sábado, 30 de julio de 2011

LEO TARIFEÑO HACE MEMORIA DE JOE ARROYO EL BARRANQUILLERO.

MARTES 26 DE JULIO DE 2011

Se fue Joe Arroyo, nos queda su música



Y otro grande se va. Primero fue la pésima noticia de la muerte de Amy Winehouse; ahora el adiós le toca al gran Joe Arroyo, maestrazo colombiano de salsa que marcó toda una época como parte de Fruko y sus Tesos, The Latin Brothers o al frente de su propia orquesta, La Verdad. A mí me tocó verlo en vivo hace muchos años ya, en Barcelona, en un doble e inolvidable show junto a El Gran Combo de Puerto Rico. No exagero si fue uno de los más grandes conciertos que vi en mi vida. Recuerdo muy bien cuando el presentador, para abrir la noche, dijo: “y ahora vamos a bailar, al ritmo de la Verdad”. La frase tenía más de un sentido y todos eran ciertos. Nos queda su música, eterna como la gracia de los verdaderos gigantes. Para recordarlo, arriba cuelgo una versión en vivo de “Yamulemao”, quizás mi preferida de una larga lista de canciones suyas (“En Barranquilla me quedo”, “Rebelión”, “La noche” y tantas otras) que me encantan. ¿Cuál habrá sido el último deseo de Joe? Yo digo que dejarnos bailando, como siempre, “al ritmo de la verdad”.

lunes, 25 de julio de 2011

UNA LECTURA DE EMILIO ADOLFO WESTPHALEN, 1. HELENA USANDIZAGA.

