viernes, 19 de febrero de 2016

Umberto Eco, una partida lamentable.

La partida lamentable de Umberto Eco me hace recordar los wiskis  y los gin tonics que compartimos en Las Atarazanas de Barcelona una de esas tardes alargadas de verano en que se incendian hasta los barcos. El año es el que no recuerdo pero seguro que nos presentó Marina Sbisà en un grupo en el que también estaba Paolo Fabbri el abate ágrafo del Nombre de la Rosa. De quien Eco se burlaba en clave italiana. En aquella época yo perseguía esas sensibilidades porque todo me llevaba a la trama de la Europa triestina, desde que viera en la adolescencia una película sin nombre con Alain Delon y Ann Margret que sucede en Trieste, lugar, si los hay, de evocaciones más que literarias. Téngase en cuenta a Italo Svevo para comenzar, pero también en la habitación de al lado al mismo Joyce, James. Y todo con el fondo del Danubio imaginado por Claudio Magris. 
Pero Eco y las Atarazanas eran otro capítulo. Me hablaba de su sospecha de que las naves de Colón habían sido construidas allí, bajo nuestros pies. Yo atisbaba en el famosísimo escritor un alma señera de comodoro al mismo tiempo que de inmigrante haciendo las américas. Al poco rato ya éramos amigotes. El con seis gin tonics y yo con sólo dos wiskisitos.

domingo, 7 de febrero de 2016

EL DÍA EN SEPIA ES OLA DE LA NOSTALGIA.



El día de la sepia es el documental que Emilio Manzano con su viejo chaquetón de cuero republicano ha logrado luego de llevar a E. Vila- Matas al taller de Miquel Barceló en París. Se me ha hecho extraño el catalán íntimo de V-M. y el mallorquín de Barceló en esa tierra de nadie que es París. Se ve que ambos artistas se acaban de conocer. Luego luego parece que todo el tiempo ellos hubieran estado hablando de Paula como si estuviesen hablando de otra cosa, de aquel momento de luces de la juventud perdida. Después de años oigo el nombre de Vigil el ágrafo aunque yo edité El Zarpazo del barbero en Auqui. Vigil había estado en Mallorca haciendo el Diccionario erótico de Cela. Barceló muestra los retratos de Gimferrer y de Mesquida y también los de su madre, lo que lleva a Enrique a sentirse más cómodo junto a la taza de café.
Pero acto seguido asoman los recuerdos y las fotos fugaces. En una de colores reconozco a nuestras amigas de entonces insospechadamente más bellas de lo que tenía recordado. Con Javier Gómez de Pablos y Carlos Trías perfilados y las hermanitas Cabot que eran tres de mucho trapío. El inolvidable Paco Monje está con el torso desnudo. Está Jimena, por entonces novia de David Miró, el nieto del pintor. Creo que fue aquel verano en el que Paco y David marcharon de este mundo por culpa de la heroína. Lo dijo Barceló y lo señala Enrique “pertenezco a una generación que dio pocos poetas, pocos pintores, muchos guitarristas pop y sobre todo yonkis.”
En el minuto cuarenta hay una foto en blanco y negro en la que figura Vladimir Herrera el suscrito junto a Vila-Matas. Es, quiérase o no, la extrema juventud en la ribera de las Ramblas como algo que está a punto de olvidarse. Uno se acuerda de Fernando Corrujedo también. La gracia del documental está en la factura de catalán íntimo, lo que hace misterio en este continente castellanohablante con los retratos de Barceló y la sonrisa de Vila-Matas. El Manzano lo sabe. 

viernes, 29 de enero de 2016

Aproxima H.U. el Tratado de las sensaciones de Arturo Carrera.




