martes, 23 de octubre de 2012

GAMANIEL CHURATA EN EL FUEGO DE LAS PURIFICACIONES.

Es ley que el dolor suture los harapos...


Gamaliel Churata en el fuego de las purificaciones

(Fragmentos)

Néstor Taboada Terán

    Conocí a Gamaliel Churata en 1941, cuando yo había pasado la barrera de los 10 años sin llegar a los 15. Abandonando mi condición de estudiante de la Academia de Bellas Artes, me encaminé como el Quijote en sus mocedades al semanario Estampa, que dirigía el periodista José Manuel Pando para salvar la patria que se iba a pique.
    Era el comienzo de la Concordancia, un acuerdo patriótico de partidos tradicionales que prohijaba a Enrique Peñaranda Castillo, un general en el ejercicio de la presidencia de la República.
    Escritor de nacimiento y no de vocación, sin entender todavía la literatura marrullera como la ciencia del saber pajpaku, tenía pergeñadas novelas cortas que las llamaba narraciones; escribo desde los 7 años. Una de aquellas narraciones manuscritas, Gamaliel Churata tuvo la bondad de ordenar a Hilda Mundi, destacada periodista del vespertino Tierra, que la mecanografiara, para intervenir en el concurso municipal de Literatura de 1942. La idealización de una aldea transformada en metrópoli, como Nueva York con bandidos y hombres al servicio de la ley. Gamaliel Churata me estimulaba publicando mis colaboraciones juveniles, ciertas veces cuando las encontraba raquíticas e insufribles, me las devolvía solicitando cortésmente que las revisara.
     (…) 1939 fue un año de convulsiones políticas. En las paredes de la ciudad de La Paz aparecieron afiches con la xilografía de un importante grabador: un perro furioso hincando los dientes en el cuerpo de un oso. La declaración de protesta de los intelectuales por la agresión de la Alemania nazi contra la Unión Soviética, encabezada por Gamaliel Churata y Félix Eguino Zaballa. Los gobiernos militares, autocalificados de tutelares, que se sucedían después de la Guerra del Chaco, no dejaban de manifestar sus simpatías por las corrientes del nacional-socialismo de Alemania e Italia, y los firmantes de la declaración fueron perseguidos. Franz Tamayo en La Paz había promovido un incidente con los diplomáticos de Mussolinni por algunas expresiones vertidas en un reportaje publicado en la revista Amauta, mientras que por otro lado, Alcides Arguedas en Roma recibía una distinción por su libro Pueblo Enfermo.
     (…) Gamaliel Churata vivía permanentemente perseguido por gobiernos despóticos y mujeres encendidas, apetecibles señoras peligrosas que nunca se cansan de ofrecer las manzanas del paraíso. Unión y concesión se le apegaban como a un panal de miel. Dios no hizo al hombre para que rechace las bendiciones que pone al alcance de su mano. Poeta, narrador y periodista, Gamaliel Churata pasó la vida amando mujeres con la pasión que le era propia alma, corazón y vida, como dice la marinera, y ciertas veces enterrándolas.
    (…) Gamaliel Churata en su juventud vehemente político y patético enamorado, estaba curado de espantos. En el exilio de La Paz tuvo tiempo de ponerse  serio y engrosar, parecía después el ídolo de una religión oriental. En la casona de la familia Palazuelos, Plaza de Toros del Olimpic, final Pilcomayo, hoy Otero de la Vega, su santuario familiar, residía al lado de su compañera Carmela y sus hijos Teófano y Estrella. Yo vivía cerca, con mi madre y dos hermanas, casas vecinas más abajo. Una morada de arriendo con una pila y una vergelera al estilo  de Yanacachi yungueño, de Doña Concepción Lanza, propietaria de sayañas en Chulumani, con un esposo chileno apodado el baturro y dos jóvenes domésticas de muslos de amapola, que a la muerte de la patrona, le quitaron al viudo su casto sueño y toda la vecindad compartía la pena negra de sus ardores. Más sufrido que Neruda enLos versos del capitán. Una de las domésticas por no ser deshonrada por el viudo alegre se suicidó y la otra aterrada le dejó invadir su lecho, del que no salieron ambos tres días y tres noches. El mar en la botella. Y la caritativa vecindad pasaba por la ventana calditos de pollo con mucha llajua para que no desfallecieran en el sacrificio. El Baturro no era ningún malagradecido y  a la doméstica desflorada le regaló el mejor hijo de un primer matrimonio para uso legítimo. Se casaron con pompa en la parroquia de San Pedro y Gamaliel Churata fue padrino.
    (…) Gamaliel Churata publicó  sabrosas informaciones de primera mano en la página 8 del diario La Calle, transmitidas por los programas informativos de radio “América” de los hermanos Salcedo, precursores del periodismo oral, continuado después por Raúl Salmón.
    (…) Una tarde de Domingo en el Olimpic, auspiciada por la Alcaldía Municipal y el Centro Taurino Boliviano, se inauguró una temporada de corrida de toros, con matadores que arribaron de Lima y bestias de Piura. Cuando el público adquiría boletos para presenciar la fiesta brava se produjo un tumulto, agresiones y disparos de armas de fuego. Un poeta de nombre Francisco Perro y sus seguidores distribuían panfletos condenando la violencia de las corridas, el sufrimiento de los animales, y pedían rechazo, censura y prohibición. El poeta Perro y sus fieles seguidores no eran adherentes de Gesta Bárbara, puesto que los “bárbaros” con ínfulas de niños bien disfrazados de matadores junto con sus manolas, santificaban la fiesta en que se lidiaban toros con rosas de sangre. Los trinquetes remunerados por el Centro Taurino intentaron hacer desistir del humanitarismo que animaban Perro y sus leales adeptos, quienes maltratados, ensangrentados y con amenazas de muerte, en el mismo Olimpic, pidieron el auxilio y amparo de Gamaliel Churata.

