domingo, 5 de agosto de 2012

RES MÍSTICA: LA GRAN POESÍA DE ELQUI BURGOS.



Elqui Burgos como Vallejo tiene su Paris. Su Paris que no es el de Vallejo. Palpablemente existe en ambos Poesía en su dolor, aunque nos preguntáramos siempre cómo es que algunos, los mejores, hacen arte en esa enredadera. Y, del dolor sacan su suerte como esos monitos pintones en las ferias que en papelitos coloridos entrega el organillero a esos que  asisten que somos nosotros. Una jugada magna si no fuera porque el propio corazón se queda co-ju-do con esta poesía que ha atravesado los siglos de la soledad más perfecta. Más inigualable, al conjuro de un Stalingrado de amor, de cuerpos y de ángeles. Porque la poesía de Elqui Burgos ha debido ensayarse en una cárcel de pasiones con un diamante por brújula con el que el poeta iba rayando La Luz y La  Forma del poema: cada poema tratado como un cuerpo con hambre: cada poema tallado con ese diamante de infinito. El resultado ha sido esta Res Mística, estos poemas amargos y secos como la yerba de Urcos cuando ha dejado de llover. “Amarga y seca la soledad cuando no ha aprendido uno a alimentarse de ella” dice García Calvo y, sí pues, amarga y seca la maravilla escrita cuando ya poco se esperaba de un poeta y su grandeza.
Vladimir Herrera.

viernes, 3 de agosto de 2012

FLOR DE AMOR, UN CUENTO DE CARLOS MENESES.



 


