Este es el mundo que nuestro querido paisano y marqués Vargas Llosa pretende que no existe. Y no sólo en su Utopía Arcaica sino en todos los márgenes de su obra. Esta muestra no es de hace cuarenta años, sino de hace algunos domingos. Es la prueba de que la vida cotidiana en las alturas del Perú perdura en la ropa de estas mujeres hecha con sus propias manos: hilada y tejida con lanas de alpaca y oveja que ellas también crían. Entonces, ¿alguien se equivocó en el camino que trae de Damasco a Urcos? O alguien teme que su obra sea fecundada por el olvido y more en el limbo del nunca jamás? ¿Quién es alguien? V.H.
DE ENTRE LOS HOMBRES, EL POETA ES EL QUE VIVE MÁS CERCA DE LOS ANIMALES Y DE LOS DIOSES. Teixeira de Pascoaes.
domingo, 28 de septiembre de 2014
sábado, 27 de septiembre de 2014
EL VALLE DE LOS POETAS INCORREGIBLES.
Hay que subir hasta los cuatro mil metros para lograr estas fotografías del Valle de Los Poetas Incorregibles. En la parte central que señala el río se distinguen El Apu Wiracochan (femenino) y el Apu Ccori Orcco (masculino). Entre ambos, como rompiendo las montañas pasa el Río Vilcanota que luego de infinitas vueltas terminará llamándose Amazonas. Bajo las nubes del fondo está el Cusco. En el segundo momento el sol caprichoso se oculta tras la nube y un arbusto lanceolado se entreteje con el cielo de rigor. V.H.
viernes, 19 de septiembre de 2014
UN DIBUJO DE TERESA KAMEYA Y UN POEMA DE MATE DE CEDRÓN DE 1974.
ESCENA
Todos tienen su mujercita
La más triste, pobre y sucia mujercita
Pero la tienen y la mantienen
Y la muestran a la calle o la ocultan en la casa. Muchos se casan y son hijos o padres o esclavos Otros buscan otra mujer siempre,
y van solos de negro en las procesiones o llevan flores en la solapa
y saben que la procesión va por dentro
O hacen anotaciones en libros grandes como plazas Son poetas Escriben Poemas
Y tienen y no tienen su mujercita/vaya derecho
En cambio los que se van, los que todo el año
miran el rostro de las muchachas
los que sin alharaca parten,
Los que no tienen una pálida mujercita en la cocina
-porque después de todo no tienen nada-
Esos, los poetas de marras los aquelarres, están solos
Aquellos
Sólo tienen la boca de la reina victoria para besar
y la muerden y la pintan
pero viven lejos de su reino
deseando.
De Mate de Cedrón, Lima,1974.
deseando.
De Mate de Cedrón, Lima,1974.
V.H.
viernes, 5 de septiembre de 2014
domingo, 24 de agosto de 2014
Del portugués António Osório.
HABLA DANTE
Yo, güelfo blanco, estoy agradecido
al largo exilio y a los gibelinos.
Pérfidos unos y otros pan amargo
me dieron. Y yo les di y a Florencia
y al mundo, mi infierno.
Todavía vivo y el suyo, muerto.
António Osório.
(1933)
Traducción de Angel Crespo.
Yo, güelfo blanco, estoy agradecido
al largo exilio y a los gibelinos.
Pérfidos unos y otros pan amargo
me dieron. Y yo les di y a Florencia
y al mundo, mi infierno.
Todavía vivo y el suyo, muerto.
António Osório.
(1933)
Traducción de Angel Crespo.
lunes, 18 de agosto de 2014
BUENA MEMORIA DE LA REVISTA TRAFALGAR SQUARE. Y FOTO DE LEO TARIFEÑO, AUTÉNTICA.
