí, "un mito viviente, un prodigio, sobre todo conocido por sus dibujos de Odiseo", Jordi Ojeda, gran divulgador del cómic español y profesor de la UPC, y muchos de los autores de las historias que se reunieron en Barcelona, un volumen colectivo que publicó Norma el año pasado, fruto de la tertulia y símbolo de su pintoresco espíritu: "Catalanes, gallegos, muchos italianos, Las Comidas Frikis se han convertido en un punto de encuentro de referencia, hay invitados y habituales con quienes después coincidimos en festivales españoles y europeos, incluso hemos tenido descendencia: las Comicomidas de Madrid son hijas de las nuestras".

El coleccionismo siempre se ha entreverado con la conversación erudita sobre los tesoros conseguidos. Por eso tal vez sean dos los núcleos alrededor de los cuales más tertulias han proliferado en las últimas décadas: el Mercat de Sant Antoni y la librería Gilgamesh (en cuyas inmediaciones de Arc de Triomf fueron apareciendo, por el efecto llamada, otras tiendas de cómic y coleccionismo). En este polo hace ya cuatro años que desapareció la tertulia del Bar Mariona, que se fue convirtiendo, bajo la dirección de Pau Martínez y Àlex Vidal, en un club de lectura de literatura fantástica de la Biblioteca Jaume Fuster, que lo aloja desde hace ya seis años. Ese movimiento, de la tertulia informal al club de lectura institucionalizado, se ha dado de forma masiva durante los últimos quince años. Signo de los tiempos.

El primer club de lectura de la red de bibliotecas de Barcelona nació en la Bonnemaison en 1997. En la actualidad son setenta y cinco los clubes en marcha, en treinta y siete bibliotecas y con unos mil doscientos participantes. Hay que sumarles los de los centros cívicos, los de los centros culturales y los de los museos, hasta concebir una red de espacios de debate menos romántica que la de las tertulias de café, pero más democrática y seguramente más popular. Los datos me los proporciona Óscar Carreño, director de programas y cooperación de las Bibliotecas de Barcelona, quien añade: "Otra experiencia que está muy bien es el club internacional BCN-Medellín, un encuentro mensual entre un grupo de lectores de cada ciudad en el que comentamos libros, alternando autores de ambas orillas, lo montamos en el CCCB, a través de la Anilla Cultural y es una experiencia fascinante".

La tertulia on line en tiempos de videoconferencias y talleres virtuales. No hay duda de que para miles de escritores y lectores, Facebook es la Gran Tertulia de nuestra época. Para "ser verdaderamente contemporáneo", escribió Gómez de la Serna, tenían que "vivir en el café". Uno de los modos de serlo ahora es comentar la cultura en los blogs y en las redes sociales, donde espontáneamente se configuran comunidades con un núcleo de habituales y una periferia de ocasionales, que no tienen por qué vivir en la misma ciudad para mantener conversaciones. Y además pueden hacerlo a diario. Qué digo: hora a hora. Minuto a minuto.

La tertulia como contraseña

La deslocalización de la tertulia, no obstante, también puede dar como resultado encuentros en carne y hueso. Es el caso de la Orden de Finnegans, cuyos miembros (Vila-Matas, Eduardo Lago, Jordi Soler, José Antonio Garriga Vela, Malcolm Otero Barral y Marcos Giralt Torrente), con mayoría barcelonesa pero dispersos por varios puntos geográficos, se citan anualmente en Dublín para celebrar el Bloomsday. En La ciutat interrompuda, Julià Guillamon interpreta Historia abreviada de la literatura portátil, de Vila-Matas, como la traslación a la época de las vanguardias y a sus protagonistas de escenas y anécdotas vividas por el autor en locales emblemáticos como Bocaccio. Pocos escritores barceloneses han sido tan constantes como Vila-Matas en la asistencia a conversaciones de café. Desde octubre del año pasado, acude semanalmente al bar Sandor, para reunirse con Juan Marsé, Valentí Puig, Joan de Sagarra, Javier Coma y John William Wilkinson. "Es una tertulia muy cerrada -me comenta-, hablamos de política, cine y literatura, por este orden, con mucho humor, y en literatura no se discute a Dickens, pero tampoco a Kafka, que a fin de cuentas leía a Dickens, pero los demás escritores no son invulnerables, ninguno se salva de alguna pulla".