LOS AFECTOS,LA SENSACIÓN, EL SENTIDO.
Helena Usandizaga

Este libro se define en el prólogo del propio autor como una navegación que intenta “ocupar o estriar todo el espacio del mar a partir de un punto cualquiera”, es decir, “sin salidas ni llegadas, sólo en un viaje circular absoluto” . No se trata, claro, del deseo de decirlo todo, sino más bien de una exploración que no  privilegia puntos de partida ni de llegada, si bien ocupa determinados espacios: “Y ese barco –añade Carrera- (la poesía, el sueño de la poesía) es quizás el “vector” borroso que inventa en lo doméstico la atención de lo único”. Lo doméstico aquí es la línea masculina de la familia, en la que se encuentran abuelos, tíos, padres,  primos, hijos,- así como en el libro anterior, El vespertillo de las parcas, lo era la femenina- y en esa línea se busca “la sensación como sentido de los afectos”. La exploración en ese espacio se hará, según sugiere el poema, construyendo un espejo muy peculiar; un espejo que oscurece y al oscurecer no ensucia, sino que profundiza, como en la cita de Wittgenstein que encabeza la primera parte. Esta búsqueda del sentido es problemática; la cita mencionada habría que leerla junto con otras, en especial la de Passolini, que hace referencia a la pérdida del sentido, y la de Deleuze, que sugiere la percepción del sentido como ritmo. No es, pues, el reflejo de la realidad lo que nos ofrecen las palabras (“las palabras ya no son espejo”, sino una misteriosa iluminación de su reverso, que lleva a esta poesía por caminos iniciáticos, y ello a pesar, y a veces en contra, del empeño intelectual que guía el trabajo poético, al lado del de hallar el sentido a través de las sensaciones previas a la representación conceptual.
De este modo, cada poema se plantea como “un problema afectivo”, lo cual quiere decir de alguna manera cortar, acotar el fluir continuo de las pasiones: “¿Es posible leer, amar, vivir en la desmesura de la sensación, sin acotarla con el murmullo de un poema secreto?”.  Por ello, no es que el poema busque las situaciones en las que el sentir desborda al percibir y éste a su vez al sentido, porque eso correspondería a otro tipo de proyecto poético; la razón, decíamos, no es ajena a la búsqueda del sentido: “Y que variaran/ como en sus reflejos las formas de comprender/ el arte de la realidad, / que aumentara el grado de su reflexión/ sosegando el sentido” . Sin embargo, a través del diálogo que se construye entre las diferentes voces del poema, no se rehuye el deslumbramiento de las sensaciones, ni los mitos, ni siquiera la mentira (“Quiero engañar, quiero engañarme hasta el final...”. La tentación de lo intelectual, que por otras vías a veces amenaza con limitar al poema, se evita así casi siempre. El espejo, entonces, razona también “por la dicha de atisbar/ vagos destellos insidiosos/ como sueños que nos cambian”. No se busque pues en esta poesía el puro centellear de las anécdotas experienciales y de las situaciones familiares con su consiguiente carga de sentido común, si bien algunos poemas de la última sección (169-170) se declaran explícitamente como anécdotas, sino su colocación en un punto de fuga vertiginoso donde las palabras concebidas como materia viva metamorfosean lo narrado y nos acercan al sentido: ““Que no fuera despertar/ en lo que creíamos‘hecho’,/ que las palabras oídas se aferraran/ y buscaran en mí, todavía,/ las formas inciertas que producen/ la alegría”. En este sentido, y sin pretender explicar a Carrera sólo con esta referencia, se comprende que fuera incluido en una antología de poesía “neobarroca”, pues en sus poemas la forma no pretende reflejar el sentido sino interrogarlo y hasta exasperarlo; algo que también está en la búsqueda de Lezama Lima y de  Girondo, aducidos como padres de esta línea.
Hemos avanzado ya la manera como se busca el sentido en el poema: al igual que el espejo, el poema construye también un juego de voces que aparecen a veces, como en la cita anterior, entre comillas o en cursivas: voces interiores, voces entreoídas o “entreleídas”, pero sobre todo voces de narradores a menudo familiares. Pero, como la historia de la construcción del espejo se salda con un fracaso (“Y era un fracaso, y lo/ peor: ¡no reflejaba! Salvo una comisura de tiempo.“, 22), se hace evidente que algo más se necesita para buscar el sentido: tal vez el espejo es precisamente ese “imperfecto anhelo/ del contorno de uno mismo” (23), que es también justamente el anhelo de crear, a través del tiempo, una figura con las sensaciones dispersas: “la ansiedad de unas maneras de reflejar líneas de puntos/ que forman constelaciones o dibujos muy simples/ a veces imperfectos o contrastantes/ en un cielo de verano sin luna”. El deseo y el tiempo: no existe una solución única u ortodoxa para intentar la búsqueda, pero cada poema rehace este trayecto de construcción a través de la “comisura de tiempo” (156-157) y del anhelo que deja pasar las imágenes suscitadas por el rumor de las palabras familiares que pueblan todo el libro. De este modo llama el silencio y brotan las  quejas, las negaciones (“se acabó/ No hay espejo”), y las preguntas anunciadas: “¿... que se verá del otro lado ahora que el espejo nos/ ignora? ¿Cuál mano sombría/ apartará la pena inconsolable/ que retiene el aliento de la luna llena?”, que llevan a otras preguntas terribles: “¿Así pataleó mamá/ cuando entró en agonía?”. Es entonces la sensación interiorizada y vivida y, por lo tanto, temporalizada, la que pregunta por el sentido; y para eso es necesaria la mediación del cuerpo, el ritmo verbal y respiratorio, que es el que hace emerger la experiencia estética: el sentido, así, se conjuga en las voces como materialidad, el recuerdo como sabiduría y  el ritmo como unidad; el sentido es tal vez algo que “dura,/ en las palabras”, algo como la búsqueda o la nostalgia del ritmo en las voces oídas por la comisura del tiempo.
El espejo, pues, como las palabras, no se recrea en el puro reflejo, en “el habla y la escritura de un sueño”, sino que reconduce los afectos, “su esperanza concreta, porosa pero tangible”. El espejo y las voces son así una manera de acotar, de hacer un corte en la fluencia de lo real, de  dar unidad a las sensaciones mediante el ritmo; una manera, pues, de comprender, pero otra manera de comprender: de acotar, por ejemplo, el universo del dolor con su continua insistencia; de llegar allá donde “la realidad con dedos de rapiña/ roza la sensación desconocida/ donde el dolor mueve palabras” ; de construir el sentido con imágenes como “el rumor de las almendras de Giarre en los carros,/ como cascabeles húmedos...”; de construir con ellas “este sueño parecido a un espejo”. Esta búsqueda del sentido es así la búsqueda de “otro” sentido a través de una “desobediencia al sentido”; la búsqueda de “la violencia con que se mezclan/ las unidades del ritmo:/ las diferencias secretas/ de la unidad de lo nombrado”.
Arturo Carrera, Tratado de las sensaciones, Valencia, Pre-Textos, 2001.