Melancolía, saca tu dulce pico ya;
no cebes tus ayunos en mis trigos de luz. César Vallejo,
Los heraldos negros
Trafalgar Square, revista de poesía y ficción, apareció en Barcelona en la primavera de 1983. El editor era Vladimir Herrera, y aglutinaba a un grupo de amigos -Cristina Fernández Cubas, Carlos Trías, Paula Massot, Enrique Vila- Matas, José Luis Vigil...- que se encontraban preferentemente de noche y a menudo en el mágico entrepiso del bar Astoria, al que se subía por una escalera desde el vestíbulo del cine Astoria, como si fuera una vivienda oculta o un lugar clandestino: la escalera, creo que enmoquetada, llevaba a un salón cuyos ventanales se abrían a la calle, como en un barco navegando sobre la ciudad nocturna. Estuvieron también cerca, en estos primeros momentos, Tomás March y Gabriel Giménez Emán, y después se unieron amigos de todas procedencias.
La revista fue como una plaza para conversar, como un mar que unía tierras firmes e islas, un lugar de confluencia que así definía su editor: “Es un lugar de encuentros. Citas de una cifra latina o quechua. Tenso límite de una forma en un acantilado. Revista de poesía, sí, y de ficción, donde la dulce Eulalia, por fin de olores y asonancias, es la adormidera junto a un lago lejano como la luna de un país
no cebes tus ayunos en mis trigos de luz. César Vallejo,
Los heraldos negros
Trafalgar Square, revista de poesía y ficción, apareció en Barcelona en la primavera de 1983. El editor era Vladimir Herrera, y aglutinaba a un grupo de amigos -Cristina Fernández Cubas, Carlos Trías, Paula Massot, Enrique Vila- Matas, José Luis Vigil...- que se encontraban preferentemente de noche y a menudo en el mágico entrepiso del bar Astoria, al que se subía por una escalera desde el vestíbulo del cine Astoria, como si fuera una vivienda oculta o un lugar clandestino: la escalera, creo que enmoquetada, llevaba a un salón cuyos ventanales se abrían a la calle, como en un barco navegando sobre la ciudad nocturna. Estuvieron también cerca, en estos primeros momentos, Tomás March y Gabriel Giménez Emán, y después se unieron amigos de todas procedencias.
La revista fue como una plaza para conversar, como un mar que unía tierras firmes e islas, un lugar de confluencia que así definía su editor: “Es un lugar de encuentros. Citas de una cifra latina o quechua. Tenso límite de una forma en un acantilado. Revista de poesía, sí, y de ficción, donde la dulce Eulalia, por fin de olores y asonancias, es la adormidera junto a un lago lejano como la luna de un país
simbolista, imaginista, lleno de verdadera fe y de
prestigiosas fugas” (Vladimir Herrera, Trafalgar Square, I).
A pesar de la abundancia de risa de ese momento, se creía
en serio en la poesía y la literatura de cualquier lugar. Era
una globalización avant la lettre, sin capitalismo salvaje, sin
uniformización; era una ciudad ficticia, a la vez modernista
y vanguardista; era un mar de orillas comunicantes: “es el
texto de otro mediterráneo inmóvil y vagabundo,
extraterritorial y fijo, a cuyas orillas, por ejemplo, Barcelona
y Lima conversan”, dijo también Vladimir Herrera
en Trafalgar Square, I. Todavía Barcelona no era
el Titanic(aunque ya no recuerdo cuándo Félix de Azúa
fechó el supuesto hundimiento de la ciudad), y
en Trafalgar conversaban Barcelona y Caracas, Barcelona, y
México D.F, Barcelona y Madrid, Barcelona y Nueva York,
Barcelona y París, Barcelona y Londres, Barcelona y
Santiago de Chile... Y esa conversación incesante llegaba a
las laderas, a los campos, a la sierra, a la costa, a la selva.