Flordeamor

En enero le brotaron claveles rojos mientras leía la carta que él le había escrito. Toda la familia, estupefacta primero, alborozada después, la rodeó cariñosamente. La madre, tras besarla emocionada, fue la primera en arrancarle las flores y comprobar que eran tan naturales como las de cualquier jardín. Luego, pidió a sus otros hijos que salieran a venderlas aunque, como es lógico, se reservó unas cuantas para ella. Al día siguiente fue el padre el que quedó absorto cuando vio a su hija nuevamente cubierta de claveles, los que con presteza la fueron arrancados y vendidos en la ciudad. Así se sucedieron los días hasta la llegada de febrero y, en medio de los suspiros y cándidas miradas a lontananza producidas por una nueva carta, nacieron hermosas margaritas que la familia en pleno se encargó de recortar. En ese mismo mes llegaron dos cartas más, coincidiendo con la frondosidad del florecimiento. El padre, muy satisfecho con la novedad, decidió abandonar su trabajo en la fábrica y montar una floristería. Al mes siguiente brotaron magnolias. La madre estuvo muy contenta porque era su flor favorita. Poco a poco todos los hermanos dejaron sus respectivos trabajos y comenzaron a cumplir tareas en el flamante negocio del padre. Cuando llegó el mes de abril hubo alegres apuestas entre los familiares. Unos aseguraban que nacerían crisantemos, otros creían que serían azucenas. Pero pasaron los primeros días sin que brotara una sola flor, lo que causó cierto pánico en el hogar, hasta que alguien recordó que habían transcurrido semanas sin que el cartero llamase a la puerta. En esos días de escasez epistolar, ella salía de su casa y mirando hacia el horizonte suspiraba candorosa, como si estuviese orando en silencio hacia las lejanías. Fue justamente en esos momentos de dulce clamor esperanzado en que se solía sumergir, cuando unos pálidos pero bellos y enormes gladiolos la empezaron a cubrir desde la cabeza hasta los pies. La familia, convencida de haber superado el mal momento, respiró tranquila y miró con optimismo hacia el futuro. En los días subsiguientes, no obstante no llegar carta, siguieron brotando gladiolos sin cesar hasta la entrada del mes de mayo. Una noche, mientras padres y hermanos discutían en la sobremesa, y no sin algún temor, qué flor les daría ese mes, tuvieron la oportuna visita del cartero. La madre descubrió una letra extraña en el sobre. El padre, muy previsor, sugirió leer la carta antes de entregársela. El tema fue motivo de discusión  durante algunos días, pero las diferencias cesaron cuando vieron que la dulce enamorada empezaba a cubrirse de orquídeas. La familia, sumamente regocijada, aunque no totalmente alejada del miedo, se reunió una noche mientras ella dormía. El cambio de opiniones entre padre e hijos estuvo a punto de ser agrio pero, finalmente, reinó la cor-dura. Al final, todos estuvieron de acuerdo en no decirle una sola palabra acerca de la decisión que habían tomado. La hermana mayor quiso saber qué harían en el caso de que la enfermedad avanzase y les llegara una triste noticia. Un gesto de terror se apoderó de todos los familiares que debieron sentir, por un momento, la amarga sensación de enfrentarse nuevamente con la imagen de la pobreza. No obstante, de inmediato se dieron ánimos unos a otros, diciéndose que no sería un mal grave, y que tratándose de un hombre joven, tampoco sería de larga duración. Terminado el mes de mayo y ante la ausencia de noticias, a alguno de los hermanos se le ocurrió la falsificación de una carta y a otro la fabulación de un mensaje oral que les traía un amigo. Pero debieron desistir de tales remedios porque a los pocos días comenzaron a florecer camelias. Transcurrida otra semana, una mañana la madre, acostumbrada a acercarse muy de madrugada a la cama de su hija, con el fin de ser la que le arrancase las primeras flores, tuvo momentos de horrible angustia al encontrarla desprovista del más leve rastro de florecimiento. No se atrevieron a preguntarle qué le estaba pasando, pero sí trataron el caso entre ellos. Aterrorizados la escuchaban llorar en las noches y, a veces, hasta la veían hablar y gesticular en su oscura soledad, con una delicadeza y una abnegación que les parecía que él se hallaba frente a ella. Ante el imponente temor de que el jardín se marchitase totalmente y para siempre, decidieron urdir una treta. Decirle, casi indirectamente, como si hablasen de estrellas o de países inefables, que sabían de su propia llegada. Sin embargo, ella no parecía escucharles, y no hacía más que suspirar entrecerrando los ojos. La madre, en esas mañanas frías en que llegaba con paso cansino hasta su cama, repetía quedo pero junto a sus oídos, el nombre del muchacho. La hermana mayor tenía a su cargo el espíritu de la farsa, y aseguraba que un amigo de él la había llamado para anunciar que él vendría en días muy próximos. Cuando ocurría todo esto ella sólo atinaba a sonreír débilmente y era en esos precisos instantes cuando, tímidamente, brotaba alguna camelia, y toda la familia miraba con ansiedad la cara, el pelo, las piernas, en espera de que nacieran otras flores más. Tras una noche de horribles presentimientos y forzadas cavilaciones, pues había concluido el mes de junio sin contar con la presencia del cartero, la madre acudió como siempre, casi a la alborada, a la cama de la inocente enamorada y, al verla, no pudo contener un grito de estentóreo jubilo. La cama estaba cubierta de flores que se desbordaban y caían al suelo. Claveles, lilas, magnolias, rosas, azucenas, crisantemos. Una deliciosa fragancia y una hermosa variedad de colores. Llamó a voces a todos los hermanos, quienes aun soñolientos llegaron junto a ella y se asombraron ante el prodigio. La tarea de recoger flores del suelo, de sobre los muebles, de la cama, se inició de inmediato. Unos agachados, otros a gatas, iban recolectando las rosas, los claveles, los crisantemos. Los depositaban en canastas, trasladando estas, cuando llenas, a las otras habitaciones. Trabajaban febrilmente, con la satisfacción pintada no solo en los ojos, sino en cada movimiento. Tenían la seguridad de que la crisis estaba superada, de que el miedo debía quedar atrás. Alguno no podía evitar una risa nerviosa de alegría. Otros indicaban que se terminara de recoger todas las flores del suelo para luego continuar con las de la cama. Ninguno, ni la madre que solía hacerlo casi siempre, se preocupó por arrancarle las flores que le cubrían la cara y besarla en la frente. Sólo cuando el suelo quedó limpio, se decidió a acometer esa tarea. Fue en ese preciso instante cuando se escuchó la voz del cartero que traía una nueva carta. Todos quedaron quietos una fracción de segundo, pero luego continuaron en lo suyo. El padre descubrió una letra desconocida en el sobre, nervioso lo desgarró y leyó en voz baja, enrojeciendo tras cada palabra. La madre buscó con ahínco el rostro de su hija bajo las gardenias, bajo las violetas y los claveles. Los hermanos quisieron descubrirle los pies y siguieron llenando canastas con flores. Mientras el padre se dirigía a ellos para comunicarles el contenido de la carta, los hermanos y la madre seguían luchando, con más rabia que pena, por encontrarla debajo de las últimas flores.