Otro rasgo propio de las tertulias literarias es su indefinición. Casi nunca son exclusivamente literarias. ¿Encuentro de amigos? ¿Reunión de cómplices? ¿Grupos de estudio? ¿Conversaciones sin más? Según Pablo Raphael, "el Cheers fue una tertulia que caminó de la formalidad hacia la informalidad, de los invitados más o menos formales, como Juan Villoro, a los jueves de fútbol". Nació con la organización del Festival Fet a Mèxic y se instauró en medio de la semana de sus habituales como una isla. Forman o formaron parte de ella, con las idas y venidas propias de las raíces mexicanas, entre otros, Roberto Frías, Emiliano Monge, Fernanda Álvarez, Edson Lechuga, David Colmenares y Paz Balmaceda. Frías recuerda que "el concepto mismo de la tertulia parece algo que los mexicanos no terminábamos de experimentar sin haberlo ensayado en España misma, quiero decir, habiendo crecido en México con el referente, gracias a nuestras familias, las familias de otros amigos, o la cultura mexicana misma de la segunda mitad del siglo XX, donde la tertulia instaurada por los exiliados españoles marcó con fuerza el renacimiento de esa actividad". Ese microcosmos aparece retratado en el cuento La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco, de Max Aub. Son legión los escritores mexicanos que crecieron con la imagen de aquellos exiliados, muchos de ellos maestros, reuniéndose en los cafés para hablar de los libros que se oponían a la dictadura.

En verdad la tertulia del Cheers -cuyo nombre es un homenaje a la teleserie- se reúne en un bar llamado Mr. Brown. Las tertulias son máscaras. Y contraseñas. La fábrica del lenguaje S.A., de Raphael, está dedicado al Cheers. Y la dedicatoria del libro de artículos póstumo de Juan José Saer, Trabajos, reza: "Al clan Putget". También en varias tesis doctorales se encuentran esas mismas palabras. "A finales del 2005, después de la publicación de mi libro El lago de los botes, el primero que publicaba en Barcelona -me cuenta Edgardo Dobry-, tuve la sensación de que algo pasaba, y de algún modo quise prolongar ese entusiasmo y generar un espacio de encuentro donde gente con afinidad intelectual y personal pudiera encontrarse". El espacio fue doméstico, entre amigos y vecinos. La consigna, que alguien enviara por e-mail proyectos en marcha para que se hubieran leído el día de la reunión. El núcleo fue argentino y estuvo compuesto por Nora Catelli, su marido, el psicoanalista Jorge Belinsky, y el propio Dobry. Pasaron por las tertulias, entre otros, Marietta Gargatagli, Alberto Caturla, Ana Basualdo o Lluís Maria Todó. "Lo interesante del grupo era su transversalidad a todo: edades muy distintas, nacionalidades diversas, disciplinas también distintas, duró, creo, un par de años, porque no quisimos institucionalizarlo".

Antoni Martí Monterde, en Poética del Café, habla de tres estructuras posibles del café como institución, desde los años sesenta hasta ahora: formas epilogales, en las que se impone la melancolía por encima de la nostalgia, que continúan con ciertos hábitos modernos que supuestamente la posmodernidad habría descartado, como sería el encuentro físico; formas epigonales, estas sí nostálgicas, representadas por los simulacros de cafés y por las franquicias temáticas; y formas atópicas, cuyo máximo representante sería el Claudio Magris de Microcosmos, donde se demuestra un compromiso ético con las obras que surgieron de las mesas de ciertos cafés de Trieste, cuyo legado tiene que ser defendido. Después, escribe: "La búsqueda de locales donde, sencillamente, a pesar de las estructuras actuales, sea concebible la lectura y la escritura, pasa a ser así algo más que un gesto. Esa conciencia es, radicalmente, conciencia de presente".