Escribieron en la revista sus promotores, por supuesto, y
también autores como Osvaldo Lamborghini, Luis
Maristany, Toni Marí, Laura Freixas, Héctor Libertella,
Tamara Kamenszain, Jesús Ferrero, Óscar Collazos, Óscar
Málaga, Julia Castillo, Miguel de Francisco, Antonio Claros,
Alberto Blanco; se publicaron textos de Ignacio Prat,
Carlos Germán Belli, Carlos Martínez Rivas; Armando
Rojas... y otros muchos que valdría la pena de nombrar uno
por uno, pues, si bien no todos se hicieron visibles luego en
circuitos muy difundidos, siempre en los textos
de Trafalgarestuvo el talento y el fulgor, siempre los
escritores dieron sus textos a la revista con generosidad y
amor al arte, como colaborando a un tono que, releído hoy,
causa sorpresa por su frescura y su brillo, por ese raro don
del talento que amistosamente quería ser visto, leído,
gozado; pero que poco pensaba en venderse o
promocionarse.
La revista se presentaba en cada número como una nueva sorpresa: las dos primeras se imprimieron en la editorial Laertes, que colaboró con su buen hacer; después, los números salían de las manos de Vladimir Herrera, convertido en tipógrafo y editor, y de Montse Badell, que a cada número rizaba el rizo de la exquisitez en la encuadernación. La forma podía ser desde hojas sueltas hasta una miniatura plegada, pequeña joya en su estuche, pasando por el conjunto de regalos tipográficos, con ilustraciones y formatos de página diferentes que fue el número 6. Colaboraron con sus diseños e ilustraciones artistas como Luis V. Flores, Hiroshi Kitamura, Javier Pagola, José Tang... Las correcciones de pruebas, en los bares aledaños a las antiguas imprentas del Poble Sec, ocupaban mañanas enteras; alguna errata se escapó después de una noche demasiado cercana.
La presentación del primer número, en el Astoria, fue un estallido: una noche larga en la que recuerdo a Luis Maristany con el brazo en cabestrillo (se había roto la clavícula), siempre entrando y saliendo por unas puertas secretas que sólo él sabía abrir; a Vila-Matas y Paula bellos
La revista se presentaba en cada número como una nueva sorpresa: las dos primeras se imprimieron en la editorial Laertes, que colaboró con su buen hacer; después, los números salían de las manos de Vladimir Herrera, convertido en tipógrafo y editor, y de Montse Badell, que a cada número rizaba el rizo de la exquisitez en la encuadernación. La forma podía ser desde hojas sueltas hasta una miniatura plegada, pequeña joya en su estuche, pasando por el conjunto de regalos tipográficos, con ilustraciones y formatos de página diferentes que fue el número 6. Colaboraron con sus diseños e ilustraciones artistas como Luis V. Flores, Hiroshi Kitamura, Javier Pagola, José Tang... Las correcciones de pruebas, en los bares aledaños a las antiguas imprentas del Poble Sec, ocupaban mañanas enteras; alguna errata se escapó después de una noche demasiado cercana.
La presentación del primer número, en el Astoria, fue un estallido: una noche larga en la que recuerdo a Luis Maristany con el brazo en cabestrillo (se había roto la clavícula), siempre entrando y saliendo por unas puertas secretas que sólo él sabía abrir; a Vila-Matas y Paula bellos
y brillantes, a Cristina Fernández Cubas con sus fascinantes
comentarios que definían la situación como dardos en la
diana, a Carlos Trías épicamente disertando e inventando
leyendas, a José Luis Vigil con sus apariciones silenciosas y
cómicas, y cargadas de sentido; a Vladimir Herrera
infundiendo vida a todo lo presente... Luego todos nos
subimos sin querer al tren del tiempo, y algunos
descendieron en su estación: Luis Maristany desapareció
por una de sus puertas mágicas; nos dejó; también Osvaldo
Lamborghini se despidió con su remota elegancia; nos
dejaron hace poco Antonio Claros, y, muy recientemente, el
eterno y bello adolescente que seguía siendo José Tang. Y
llegamos a donde estamos ahora: Trafalgar ya forma parte
de lo hecho y de lo recorrido; trazó un arco perfecto y
luminoso, y nos dejó la posibilidad de empezar otra vez,
con menos juventud y menos alcohol, pero siempre
dispuestos a conversar y a dejar fluir la sagrada poesía.