viernes, 20 de noviembre de 2015

HELENA USANDIZAGA SE APROXIMA A LAS ILUMINACIONES DE POLANCO.




El Legado y el color en Las Iluminaciones de Polanco.

Cuando Gamaliel Churata publica su magna obra en 1957, hace visible su propósito de hacer actual el legado en el que explora desde los años 20: un legado marginal, no escrito, desconocido, despreciado. El autor puneño desbarata con esto el concepto de clasicismo y de vanguardia, porque uno de sus logros es hacer con lo olvidado algo fundacional y clásico, y reescribir la vanguardia al hacer confluir formas rupturistas con la tradición oral. Así, una obra ya clásica, El pez de oro, se crea adaptando al formato escrito -barroco y vanguardista a la vez- toda una cultura, la andina, que forma parte del legado peruano y universal. Este gesto fundacional de Churata no es el único que abre la puerta a lo clásico: Arguedas sería otro ejemplo, y en este comentario nos interesan especialmente otros dos puneños, Martín Chambi y Víctor Humareda, artistas fundacionales. Todos se incluyen en la perpetuación del legado al darle una forma que lo hace circular en otros contextos.

Pero, ¿qué ocurre si el que explora en el legado lo hace desde Lima, y no plantea explícitamente una autodefinición o una reivindicación sistemática? ¿Está traicionando ese legado o desvirtuando el concepto de lo andino? Sería así sólo si lo banalizara o malentendiera, pero no por el hecho de atreverse a jugar de manera heterodoxa con las fotografías de Martín Chambi. Porque hablamos de legado, no de propiedad local que solo alguien tiene el derecho de entender y comentar. Cuando Picasso pinta Las meninas de Velázquez, da un nuevo giro a ese cuadro que tantas veces será releído dentro de la misma tradición, desde diferentes conceptos pictóricos y con miradas que van más allá de la intimidad y que crean algo que tiene sentido. Relecturas, intertextualidades y homenajes se suceden en la tradición canonizada, ¿por qué no en aquella menos reconocida, pero igualmente importante? Solo una desmedida ansia localista podría prohibir el gesto de Polanco al reconocer y releer la obra de Chambi. No en vano la generación de Polanco se propuso explorar en esos legados marginales, desde la Sarita Colonia de los arenales hasta el Amazonas, pasando por los Andes, y algunos de los mejores logros de este pintor de Lima, de ese lector e iluminador constante de todas las Limas, se inspiran en esos otros espacios de Perú, en esas raíces que son de todos. Ahora Polanco reúne en Lima a Chambi y a otro gran pintor puneño, Humareda, que llega a Lima a los 13 años, y que pinta con colores que están también en los ojos de Polanco al intervenir la obra de Chambi.