UNA LECTURA DE EMILIO ADOLFO WESTPHALEN, 1
Helena Usandizaga
Para introducir esta lectura de la poesía de Westphalen, aun a riesgo de caer en un recorrido prolijo, es necesario determinar la totalidad de su obra tal como se ha ido publicando a lo largo de los años. Después de su primer libro, Las ínsulas extrañas (1933); Westphalen publicó Abolición de la muerte, en 1935, y a continuación se produjo un largo silencio, aunque no total, porque durante esta época editaba revistas, hacía traducciones y publicaba artículos sobre temas científicos, artísticos, literarios, filosóficos... También escribió algunos poemas, diez o doce de los diecisiete que luego recogió en Belleza de una espada clavada en la lengua, libro que publicó en México junto con la reimpresión de los anteriores, en un volumen que tituló Otra imagen deleznable.... (1980), y que señala el fin del silencio. Hacia 1935 había escrito también los poemas de Cuál es la risa, publicados en 1989. En 1971 había tenido que dejar de editar Amaru, por condicionamientos de la situación política, y en 1972 salió de Perú en una especie de exilio involuntario como agregado cultural a la embajada en Roma; continuó con otros destinos en Lisboa, Nueva York, México...., hasta su vuelta a Perú, donde murió en 2001. Ha publicado también Arriba bajo el cielo (Lisboa, 1982), Máximas y mínimas de sapiencia pedestre (Lisboa, 1982), Amago de poema - de lampo - de nada (Lisboa, 1984), Porciones de sueño para mitigar avernos (primera impresión como parte inédita de Belleza de una espada clavada en la lengua. Poemas 1930-1986, Lima, 1986), Ha vuelto la diosa ambarina (Tijuana, México, 1988). Toda su obra hasta 1988 ha sido reunida a iniciativa de José Ángel Valente y publicada en Madrid[1]. Posteriormente han aparecido Cuál es la risa (Editorial Auqui. Barcelona, 1989), una serie de poemas eróticos que Westphalen (1980: 118) creía perdidos y que habría que intercalar entre el libro de 1980 y los de 1982[2]: "Se mece suavemente al viento/ La mujer que ha brotado blanca y desnuda/ En la copa del ciprés/ Con una pequeña corona de oro sobre la cabeza...", son versos de este libro (Westphalen 1989). El último publicado, Falsos rituales y otras patrañas, también apareció en Editorial Auqui en Barcelona en 1994: "Alivio y deleite/ Cuando se ha atracado/ La Barca del Tiempo/ Y nada sucede", es su comienzo. De estos últimos libros se hicieron posteriormente sendas ediciones en Lima. En 2004 apareció en Lima la Poesía completa y ensayos escogidos, editada por la PUCP. Excepto las recolecciones de 1980, de 1991 y de 2004, los libros de Westphalen han aparecido en ediciones de poca difusión. Esto y el silencio de Westphalen, aunque no haya sido total, se aviene con su manera de considerar la poesía como algo no adquirido: "la poesía es algo que le sucede a uno", recuerda Ferrari (1990) que le dijo una vez.
Pensar a Westphalen en relación con un movimiento que le inspiró no obedece a un afán de encasillarlo, sino al de leer su singularidad en confluencia con ciertas preocupaciones de su tiempo. En otro trabajo (Usandizaga 1998) he observado que Westphalen, como Moro, está en sintonía con el talante vital del surrealismo --el desacuerdo con la sociedad y con la sensibilidad imperante-- pero de modo diferente. Técnicamente, aunque Westphalen también asimila el surrealismo, se puede hablar aún menos que en Moro de escritura automática, porque hay un equilibrio y un control racional de sus imágenes, que son suscitadas para que aparezcan y giren en torno a una mirada central, y vayan persiguiendo la idea o la impresión o la emoción del poema como en un contrapunto, con fluctuaciones, indecisiones y vaivenes en torno a un sentido. Su tono es por esas características más suave que el de Moro, y al mismo tiempo de vacilación por esa persecución del sentido que está tratando de cuajar en el poema. Parece entonces que el yo del poema huye del énfasis, neutraliza su presencia, se convierte en el mismo lenguaje, y habla así como en sordina, tal como observa Ortega. Este aspecto ha sido estudiado también por Paoli, quien sostiene sin embargo que esta poesía tiene del surrealismo "aspectos esenciales, casi gramaticalizados: lo inacabado del poema, las grietas del sentido ("les lézardes du sens", que decía André Breton), el carácter onírico de las imágenes que hacen, a veces, pensar en Magritte o Dalí, el estilo iterativo, etc." Se ha insistido sobre el carácter "visionario" de las imágenes de esta poesía (que cabría también relacionar con su admiración por Blake), en las que, dice Ferrari "parece inútil buscar otra cosa que la visión". Rowe señala que se afirma esta posibilidad visionaria libre frente a un lenguaje simbólico organizado, de mismo modo que se da una emergencia dionisíaca frente a un símbolo controlado; sus imágenes son así "puro emerger/acontecer". En Porciones de sueño para mitigar avernos dice Westphalen: "Cerrando los ojos se ve lo mismo: una mirada fulmínea de amor en la gloria de la culminación y el acabamiento" (Westphalen 1991). Pura convocación que funde, sin abolir del todo la contradicción, el espacio donde coexisten vida y muerte.
