Sucede que el tiempo también ha venido haciendo sus acomodos: la ingenuidad y la retórica han dado paso a la contemplación y al estilo. Y es agradable saber que uno no estaba tan desencaminado ni tan perdido. Para muestra un botón: yo había invitado a Álvaro Mutis a cenar a mi departamento de la calle Madrazo en Barcelona, un poco urgido por la aseveracíon de Alberto Blanco, amigo común, quien antes de partir a París me dijo que Mutis estaba sólo y achacoso y que lo atendiera. No era tan cierto que Mutis estuviera sólo porque se presentó a la cena acompañado de su mujer que, si bien entendimos, como la mía tenía ascendencia catalana. En la cena Álvaro se declaró monárquico: hacía frío y la chimenea funcionaba mal. Luego hablamos del norte del Perú: del Cabo Blanco de Hemingway y de Talara donde en una época de su vida había trabajado para la International Petróleum Company. Pronto se dio cuenta Mutis de que mis inclinaciones políticas no eran las suyas. Pero lo que le colmó el vaso fue que pusiera un disco de Frank Sinatra en el asador: esa música le traía malos recuerdos de su época en la Internátional mucho antes de lo de Lecumberri; fue entonces que agarró su patín, su mujer y se marchó. Hasta no verte rey mío. Yo me quedé con los crespos deshechos pensando que ese arquetipo de poeta cocinaba algo entre la Ciudad Condal y Madrid. Y no me equivoqué. Más tarde ganó el premio Príncipe de Asturias.
Lo demás lo dice Alvarado Tenorio bajo estas líneas. Cuando está claro que mucha pésima novela y mala poesía se fueron estos años por el buzón del papel bendito de editoriales como Norma nadie sabe adónde. Aunque todos sepamos por qué.
Norma llegó a tener un catálogo de 80 pretendidos escritores nacidos en Colombia, unos 280 de diversos orígenes y edades y un premio anual de 100 mil dólares. Ninguno de ellos dijo nunca que Álvaro Mutis es un pésimo novelista y un mediocre poeta. Y todos, hasta los difuntos, han bebido escocés en su casa de Ciudad de México y han pasado por la Feria de Guadalajara.
A los contribuyentes colombianos está debiendo Álvaro Mutis, desde aquel año en que enviara la mujer de Julio César Turbay Ayala una avioneta de la Esso para que un médico le curara el asma, en Estados Unidos, su gloria y su fama.
A los contribuyentes colombianos está debiendo Álvaro Mutis, desde aquel año en que enviara la mujer de Julio César Turbay Ayala una avioneta de la Esso para que un médico le curara el asma, en Estados Unidos, su gloria y su fama.
Sólo conste que esto no es lo que queríamos contar.
Vladimir Herrera.
1 comentario:
Hoy pasé por delante del Astoria y recordé la visita que nos hizo José Bianco. El traje manchado. "Más que una tertulia literaria, esto parece una reunion de cocainomanos, no paran ustedes de ir al lavabo", nos dijo Bianco.
Un abrazo!
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