 

Carlos Meneses

 

 

 

 

sábado, 28 de julio de 2012

UNA GRANDE DE MÉXICO: MARICRUZ PATIÑO.


A propósito de Justine

... dice Durrell que la pareja
es un animal bicéfalo
por eso yo
prefiero andar a solas con mi propio cuerpo
yo se que
el beso casto enloquece a las bestias
haciéndolas bramar
Y eso es hermoso

Lo mejor sería
un solo cuerpo sin cabeza
un corazón radiante y bueno
que pueda sublimar el recuerdo salado
de las futuras lágrimas, digo
cuando los cuerpos vuelvan a sus cabezas
y se digan adiós

Sí, inventar un espejo de cuatro dimensiones
en el que reposar despiertos
haciendo el amor en otro mundo.




Horneada sentimental
(fragmento)

Te tomamos Ciudad primero paso a paso
descubrimos tus calles, el miedo en tus arterias
la depresión y el odio o el llanto de un niño que duerme en la azotea
también y como aretes falsos brillan tus ropas, tus comercios
y yo te asalto Ciudad porque me siento sola y despedida
porque de ti quisiera tantas cosas que al fin y al cabo son historias
porque en el juego del mundo
yo me invento unos sueños
sueños con participaciones colectivas
fantasmas que la misma Ciudad nos proporciona
para vivir un mito sin creerlo
para danzar la penitencia al son de las máscaras
Carnaval y miseria dejan en el olor tus huérfanos:
Aleluya ciudad y en ella entramos sin burro y sin palmeras
desnudos solitarios anestesiados dispersos
sin saber muy bien qué juego nos domina
que ángel en ella nos detiene.




Maricruz Patiño (1950) Ciudad de México. Poeta. LIBROS DE POESÍA: La circunstancia pesa (1979), Voces (1984), La prosa de un viaje desesperado (1990), Larga vigilia (2002) y Del mundo y otros cielos (2004).

miércoles, 18 de julio de 2012

ESPLÉNDIDA IRACUNDIA. UNA ANTOLOGÍA FASTIDIOSA.



Abelardo Oquendo le llama  Antología Fastidiosa  a esta hecha por López Degregori, Chueca, Güich y Susti. Lo cierto es que por fin salió a la calle a qué sino a trajinar. Lo que hacen todas las antologías que a parte de inconclusas y arbitrarias nos sirven para entonar el himno de la Naranja Mecánica  al mismo tiempo que nos depositan en un tiempo benevolente, emocionándonos con una época o un clima o una manera de hacer poesía, digo. A los que por un azar llegamos a formar parte de esta u otra antología nos invade la iracundia de una generación, la propia, que a regañadientes se ve retratada, junto a otras, jóvenes aún aunque prontas al climaterio. Y es que cuarenta años de poesía cualquiera quisiera volver a tenerlos. Veinte años no son nada y diez menos. Antología fastidiosa le llama Oquendo porque intuye que a parte de la cola que ya trae, vendrá con ella el vendaval y la carraspera de los poetas que como decía Vallejo no nacen ni mueren (son los más). Lo importante es que el libro como tal esté allí, publicado y bien publicado, y que además sirva para ir poniendo las cosas en su lugar.
Vladimir Herrera.




martes, 17 de julio de 2012

1932, El GRAN LIBRO DE ODISEAS ESTENOP0ULUS.