Pero tal vez la pista temática más reveladora sea la construcción de sus poemas como intento de crear un trayecto que es una aventura, eludiendo así lo monolítico del discurso establecido: "Pues sólo conocerás a la Noche si te pierdes y desapareces en la Noche - si te vuelves Noche" (Ha vuelto la diosa ambarina, Westphalen 1991). Por ese mismo intento de elusión, en la segunda época (a la cual pertenece el poema anterior), uno de los temas centrales es la crítica de la poesía: la suya es "Una poesía por rehacer a cada instante", dice en (“Paréntesis”. Y en “Poema inútil”: "Qué será el poema sino un espejo de feria/ Un espejismo lunar, una cáscara desmenuzable,/ la torre falsa más triste y despreciable".  El poema es así puesto en duda, como manera de rechazar la certeza para poder recuperar la aproximación: "Pero, ¿qué sería recuperable si antes no fue/ Sacudido, renegado, desdicho, trasfigurado?" (“Términos de comparación”).
En su primera producción, sobre todo en Las ínsulas extrañas, podemos encontrar poemas que apelan  a ciertos rasgos surrealistas más visibles, y se podría demostrar con algunos versos: “Y después encontrar las flores alborotadas/ Con el moño de través acusándome/ Del asesinato de sus tiernos maridos/ Tú te reías con más capricho/ Debía subir tal un lagarto las peñas/ bajar en paracaídas a las estaciones submarinas/ Volver cargado de lunas de peinetas” (“No te has fijado…”, de Las ínsulas extrañas, Westphalen 1991).
Pero, para no quedarnos en una vaga impresión de clima surrealista, cabe preguntarse qué sentido tiene el surrealismo en la poética de Westphalen,  qué es lo que inspira a Westphalen, cuáles rasgos del surrealismo conectan con su universo poético. Si bien, como hemos visto, se pueden detectar algunos aspectos evidentes, aunque nunca de manera ortodoxa o programática, quizás los dos rasgos más afines con la preocupación de Westphalen serán estos del espíritu transgresor y liberador y el de la subversión de la lógica para llegar a superar el principio de la contradicción de los opuestos. Uno de los rasgos surrealistas que cuajó en América, y que aparece de modo muy evidente en Moro y no tan visible en Westphalen, es este del valor de transgresión del surrealismo, en cuya poesía aparece difuminado por el escaso énfasis del tono. No se trata de hacer de Westphalen una lectura social al uso, pero sí de relacionarlo con un núcleo de sentido de subversión y transgresión, lo cual lo  aleja un tanto de cierta lectura angélica y mística que se ha hecho de su poesía: parece posible, a pesar de esta lectura y sin negar la dimensión de alteridad, hacer una hipótesis fundamentada sobre ese aspecto transgresor de su  obra, que asoma como la sugerencia de un sentido.
Según Bollack, que propone historizar el sentido, siguiendo a Bourdieu, la historización del objeto da acceso al punto de vista del autor: de algún modo, podemos encontrar en las palabras del propio Westphalen una necesidad de generar este objeto, si bien no un programa deliberado. Bollack habla del sentido que se imprime a la escritura como “aflujo” (Bollack): “La literalidad se puede entonces relacionar con ese momento de ruptura de un flujo que es la fijación en un tejido movedizo. Esta suerte de huella o inscripción es lo que permite postular la existencia de un pensamiento ligado a la letra o a la literalidad. No es la letra ni el pensamiento sino la fijación de un sentido en el horizonte de una verdad aún abstracta que se busca y se consolida” (Bollack). El sentido se construye según Bollack entonces en la letra y eso permite a un lector muy esforzado atisbar “la fórmula generadora de la obra”. ¿Se puede encontrar en las obras de Westphalen algo así como esta huella que fija precariamente un sentido? Tal vez podamos rastrearla a través de algunos textos.
En la época inmediatamente posterior a los dos libros comentados encontramos una explicitación del discurso surrealista que antes sólo estaba latente y que sin duda ha tomado esta forma en contacto con Moro: esto es significativo por lo menos en “La poesía y los críticos” (Westphalen 1997), en Belleza de una espada clavada en la lengua (donde está el significativo poema dedicado a César Moro, Westphalen 1991) y en Cuál es la risa. En el artículo mencionado, que es una ardiente defensa de la libertad y carácter transgresor de la poesía, y también un ataque a la crítica maligna e ignorante, Westphalen comienza con una imagen onírica y maravillosa, escenario de la poesía, y dice al final de este párrafo: “Entre forados y socavones temblorosos, a millones de leguas bajo tierra, el mar se introduce subrepticiamente. La poesía, de nuevo, con sus brazos de cataratas y el murmullo quebradizo de cristales rotos incrustados en el tierno silencio de un rostro. La poesía con sus temibles y seductores guantes de fuego, que no abandona nunca ni para abrazar a sus fieles amantes”. Comentando la poesía de Eguren en el mismo texto, reivindica que no hay auténtica poesía “que no tenga sus fundamentos en la más profunda y desgarrada experiencia vital”. Hablamos entonces de la poesía como catástrofe, como subversión. Y, más tarde, en un artículo sobre “Jean-Paul Sartre y el problema del escritor” escrito en 1946, hace unas reflexiones que, en realidad, no sólo son producto del contacto con el existencialismo y la pregunta sobre el compromiso ni sólo de su preocupación por el valor de la poesía, sino que dan otro énfasis a ese espíritu transgresor y provocador que el surrealismo le ayudó a formular en la juventud. Al pensar en el valor social de la poesía se pregunta “si como algunos creemos, el arte no es considerable sino porque es la revelación que el hombre hace al hombre de su naturaleza misma, y al hacerlo así es el que señala el camino de su liberación” (Westphalen 1997).  