ÚLTIMA HORA EN EL CORAZÓN

   Gamaliel Churata era Jefe de Redacción y yo obrero linotipista. Mis compañeros de trabajo Waldo Álvarez, el Flaco Martínez, el Cabezón Miranda, el Maloso Mario Guzmán Azpiazú, el Lucho Quezada y otros. Después de las labores del día, con Gamaliel Churata ascendíamos la pendiente de la calle Almirante Grau con dirección a la zona San Pedro. Tal si fuera el Orkopata de Puno. Churata era un gran conversador, en su emotividad usaba un léxico parecido al de Sofocleto, sus carajazos daban énfasis a sus puntos de vista. Me relataba su vida, se refería a José Carlos Mariátegui, Manuel González Prada, su asilo en el convento de los franciscanos (“los curas son buenos, pero las monjas son de cuidado” decía confidencial, aunque sus hermanas eran monjas) y no se olvidaba del entrañable Potosí, Gesta Bárbara, Carlos Medinaceli, añoraba su barba y la capa andaluza que usaba en su bohemia. Se reía de sí mismo por su parecido a Mefistófeles. Se mofaba del pelo que se dejaron crecer como chivos en la punta de la barba los chuquisaqueños Tristán Marof  y Mamerto Urriolagoitia. Las persecuciones sufridas en el gobierno de Toro no le convencían, “porque nadie le colaboró en sus hazañas socializantes como yo en la prensa…”
    A comienzos de 1943, fundamos Agrupación Juvenil Boliviana con Juan Albarracín Millán, Manuel Ángel Evía, Félix Clavijo, Abel Mendoza, Guillermo Tarifa y otros. Gamaliel Churata aportó con la filosofía que nos animaría: Bolivia libre en un mundo libre. Mucho tiempo después llegaría a saber que era un lema mariateguiano un Perú libre en un mundo libre. Así como la consigna de Mariátegui peruanicemos al Perú utilizada después por Sergio Almaraz como bolivianicemos a Bolivia.
   (…) Gamaliel Churata manifestó su simpatía por José Antonio Arze, uno de los intelectuales más destacados del país y jefe del partido de la Izquierda Revolucionaria, quería tratarlo personalmente y publicar una entrevista. Arze sobrevivió a una tentativa de asesinato ordenada por la logia militar RADEPA que había gobernado al país de 1943 a 1946.
    Concertado el encuentro acompañé a Churata a las 10 de la mañana a la casa donde se hospedaba Arze, Se hallaba todavía en la cama, en una habitación desolada donde le hacían compañía una cantidad de libros apilados y una botella de papaya salvieti. En la conversación surgió el tema del Perú. José Antonio Arze estuvo exiliado en Lima durante la Guerra del Chaco con José  Cuadros Quiroga  y Waldo Álvarez, fundadores, el primero del MNR; y el segundo del PIR, y en el régimen socialista de David Toro, del Ministerio de Trabajo. El diario Última Horapublicó la entrevista con una estupenda ilustración: el poeta chileno Pablo Neruda posando en su casa de Isla Negra junto al pensador boliviano Arze, autor del libro El terrorismo nazifazista en Bolivia, en sus declaraciones solicitaba un proceso igual que el de Nuremberg para los políticos “nazifacistas” que habían sobrevivido al alzamiento popular del 21 de julio de 1946. Gamaliel Churata estaba convencido que José Antonio era un místico.
    (…) Gamaliel Churata prestaba en Bolivia servicios asistenciales con su pluma a todos los hombres de buena voluntad, a los menesterosos del arte de comunicarse por escrito, siempre y cuando  éstos pudiesen remunerar la celebración de sus oficios. En aquellos tiempos no existían los encargados de relaciones públicas. Pasión más sinceridad igual equidad, la llave del periodismo. Indigentes los altos personajes  de la banca, comercio e industria, prefectos, alcaldes, ministros y directores de instituciones autárquicas recurrían a sus auspiciosos servicios y los discursos preparados con un lenguaje sencillo y veraz se esmeraban  en leer correctamente. Y esta historia venía de lejos. En Potosí Armando Alba publicó su primer librito,Voces áulicas, y todo el mundo literario estimó que ahí estaban las huellas prosódicas  de Gamaliel Churata. Y él explicaría después: “Corredores de oreja, forma antiestética de la Celestina, mal de toda aldea, grande o chica, anduvieron propalando que el libro primigenio de Armando Alba lo había yo escrito, lo que habría sido imposible, pues Voces áulicas, es fruto del aula escolar y tiene la gracia tempranera de una adolescencia inconfundible”.
   Este rumor insidioso fue origen de la mala  voluntad que mostraría después, por todo el tiempo, Armando Alba contra Churata.
   Otros escritores caerían también caerían bajo el influjo del “Mal de toda aldea, grande o chica”. No se libraron Diez de Medina, Fellman Velarde, Montaño Daza y otros, en cuyos escritores se creía ver  el estilo del maestro  que alentaba la divisa de no  se preocupe yo se lo escribo su libro o su discurso.
    Gamaliel Churata aprovechó cuanto pudo la experiencia y talento periodístico de José Carlos Mariátegui. Ahí está por ejemplo, trasladada la sección Panorama Móvil de la revista Amauta al vespertino Última Hora, de La Paz.
    (…) Gamaliel Churata llama al Panorama Móvilde Última Hora una “tamaña aberración en el oficio”. Y en 1950 se justificaría a propósito de un concurso  interno “no para rendir parias a la literatura ni a las eminencias filosóficas, sino para dar rienda suelta a la menuda y triste actualidad de todos los días”.