Sigo en el Bar Leonés. He perdido la cuenta de las rondas y de las veces que ha sido mencionada Tere. Bellmunt nos ha mostrado imágenes de su documental en el i-Phone. Pérez Andújar ha hablado sobre su último libro, Paseos con mi madre. Me pregunto si volverá a casa caminando o en autobús. La primera novela policial de Gallardo fue La muerte elige. Nos cuenta que está en racha con las quinielas, que lleva varias semanas ganando, que si acumula suficiente dinero quiere publicar otro librito en Morsa y financiarlo él en esta ocasión. El recuerdo de su difunta esposa envuelve la tertulia como papel plástico de burbujas, como si estos encuentros fueran equipaje frágil que viaja amenazado, a trancas y barrancas, hacia el futuro. Esos hombres, junto al congelador de los helados, son puro presente. No se me ocurre en este momento nada más contemporáneo.
JORGE CARRIÓN.
CULTURA. LA VANGUARDIA, O2/05/2012.

domingo, 29 de abril de 2012

RAMOS ROSA COMO SI HUBIERA ESTADO EN 4 DÍAS ENTRE PÁJAROS Y ÁRBOLES.


POEMA DE ANTÓNIO RAMOS ROSA.


El constructor está reunido con algunos amigos alrededor de una redonda mesa de piedra,  en la terraza. Uno de ellos abanica un viejo fogón de barro donde va poniendo a asar sardinas plateadas y un poco gruesas que luego se vuelven rubias sobre la parrilla de la cual se elevan pequeñas y centelleantes llamas que proceden del carbón. El ambiente es en extremo agradable porque desde allí se ve la larga franja azul de un río entre pinos y eucaliptos y porque el aire es suave  y el follaje oscila levemente y da una sombra fresca y tranquila. Este instante del encuentro es un privilegio único. En él reina la alegría y la palabra es fácil, transparente y llena de energía que difunden los árboles verdeantes de amplias copas, la tierra de un jardín  un poco salvaje, los fermentos vivos de la brisa, el espacio solar y la pureza ácida de los frutos y las semillas. El instante es vivido en la plenitud de los elementos que, imperceptiblemente, se combinan y constituyen la integridad viva de la presencia del ser. La conciencia no se percata de la intrincada y olorosa trama sutil de todo lo que la estimula y la proyecta en el círculo vivo del instante siempre inicial. Poco se habla de la construcción, la leve e incandescente construcción, pero esta animada y vivificante pausa es ahora una construcción de la amistad en la apertura del encuentro y la participación recíproca en la esfera del ser. La separación individual deja de regir el comportamiento de los que participan en el encuentro y la palabra opera la metamorfosis del yo que, de este modo se convierte en el centro abierto de los impulsos afectivos y eufóricos reflejados en el círculo luminoso y ardiente del encuentro. Por esta razón el constructor siente que la obra está en movimiento en la palabra viva de los que están sentados entorno a la mesa redonda de piedra bebiendo un poco de vino y comiendo las doradas sardinas que uno de ellos va pasando desde la parrilla situada sobre las brasas de las que se elevan pequeñas llamas centelleantes, en el viejo fogón de barro, que ese amigo aviva con un pequeño ventalle de pajas entrelazadas.
(del Aprendiz secreto).Traducción de Clara Janes.