Luna descalza.
Temor de los amantes
En la orilla.
Afuera los comunistas
Sueñan del mar
La guerra que viene.
Amanece.
Odiseas Estenopoulus. 1932.

martes, 10 de julio de 2012

LA FOTOGRAFÍA Y EL ACERTIJO.

Juntos no parecen iguales. En esta foto vemos a Rulfo casi indignado por estar ahí. El otro mexicano es Sergio Pitol. Distingo al chileno Enrique Linh y al ecuatoriano Adoum. Están Scorza, Monterroso, Ribeyro, Brice. Algunos españoles me resultan inubicables: ¿Muñoz Molina?. Las damas se ven apetitosas todas y prefiero no nombrarlas para no meter la pata. Mario Vargas Llosa estaba en el aeropuerto de Orly-París esperando al comunista Gustavo Valcarcel por lo que no llegó para la foto. No es raro. Así era Mario.
V.H.

viernes, 6 de julio de 2012

JAIME GARCÍA TERRÉZ TRADUCE A SÉFERIS

 


SOLSTICIO DE VERANO

1

El mayor de los soles en un lado
y del otro luna nueva
lejos de la memoria como aquellos pechos.
Y en medio el abismo de la noche estrellada
el cataclismo de la vida.

Los caballos en las eras
galopan y transpiran
encima de los cuerpos esparcidos.
Allá van todos
y esta mujer
a quien miraste bella, un instante
encórvase ya no resiste más arrodillóse.
Las piedras de molino muelen todo
y todo en astros se convierte.

En vísperas del día más extenso.


2

Todos tienen visiones
por más que nadie lo confiese;
van y aseguran que andan solos.
La magna rosa,
estuvo siempre aquí
a tu costado sumergida en lo profundo del sueño
tuya y desconocida.
Pero apenas ahora que tus manos la tocaron 
en sus remotos pétalos 
has sentido caer la pesantez compacta del danzante
en el río del tiempo— 
borbollón tremebundo.

No disipes el hálito que te acordó 
este respirar.


3

Con todo en este sueño
degenera el ensueño fácilmente
en pesadilla.
Como el pez que brilló bajo la ola
y en el cieno del fondo se sumió
o bien camaleón que cambia de color.
En la ciudad vuelta prostíbulo
rufianes y cuerpos públicos
pregonan encantos podridos;
la muchacha traída por las olas
luce una piel de vaca
para que la monte el torillo;
al poeta
los chiquillos le lanzan deyecciones
mientras ve cómo sangran las estatuas.
Es preciso que salgas de este sueño;
de esta piel fustigada.


4

En la demente dispersión
a diestra y a siniestra por encima y abajo
revolotean las basuras.
Sutiles humos deletéreos
paralizan los miembros de los hombres.
Las almas
apresuradas a dejar el cuerpo
tienen sed y no hallan agua por ningún sitio;
fíjanse acá fíjanse allí a la ventura
pájaros atrapados en varetas;
inútilmente se debaten
tanto que no resisten más sus alas.

La región se reviene sin cesar 
jarro de tierra cocida.


5

En narcóticas sábanas envuelto 
el mundo nada tiene que ofrecer 
salvo este final.
               En la cálida noche la marchita 
sacerdotisa de Hécate
con los pechos desnudos arriba en la terraza 
implora un plenilunio de artificio, mientras 
dos impúberes siervas que bostezan 
revuelven filtros aromáticos 
en calderos de cobre. 
Hartáranse mañana los amadores de perfumes.

El fuego y los afeites de ella son iguales 
a los usados por las trágicas 
un yeso ya resquebrajado.


6

Por los laureles
por las blancas adelfas
por la espinosa peña
y el mar de vidrio a nuestros pies.
Recuerda la túnica que miraste
abrirse y deslizarse sobre la desnudez
y caer al redor de los tobillos
muerta—
si así cayera este sueño
entre los laureles de los muertos.