    Gamaliel Churata era un alma creadora. Alma, corazón y vida. Hipersensible, admiraba a Franz Tamayo y vivía apasionado por Carlos Medinaceli, autor de la célebre novela La Chaskañawi. (…) Por eso cuando Carlos Medinaceli arribaba a La Paz lo primero que hacía es asomarse a Última Hora. En Última Hora vivía Gamaliel Churata, el amigo entrañable, el hermano del alma. Carlos Medinaceli  un día me dijo que yo le recordaba al joven Gamaliel Churata, cajista de imprenta en Potosí, con la diferencia de que Gamaliel Churata no usaba overol sino guardapolvo. Y nos reíamos en quechua como en San Javier de Chirca. Carlos Medinaceli murió en La Paz a los 51 años y a instancias de Gamaliel  Churata le sacaron una mascarilla, el vaciado del yeso del cadáver, como hicieron en Lima en 1930 con José Carlos Mariátegui.
    (…) Yo nunca guardaba mis puntos de vista para rumiarlos en la  soledad de ninguna manera, los decía a viva voz, francamente, aunque el mundo después se venga abajo. Gamaliel sonrió indulgente y me previno. “Ten cuidado, en tus opiniones advierto los bigotes de Stalin”. Primera vez que Gamaliel Churata estaba equivocado. No eran de Stalin, peor aún, eran de Zdanov.
(…) Gamaliel Churata fue amigo discreto de la Gesta Bárbara paceña. Nunca reclamó su derecho a sentarse  en el sillón principal  como caudillo histórico, cual autor de Castalia Bárbara. Recién en 1950 cuando se organizó el concurso interno  de Panorama Móvil, apareció derramando su humanismo trascendente. La historia  es el tiempo en la biografía de los hombres. Sabio certamen del que no surgieron descontentos, porque todos sus integrantes colmaron su ego hasta el hartazgo. Se llevaron galardones de los lotes sorteados con el padrinaje de Franz Tamayo, Humberto Palza y Alfredo Alexander. Y en la imprenta de Última Hora  se dictó Trigo, estaño y mar, calificado por Tamayo de “libro apostólico”, en el que me cupo intervenir aportando la composición mecánica de linotipia para la impresión junto  a mis compañeros Alfonso Salazar y otros.
   Gamaliel Churata publicó en Trigo, estaño y mar, un ensayo biográfico de cerca de cincuenta páginas. Periodismo y barbarie, con el epígrafe ¡Oídme escuelas del Cid. Un significativo y medular aporte a la historiografía de la cultura boliviana. Un escrito con nitidez insólita y manifiesta espontaneidad, limpio y diáfano, como una cascada de agua cristalina de las alturas de Orkojahuira. Girando inconteniblemente la muela molinera de Gamaliel Churata va haciendo harina. “La mejor manera de aprender a escribir mal es hacerse periodista, también hacerlo muy atildada y elegantemente es la mejor manera de matar un periódico”. “El periodismo es la arena  del circo para el escritor”. Y “escribir para el periódico es escribir para la vida”. Y la recomendación  especial para la Gesta Bárbara de diez mocetones y una mujer con voz y cuerpo adolescentes. “¡Emplumad, pues, gallos!”
    (…) El tiempo y el viento. El turbio  soplo del viento. El último acto de Gamaliel Churata, de importancia en su vida de Tukuyríkuj, el hombre que lo veía todo, arrullando esperanzas publicó en la imprenta del estado, pagando el importe del papel utilizado al administrador Carlos Altamirano, un ex-dirigente sindical del gremio gráfico. El pez de oro, Kori chawlla. Pensamiento del chawllero pescador del Titicaca. Retablos del Leykhakuy, los adornos mágicos en la ciencia de los brujos, seguido de un guión lexicográfico. El portentoso Pez de oro –negada la edición en la imprenta de la Casa de Moneda de Potosí por el rencoroso director Armando Alba- anuncia otras obras: Invitación al pez, Puma Khapaj, Khon, Orkopata, Cántico, Historia del Tawantinsuyo y Teatro. En prensa: Hararuñas del Chullpatullu. Ganó El pez de oro, pero perdió a Teófano, su hijo, que, como Mariátegui, se hallaba postrado en una silla de ruedas. El sino trágico de una vida y de un tiempo. Murió Teófano y desapareció Carmela. Y Gamaliel no se atrevió a componer una nueva elegía como lo hizo cierta vez por su amada Brunilda que murió imilla…
    (…) La tarde oscura colgando del crepúsculo como un presentimiento. Desacaudalado, física y espiritualmente, Gamaliel Churata en la lentitud cansada de su vida, con el alma triturada, piel y huesos, caminaba por las calles de la hoya paceña buscando dónde guarecerse. Sin gloria y sin dinero. Viejo y achacoso, sin renta, sin jubilación como todos los periodistas, sin seguro médico, sin ayuda de nadie, sólo contra todos. Levantando susceptibilidades a cada paso. Un árbol con frutos de tristeza deshaciéndose a pedazos.
   Nuestra suerte es seguir soñando compañero Mariátegui, escribió alguna vez.
   Gamaliel Churata cargaba en sus espaldas muchas dudas y tempestades, innumerables pasiones y decepciones, engaños y estafas, porque otros se habían apoderado de las llaves del reino, y dejaba por las calles un penoso rastro de amargura. Amargura netamente peruana  como la de Atawallpa, como la de César Vallejo, como la de José Carlos Mariátegui.
   ¡Ay, mi Don Gamaliel, bardo y señor, periodista de periodistas, maestro inmortal, todos los senderos te fueron imposibles!
   Y como un elefante que ha cumplido su ciclo histórico, mortalmente señalado y con fuerzas menguadas, retornó al exilio del Perú en viaje a la perpetuidad y cayó de bruces “ tendido entre las llagas de la noche brumosa”.
    Para los ciegos caminantes podemos asegurar que en El pez de oro mágico está el mensaje del maestro inmortal, en lengua “radicalmente plebeya”, como anotara algún filólogo entusiasta “el intento de creación de un nuevo idioma”. Voz y paisaje que cree en una revolución posible en los pueblos y en los individuos, si ello no importa el regreso a las raíces. Gamaliel Churata impreca, pide, clama, grita.