En la pintura está también la compleja dimensión social de Chambi y con ella, iluminada por Polanco, ingresa la obra al mercado del arte. Los cuadros, hermosos e intensos, colgarán en las residencias burguesas de quien tenga la suerte de poder comprarlos, si bien Chambi les mostrará en ellos la cara de su guachimán. Pero así de contradictorio e irónico es el valor y el precio del arte.

La estética que se genera en ellos no es ni la del folklore que se hace retórico ni tampoco la estética “chicha” que algunos científicos sociales defienden desde Lima como lo verdaderamente popular y valioso. ¿Y es que ya nadie piensa en el legado? Tal vez lo tengan por obsoleto y ausente de la modernidad. Pero, viendo la obra de Polanco, uno se da cuenta de lo productivo de este gesto, que, hay que decirlo, este pintor ejecuta con un respeto evidente hacia la obra de Chambi. En el catálogo de la exposición, Schwartz (cito de memoria) recuerda otras obras u objetos a lo largo de sus diferentes etapas, y habla de que esas presencias están en la obra de Polanco como algo real, no como un pretexto ni siquiera, tal vez, como una metáfora, y son tratadas con el máximo de los cuidados.

Cuando vemos la plaza de armas del Cusco en el cuadro de Polanco –sí, por la luz la hora ha avanzado algo, ya no es el comienzo del amanecer sino que un poco de sol ilumina a los personajes que el pintor ha sacado de otro cuadro, y los muestra en su humildad o en su autoritarismo fuera de lugar- las fotos de Chambi revelan de otra manera algo que ya contenían; en la pareja del matrimonio de conveniencia  posando ante el fotógrafo, los colores, al resaltar surcos y expresiones, palideces e hiperglobulias, acentúan el horror helado de la chica y el cinismo del hombre mayor que la está desposando; el balcón de Herodes, que en la pintura muestra su original color azul cusqueño, recibe en el ángulo de la calle al gigante de Paruro, que ha llegado caminando por la perspectiva que crea el cuadro… Los colores y los collages iluminan, pero no solo en el sentido literal, sino que también dan luz, otra luz que estaba muy adentro, a la obra de Chambi.

La materia de estos artistas que son capaces de mirar y pensar,  y que por ello se iluminan y espejean entre sí, son ya parte del legado que se perpetúa en su obra. Las Iluminaciones de Polanco nos llevan por esa emocionante corriente de materia y color que es de los lugares y las culturas donde fue concebida, y también, por suerte, de todos los que las miramos con respeto y entendimiento.


Helena Usandizaga, Hacienda Ranhuaylla, 20 de noviembre 2015.

miércoles, 30 de septiembre de 2015

En el día. Dedicado a un amigo pintor.





Para Ostolaza en su afán.


Tuve que llegar a ser viejo muy viejo
para soportar la
muerte de mi madre


para enterrarla entre pájaros
y árboles
bajo los clarines del silencio cuando ya todo estaba cantado helado como el alma de un zorro en los cipreses


Vladimir Herrera.
Ranhuaylla 30 de setiembre 2015. 

sábado, 13 de junio de 2015

ESCRIBE USANDIZAGA SOBRE LA OBRA GRÁFICA DE LAMBORGHINI. MACBA 30 DE ENERO A 1 DE JUNIO 2015.


LEYENDO IMÁGENES: LA OBRA GRÁFICA DE OSVALDO LAMBORGHINI

Helena Usandizaga


Al entrar en la recientemente clausurada exposición de la obra gráfica de Osvaldo Lamborghini (Barcelona, MACBA, 30 de enero - 1 de junio 2015), la mirada se topa inmediatamente con una inmensa fotografía de Lamborghini en pijama, en su cama–taller de la calle Berna, donde Vladimir Herrera le visitaba a menudo –aunque no siempre estaba ahí Lamborghini; en esa época todavía salía-. A mi memoria vino en seguida el inusual clima de aquellas veladas, de las que algunas pocas compartí; pero inusual por la naturalidad absoluta de la conversación con el encamado o tumbado Lamborghini. Y a mi memoria sensorial llega el olor de aquella habitación; no era un mal olor, pero sí a cerrado, a papeles acumulados: allí Lamborghini leía, escribía, dibujaba, conversaba.

Creo que allí daba el escritor argentino lo más tranquilo de su personalidad, aunque sus opiniones eran agudas y cortaban como cuchillos. Recuerdo también, como dice César Aira que recordamos todos los que conversamos con él, palabras sumamente ingeniosas e inteligentes; pero también alguna observación bondadosa que le hizo a Vladimir sobre las adicciones, al verlo sobresaltado frente a algo que contaba Osvaldo; como un hermano mayor que dice: “no te preocupes, yo te conozco y a ti no te pasará esto terrible que estoy contando”.