miércoles, 25 de abril de 2012

MOTIVO PARA LEER A TERESA CABRERA


No esperaba encontrarme en el trapecio de Ranhuailla con la juventud soñada, armada su femenino con la Forma estable y definitiva de toda ensoñación que es un rezo en la bahía o es un rezo en el desierto, perfil de beso en el desierto iluminado por las olas del deseo donde no hay deseo. Como no hay deseo en la poesía de Olvido García Valdés o en las novelas de Clarice Lispector.
Tampoco esperaba encontrarme con la pobreza esencial de ropa tendida en el cordel de la tarde azul anaranjada como un paisaje de Rothko.
Pobre lector el mío que amaba una sonoridad siempre a punto de perderse tras una idea suprema y universal. Y, sin embargo, pobre lector  el mío que se maravilla con La Forma Poética: pez de miel y roca, ave de pez y neblina.
Soledad pura de desierto puro que besa el pez con su pico de plata. El fin del afán de Martín Adán. Lima en sus afueras como una tentación de silencio. Allí ha construído Teresa Cabrera una poesía tan próxima al trapecio de Orión y tan dibujada por la arena de sombras que es la neblina en su significación mayor.  Me atrevería a decir, me atrevo a decir que después de Blanca Varela y Magdalena Chocano es Teresa Cabrera la llamada a ocupar su sitio en la sucesión atróz de la gran poesía hecha por mujeres en ese Perú que es Lima . La palabra seca y desmigajada ha cobrado su presa sutil: amor o madre aguardo/como cualquier peruanito/ su forma de pan en el desayuno/ u otra presencia/ aún más olorosa y divina.
Vladimir Herrera.

lunes, 23 de abril de 2012

CUATRO GENERACIONES JUNTAS. POETAS PERUANOS.

Cuatro poetas peruanos y cuatro generaciones juntas entre Ranhuailla y Urubamba. Rodolfo Hinostroza en primer plano, Vladimir Herrera con sombrero (cuándo no?), Filonilo Catalina en polo, y Robert Baca al fondo. La foto es de Dulce Massó Bonacella.

viernes, 20 de abril de 2012

GONZALO HERRALDE Y MARIBEL MARTÍN DESDE LEJOS.

Este recortado recorte además de las bondades de la antigua fotografía periodística nos trae a la memoria el amor que le profesábamos a esta bella, yo de más lejos, digamos que desde la galería: Pero Gonzalo Herralde la dirigió en Últimas Tardes Con Teresa y aunque no haya salido una palabra de la boca del tiempo el viento dice que aquel director obró con fascinación a un tanto así de la inocencia y la crueldad. V.H.
Días de viejo color: Últimas tardes con... Maribel Martín (




martes, 17 de abril de 2012

IMAGEN BREVE DE LA GENERACIÓN DEL 70. O NO SÓLO EN LIMA OCURREN COSAS.


Pintura de Victor Humareda


LA 
MARGINALIDAD EN LA GENERACIÓN PERUANA DEL 70       
  
La sensibilidad de la generación del 70 peruana se inscribe en un clima generalizado en este momento en Latinoamérica, que en parte se adscribe al movimiento beat, y dentro de éste no sólo a las lecturas literarias, determinantes sin duda: la sensibilidad de esta época la determinan también las drogas, la música beat y sus grupos emblemáticos, el cine rodado en América, y las presencias de Allen Ginsberg en Lima y Jack Kerouac en el Cusco. Como sugieren estas anécdotas, no sólo en Lima ocurren cosas: en el Cusco, el poeta Américo Yábar da un recital esposado, protegido por el  poeta consagrado Cholo Nieto; Raúl Brozovich se pasea con Jack Kerouak por la Plaza  de Armas comiendo helados. Este momento también se convierte en uno de conexión latinoamericana y europea. Acuden a Lima escritores europeos y latinoamericanos; y luego, debido al éxodo tras el primer momento de relación con la revolución peruana de Velasco y sus órganos periodísticos, se genera un circuito que se amplía por la errancia latinoamericana de la época.  Toda esta marginalidad internacional da una serie de productos poéticos que examinaremos a la luz de la gestión de esa marginalidad que se vuelve a veces, para algunos, una etiqueta de  autodefinición defendida como un espacio conquistado.
Helena Usandizaga

lunes, 9 de abril de 2012

UN EXTRAÑO ANIVERSARIO. USANDIZAGA ESCRIBE SOBRE OSVALDO LAMBORGHINI.