Todavía en el 92, en el último Trafalgar Square de esta
época (casi diez años después del primero), Enrique Vila-
Matas escribió sobre la tertulia del Astoria rechazando la
nostalgia; tal vez ahora, casi 25 años después del comienzo,
nos asaltaría, un paso más allá, la melancolía que hace
vagos y hermosos los recuerdos, pero preferimos dejar que
comience el nuevo arco de Trafalgar, ahora desde el centro
mítico de los Andes peruanos, a orillas del río Vilcanota.
Helena Usandizaga.
Helena Usandizaga.
sábado, 16 de agosto de 2014
SOPHÍA DE MELO BREYNER ANDRESEN. POETA.
SOPHIA DE MELO BREYNER ANDRESEN:
EL POETA.
El poeta es igual que el jardín de las estatuas
Que el perfume del Verano que se pierde en el viento Vino sin que los demás jamás le viesen
y sus palabras devoran el tiempo.
( De En el tiempo dividido)
Traducción de Angel Crespo.
jueves, 14 de agosto de 2014
SEPARATA DE TABERNA DE CIMBELES.
Pequeña traducción de Tomás March.
(Poesía y Fe Religiosa)
La relación capital entre poesía y pintura, entre hombre y arte moderno, hoy en día, es simplemente esta: En una época en la que prevalece tan profundamente el escepticismo, o si no el escepticismo, la indiferencia hacia cuestiones de creencia , poesía y pintura y las artes en general son, en su medida, una compensación a lo que se ha perdido. Los hombres sienten que la imaginación es el próximo gran poder sucesor de la fe: el príncipe reinante.
Wallace Stevens.
jueves, 7 de agosto de 2014
NOCTURNO PARA RAÚL BROZOVICH.
Entre los papeles de Brozovich entregados por él mismo a este humilde editor figuran también algunos bocetos como el que yace bajo estas lineas. La prueba del papel de oficina pública consta en las otras dos fotografías junto al puño y letra de esos poemas. Más claro no puede cantar el gallo.
Nocturno para Raúl Brózovich.
En el número 81 de setiembre del 1988, en la Revista
Harawi de Paco Carrillo aparece por única vez en Lima un
poema de Raúl Brozovich. Se trataba de Toparpa, una
alegoría incásica cuya emoción dramática excedía en
mucho el anfiteatro provinciano en que se había gestado.
La voz de Toparpa al tiempo que la voz del poeta eran la
transparencia misma con que se teje el mito y la
desolación. La personae separatae del poema anuncia una
épica que siempre ha estado escondida en toda la obra de
Brózovich. Una épica urdida bajo la sombra del vuelo de
un ave milenaria y cusqueña a la vez. Croata ruso por su
padre y Mendoza cuzqueño por madre. El poeta, en verdad
nunca se había movido de esta provincia del mundo, donde
le cupo en algún momento conducir a Neruda a
Machupicchu, o comer helados en la plaza de armas para
luego conducir al gringo Keruac, sí, Jack, por las
picanterías de la calle Vitoque. Él que nunca se cansaba de
señalar a la chusma de arriba y a la chusma de abajo como
a los habitantes acérrimos de esta parroquia así llamada.