¿Qué tienen esos objetos gráficos que fascinan al desprevenido visitante de la exposición? Entre la pornografía y la belleza, entre el escepticismo y el deseo crudo, entre la utopía y el apocalipsis, entre la crueldad y la carcajada... Como la que yo solté, para sobresalto de los visitantes, ante el lema “Delatora alemana (moderna) con filósofo catalán (postmoderno)” que rotula la foto de una pareja en actitud porno-bella-pero-ligeramente-chistosa. Reí por pensar que quizás eran quienes yo pensaba que eran.

¿Por qué recortaba Lamborghini las revistas porno atrasadas que le compraba Hannah, y creaba con ellas, al componerlas y escriturarlas profusamente, escenas divertidas o serias, liberadoras o atroces? ¿Por qué “intervenía” los libros no solo con subrayados o comentarios, como tal vez hacemos todos, sino con tachaduras, pinturas, reescrituras? En uno de los niveles de su acción, es posible ver cómo al hacer esto él inventaba su libertad, y cómo creaba su propio mundo, exterior e interior. Fluía todo con precisión e imaginación, con diversión y pesimismo, con distancia y pensamiento político.

La obra gráfica de Osvaldo Lamborghini es esa construcción de su libertad y de sí mismo, y es a la vez arte, puesto que viene de un ritual de elaboración y creación que, conscientemente o no, aguarda otro de lectura. Como el de esa profesora amiga que encontré en la exposición, contemplando también, y que me dijo: “la he visto tres o cuatro veces porque... me gusta mucho”. Así de simple.

En la vitrina donde está la obra de Lamborghini se puede ver la revista Trafalgar Square, dirigida por Vladimir Herrera, pues ahí se publicó un texto crucial de su época barcelonesa; y no puedo dejar de pensar en la apertura selectiva de esa revista, que conectó con el gran escritor como si nada, como si fuera lo más normal; y ahora, al ver la exposición y leer las varias interpretaciones de su complicada relación con el campo literario, tanto argentino como barcelonés, me doy cuenta de que esa amistad entre Osvaldo y Vladimir fue casi mágica, una palabra que seguramente no le hubiera gustado mucho a Lamborghini, pero que hay que decir para entender algo de esas afinidades electivas.

HELENA USANDIZAGA.

jueves, 21 de mayo de 2015

OSCAR COLLAZOS ENTRE MIS COLOMBIANOS.

Oscar Collazos entre mis colombianos.

Hay que hacer un ejercicio de estilo para decir de Oscar Collazos que en un tiempo, en la puerta del Up and Dawn, una discoteca de Barcelona, blandíamos razones con altos argumentos y pugilato, y que perseguíamos rubias blancas de un níveo lino teatral. Las llevábamos a Boccaccio para perderlas. Les vendíamos nuestra razón de ser bien machos y bien sudamericanos. Nos ayudaban el pelo crespo de Oscar, su vozarrón y su pinta de boxeador indemne todavía. Tres son los colombianos que frecuenté aquellos años: Collazos, Rafael Humberto Moreno Duran, y el poeta Miguel de Francisco. Todos tenían problemas con Colombia y amaban Barcelona por sobre todas las cosas. Fue por esa época que Collazos emparentó con una escritora de la burguesía catalana -con piernas de abedul- por lo que un tiempo dejó de aparecerse por el Astoria. También por esa época publicó en mi revista Trafalgar Square unas prosas. Estuvo la noche en que José Bianco, en el Astoria dio a entender que no nos creía nada por estar drogados Vila- Matas, Carlos Trías y yo. Lo que no era cierto. Sólo habíamos bebido.
Discrepábamos acerca de la validez y el uso de la poesía femenina de Colombia. Nos preocupaba la extraña huida de Cobo-Borda, su abandono de España. En todo momento ocultaba su nostalgia de Bahía Solano como hacen los colombianos en general de Colombia. No así los peruanos que a cada paso nos ponemos a llorar. Contaba cosas de Belisario Betancur que me agotaban. Pero se lucía con las anécdotas de Plinio Apuleyo Mendoza, pese a mi radical izquierdismo. Pesaba sus palabras cuando hablaba de su muy amado García Marquez. Collazos era todo un estilo. El estilo absurdo del signo de Virgo.
R.H. Moreno Durand y Miguel de Francisco se le adelantaron sin yo haberlo advertido. Vaya esta nota como remedo del tiempo y azuce el largo viaje de ellos. 

miércoles, 13 de mayo de 2015

Poema Leído el 13 de mayo en la presentación de Editorial Auqui en Barcelona. En la Central del Raval.