¡Mi pueblo, milenarios de mi sangre!
¿Si un pueblo hay en tu sangre,
Qué esperas que no florece en ti
La sangre de tu pueblo?

Creador, gobernante, laborero:
El sol hace más noble
La severa presencia de la montaña.
Y sólo en la sangre con pueblo
Hay semillas del Sol…

¡Mi pueblo, mi sangre milenaria:
Yo velaré, erizado de lanzas,
Tu libertad, Primavera de mi corazón!


Néstor Taboada Terán
“Gamaliel Churata en el fuego de las purificaciones”,
en Signo. Cuadernos bolivianos de cultura,
No. 48-49, La Paz, mayo de 1996. 

lunes, 22 de octubre de 2012

PEQUEÑA HISTORIA DE UNA EDICIÓN HISTÓRICA.



EL NACIMIENTO DE EL PEZ DE ORO

Cuando empezamos a pensar en la edición de El pez de oro, de Gamaliel Churata, nunca imaginamos que la publicación de este texto raro iba a estar hecha de una esperanza desesperante. Digo empezamos porque en este proyecto que he tratado de completar siempre ha estado Vladimir Herrera. Como es lógico en un trabajo tan laborioso, no se hizo en dos días: acabé la edición en septiembre de 2010 –ya ni recuerdo cuándo la empezamos-, y ha salido dos años después. Sin ser culpa de nadie: la editorial Cátedra, o mejor dicho la editora Josune García, siempre me trató bien, y nunca me engañó, pero dejaba resquicios para la ilusión: “no podrá programarse antes de un año”, y entonces imaginábamos el libro en la calle en septiembre de 2011, pero cuando llegaba la fecha aún había que esperar, y nos dábamos contra el suelo otra vez.
En los inicios del trabajo la editorial me pidió  que contactara a los herederos de Gamaliel Churata para gestionar los derechos de autor. Pude hablar -después de una búsqueda detectivesca en las diferentes ramas familiares, en la que me ayudaron Max Meier y Riccardo Badini-, con Amarat Peralta, que vive en Miami. Un día lo llamé por teléfono desde Barcelona y a través del Atlántico me llegó su voz cercana y su amabilidad profunda. Me emocioné por hablar con el hijo de Churata, porque en seguida me mostró que lo más importante para él y sus hermanos era que se conociera la obra, porque intuí historias dolorosas, pero tal vez también luminosas, en sus recuerdos.
El pez de oro me llegó de Perú y espero que ahora vuelva a Perú. La inspiración y el impulso han venido también de los amigos peruanos, y de Perú mismo, claro. Las Jornadas organizadas en Arequipa en 2009 por Filonilo Catalina y José Córdova me animaron a seguir adelante. En especial José Luis Velásquez Garambel y Juan Yufra han hecho posible que exista el texto tal como es.
Tanto tardó el libro en salir, que en el entretiempo apareció otra edición, de José Luis Ayala, a fines de 2011. Ahora espero que ésta de Cátedra también se conozca, y que sean fructíferas las decisiones que tomé. Por ejemplo, la de respetar la elección de Churata respecto a las palabras en quechua y aymara, y no anotarlas en el texto, sino añadir un glosario que completa y aclara el del propio Churata. Su “Guión lexicográfico” al final de la obra no es una lista de palabras organizadas como un diccionario: es un texto poético estructurado en destellos de su conocimiento imperfecto pero íntimo de esos lenguajes, de sus lugares y relatos. Por eso no he querido tampoco actualizar esa ortografía, ni cambiar las palabras que Churata escribe erróneamente, sino que he tratado de señalar esos desfases en el prólogo y en el anexo a su guión. El castellano lo he trabajado de modo más canónico, pero tampoco he corregido las transgresiones significativas con las que Churata a veces lo cambia y lo recrea.
Dada la importancia de Cátedra en España y en el ámbito hispanoamericano es seguro que la obra de Churata terminará siendo  centro y horizonte, cifra y fulgor, gozo y sabiduría para sus nuevos lectores.


Helena Usandizaga.

lunes, 15 de octubre de 2012

APÓCRIFO DE MO YAN HALLADO.



POEMA DEL NOVEL MO YAN


El cielo gira con su  aura de jumento

La soledad y el hambre pacen en su mirada lenta

Más buena que el amor el alba

Dispone en el tablero la batalla.



De los balcones miras el sol y la luna

Sobre el lomo de un asno amoroso

Tu risa adolescente horada el viento del oeste

Hablando gira el viento como un arco de retama.



Volverás pero más viejo

A sola tu corona de hambre y soledad

como a un Sombrero de paja

Que el mar la mira.


Traducido del francés por Vladimir Herrera.

miércoles, 10 de octubre de 2012

Visca Catalunya! Por Ramón Chao.