Algunos pensaron que la chusma de arriba era la de los
aviones y la de abajo la de los aeropuertos, pero dejemos la
cosa allí. Y vayamos de Toparpa a Pop art. No toquemos ya
El Festín de Heliogábalo. Así esta nota tronante llamará la
atención del peliagudo lector, hipócrita al fin y al cabo. 1/
estoy con la cabeza rota/ desplomado como debe ser/
besando el bello cutis de cemento en/manhattan transfer/es la flor salvaje de las radiolas/ lo que apenas escucho
antes de morir/ uno/tiene ganas de reír observando el
múltiple edificio del cielo/o / pisando firme la tierra 2/uno duda/ a mi no me pagan por decir una mentira/
estaba dormido/ amigo/ tu me puedes comprender/ tal vez
sea el viento sólo el viento/ que atraviesa mis huesos de
mariguana/ o la fina llovizna/ miel que brota y deslíe el
puño cerrado de la cabeza/ encontré algo de solidaridad/ (el
sueño conversa conmigo)
Esta cita muestra los infinitos registros con que Brozo
construía sus poemas. Lo mismo que sus dibujos y
pinturas, los construía en servilletas y papel de envoltura
que iba dejando aquí y allá. Fue así como me entregó los
poemas que ahora salen a la luz en una edición bizarra de
Editorial Auqui, la que comienza su nueva época entre
Cusco y Barcelona. Vladimir Herrera.
miércoles, 23 de julio de 2014
TABUCCHI EN LA FOTOGRAFÍA.
Un paisaje arcaico mientras el tiempo envejece de prisa. Con holgura Tabucchi ronronea como un gato y amanece. Es mi voz. Son lo Andes sureños y sus ríos. Aquí abajo transcurre el Vilcanota y tras estas montañas el Apurimac se abre paso a latigazos. Aquí abajo, oculta por las nubes la población se despereza. Nadie sabe exactamente dónde nace el Amazonas. De seguro, más abajo, el Apurimac y el Vilcanota tomarán su nombre. Mientras tanto mi lectura de Tabucchi corre como un río que inunda la mañana. V.H.
martes, 1 de julio de 2014
GRANDE AMÉRICO FERRARI UBICÁNDONOS EN LA POESÍA DE WESTPHALEN.
Emilio Adolfo Westphalen
Américo Ferrari
El nombre y la obra de Emilio Adolfo Westphalen, uno de los mayores poetas del siglo XX, no se puede decir que tenga hoy, a escala internacional, ni siquiera una vaga resonancia aunque se haya muerto el año pasado a los 90 años. Es verdad que los poetas por lo general no suenan ni resuenan mucho; pero es verdad también que después de haber escrito y publicado sus dos primeros libros de poemas (Las ínsulas extrañas a los 22 años en 1931 y Abolición de la muerte en 1933 a los 24 años) Westphalen dejó de escribir y publicar poesía, salvo algunos textos esporádicos. Por mucho tiempo lo único que se supo del poeta fue su silencio. Yo pude leer en 1950 los dos poemarios de los años 30 porque César Moro me los prestó; después no los pude leer más hasta finales de los años 70 cuando Ricardo Silva Santisteban me mandó fotocopias de los dos poemarios pidiéndome un comentario para la revista Creación y Crítica. En 1980 salió por fin en México Otra imagen deleznable con un puñado de poemas escritos y desconocidos hasta entonces y finalmente Alianza Editorial de Madrid se decidió a publicarlo en 1991 aunque con muchas reservas por el riesgo de no venta, y eso, gracias a la rabiosa insistencia de José Ángel Valente que acabó por tratar a los editores de analfabetos porque les estaba presentando a uno de los más grandes poetas de lengua castellana y se resistían a editarlo. Así me lo contó el propio Valente. Y en el fondo, comercialmente, los editores tenían razón: el libro aparentemente no se vendió o muy poco y después de 11 años no creo que lo hayan reeditado. Entre la poesía publicada de Emilio, mencionaré un poemario aparte constituido por nueve textos eróticos que André Coyné encontró en una vieja carpeta que probablemente provenía de César Moro, y que André hizo publicar en la editorial Auqui de Barcelona a cargo del poeta peruano Vladimir Herrera, con el título Cuál es la risa. Visiblemente Westphalen se negó a reconocer esos poemas que no figuran en la obra poética completa publicada por Alianza Editorial en 1991.