EN LA DISTANCIA.
               Para Emilio Manzano y Enrique Murillo.

Obligado por esta respiración
indómita a escribir este poema - alma
de hijo cuidando a su madre en medio del bosque-
A ella que había enterrado a Heraud
entre pájaros y árboles
como si fuese la madre de todos los poetas
le tocó dormir entre pájaros y árboles.
My name is Orson Wells

Obligado a pasear con este poema peruano en dónde lo digo todo. Digo que todos los días paso por su lado
con el ruido del coche leve por temor a despertarla. En mayo le llevo ñuccho de un plantío que florece en mayo. Luego el año se pasa a una velocidad de cine, inconmensurable. Vienen los poetas jóvenes
a lo alto de Ranhuaylla
pero yo les escondo la tumba de mi madre.
Mi nombre es Orson Wells. 

sábado, 9 de mayo de 2015

PROGRAMA DE LA SETMANA DE LA POESÍA DE BARCELONA. AUQUI PRESENTA OBRA DE LOS PERUANOS RAÚL BRÓZOVICH, OSCAR MÁLAGA Y PEDRO GRANADOS.

Celebrem la Setmana de la Poesia de Barcelona amb l'acte Traduir poesia, i la presentació de l'editorial Auqui.
A més a més, conversa entre Mèlich i Forcano, club de lectura amb l'escriptor Todd McEwen i presentació d'El niño que se desnudó delante de una webcam, de Jose Serralvo i de Deflagración, d'Aitor Romero.

Dissabte, per als petits, Contes Takatuka de dins una maleta, amb la Marietta Contacontes.



La Central de Callao
c/ Postigo de San Martín, 8 28013 Madrid

La Central del MNCARS Ronda de Atocha, 2
28012 Madrid
T. 917 878 782

La Central de la Fundación MAPFRE Paseo de Recoletos, 23 28004 Madrid
T. 917 020 237


La Central Mallorca, 237 08008 Barcelona T. 934 875 018

La Central del Raval Elisabets, 6
08001 Barcelona
T. 933 170 293


La Central del MUHBA Baixada de la llibreteria, 7 08002 Barcelona
T. 932 690 804



La Central (c/Mallorca) Mallorca, 237 / 08008 BARCELONA
"Traduir poesia"
Setmana de la Poesia de Barcelona 2015
Dilluns, 11 de maig
19:30h

Mèlich i Forcano, cara a cara. A propòsit de 'La lectura com a pregària' (Fragmenta) i 'Ciència exacta' (Proa)
Dijous, 14 de maig
19:30h


La Central del Raval Elisabets, 6 / 08002 BARCELONA
Trobada amb Todd McEwen
Lectura del llibre Boston. Sonata para un violín sin cuerdas. Dilluns, 11 de maig
19h

Editorial Auqui presenta a Brózovich, Málaga i Granados. Paraules del Poeta Rodolfo Hassler i la crítica Helena Usandizaga.
Miércoles, 13 de mayo

19:00


El niño que se desnudó delante de una webcam, de Jose Serralvo
Dijous, 14 de maig
19h

"Contes Takatuka de dins una maleta...", amb la Marietta Contacontes
Dissabte, 16 de maig
12:30h


Deflagración, d'Aitor Romero

Divendres, 15 de maig 19:30h 

jueves, 30 de abril de 2015

Editorial Auqui presenta a Brózovich, Málaga y Granados en la Librería Central de Barcelona. Palabras del Poeta Rodolfo Hassler y la crítica Helena Usandizaga. 13 de mayo a las 7p.m.




La Salvaje Melodía del Aire de Oscar Málaga, Los poemas Encontrados de Raúl Brózovich y Activado de Pedro Granados son los nuevos libros de Auqui.
Con estos tres libros de poesía, desde la ciudad peruana de Cusco, llega de nuevo a Barcelona la editorial Auqui: un nuevo concepto de libro y una fulgurante y poco convencional selección de poetas que inauguran la segunda época de esta editorial, creada en Barcelona en los años ochenta. El poeta Vladimir Herrera (Poemas incorregibles, Barcelona, Tusquets, 2000), actual director de la editorial, fue su fundador, director, editor y tipógrafo; la diseñadora y encuadernadora, ha sido y es Montse Badell. Los libros se trabajaban en una imprenta artesanal, y las ediciones, completamente hechas a mano, muy buscadas actualmente por los bibliófilos, eran tanto de autores canónicos como de autores menos conocidos, latinoamericanos y españoles. Auqui se incluía en un proyecto previo, el de la revista Trafalgar Square, revista de poesía y ficción, que apareció en Barcelona en la primavera de 1983 y que aglutinaba a un grupo de amigos como Cristina Fernández Cubas, Carlos Trías, Paula Massot, Enrique Vila- Matas, José Luis Vigil... La nueva época rescata y actualiza el espíritu de aquellos años.

lunes, 23 de marzo de 2015

Liber Forti, maestro del teatro latinoamericano se convierte en leyenda.