Reflexionando sobre la conciencia que tiene el artista de ocupar un lugar determinado en la sociedad y de la irradiación de su obra hacia otros componentes de la propia sociedad, se pregunta: “¿Quién sabe sospecharía, si la cualidad de todo arte no sea la de suscitar en el hombre el sentido de sus posibilidades, de erigir ante él una imagen de la vida otra, de la vida libre?”. Se da en Westphalen una necesidad de libertad vital y discursiva profundamente comprometida, pero que no tiene nada que ver con la consigna. En este sentido, Rowe señala en Westphalen una poética  de la percepción, del erotismo y del amor que implica entrar a lo desconocido, lo inexplorado, evitando modelos previos y eludiendo el control y la rigidez del lenguaje instituido. En ese sentido, según Rowe,  la escritura de Westphalen interviene en la formación del imaginario social, porque hay en él además una fuga de lo político, del control discursivo. En el mismo sentido habría que considerar la lectura de los textos surrealistas junto con esas afirmaciones reivindicativas que indican ciertas condiciones de producción del texto. El valor de la imaginación es así subversivo: “El sueño no es un refugio sino un arma”, dice, en sintonía con esto, en un poema explosivo de Cuál es la risa (Westphalen 1989).
 Al lado del carácter transgresor, otro aspecto conecta con las preocupaciones poéticas de Westphalen, y podemos afirmar que se integra con su proyecto poético. Se trata de la unión de contrarios: la crítica se ha  referido repetidamente a este aspecto (por ejemplo, Fernández Cozman), pero no ha sido objeto de una exploración sistemática en los poemas. André Breton  se refirió en el “Segundo manifiesto del surrealismo” (1929) al surrealismo como la posibilidad de conciliar los contrarios mediante una búsqueda poética: "Todo hace creer que existe un cierto punto del espíritu donde la vida y la muerte, lo real y lo imaginario, el pasado y el futuro, lo comunicable y lo incomunicable, lo alto y lo bajo, dejan de ser percibidos contradictoriamente. Sería inútil buscar otra razón a la actividad surrealista que la esperanza de determinación de este punto". Este aspecto de búsqueda de otra dimensión conectó con el surrealismo americano; Westphalen, en “Poetas en la Lima de los años treinta”, de 1974, declara haber leído el Segundo manifiesto del surrealismo (y también Nadja, en la traducción inglesa), “antes” de publicar Abolición de la muerte, y posiblemente antes de Las ínsulas extrañas (Westphalen, 1997: 144). Y en “Surrealismo a la distancia”, de 1982, reconoce su admiración por el surrealismo y su valor de  “fermento” (Westphalen 1997), a pesar de que insiste en la conexión de su escritura con la de Eguren.
 Además de esta fuente evidente para las preocupaciones de Westphalen, hay otra que lo es menos pero que puede relacionarse con su admiración por el mundo peruano antiguo. Si bien no podemos pretender que Westphalen esté conectado con las cosmovisiones autóctonas, sí que es sin embargo consciente de que en la cosmovisión andina esa unión de contrarios que muestra el surrealismo forma parte de la percepción natural del universo. “Bajo la influencia de César Moro se intensificó mi interés en el arte, el psicoanálisis, el marxismo, la antropología”, dice en  “Poetas en la Lima de los años treinta” (1997), lo cual señala un interés previo aun a la llegada de Moro a Lima, y de Amaru hay que destacar la reconquista y revaloración de las enterradas civilizaciones prehispánicas, con lo cual se completa su crítica al racionalismo, el etnocentrismo y el imperialismo. Aunque, como Moro, no fue muy partidario de declaraciones de principios indigenistas, su aporte de "iluminación y subversión", como dice Paz, tiene que ver también con su amistad con José María Arguedas, que le dedicó su libro póstumo El zorro de arriba y el zorro de abajo, junto con Máximo Damián Huamani, y a quien él dedicó una sección de uno de sus libros de la segunda época, "Nueva serie", de El niño y el río, 1986.
Comentando al final de su homenaje al amigo (“José María Arguedas (1911-1969”) una entrevista que hizo Dorfman a Arguedas, recuerda con admiración las palabras del último sobre la capacidad de la cultura andina de anular la distancia entre el sujeto y el objeto, y su deseo de alcanzarlo. “Creo –dice Arguedas de su obra- que también contribuyó a descubrir cuán bello es el mundo cuando es sentido como parte de uno mismo y no como algo objetivo. Nada hay, para quien aprendió a hablar en quechua, que no forme parte de uno mismo”.  (Westphalen 1997). Y Westphalen anota entre paréntesis: “Esta especie de comunión universal, de inmersión poética en que se anulan objeto y sujeto es para muchos de nosotros todavía una cima inaccesible aunque intuida, ensoñada o, simplemente, deseada”. Seguramente cuando Westphalen escribía sus dos primeros libros esto no era sino una intuición, pero es interesante ver su lectura posterior de algo que entonces no estaba formulado, pero sin duda existía. Esta conciliación o al menos relación dialéctica entre los contrarios puede verse en una lectura de los poemas de los dos primeros libros de Westphalen, y al lado de la voluntad de producir un discurso alternativo, puede dar claves para la lectura de una poesía con escasa definición temática en el sentido convencional.