ME GUSTAN los catalanes porque a lo largo de su historia acogieron e integraron a íberos, fenicios, cartagineses, griegos, romanos, judíos, árabes y toda clase de charnegos y sudacas, sin conocer los problemas que afectan ahora a Francia; es un ejemplo.
Me gustan los catalanes porque ya el 7 de abril de 1249 (uno va hacia Matusalén) el rey Jaime I nombró a cuatro prohombres de Barcelona (los paers) para dirimir los conflictos de la ciudad sin violencias ni reyertas. Esos hombres sabios, que pasaron a cien en 1265, (el Consell de Cent), iniciaron el sistema del gobierno municipal de Barcelona. Gracias a ellos reinó allí la concordia, y antes de empuñar las armas prefirieron siempre emplear la razón.
Me gustan los catalanes porque en toda su historia no han ganado ni una sola guerra, y encima les da por conmemorar como fiesta nacional una de las batallas que perdieron en 1714 a manos de las tropas de Felipe V de Borbón. Cataluña había dejado de ser una nación soberana. Desde entonces, cada 11 de septiembre muchos catalanes y catalanas, como hay que decir ahora, se manifiestan para reclamar sus libertades.
Me gustan las catalanas porque una de ellas, joven y bien plantada por cierto, no vaciló en pegarse a mi espalda durante cuatro días en el asiento trasero de una Vespa cuando recorrí la península en pos de Prisciliano.
Me gustan los catalanes porque tienen de emblema un burro tenaz, trabajador y reflexivo, muy alejado del toro ibérico cuyas bravas y ciegas embestidas lo abocan a la muerte. Estos animales son de una raza registrada, protegida, y prolíferos sementales. Al igual que el cava, se exportan a numerosos países para mejorar la especie autóctona, como a Estados Unidos, donde crearon el Kentucky-catalan donkey . Y allí no piensan, ni mucho menos, en boicotearlos.
Cierto es que en el carácter catalán confluyen las virtudes del asno. Pero los rasgos diferenciales no se limitan a los de este cuadrúpedo. La población catalana se define por una doble característica : el seny y la rauxa . El seny implica sabiduría, juicio mesurado y sentido común. Tenía seny aquel catalán que iba en un compartimiento de un tren al lado de la ventanilla. Tiritaban de frío y los otros pasajeros le pidieron que la subiera: «Es igual», contestó a varias solicitudes, hasta que un mesetero se levantó furioso y alzó la ventanilla... ¡cuyo cristal estaba roto! «Es igual», volvió a repetir el buen hombre con toda su santa cachaza.
Al seny le responde la rauxa , asimilable a la ocurrencia caprichosa, la boutade (frase ingeniosa y absurda). Cuando de joven y surrealista Dalí iba en el metro y veía a un cura con sotana, le decía: «Siéntese, señora». La alianza de estas dos facetas en un solo individuo forma el carácter catalán, que se comunica, se comparte y se aprecia. El otro día al regresar a París en avión desde Barcelona quise ayudarle a un pasajero, dada la exigüidad del espacio, a ponerse el abrigo: «No, por favor, no se moleste, que bastante trabajo me cuesta a mí sólo». Pero lo más refinado lo percibí en el taller del ceramista Artigas. Él y Joan Miró estaban trabajando en el mural del aeropuerto de Barcelona. Le pedí a Miró que le dedicara una lito a mis hijos. Puso: «Para Manu y Antoine afectuosament». Cuando la vio Artigas hizo este parco comentario: «Te lo escribió en catalán para ahorrarse una letra».
Me gusta Cataluña porque allí, según Arcadi Espada, don Quijote recobró la razón, sin duda contagiado por el seny . Me hubiera dado mucha pena que el Ingenioso caballero muriera loco.
Me gusta Cataluña en fin y sobre todo porque uno de mis hijos eligió su capital para vivir en ella por ser una ciudad abierta, tolerante y discreta.