Imposible escribir algo tan bueno sobre Liber Forti, espejo macho del anarquismo y gran director de Teatro que acaba de pasar a la leyenda. Sólo Gregorio Moran podría darle alcance.

LA VANGUARDIA, SÁBADO, 21 MARZO 2015, P. 26 SABATINAS INTEMPESTIVAS
Gregorio Morán
Que arríen todas las banderas


Que se ha muerto Líber Forti, argentino de Tupiza (Bolivia), boliviano de Tucumán (Argentina), anarquista, teatrero –que es mucho más que actor o director de teatro–, sindicalista revolucionario, conversador inagotable, leyenda latinoamericana que lo vivió casi todo e intensamente, desde la Argentina volcánica de su adolescencia, a la Bolivia de la Central Obrera de Juan Lechín. También sobrevivió a todo y con galanura, al hambre, a la tortura, a la pena, a la pobreza y hasta al amor, porque si algo cabe añadir como estrambote al soneto quevedesco que fue su vida, atrajo a mujeres de tronío, desde su compañera militante de la primera hora, Ana Santiago, hasta la que ahora quedará como viuda imperecedera, Gisela Eufemia Ana Derpic Salazar, abogada de Potosí, que acabará convirtiéndose en legataria del patrimonio de un anarquista histó- rico, que se reduce a una hija – Gladeli–, papeles y palabras. Líber Forti falleció el miércoles –madrugada del 11 de marzo–, apenas unos
días antes del Día Internacional del Teatro y a esa edad provecta pero siempre inquietante de los 95 años. Había nacido un 19 de agosto de 1919 y era un Leo inscrito en el manual del zodiaco. Para llegar a los 95 años hay que saber manejarse muy bien en la vida; la vejez hasta tan alto grado no consiente improvisaciones sino valores consolidados. Supo escoger amigos fieles y damas con posibles. No es un reproche, tan sólo un apunte al hombre que admiré por su bravura en medio de un mundo desmoronado. ¿Qué quedaba de la audacia temeraria del viejo anarquismo argentino? Quizá poco más allá del porte, el gesto y la bella retórica de un hombre cabal que respondía al nombre de Germinal Líber Forti Carrizo. Bastaría ese Germinal, del que Zola hizo una tradición ácrata, o el Líber que consagraba la raíz italiana de algunos míticos anarquistas argentinos. Su padre, Marco Forti, impresor y librero, huyó de la represión argentina para instalarse en Tupiza, en el sur de Bolivia, donde se había creado en 1906 la primera organización anarquista boliviana, la Unión Obrera 1o de Mayo, editora de La Aurora Social. (Me siento, mientras escribo esto, como un anticuario que exhibiera una pieza insólita de la brutal historia de la
entonces denominada clase trabajadora). Como es obligado el toque de color local –¿a qué viene este, contándonos historias de sudacas, ausentes de catalanidad y arraigo casolano?– debo decir que yo conocí a Líber Forti en Barcelona, donde fuera de un puñado de admiradores más viejos que la pana y algún arrumbado de última hora, ni dios le hizo maldito caso. Y eso que vivía entonces con Nuria Álvarez, un encanto de mujer con paciencia infinita, segura y arrogante, pero un tanto perpleja ante aquel tipo donde se mezclaba el amor a la humanidad y el egoísmo patológico de todo redentor seguro de sí mismo. A Líber Forti debo la aventura quizá más surrealista de mi vida. Embarcarme en una biografía del desconocido Rafael Barrett (1876-1910) que me lanzó al Buenos Aires violento del anarquismo, al Paraguay irredimible y a la ciudad-mundo de Montevideo, con escalas en Perú y Bolivia, desde La Paz a su amada Cochabamba. Por mi culpa perdí la única oportunidad de ser nombrado ciudadano honorífico de una ciudad donde no había estado nunca,Tupiza, donde me esperaba desde el alcalde hasta el común de sus habitantes para concederme tal honor, y que él mantuvo en tanto secreto que yo no