Inútil insistir sobre la excelencia de la poesía de Westphalen de la que nos va a hablar Claude Couffon; hay que leerlo u oirlo leer que es también lo que vamos a hacer esta noche. Quiero simplemente hacer hincapié en que, además de gran poeta Westphalen es un excelente poetista, crítico y comentador de poesía. Sus ensayos sobre poesía y arte han sido reunidos en 1997 por la editorial Fondo de Cultura Económica en un volumen de 430 páginas donde hay trabajos memorables sobre poesía y literatura peruana, norteamericana y europea; sobre poesía hispanoamericana curiosamente no hay nada, salvo cuatro líneas elogiosas dedicadas a Macedonio Fernández y a Borges: parece como si las fronteras entre nuestros países estuvieran sobre todo ahí para cortarle el paso a la cultura de un país a otro: estos chiles, perúes y ecuadores / que miro y aborrezco, ha escrito Carlos Germán Belli. Aborrece naturalmente las fronteras, no los países y sus poetas. Una vez le hablaba a Emilio del gran poeta venezolano José Antonio Ramos Sucre, contemporáneo de Vallejo y Girondo: Westphalen no conocía ni su obra ni su nombre.
Los principales trabajos de Emilio sobre poetas y poesía fuera del Perú versan sobre Walt Whitman, William Carlos Williams, Marianne Moore, Ezra Pound, Eliot, Herman Melville, Gerardo de Nerval (así lo escribe él), Lautréamont, Kafka, y el movimiento Dadá; pero prácticamente nada sobre poetas españoles, italianos o alemanes, salvo en un trabajo sobre Dadá, un comentario sobre Hugo Ball, director y poeta expresionista alemán refugiado en Suiza en la guerra del 14 que fundó en Zurich precisamente el movimento Dadá del que después se apoderó Tristan Tzara, y es curioso que no haya escrito, ni dicho en las conversaciones que ha tenido conmigo sobre poesía, una palabra sobre los grandes poetas expresionistas alemanes y austríacos, cuando el expresionismo alemán es uno de los movimientos artísticos y poéticos más importantes del siglo XX, y Emilio conocía perfectamente el alemán.
En cuanto a los poetas peruanos sobre los que ha escrito y que él admiraba más hay que mencionar a Eguren, César Moro, Martín Adán y José María Arguedas; escribió también un excelente ensayo sobre la obra poética de Sebastián Salazar Bondy, uno de los grandes poetas peruanos menos divulgados en el Perú, en América y en el resto del mundo, y quiero recalcar que también redactó una nota sobre un gran poeta casi totalmente olvidado o relegado en el Perú: Luis Valle Goicochea, nacido en 1911, el mismo año que Westphalen, y muerto en 1953: su “translúcido y desolado lirismo no ha obtenido aún (...)¾ni el reconocimiento debido ni la asignación del lugar que bien merece en las letras peruanas”, dice Emilio Adolfo en esa nota que data de 1978: el desconocimiento de Valle Goicochea no se ha movido, pero se puede abrigar la esperanza de que quizá lo descubran en el Perú hacia el 2050... Vuelvo a los cuatro que más quería y admiraba Westphalen: Eguren, Moro, Martín Adán y Arguedas, pero hay que decir que su en relación con Martín Adán había un rasgo particular y es la complicidad entre los dos en el culto y la devoción a la obra de Eguren y que Martín Adán ha expresado en su libro De lo barroco en el Perú. En 1985 en Lima fui a visitar un día a a Emilio: lo encontré demudado y consternado: Martín Adán estaba entonces entre la vida y la muerte y murió pocas semanas después. Westphalen me dijo: -Acabo de ir a visitar a Martín Adán: no me reconoció; al cabo de un rato me reconoció; hablamos de poesía y de pronto me dijo: -Sabes, yo no creo que Eguren haya sido un gran poeta. Este vuelco en los sentimientos de Martín Adán por Eguren visiblemente lo impresionó tanto que años después en una conferencia sobre poesía peruana que Westphalen dio en el Congreso de la República en Lima, repitió prácticamente con las mismas palabras lo que me contó a mí aquel día de 1985. Está en un volumen que reúne las conferencias dictadas en el Congreso.