[1] Cuando no se indica lo contrario, las citas de poemas de Wesphalen se refieren a esta edición.
 [2]. Los poemas aparecieron inopinadamente entre los papeles de André Coyné al cabo de más de cuarenta años de quedar en su poder con la idea de que se publicasen en alguna revista. Se editaron con prólogo de Coyné en la editorial Auqui, de Barcelona, que también ha publicado el último libro de Westphalen. Westphalen (1980: 118) conjetura la composición de Cuál es la risa hacia 1935.

jueves, 21 de julio de 2011

PEPE RIBAS ESCRIBE SOBRE GONZALO HERRALDE.



PEPE RIBAS ESCRIBE SOBRE GONZALO HERRALDE.

Antes de que la especulación arrasara el bar Velódromo, el viejo Bikini, el restaurante Salmonete, el viejo Zeleste, el bar Astoria, la discoteca Bocaccio y todos los foros de encuentro fortuito, aquellos en los que se mezclaban generaciones, clases sociales y profesionales de diferentes ámbitos de la ciudad condal, ¿quién no había encontrado a este inquieto urbanita hurgando lo que se cocía con esa mirada que taladra cuanto ve y que esconde tras las gafas? “Ya no lo practico. La gente se ha hecho mayor y tampoco existen espacios comunes. En Madrid sí siguen existiendo; el Cock por ejemplo. Bocaccio fue un lugar espléndido. Empecé a ir a los diecinueve años. Iba con el escritor Enrique Vila-Matas y con Quico Viader, que había hecho películas con Jacinto Esteva de la Escuela de Cine de Barcelona. En aquello foros asistí a intensos debates entre cineastas y arquitectos, literatos y fotógrafos. También iba a Las Ramblas. Era la Barcelona cosmopolita del Jazz Colón. Más tarde llegaron los encuentros fortuitos en el bar Astoría, donde un grupo de gente que corresponde más a nuestra generación creó intensos vínculos que aún perduran: Cristina Fernández Cubas, Carlos Trías, Enrique, Vladimir, Nuria Amat…”.
También yo viví aquellas épocas en las que casi todo era posible y se subsistía con poco dinero. En 1973, una cena costaba entre sesenta y ciento cincuenta pesetas, alquilar un apartamento cuatro mil, y las copas en Bocaccio las ibas apuntando y no se sabía lo que ocurría con la cuenta.
Gonzalo Herralde fue el benjamín de una familia burguesa clásica compuesta por cinco hermanos con importantes diferencias de edad y veraneos en Argentona. Cuando él hacía la primera comunión, su hermano Jorge, el editor, estaba acabando la carrera de Ingeniero. A los 12 años, a Gonzalo le expulsaron de clase de Filosofía en la Salle Bonanova por hablar de Darwin y de la evolución de las especies. A los veinte, se fue a vivir con Beatriz de Moura a un pisito de la avenida del Hospital Militar que por las mañanas se trasformaba en Tusquets Editores. “Beatriz se había separado del arquitecto Oscar Tusquets que se lió con Ana Bohigas. La falta de dinero nos enseñó a convivir los cuatro en la misma casa en tiempos de revolución cultural en los que yo estaba obsesionado por el estructuralismo”.
En 1970, la semiótica de Julia Kristeva y el estructuralismo de Althusser hicieron furor. “Me lo tomé muy en serio, aunque su influencia fue nefasta para los jóvenes que buscábamos una nueva narratividad. Me interesaba más el nuevo cine alemán; Fassbinder, Herzog, y el americano de Bogdanovich. Pero yo, erre que erre, hice mi primer cortometraje en 1971, Cartel, en blanco y negro, basado en De la ideología y aparatos ideológicos de Estado, de Althusser. En cuanto lo vi no me gustó”.     Gonzalo estudiaba medicina, quería ser psicoanalista y la biología, la anatomía y la fisiología le enamoraban, pero como la universidad era un desastre dejó la carrera antes de empezar “la clínica”. Fascinado por los estudios iconográficos de Panofsky sobre los Renacimientos se apuntó en Historia del Arte y también en la escuela de Arte Dramático de Adrià Gual. “Me costó romper con el estructuralismo. Un verano, me fui a Urbino a un seminario sobre semiótica audiovisual y vi que lo de las dobles articulaciones, la base del estructuralismo, vegetaban en el reino de la confusión. Cuando volví, rodé el cortó Un cochero impertINente, un divertimento en clave de terror que representó mi ruptura con el estructuralismo”.
El cine dentro del cine fue su nueva obsesión. El 1975, montó una productora y consiguió cinco millones con los que hizo su primer largo, La muerte del escorpión, con Eusebio Poncela, Miguel Narros, Teresa Gimpera y Antonio Casas. “Las películas de jóvenes realizadores se rodaban en cuatro semanas y con un presupuesto muy ajustado, la distribución era un lío y competías con el cine de destape. Franco acababa de desaparecer”.
Truman Capote lo inventó en A sangre fría, pero fue Tom Wolfe y el fenómeno del nuevo periodismo los que despertaron un nuevo entusiasmo al joven realizador. “El cine documental utilizando los recursos propios de la ficción podía resultar un experimento innovador. Con estos presupuestos y lo que salvé de mi etapa anterior rodé Raza, el espíritu de Franco y El asesino de Pedralbes, que tuvieron una repercusión más que favorable. Me invitaron a Estados Unidos para presentarlas, tuve buenas críticas, coincidí con un productor norteamericano y realicé una de las primeras coproducciones que se hicieron en inglés. Jet Lag, con a actriz Janine Mestres que es bilingüe”.
Gonzalo vivió tres años en Nueva York, años en que el cine español se fue casi al garete porque el gobierno de UCD anuló las normativas proteccionistas. Fueron los crudos años del desencanto. En Nueva York trató a Scorsese, a Spilberg, a Casavettes. “Los nuevos directores del cine independiente norteamericano lo hacían a pelo, arriesgándolo todo, con bajos presupuestos y buscando circuitos alternativos de distribución. Fue una experiencia interesante. Cuando volví conecté con Pepón Corominas y pude meterme en una compleja producción de época: Últimas tardes con Teresa. El resultado fue muy bueno. ¡Qué placer ver el cine Avenida de Madrid abarrotado!”.
El joven director recorre la geografía catalana y española. Descubre la literatura de Narcís Ollé, la sensibilidad exquisita de Laura a la ciutat dels sants, de Miquel Llor, La punyalada, de Vayreda, los cuentos de la Pardo Bazán, las novelas de Clarín y de Pereda. Y rodó una superproducción en dos partes, La fiebre del oro, basada en la novela de Ollé, que estrenó en Valls y en el Liceo.
A partir de ahí, es el documental cultural de calidad lo que centra su actividad. Con motivo del centenario del año Pla, televisión recuperó una grabación de un programa de entrevistas A Fondo, que Soler Serrano había realizado entre 1976 y 1981. “Pasaron la entrevista y creó conmoción. Me fui a los archivos de televisión y decidí comercializar en vídeo aquellas entrevistas magníficas, que son memoria, por circuito de librerías. Un éxito. Las primeras que edité fueron Pla, Borges, Cortazar, Rosa Chacel, Juan Rulfo. He editado veintisiete”. Ahora acaba de editar las que hizo Bernard Pivot en Apostrophes: Navokov, Yourcenar… A la televisión basura, sin programas culturales de calidad, le ha salido una competencia a la carta. A cualquier hora, usted o yo podemos sentarnos frente a Octavio Paz o Julio Llamazares sin publicidad, gracias a la inquietud del benjamín de los Herralde.
Pepe Ribas.
En la foto Gonzalo Herralde y Vladimir Herrera con truchas a la brasa en la Hacienda Ranhuailla.