jueves, 4 de octubre de 2012

EL CLUB SAGRADO SEGÚN EUGENIO MAQUEDA


El club sagrado
Andrés Soria Olmedo (ed.), 20 años de poesí­a. Nuevos textos sagrados (1989-2009), Tusquets, Barcelona, 2009.
Las antologías son libros raros, retraídos. Miran desde la estantería con ojos de culpa, como si pidieran perdón por su existencia. Forman un gueto. En mi estantería las veo muy juntas, casi abrazadas, un poco hundidas hacia el fondo, quizás para escapar del recelo con que son miradas por los demás libros. Ésta de la que aquí tratamos es distinta, y no por su volumen, la calidad de su papel, o sus lujosos espacios en blanco (propios de la colección). Lo es porque no ha nacido con el estigma de la culpabilidad.
La antología que nos presenta el profesor Soria Olmedo ha sido editada por Tusquets para celebrar y conmemorar que se cumplen veinte años de la creación de su colección Nuevos textos sagrados, a su vez incluida en Marginales. Por lo tanto, Andrés Soria se ha ahorrado las explicaciones y justificaciones propias de las antologías, que nunca terminan de conseguir explicarse y justificarse. A pesar de eso, lo primero que nos encontramos es una cita de Viaje del Parnaso de Cervantes, con la que el antólogo se cura en salud, quizás como guiño a los demás libros de su especie: Unos, porque los puse me abominan; / otros, porque he dejado de ponellos, / de darme pesadumbre determinan. En esta ocasión no existe tal problema, pues el libro recoge poemas de todos los autores que han publicado en Nuevos textos sagrados durante sus veinte años de vida.
El éxito de la colección dirigida por Antoni Marí es evidente. Recordemos, por ejemplo, que cinco de los diez últimos Premios Nacionales de Poesía se han publicado en ella. No es casualidad. Como dice Andrés Soria en su interesante prólogo (que además es extenso, pues dedica unas líneas a todos y cada uno de los autores antologados): "La propia colección es ya antología o selección de un conjunto más vasto dentro de la producción de cada autor". Y es que el nombre de la colección ya parece indicarnos que se necesita estar consagrado o tener una trayectoria consolidada para entrar en ella. ¿Es el club sagrado de la poesía en nuestro idioma? Es posible. Lo cierto es que (al menos a mí me pasa) cuando encuentro en una librería el lomo dorado del último poemario a la venta, lo compro, y lo hago con la sensación de que no me va a defraudar. Alguna vez me ha ocurrido, sí, esperaba más, pero ha sido en contadas ocasiones. Es necesario decir, por otra parte, que esta manera de editar no sería posible sin la presencia de otras editoriales que en su día apostaron por estos autores cuando aún no eran tan conocidos.
La selección que ha preparado Soria Olmedo nos es presentada en un orden cronológico, teniendo en cuenta únicamente el año de nacimiento de los autores, a los que ha agrupado en secciones. La primera se encuadra en lo que el antólogo llama "la modernidad poética", y los escritores incluidos son: Juan Ramón Jiménez, Jorge Guillén, Rosa Chacel, Enrique Molina y Virgilio Piñera. Los poetas de la segunda "pertenecen básicamente a la generación del cincuenta": Carlos Bousoño, Ida Vitale, Ángel González, José Manuel Caballero Bonald, Alfonso Costafreda, Arnaldo Calveyra, José Corredor-Matheos, Dionisia García, José Ángel Valente, María Victoria Atencia, Antonio Gamoneda, Francisco Brines, Rafael Guillén, Manuel Padorno y Claudio Rodríguez. La tercera sección "arranca con nombres sobre quienes sopló la Musa del 68 y termina en la lábil frontera de la transición", con los siguientes autores: Antonio Martínez Sarrión, Clara Janés, Francisco Ferrer Lerín, Juan Luis Panero, Marcos Ricardo Barnatán, Antonio Colinas, Guillermo Carnero, Juan Gustavo Cobo Borda, Eloy Sánchez Rosillo, Daniel Samoilovich, Olvido García Valdés, Vladimir Herrera, Chantal Maillard, Jaime Siles, Luis Antonio de Villena, Ángel Rupérez y Andrés Trapiello. En la cuarta y última sección se incluye "a quienes pueden identificar su primera madurez con el siglo XXI": Concha García, Luis García Montero, Álvaro Valverde, Felipe Benítez Reyes, Carlos Marzal, José María Micó, Jorge Riechmann, Vicente Gallego, Juan Carlos Marset, Vicente Valero, Diego Doncel, Luisa Castro y Luis Muñoz.
El número de poemas que se recogen por autor es variable y, al ser tantos los antologados, de cada uno de ellos sólo nos llegan unas instantáneas, unos pocos poemas, unos versos que sirven para evocar el libro al que pertenecen y que nos invitan a volver a él. Así pues, las más de quinientas páginas de la antología nos ofrecen una variada y extensa muestra de poesía, que ciertamente merece la pena leer.
Enhorabuena, pues, por estos veinte años y, junto a las demás colecciones y editoriales de poesía, que cumpla muchos más.
Eugenio Maqueda

martes, 2 de octubre de 2012

COLITA, BEATRIZ DE MOURA Y LA GAUCHE DIVINE.

Colita besando a Orson Welles
Fotografía de Beatriz de Moura hecha por Colita.

Colita dice que ya colgó los guantes de la fotografía. No me lo creo. Todavía la veo trotar con su cámara entre las sillas del viejo Celeste de la calle Platería de Barcelona. También en Bocaccio la veo trotar junto a Isabel Vericat y Cristina Fernández en los años en que acababa de sucumbir la calle Tuset, y el Flash Flash iba pasando de moda. Presumo que en sus archivos debe estar registrada TODA toda la Gauche Divine de los años sesenta. Siempre me llamó la atención su verdadero nombre: Colita se llama Isabel Steva i Hernández.

viernes, 28 de septiembre de 2012

YRIGOYEN, HORACIO, KAVAFIS, MARILUNGO, LIDELL.


kavafis2810
Yrigoyen; Kavafis, Horacio, Marilungo,Lidell.


Debo esta reciente curiosidad por Kavafis al encuentro nada fortuito de unos versos de Horacio

 [Cambian de cielo, no de carácter, quienes cruzan el mar]

Los versos supieron ejercer influencia en algunos de sus poemas. Soy indiscreto al mencionar que en estos días también la ejercieron en mí, pero no en lo que respecta a estas líneas. Les adjudico apenas –y no es poco- el ánimo disperso que ellas sugieren. Lo demás puede bien ser fruto de la casualidad, el cansancio de una tarde y la tibieza de una reconocida cerveza holandesa. Fruto también de caer en el anecdotario suculento que proporcionan las vidas de escritores.

Leí sobre la influencia de Horacio en Kavafis en la intensa biografía sobre el poeta que lleva adelante Robert Lidell.

En su Ars Poética -sabemos por Lidell- Kavafis apunta, esta tarde me pasó por la cabeza escribir sobre mi amor. Y sin embargo no hay que hacerlo, tal es la fuerza que tiene los prejuicios. Yo me he librado de ellos, pero pienso en quienes son sus esclavos y bajo cuyos ojos podrían caer en ese papel. Y me detengo. ¡Qué pusilánime! Anotaré, con todo, una letra -T- como símbolo de este momento.

Kavafis, he leido, fue presa de algunas obsesiones. El goce erótico, las relaciones acomoditicias, el epicuerismo. Ramón Yrigoyen le adjudica una abyecta pero precisa condición: la torpeza.

Este poeta, de joven e incluso en su primera madurez, es, sobre todo, torpe –y ya no digamos en prosa, género en el que la torpeza no lo abandonó nunca-.