Que Osvaldo Lamborghini no era ningún angelito –ni falta que le hacía- ya lo sabíamos; que era un extraordinario y salvaje escritor, también. Así que la anunciada relectura de sus años barceloneses, para corregir aspectos de la biografía de Strafacce, sugiere quizás la reparación de los fantasiosos nombres de lugares de encuentro o del sesgo más o menos malintencionado que adquieren algunos personajes de Barcelona en esa biografía. Los sobrevivientes de aquellos años lo hubiéramos hecho con los ojos cerrados.
Pero los errores llaman a los errores y se produce el hecho cómico de que cualquiera que escribe sobre Lamborghini en Barcelona los vuelve a cometer y los reinventa (incluso Gregorio Morán en su ferviente y mucho más sugerente presentación en una de sus sabatinas de La Vanguardia, el 25-26/12/2009). Así que los olvido, y sigo leyendo para ver qué propone el joven escritor y periodista Jorge Carrión.
Entiendo que se trata más bien de una reinterpretación de la figura de Lamborghini en Barcelona, pero tras un inicial desencuentro con la viuda de Osvaldo, la aportación se convierte en un curioso ejercicio de descalificación ad hóminem –y ad mulierem, porque Hanna recibe varias estocadas-. Se diría que el único defensor de Lamborghini en aquellos años fue Marcelo Cohen, pero el sincero afecto que recuerda y la sabiduría que intercambiaron quedan como soslayadas por sus coincidencias (respecto a la virulencia del duelo verbal) con Toni Marí, impresionado en especial por las discusiones sobre Hegel que tuvo con Lamborghini. El anecdótico desencuentro que el texto articula como batalla entre “los Marí” y la menos institucional unidad Hanna/ Osvaldo -la desclasada y su mantenido-  refiere, así presentado, a un tejido de lugares comunes que insisten en el perfil asocial de los dos, una casi demonización que ya detectó César Aira evocando a otro Osvaldo que yo también conocí:
En estos últimos años la leyenda ha hecho de Osvaldo un «maldito», pero las bases reales no van más allá de cierta irregularidad en sus costumbres, la más grave de las cuales fue apenas la frecuencia en el cambio de domicilio. Para unas normas muy estrictas pudo haber sido un marginal, pero nunca, de ninguna manera, el esperpéntico fantasmón que un lector crédulo podría deducir.
Osvaldo era un señor apuesto, atildado, de modales aristocráticos, algo altivo pero también muy afable. Su conversación deslumbraba invariablemente. [...] Vivió rodeado de admiración, cariño, respeto, y buenos libros, que fueron una de las cosas que nunca le faltaron. No fue objeto de repudios ni de exclusiones; simplemente se mantuvo al margen de la cultura oficial, con lo que no perdió gran cosa.
Del prólogo de César Aira al libro Novelas y cuentos, publicado por Ediciones del Serbal, 1988. http://www.literatura.org/OLamborghini/intro-aira.html
Nada que ver con el personaje de este artículo: al final, el texto remacha la imagen de Osvaldo y Hanna en espejo, con la teoría de que cada uno fue la obra maestra del otro, lo cual,  después de los perfiles trazados, sugiere una dudosísima ironía.
Y, también al final, me vuelve a la mente el principio del artículo de Carrión: Hanna, al recordar a quienes frecuentaba Osvaldo, habla “sobre todo de Vladimir Herrera”, que no parece existir en estas líneas. Aquí llega.
Helena Usandizaga

miércoles, 4 de abril de 2012

LOS TRADUCTORES DE TABUCCHI.

 
LOS TRADUCTORES DE TABUCCHI (fragmento)