lunes, 18 de julio de 2011

CARTA ABIERTA A UN POETA "CATÓLICO", AGRACIADO Y SENTIMENTAL. EN EL CENTENARIO DE EMILIO ADOLFO WESTPHALEN.

CARTA ABIERTA A UN POETA "CATÓLICO",  AGRACIADO Y SENTIMENTAL. 

Paseando por tu blog me doy de narices con una referencia a un doctor filólogo de nombre Iván Ruiz Ayala que me parece que datea algo tuyo. Su nota sobre tu poesía está llena de lugares comunes como no podía ser de otra manera. Alguna vez te comenté que desconfío como cholo de todo lo que venga de la Católica. Así ha sido. Pero lo que me anima a escribirte sobre el supuesto gacetillero y doctor se refiere a una historia pequeña que espero se conozca:

 Soy amigo de André Coyné desde el año 1975, cuando lo frecuentaba en Lisboa y me comentaba acerca de la vida y milagros de la Lima de Cesar Moro y de EAW. Una Lima arrechante la de los años treinta que, como me decía Coyné, ha ido empalideciendo hasta nomás.

En 1988, en diciembre, fechó Coyné   un prologo para la edición Auqui de los poemas de EAW perdidos hacía muchos años y que él acababa de encontrar entre sus papeles de Montpellier. En ese prólogo está todo explicado. El libro se termino de imprimir en mis talleres de la calle Madrazo de Barcelona en marzo del 89. A falta de un título le puse el primer verso del primer poema: Cuál es la risa. Fue mi madre quien viniendo de España le entregó los ejemplares al mismo  poeta en su casa. Al cabo de dos meses recibí una postal atenta y agradecida de Emilio. Y todos tuvimos algo nuevo y hermoso entre las manos.

Tiempo después, en julio del 91, en un congreso en Salamanca, en una mesa de medio día en la que estaban Westphalen, Gonzalo Rojas, y Silvia, la hija de E.A.W.,  tuve acceso a Falsos Rituales y otras patrañas. Eran los poquísimos poemas manuscritos y en fotocopia que  edité  en Barcelona el año 94 de manera limitadísima en papel Archès  con encuadernación de abanico a la japonesa de seis ejemplares, tres  enviados a José Ángel Valente, Blanca Varela, y al mismo EAW. Los demás ejemplares tres los tengo yo a buen recaudo.