La torpeza, según Yrigoyen, revela en Kavafis a un ejecutor más que un poeta, ya que su labor es montar y desmontar el poema a fuerza de fracasos y sumisiones, hasta hacerlo funcionar. La implacable sentencia de Yrigoyen no es menos verdadera que reiterada. Dylan Thomas afirmó en algún momento que la tarea del poeta supone un 1% de talento y un 99% de perseverancia y Edgar Poe hizo el distingo en su ensayo El principio poético,

El hecho es que la perseverancia es una cosa y el genio otra totalmente distinta. (Poe, 11)

Hablamos entonces de dos tipos claramente diferentes: los perseverantes, o torpes, y los poetas de genio.

Recientemente, Emiliano Marilungo apuntó en este mismo soporte ["Cuando se juntan, en la lluvia, algunas lágrimas de un Dios"] algunas consignas sobre los efectos de la genialidad. Poe coincide con Marilungo, “no es ninguna mera apreciación por la Belleza que hay ante nosotros, sino un desaforado esfuerzo por alcanzar la Belleza que hay por encima (…) Por medio de la Poesía nos encontramos deshechos en lágrimas, lloramos no por exceso de placer, sino por una cierta tristeza petulante e impaciente ante nuestra incapacidad a captar ahora, totalmente, aquí en la tierra, de una vez y para siempre esas divinas y embelesadas alegrías, de las cuales a través del poema o a través de la música no alcanzamos sino breves e indeterminadas vislumbres. La lucha por aprehender el Encanto Celestial –esta lucha librada por almas adecuadamente constituidas- ha dado al mundo todo lo que a él (al mundo) se ha permitido al mismo tiempo entender y sentir como poético.” (Poe, 19-20)

Pero Poe, no obstante, va un poco más allá. La ejecución de lo poético, según Poe, tacha la perseverancia para validar la severidad

sí, con un esfuerzo sostenido, cualquier caballerito ha ejecutado una epopeya, elogiémoslo francamente por el esfuerzo –si éste es en verdad una cosa elogiable- pero abstengámonos de alabar la epopeya a causa del esfuerzo” (Poe, 11)

y aunque el distingo se nos antoje algo difuso, no es por eso poco interesante. Poe continúa,

para imponer una verdad necesitamos severidad, más que florituras de lenguaje. Tenemos que ser sencillos, precisos, lacónicos. Tenemos que ser fríos, tranquilos, desapasionados. En una palabra, tenemos que estar en ese modo que, tan cercanamente como sea posible, es el exacto reverso de la poesía.” (Poe, 17-18)

No concibo fructífero apartar tensamente una idea de otra. Corroboro tan solo que Poe no habla de la ebriedad ni del éxtasis propio de la genialidad en la ejecución como Marilungo, sino en la captación de lo poético.
El genio en sí mismo, todos nosotros lo sospechamos, presenta una cualidad insoslayable: su inasibilidad. No permite envestiduras ni persigue su propia entidad: es o no es. Lo único recuperable de él, para cualquier ser sensible, ocurre en la captación: el genio se reconoce de inmediato, como de inmediato nos reconocemos en lo que, ajeno a nuestro espíritu, nos invoca de una manera ineludible.
Captar la belleza importa un desafío personal: ese ir por encima de lo que está ante nosotros, que señala Poe. Captar el genio exige un esfuerzo mayor: cerrar los ojos, disparar y creer fielmente que hemos dado en el blanco, sin necesidad de corroborar si esto es o no verdad, pensar que sí lo hemos hecho.
Me pregunto entonces si no hay un internexo entre el poeta de genio y el poeta de talento, si no es éste al cual se refiere entre líneas Poe. La salvedad para llevar adelante esta idea es que Kavafis, si bien es un poeta torpe, un empecinado, pudo dejar un buen número de poemas maravillosos que, a veces apasionados, a veces inusitadamente cerebrales, corroboran una obra válida. Torpes, entonces, aquellos que continúan afirmándose una y otra vez sobre lo que se mueve debajo de sus pies. Con esa medida de las cosas de la que nacen poemas fervientes, orgullosos hasta el descrédito. Poemas que no pueden morir ya que tuvieron que atravesar alguna muerte para nacer. Torpes, y pensemos si en la torpeza, en ese andar a ciegas que es la torpeza, no hay visos de una extraña genialidad.

No quisiera abunda en dicotomías, calculo tan solo un buen número de cualidades que distinguen a unos poetas de otros. En esas cualidades se forjan también los hombres y de ellas son fruto sus eternas digresiones.

Kavafis, insisto, no se presenta como un poeta de talento ni como uno de genio; se instala como lo que reconozco un poetamenor. Al menos ésa es la notoriedad que yo encuentro bajo este reduccionismo: un poeta capaz de una obra válida tan solo porque lo que resulta poco fehaciente de ella es su invalidez.

Anota Kavafis: “Mañana o pasado mañana, o al cabo de los años, serán escritos los versos vigorosos que aquí tuvieron su principio“.

De alguna manera, el oficio de poeta, la decisión misma de ser poeta, supone un riesgo de este talante: creerse devenir poeta sin siquiera haber escrito una sola línea. Afirmo con Yrigoyen, aunque con menos locuacidad, que cierta poesía precisa de esta aparente ingenuidad, de esta insoslayable torpeza, del vigor de un deseo que pide cumplirse para no cumplirse jamás. De plantar un símbolo en este mundo y escribir a partir de él.

Estas conjeturas y el símbolo anteriormente citado -T- ejercieron en estos días en los que leí la obra de Kavafis alguna extensión.