He dejado para el fin la relación de Westphalen con Vallejo. Profesaba una admiración sin límites por Trilce, admiración que expresa sin reservas en su importante trabajo Poetas en la Lima de los años treinta. Para el resto de la obra tenía muchas reservas que proceden probablemente de la incompatibilidad entre la tendencia surrealizante de Westphalen donde dominan los raudales de imágenes e innegables coincidencias con la visión que tenían de la vida y la poesía los mejores poetas surrealistas, César Moro entre ellos, el ultraamigo de Emilio. Vallejo en cambio abonimaba de Breton y su grupo surrealista, a juzgar por una nota demoledora sobre los surrealistas y su jefe que publicó en 1930 en la revista Amauta y que se titula, si mal no me acuerdo, “Un cadáver”, o sea Breton. Visiblemente lo que menos tragaba Westphalen en Vallejo era su patetismo humanitario y el aspecto religioso, podemos decir incluso católico, de su poesía. Discutimos sobre eso más de una vez, hasta que me mandó una carta en la que hablando de Vallejo, me decía: “No me podrás negar que no se puede ser impunemente nieto de dos curas españoles”. Impunemente, desde luego, no. Y Vallejo efectivamente era nieto de dos curas españoles y de dos indias chimú, aparentemente “sobrinas” de esos curas: su punición por parte de abuelos...
Termino con unas palabras sobre la mudez o silencio empecinado que se solía achacar al poeta presentado como una persona que no despegara los labios ni para conversar, lo que es totalmente falso. Recuerdo haber leído un comentario tonto de Unamuno sobre las Hurdes, ese pueblo español conocido por su pobreza sobre el que Buñuel hizo una película. Dice Unamuno: “Dicen que los habitantes de las Hurdes no comen. No es verdad: yo los he visto comer”; sobre Westphalen yo podría decir lo mismo: Dicen que no hablaba: es falso, yo lo he oído hablar... Era simplente una persona lacónica y reservada que evitaba abrir la boca para decir cualquier tontería, especialmente, pienso, en reuniones de amigos tontos o donde hubiera un tonto hablador: -¡Y cuánta reunión de amigos tontos / Y qué nido de tigres el tabaco! – dice Vallejo en uno de sus poemas de París. Ernesto More en su libro César Vallejo en la encrucijada del drama peruano cuenta que una vez Víctor Raúl Haya de la Torre visitó París y sus amigos peruanos le ofrecieron una cena. Haya de la Torre se levantó para un brindis y se lanzó en un discurso inacabable; en una pausa Vallejo le dio una palmada en el hombro y le dijo – Hermano, toma tu vino y cállate. Vallejo y Westphalen: dos lacónicos.
Para terminar, y sobre el mismo tema, dos anécdotas de Emilio: una vez lo invité a cenar en Ginebra con un argentino que quería conocerlo y que era un hablador impenitente y no paró de hablar durante toda la comida. Westphalen no despegó los labios y cuando el argentino se fue, los despegó y dijo: -Américo, este hombre es peligroso. Y la segunda que me contó, creo, Lucho Loayza u otro amigo peruano: cuando Emilio trabajaba en la ONU en Nueva York compartía la oficina con un español fornido y desenfadado que cada mañana, cuando entraba en la oficina, saludaba a Westphalen dándole una enérgica palmada en el hombro: -Hola Emilio. Hasta que un día al acercarse el español levantando la mano, Emilio se levantó, pálido y rígido, y le dijo: -Si usted me toca, lo mato.
Y ahora me callo yo.
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