Debo recordarte que la edición de Cuál es la risa de Auqui data de marzo del 89, casi un año antes de la edición de las obras completas en Alianza cuidada por José Ángel Valente. Quien en su momento me escribió felicitándome por la edición mía. Esa ha sido mi aventura con Auqui y con E.A.W. en  Europa y me alegro. Pero me indigna que, en un prólogo  firmado por un tal Ruiz Ayala en una colección dirigida por Ricardo Silva-Santisteban con fotos de Herman Schwarz (la película se llama  Dios los cría y ellos Se Juntan), se diga impunemente que mis ediciones de España no han sido autorizadas. Y lo peor de todo es que la Pontificia Universidad Católica del Perú patrocine tamaño despropósito cinco años después de mi edición prima.
Nuevamente la risita limeña que odiaba Vallejo muestra los dientes carcomidos para oscurecer el trabajo de un tipógrafo y además editor que para merecer su arte  lo ha puesto al servicio de la gran poesía. Eso es todo.
Vladimir Herrera.
En el centenario de EAW.

viernes, 15 de julio de 2011

EN EL CENTENARIO DE EMILIO ADOLFO WESTPHALEN. TRES.








Emilio Adolfo Westphalen camina por la playa de Puerto Supe con Celia Bustamante, quien fuera mujer de José María Arguedas. La foto de arriba también es en Puerto Supe. Media probablemente el año 1950.

domingo, 10 de julio de 2011

EDITA VLADIMIR HERRERA FALSOS RITUALES DE E.A.W. EN BARCELONA. EN 1994.

8 detalles de una edición inencontrable: Falsos Rituales y otras patrañas, de Emilio Adolfo Westphalen. Fueron manuales la composición y la impresión sobre papel Archès con barba. La encuadernación en abanico fue creación de Montse Badell lo mismo que la caja japonesa con cerradura de marfil. Tres ejemplares llegaron a Lima y tres quedaron en Barcelona.






sábado, 9 de julio de 2011

MEMORIAS DE UN TIPÓGRAFO. MANIFIESTO. EN EL CENTENARIO DE E. A. W.

W
Trabé amistad con André Coyné  en el otoño de 1975 en Lisboa. Yo le había llevado la edición máxima, hasta ese entonces, de los escritos sobre Vallejo de Editorial Taurus que Julio Ortega me enviaba para él. Por casualidad la amiga en cuyo Citroen dos caballos llegué a Lisboa también era amiga de él. Por tanto el aprecio y la amistad junto con los paseos y el acercamiento  a los poetas portugueses amigos de Coyné y nuestras conversaciones sobre Lima fueron el centro de aquella mi estadía en Portugal. De aquel entonces data mi posesión de Trafalgar Square , Editions Tigrondine, 1954.Y Amour à mort, París 1957. Años más tarde  Coyné también me obsequió LE CHATEAU DE GRISOU, Mexico 1943. Eran las publicaciones de Cesar Moro que  Coyné había guardado con cariño.
Durante casi todos los ochentas con Helena Usandizaga frecuentamos a Coyné en Barcelona, a dónde acudían en la primavera como a una gran ciudad tanto él como Américo Ferrari. Uno venía de Montpellier y el otro de Ginebra. Por aquella época publiqué en Editorial Auqui La Fiesta de los locos de Américo Ferrari, libro que, inscrito en la Edición de El Bardo de su poesía completa, nos dedica a Usandizaga y a mí.
Fue  en el otoño del 88 que Coyné nos vino con la novedad de los poemas hallados de Emilio Adolfo Westphalen entre una carpeta de poemas suyos L´oeil obèse en Montpellier y, puesto que conocía mi trabajo y mi taller de la calle Madrazo, me propuso la publicación de ese material westphaliano en forma de libro con un prólogo suyo que da fe del avatar de aquellas letras. Y así fue. Acordamos que el nombre del libro lo pusiera  yo y no se me ocurrió otra cosa que prenderme del primer verso del primer poema Cuál es la risa. El libro salió a la luz de la primavera de 1989 junto con el de Coyné: Fe de errores. Fue mi madre quien llevó los ejemplares de las dos ediciones a Lima y los entregó en las manos a Westphalen. El mismo que dada la naturaleza de la publicación y su carácter artesanal y esencialmente tipográfico me envió una postal juguetona y agradecida que conservo en la calle Madrazo.
El año 90, luego del nacimiento de mi primera hija, tuve la suerte de encontrar a Westphalen en Salamanca alrededor de una mesa en la que también estaban Gonzalo Rojas y la hija de Emilio, Silvia, que llegaba de Portugal. Emilio hablaba de la catedral de Ávila y más precisamente de sus estatuas extrañas mientras Gonzalo Rojas carraspeaba y se burlaba del tiempo. En tanto que  yo me recuperaba del susto de haberme topado con María Kodama, la viuda de Borges, mesas arriba. Aquella tarde tuve entre mis manos las fotocopias de Falsos Rituales y otras patrañas, que tiempo después publiqué en Barcelona en edición mínima de abanico, en papel Archès. Seis ejemplares: tres que llegaron a Lima y tres que mantengo a buen recaudo.
Se puede notar entonces que en ningún momento E. A. W. estuvo en desacuerdo con mi edición de Cuál es la risa  y muy por el contrario, un año después en Salamanca me hizo conocer Falsos rituales . Cuento esto para curarme en salud dada la incuria del tiempo y el acecho de los parientes pobres del diablo que sobre todo en Lima abundan.
Vladimir Herrera.
Ranhuailla ,9 de julio del 2011.