Capítulo aparte, pero no exento de interés, es el que hace referencia a los traductores de Tabucchi en España. La primera traductora de su obra fue Carmen Artal, conocida por sus versiones de Bruno Munari,de Melandri o de Andrea de Cario, así como de Baudelaire entre otros. A ella se deben Dama de Porto Pim, Nocturno hindú y El juego del revés. Joaquim Jordá, conocido como traductor de Leonardo Sciascia o Giorgio Manganelli, además de por sus versiones de M. Foucault, o de Rousseau, y traductor, a su
vez, de autores catalanes al castellano (entre los que cabe citar a Quim Monzó, Ferran Torrent o Pere Calders). substituyó a C. Artal en Anagrama para Pequeños equívocos sin importancia y La línea del horizonte entre 1987 y 1988. Sin embargo, los mayores traductores de Tabucchi al castellano son
Javier González Rovira y Carlos Gumpert, que ha traducido conjuntamente toda su producción restante (excepto Un baúl lleno de gente, obra de Pedro Luis Ladrón de Guevara), y se han especializado en Tabucchi desde 1991, siendo por su parte, Gumpert el traductor habitual de Tabucchi para la prensa periódica española. Anagrama ha presentado casi exclusivamente su obra a esta lengua, haciéndose cargo de los derechos de traducción (que ha cedido tan sólo para Un baúl Heno de gente, ensayo literario sobre la obra de Pessoa, como decíamos) desde hace años, con singular perspicacia, y buena fortuna desde que ha sobrevenido el boom editorial de Tabucchi a mediados de los 90. En catalán, sin embargo, la discontinuidad observada en las editoriales se repite en lo referente a los traductores, y ni siquiera la exclusividad de
derechos que ostenta Edicions 62 ha propiciado una continuidad en este sentido. Las primeras traducciones, presentadas por Pórtic, son obras de Salvador y Marta Albertí, dos traductores más conocidos por su dedicación a trabajos de lingüística y diccionarios de catalán. El valenciano Joan Francesc Mira, conocido como estudioso de la obra de J. Fusíer, además de por sus colaboraciones en prensa (en el semanario nacionalista "El Temps", concretamente), es el responsable de la versión catalana de Nocturn a f india, por su
parte. Xavier Riu, profesor de Filología Clásica y traductor habitual de Edicions 62 es el encargado de la traducción catalana de la muy exitosa Afrima Perira, mientras que Somni de somnis... es obra de otro traductor habitual de la casa y editor, Jordi Comudella, conocido por dar a conocer a Roberto Pazzi, además de por sus estudios de la obra de J. Camer. Y por último, Pep Julia, traductor del inglés de Alian Brown o Gerald Durrell, entre otros). Son, como vemos, traductores profesionales en su mayoría (excepto en los primeros casos), pero ninguno muestra, desgraciadamente, la especialización y el conocimiento del universo tabucchiano que se advierte en el terreno de la traducción al castellano. Sin embargo, resulta obvio que a partir de la mitad de los 80 en castellano y de los 90 en catalán, la producción de Tabucchi es presentada al público por parte de traductores de renombre en sus respectivos campos, lo cual es índice del prestigio adquirido por el autor, y a la vez, como pez que se muerde la cola, una de las causas que ha contribuido a dignificar la calidad de las traducciones. La reciente profesionalización de la traducción, quizá determina, no obstante, que no hallemos escritores entre las filas de los traductores de la obra de Tabucchi, a diferencia de lo que venía siendo habitual en otras épocas. Con la excepción de Joan Francesc Mira, traductor,
como hemos dicho, de Nocturn a L´India en catalán. Sin duda Tabucchi, no siendo un escritor de masas, sino un autor cuya calidad literaria y constantes referencias histórico-literarias lo alejan de la producción literaria de consumo, ha conseguido llegar al gran público. Su reconocimiento es, de hecho, previo al boom editorial, acaecido a mediados de los 90, dado que ganó numerosos premios literarios con anterioridad, desde el "Medici Étranger" de 1987. El año 1994 es el de su verdadera consagración como escritor en Italia, al ganar Sostiene Pereira el premio Campiello, el ViareggioRapaci o el Premio Scanno. Pero lo cierto es que su traducción a 16 idiomas se debe principalmente al éxito de la película homónima. Habrá que ver, pues, a
partir de ahora, cuál será su evolución en el futuro, y cómo se comporta la recepción de su obra en el ámbito hispano.