7

El álamo en el pequeño huerto
su respirar mide tus horas
noche y día;
clepsidra que los cielos llenan.
Bajo la fuerza de la luna sus hojas
arrastran en el blanco muro negras pisadas.
Hay en el borde unos cuantos pinos
y detrás mármoles y luminarias
y hombres así como son los hombres.
Pero el mirlo gorjea
cuando viene a beber
y algunas veces oyes el canto de la tórtola.

En el pequeño huerto de diez pasos de largo
puedes ver cómo cae
la luz del sol en dos claveles rojos
en un olivo y una exigua madreselva.
Admite quién eres.
                             El poema 
no lo sumerjas en los hondos plátanos 
nútrelo con la tierra y la roca que tienes. 
Para mayores frutos— 
los hallarás cavando en el mismo lugar.


8

El papel blanco rígido espejo 
sólo devuelve lo que eres.

El papel blanco habla con tu voz,
tu propia voz
no la voz que te place;
tu música es la vida
ésta que has dilapidado.
Es posible ganarla de nuevo si lo quieres
si te cebas en esa indefinida cosa 
que a regresar te impulsa 
al punto de partida.

Viajaste, muchas cosas has visto muchos soles 
tocaste muertos y vivos 
el dolor percibiste del muchacho 
y los quejidos de la mujer 
el amargor del niño inmaturo— 
y lo que percibiste se abate sin sostén 
si en este vacío no pones tu confianza. 
Tal vez encuentres allá lo que creíste perdido; 
el brote de la juventud, la justa 
          sumersión de la vejez.

Tu vida es lo que diste 
este vacío es lo que diste 
papel blanco.


9

Hablabas de cosas que no veían los demás 
y éstos reíanse.

Boga con todo en el umbroso río
contra la corriente;
cursa los caminos incógnitos
a ciegas, obstinado
y busca palabras enraizadas
como el olivo de múltiples nudos—
y déjalos que rían.
Aspira a que también el otro mundo
en la hodierna sofocante soledad habite
en este presente dilapidado—
déjalos.

El rocío del alba y el viento del mar
existen sin que nadie lo demande.


10

A la hora en que los sueños se vuelven verdad 
al despuntar el día 
vi los labios abrirse 
pétalo a pétalo

En el cielo brillaba una delgada hoz. 
Temí que los segara.


11

El mar que nombran la serenidad
barcos y velas blancas
brisa desde los pinos y el Monte de Egina
respiración jadeante;
resbalaba tu piel sobre la piel de ella fácil y cálida
cual incipiente pensamiento que se olvida al punto.

Pero en los médanos 
un pulpo arponeado lanzó tinta 
y en el fondo—
si pudieras pensar hasta donde terminan 
            las hermosas islas.

Mirábate con toda la luz y la tiniebla que poseo.


12

Agítase ahora la sangre
al bullir el calor
en las venas del cielo virulento.

Pretende trascolarse a través de la muerte 
para encontrar la bienaventuranza.

La luz es pulsación
más y más lenta cada vez
piensas que va a detenerse.


13

Un poco más y se detiene el sol. 
Los espíritus del alba 
soplaron en las desecadas caracolas; 
el pájaro cantó tres veces
            tres veces sólo; 
la lagartija en la piedra blanca 
queda inmóvil
mirando la yerba requemada 
allí donde se deslizó la culebra. 
Un ala negra traza una profunda brecha 
arriba en la cúpula del azul— 
átala, que se abre.

Dolor de la resurrección.


14

Ahora,
con el plomo fundido de las adivinanzas* 
el centelleo del mar estival,
la desnudez entera de la vida;
y el pasar y el parar y
          el acostarse y el incorporarse
Como el pino en pleno mediodía
por la resina sojuzgado a engendrar la llama se apresura
y no soporta ya el dolor—

grítales a los niños que junten la ceniza 
y la siembren.
Lo pasado pasó justificadamente. 
Y aun lo que no pasó
debe quemarse 
en este mediodía con el sol enclavado
en el corazón de la rosa de cien pétalos.


miércoles, 4 de julio de 2012