viernes, 8 de julio de 2011

EN EL CENTENARIO DE EMILIO ADOLFO WESTPHALEN. ANDRÉ COYNÉ.

Prólogo de André Coyné para la primera edición de Cuál es la risa de E. A. Westphalen hecha por Vladimir Herrera en Barcelona en 1989. Editorial Auqui.      

La memoria es aleatoria.
           En uno de los párrafos finales del texto que, el 3 de marzo de 1974, leyó en el Instituto Nacional de Cultura, bajo el título Poetas en la Lima de los años treinta ,  E.A.Westphalen recordaba que,  desde 1935 hasta la fecha, no había publicado poemas, ni tampoco casi escrito. Agregando: “Debo mencionar que había intentado, un poco antes, unos ensayos de lo que se llamaba poesía social. No tenían desde luego nada que ver con la poesía” , y, a renglón seguido: “De esta época data también  un grupo de cortos poemas eróticos. Un par trató en vano de publicar Coyné, años después, en una revista española de poesía. Los originales se han perdido”.
         Yo llegué al Perú en las últimas semanas de 1948. Mi amistad con Westphalen fue inmediata, traduciéndose en mi presencia en el n° 6 de Las Moradas, a cuyo Comité de redacción seguidamente ingresé, en sustitución de Fernando de Szizlo que en los primeros meses de 1949 emprendió viaje hacia París. La única “revista española de poesía” con la cual tenía alguna relación era Raíz, órgano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Madrid, que dirigía J. Guerrero Zamora, a quien conociera en agosto del 48 en Segovia, en el ámbito del primer curso para Extranjeros organizado en la España de posguerra. En su n°3-invierno 1948-49 – había salido uno de mis poemas, pero en breve dejó de publicarse y, según parece, no ha quedado huella de ella ni en las hemerotecas ni entre los bibliógrafos.
         Sea como fuera, cuando conocí Poetas en la Lima de los años treinta, a través de su inclusión – junto con Las alternativas del  novelista  de J. R. Ribeyro-  en el tomo Dos Soledades, luego distribuído por el INC, rememoré ese intento mío que Westphalen señalaba, sin que nada entonces me llevara  a dudar de que, en verdad, todo fuese hecho definitivamente consumado.
          Hasta que, el año pasado, vuelto ya de cuarenta años de errares por los cuatro y tantos continentes, al recuperar viejos papeles y ponerme si cabe, a ordenarlos, abrí una carpeta doblemente obsoleta, que inesperadamente me ofreció los originales de  L´oeil  obèse – e, intercalada entre sus hojas, la serie perdida de Westphalen: algo más que los “cortos poemas eróticos”  a que aludía la charla de 1974; en realidad, todo un conjunto que, cuando se reedite la poesía completa, habrá que inserir entre Belleza de una espada clavada en la lengua, que reúne los sueltos conocidos de 1930-1978, y Arriba bajo el cielo, colección  inaugural del segundo Westphalen, el nacido en Lisboa a principios de los 80 – aparentemente tan otro del primero, el que empezara a fulgurar, “andando el tiempo”, “ a la aventura”, en el cielo “sin noche y sin día” de la Lima de los años treinta – y más profundamente tan el mismo, en la medida en que ambos poseen por igual la virtud de sorprendernos, puestos a revelar, cada uno a su modo, “el fin” que fue, es y será “del principio”, mientras  el mar no acabe de tragarnos “ para nunca y para siempre”:
        “En el origen está el término o vice-versa”.
         Montpellier, diciembre de 1988.
         André Coyné.


jueves, 7 de julio de 2011

CUÁL ES LA RISA. LOS POEMAS PERDIDOS Y ENCONTRADOS DE E.A.W.
































Vladimir Herrera ha compuesto y tirado a mano para Editorial Auqui 250 ejemplares de  Cuál es la risa de Emilio Adolfo Westphalen. Para esta edición se han usado tipos Nicolas Cochín del cuerpo 12, sobre papel registro ahuesado. Los trabajos se cumplieron en los talleres del Lunarejo en Barcelona el 21 de marzo de 1989. La maqueta y la encuadernación estuvieron a cargo de Montse Badell.