Assumpta Camps
Universidad de Barcelona.

domingo, 1 de abril de 2012

COLUMNA DE VERANO DE MAURICIO ELECTORAT




Columna de verano
por Mauricio Electorat 

 

     El tema de esta columna es el eterno retorno. El eterno retorno del verano, en primer lugar y, también, el de ciertas lecturas y estados de ánimo, por decirlo con una expresión antigua. Es que el verano tiene algo de anulación del tiempo... El tiempo del verano es moroso, líquido, solar, enrarecido, onírico... Digámoslo de una vez: en verano, uno tiende a no existir. Por lo menos, no como se existe de marzo a enero: positiva, empírica, histriónicamente en el teatro del mundo... ¿No se ha dado cuenta que en febrero usted, y todo lo que usted supone, tiende a desaparecer? Sobre todo si se queda en casa, porque irse de vacaciones equivale a distraerse y eso es hacerle trampa al único momento del año en el que el misterioso paso del tiempo nos señala con su lento dedo veraniego una verdad irrefutable: la de la desaparición, la de su desaparición y la mía.  
     Cualquier alma más o menos literaria o sensible (¿hay almas literarias insensibles?, a lo mejor) sabe a estas alturas que el tiempo, como quería Borges, es circular. Que la historia y las historias se repiten, como se repiten los personajes y sus circunstancias. Hablo de las vidas de la gente común y corriente, no de las de los personajes de la literatura, pues cualquier alma sensible sabe también a estas alturas que las novelas imitan la vida, que es el verdadero territorio —el humus— en el que echa raíces toda literatura (después están las vanguardias, las "deconstrucciones", las novelas sobre la novela o sobre la "posibilidad de la novela", pero en el principio era la vida, ¿cómo podría ser de otra manera?). Para volver al tema, yo por ejemplo estoy convencido de que mi vida es, en cierto modo, una repetición de la de mi abuelo, un emigrante francés que llegó a Buenos Aires a los dieciocho años y luego se radicó en Valparaíso, como yo llegué a Barcelona a los veintiuno y luego me radiqué en París hasta muy entrada la cuarentena. ¿Se ha imaginado usted que su vida puede ser el retorno, la recreación, digamos, de la vida de otro? ¿Y de la vida de quién sería, si fuera?  
     Quizás por esto el verano —el verano casero, no el de los lagos y playas cuya agitación está pensada justamente para ahorrarle a usted la extraña sensación de inexistencia, o de tiempo circular, o de eternidad, pues todo ello viene a ser más o menos lo mismo— es una época propicia para reanudar ciertas lecturas. Digo esto porque este verano, como el verano pasado, he estado leyendo En busca del tiempo perdido. Proust, Marcel, es una excelente lectura de verano, pues habla precisamente del paso del tiempo, de ese tiempo moroso y eterno de los caserones de provincia y de los salones de esa provincia del tiempo que es el París decimonónico; y no sólo "habla" del tiempo, sino que lo reconstituye en su esencia misma, que es precisamente su fluír, su moroso caudal que hace y deshace vidas y novelas. Y su milagro, su arte, es que lo reconstruye mediante la escritura. Una novela sobre nada, se proponía escribir Flaubert al comenzar La educación sentimental. Y, obviamente, el resultado, es una novela sobre la futilidad de todo empeño humano y sobre la decadencia de la burguesía en la Francia del siglo XIX. Pues bien, La recherche..., como se la conoce en francés, es una vasta saga literaria sobre nada, una especie de monumento sobre el paso del tiempo y, con ello, sobre la escritura. Yo leo a Proust, este verano, los anteriores y, sin duda, los que vendrán. Y también a Balzac que es, como todo el mundo sabe, no sólo el inventor de la novela negra (lean, por favor, Esplendor y miseria de las cortesanas) sino, como decía Cendrars, el inventor del mundo. Algunas páginas de Proust, algunas de Balzac, mientras afuera, los "maestros" (curioso que llamemos así a los obreros) pintan la casa de algún vecino escuchando radio Corazón. Escucho yo también retazos de esas historias de amor, de despecho, de personas que buscan a otras personas, o sencillamente de gente que llama para pasar el tiempo... Si Proust y Balzac hubiesen vivido en este Santiago, seguro que habrían escuchado radio Corazón.