acerté a ir porque me quedaba lejísimos. Tupiza, con sus autoridades a la cabeza, se indignó por mi gesto de no recibir el honor que había organizado Líber Forti y del que yo desconocía todo. Prometí ir a disculparme y resarcirme, pero ya creo que será reencarnado en pájaro andino. No es una historia personal la de Líber Forti por más que él me animara a reconstruir la vida y obra de Rafael Barrett, y su compadre y mecenas Tyron Heinrich, boliviano de Santa Cruz, me ayudara en el operativo por tierras ignotas. Aquel librito que le llenó de zozobra y que titulé Asombro y búsqueda de Rafael Barrett (que publicaría sin muchas ganas mi amigo Herralde en Anagrama, allá por el otoño del 2007 con gran éxito de crítica y público, diríamos con sarcasmo, porque no recuerdo más que una reseña y era insultante). Resultó que su intención de hacer un gran homenaje a quien había sido inspiración del anarquismo argentino, ayuno de fuste teórico y riquísimo por otra parte en la acción directa, terminó en un librito amoroso hacia la figura del protagonista, el olvidado Rafael Barrett, santanderino de Torrelavega cuando aún no existía Cantabria, aristócrata tronado, gran cultura de músico y políglota, y sobre todo una
personalidad intachable de intelectual en la vorágine entre dos siglos, el XIX y el XX, viajando entre el provinciano Madrid, el París cosmopolita y el que para nuestra cultura sería un lejano Londres. Una experiencia que para mí se resumió en un esbozo biográfico y una implacable crítica a los oportunistas que habían manipulado su brillante obra de periodista de ideas. Pero lo cierto es que Rafael Barrett era tan anarquista como podría haberlo sido yo, pero no como Líber Forti, militante de la acracia, y eso le generó un desasosiego que superó con su despierta inteligencia y su desprecio hacia los arribistas, que le exigieron una declaración pública rechazando mi libro y que se encontraron con el muro infranqueable de su honestidad intelectual. Apenas fue un incidente en una vida como la suya donde había pasado primero por la FORA, la legendaria organización sindical anarquista argentina, tras una experiencia como linyera (léase en castellano liñera), o lo que es lo mismo, los que se subían a los vagones de ganado y se instalaban en vagabundos errantes en busca de trabajo y oxígeno, huidizos de los pistoleros de la patronal por los territorios de la Pampa. Conservo un apunte de mis interminables
conversaciones con Líber Forti, datada el día 1 de enero del 2005 en Cochabamba, que he vuelto a leer emocionado: “No tengo celos por las mujeres. Me los quitó una prostituta en Tucumán cuando tenía pocos años, iba de pantalón corto y los cafisos que jugaban a las cartas después de comer me llamaban El Bachiller. ¡Ciao Bachiller! La conocí porque me encargó llevarle 20 pesos a una hija que tenía en un colegio. Se sorprendió tanto de que yo cumpliera, que un día me saludó con otra del oficio de la que me enamoré, perdidamente, pero me dijo que tenía un cafiso que estaba enfermo, y como yo viera una guitarra colgada de la pared –era músico– yo se lo dije como lo sentía, que no tenía que dejarlo. Estaba enamorado de una mujer que se acostaba con otro y yo lo comprendía. Un día no quiso seguir ese juego y se marchó y ni en la casa de prostitutas supieron más de ella. Yo tampoco”. En junio del 2012 Líber Forti vino a España por última vez. Quería ir a Asturias, para él otra arcaica leyenda revolucionaria, y escuchar al amigo Jerónimo Granda, cantante de Oviedo, al que yo reconocí como el principal promotor intelectual del libro sobre Rafael Barrett. Le acompañó su amigo y mecenas Tyron Heinrich, que se había convertido en
su alma máter tras quedar seducido al escucharle conferenciando en un colegio de élite en Santa Cruz, Bolivia. Fue nuestro último encuentro en vivo. El siguió luego hasta París para charlar con Elizabeth Burgos y Regis Debray sobre la eterna experiencia de Bolivia, del Che, de su derrota, y de esa esperanza en un mundo diferente. Ahora, que acaba de morir a edad tan conservadora como son 95 años, quisiera recordarle con una estrofa del peruano César Vallejo. Él hubiera preferido que fueran de nuestro León Felipe, al que trató y que le dedicó elogios inolvidables, pero el derecho de los supervivientes a veces se reduce a escoger el epitafio: “Al fin de la batalla, y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre y le dijo: ‘No mueras, te amo tanto’. Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo”.