Vuelvo someramente a Edgar Poe. “Esta gran obra- argumenta Poe sobre elParaíso Perdido de Milton-, de hecho, ha de ser considerada como poética solamente cuando, perdiendo de vista ese requisito vital en todas las obras de arte, la Unidad, lo vemos meramente como una serie de poemas menores. Si para preservar la Unidad – su totalidad de efecto o impresión- lo leemos (como sería necesario) de un tirón, el resultado no es sino una constante alternancia de entusiasmo y depresión. Tras un pasaje de lo que sentimos que es verdadera poesía sigue inevitablemente un pasaje tópico que ningún prejuicio crítico puedo obligarnos a admirar; pero si después de terminar la obra, la volvemos a leer, omitiendo el primer libro –es decir, comenzando por el segundo- nos sorprenderá encontrar admirable lo que antes condenamos y condenable lo que anteriormente habíamos admirado tanto.” (Poe, 10)

Es tolerable en cierta poesía, como señalaba antes, considerar que una obra no es sino el multiplicarse de un deseo primigenio, imposible de descifrar, y que la poesía entonces involucra tan solo la tenacidad de responder a él con las armas que nos son dispuestas. Un deseo, apresado en un símbolo -T-: un símbolo capaz de reproducirse en todas direcciones hasta trasvestir ese deseo, aplazarlo y revivirlo una y otra vez, hasta que se nos aparezca indistinguible de todas sus réplicas. Por esta razón la poesía puede ser una simple T, y T, todas las palabras de un poema aún no escrito, y todos los poemas escritos, las innumerables maneras de haber querido decir T.

Escribe Kavafis en su Ars Poética, “también hay que tener cuidado de no olvidar que un estado anímico es verdadero y falso, posible e imposible a la vez, o más bien alternativamente. Y el poeta – que, incluso cuando trabaja de un modo más filosófico, no deja de ser un artista- ofrece una cara, lo que no significa que niegue la otra, o incluso –aunque quizá eso sea exactamente la cosa- desea hacer creer que la cara que él ofrece es la verdadera, o la que se revela más veces verdadera. (…) Muy a menudo la obra del poeta no tiene sino un sentido vago (…) Platón decía que los poetas profieren grandes mensajes cuya realización ellos no han comprobado.”

Kavafis, detrás de un símbolo, adjunta un vasto volúmen de poemas. Todos ellos, quiero creer, responden a tres poemas de su obra más temprana.
Los dos primeros, Ventanas y Muros, responden a la idea de opresión.

“pero las ventanas no se encuentran, o yo no sé
Encontrarlas. Y mejor tal vez que no las halle.
Quizás será la luz otra tortura.
Quién sabe qué novedades van a mostrarme.
(de “Ventanas”)

“Desde el mundo exterior – y yo sin percibirlo- me han encerrado.”
(de “Muros”)

En el tercero, La Ciudad, se intuye la sumisión a esa opresión, pueden presuponerse las ilusiones creadas luego de las ilusiones perdidas. En estos tres poemas me esfuerzo en creer que está todo Kavafis, el primer eslabón de una cadena y la cadena además, el ahínco de la mala suerte y las sombras que la acechan, pero no resisten a lo largo de toda su obra si no aparentemente, con la sabiduría de ser jeroglíficos hacia lo futuro, con el énfasis moderado de lo que se encuentra entre líneas. Está todo Kavafis como en una gota de agua salada está la inmensidad del mar, como en un solo instante de un ser están todas sus encarnaciones. Está todo lo que es “T” y todo lo que será de “T”.

La Ciudad, a su vez, justifica a un hombre, pero también a la posible intención de la obra y su desarrollo, importa una suerte de ubicuidad del símbolo irresoluble. El hombre que ha de errar eternamente en búsqueda de lo mismo cuando lo mismo guarda la creencia de ser otra cosa, cuando lo mismo es nuevo en tanto lo hayamos olvidado.

“Nuevos lugares no hallarás, no hallarás otros mares.
La ciudad te seguirá. Te perderás por las mismas
Calles. Y envejecerás en los mismos barrios;
Y te saldrán canas en las mismas casas.
Siempre llegarás a la misma ciudad.”
(de “La Ciudad”)

Poe determina la Unidad en un obra concebida con un fin de Unidad; El Paraíso Perdido de Milton no es sino la suma de sus partes; el Infierno de Dante no hace sino reclamar su acaecer en el Paraíso. La épica del medioevo requería una organización temporal y espacial, reclamaba un hombre que era uno y que su unicidad adscribiera a una creencia de orden superior que la hiciera permisible.
La obra de la modernidad –y pocos poetas, en los términos de Baudelaire, podrían encajar tan bien en la definición de modernidad- no puede sino explicar su sentido en lo disperso, en las pistas que van dejándose encontrar, en lo que se desapercibe como un hito para devenir una forma de caminar, luego de haber llegado a la meta. Un camino que, a gatas, vaya formulando en la fe esquiva e inestable de quien lo anda con cierto recelo y temeridad.

Kavafis es la obra que reclama su fin en el principio, que sucede en un futuro por el rastro indicativo del pasado, que guarda en nervios primigenios la información de su longevidad.
Kavafis, entiendo, supo muy bien que no hay manera de creer en lo propio sino en la lenta y trabajosa afirmación del ser en la tierra, sin miramientos, a puro orgullo, con la sangre gélida de quien se alza contra el mundo y el temor secreto de quien se sabe solo, y en consecuencia, único habitante de él, porque lo particular ha de provenir de una decisión por siempre honesta, de una fugaz y obtusa fe de sentirse vivo. Porque la fe de los escépticos es fruto, no de la ceguera, sino de la torpeza de arremeter, presumiendo la caída.

Un símbolo no es sino unas de las formas del vaticinio. Del reencuentro nada fortuito con lo inusitado.
Kavafis quiso que supiéramos algunas de estas cosas.

 M.A. de La periódica revisión dominical.