sábado, 14 de mayo de 2011

DECLARA HECTOR LIBERTELLA EN ENTREVISTA.








La literatura siempre ha sido un lugar excesivamente reaccionario, ritual, reglamentado. Siempre pretendió ser la dueña del sentido. La palabra siempre se entronizó como la que dice, la que interpreta, la que produce el mundo. Siempre se arrogó ese derecho frente a disciplinas más light, como la música o la pintura. Al lado de las variaciones de un dibujante o un saxofonista, el escritor siempre pasará como el sabelotodo, el culto. Es todo un gran chiste, por no decir un malentendido. Y la literatura, sabia, vieja zorra, siempre se alimenta de ese malentendido.
Hector Libertella.

miércoles, 11 de mayo de 2011

MAURICIO ELECTORAT, LAGUNERO Y BRECHTIANO.

CENTRO y PERIFERIA.
MauricioElectorat
 
Cuando se enojaba con mi padre, mi madre, que era peruana, solía reclamar contra los chilenos, a su juicio, una sociedad de gente ignorante, pretenciosa y arribista. Acto seguido, esgrimía su arma mortal, un pequeño disco de vinilo, con un solo tema: el himno nacional del Perú. Así, cuando escuchábamos los acordes del "Somos libres, seámoslo siempre" mi hermana y yo sabíamos que las cosas iban mal. Mi padre soportaba estoicamente ese soterrado belicismo conyugal hasta que, poco a poco, la vida cotidiana volvía a cauces más normales. Esto es, volvían a sonar en la radio los cantantes de aquellas épocas: Gloria Simonetti, Buddy Richard, Camilo Sesto, estábamos de regreso en la patria y, cosa no menor, en la armonía del hogar, en esa "aurea mediocritas" que mi madre soportaba con resignación y que era para nosotros la vida misma. Reconozco que esta es una entrada en materia ligeramente psicoanalítica: explica, de alguna manera, mi relación un tanto oblicua con la Fértil Provincia, como la llamó don Alonso de Ercilla. Escribo esto porque la semana pasada estaba en París. París, como dice Vila-Matas, no se acaba nunca... y esa es, de alguna manera, una bendición y, también, una maldición. Bien, vayamos al grano. O sea, a los libros que son aún, a pesar del e-book y de Google Books, un engranaje clave de la cultura. Una de las cosas que me sigue extrañando poderosamente cada vez que estoy en París es que en esa capital del lujo, donde todo es bastante más caro que en Santiago, haya un sólo objeto que sigue siendo más barato que acá, e incluso, a veces, mucho más barato: el libro. Hablo de París, porque es lo que tengo más cerca ahora mismo en mi experiencia personal, pero lo mismo ocurre en Buenos Aires, México, Bogotá. Para muestra, algunos botones: si usted este fin de semana va a la FNAC (algo así como la Feria Chilena del Libro) podrá encontrar las obras completas de Marguerite Duras, comentadas y anotadas, como dicen los filólogos, por unos veinte mil pesos chilenos. Lo mismo ocurre con los ensayos de Montaigne, Cioran o las novelas de John Dos Passos. Suponiendo que estuviesen publicadas, ¿cuánto valdrían en Chile las obras completas de Manuel Rojas, de Alberto Blest Gana o de José Donoso? Vuelvo al viejo tema de siempre: ¿cómo es posible que en Chile, país que se encuentra, nos dicen la izquierda y la derecha unidas, a un par de empujoncitos del desarrollo, uno de los instrumentos cruciales en la transmisión de la cultura (el mundo aún no está enteramente en Internet) sea tan inaccesible? Cuidado, no estoy hablando del precio del libro, ni del IVA, al menos no sólo de eso. Elizabeth Costello, en la novela homónima de Coetzee, tan peculiarmente realista, explica a sus interlocutores norteamericanos que es errónea la condescendencia con que los círculos universitarios de Estados Unidos consideran a la literatura australiana. La literatura de Australia, les dice, no necesita de Norteamérica, porque sus escritores tienen un mercado propio, tienen, por lo tanto, una masa de lectores que les permite existir con autonomía de ese pretendido centro que es Estados Unidos en el mundo anglosajón. Curioso. En una entrevista publicada el mes pasado en estas mísmas páginas, el conocido hispanista Julio Ortega afirma exactamente lo contrario respecto a la literatura chilena. En su opinión, la nuestra es una de las literaturas más provincianas del español. No es que carezcamos de grandes escritores, sino de grandes lectores. Son los lectores los que permiten que una literatura se arraigue en un país y prospere. Así, la mayoría de los escritores chilenos estamos obligados a confiar en la suerte y esperar que el reconocimiento nos llegue de afuera. Lo dice Ortega, no yo. Pero ¿no fue ya el caso de la Mistral y de Neruda y, más recientemente, el de Donoso y Edwards? Nuestro medio literario será endogámico, mezquino, anémico y nuestros compatriotas relativa o absolutamente iletrados, mientras no haya un cambio sustancial en el acceso y la calidad de la lectura. Y esta es una transformación social, es decir, pasa, en primer lugar, por la política. O "las políticas". ¿A quién se le ocurrió, por ejemplo, cambiar la asignatura de Castellano, o sea de literatura española, por algo tan errático como Lenguaje y Comunicación? ¿Cómo les vamos a exigir a nuestros jóvenes que sepan leer, si nuestros docentes no han podido formarse cabalmente por falta de dinero para acceder al libro y de una red de bibliotecas bien abastecidas? Mientras esto no cambie, la situación nuestra cultura no cambiará. Pero quizás sea más fácil seguir repitiendo que mañana seremos Finlandia, Portugal, Nueva Zelandia... Quizás ese sea nuestro destino: soñar eternamente que mañana seremos otros.
Mauricio Electorat.

domingo, 8 de mayo de 2011

ENTREVISA FICTICIA. DE CARLOS MENESES.

  LA MUJER FELIZ
                                                  (Entrevista ficticia) 
     La dama viste de verde esperanza y se sienta frente a mí con una copita de sake, bebida nacional de su país. Vamos al grano inmediatamente porque ella dice disponer de muy poco tiempo. “Papá me espera para llevarme al cine” dice. Hay uno que está a cuadra y media de donde él vive ahora. La película dicen que es muy buena, se llama “La Trampa?. 
Pregunta .- En los años 90 cuando su mamá, la señora Susana Higuchi fue sacada violentamente del palacio de gobierno y llevada a un extraño sitio donde se asegura que fue torturada, ¿usted dónde se hallaba? ¿No hizo nada por impedir las violencias cometidas contra su señora Madre? 
Respuesta.- ¿Qué la torturaron? Eso es muy grave, papá nunca me dijo nada de eso. Él es incapaz de pegar a nadie y menos de mandar golpear a una mujer. Debe haber alguna confusión. 
P.- Cuando usted estudiaba en Estados Unidos, ¿sabía que el dinero con que se pagaba  sus estudios era de los peruanos? No de los ricos preciosamente, si no de los pobres y de los muy pobres. 
R.- NO me haga reír. Cómo va a ser eso. Mi papá que es como un mago fabricaba billetes, y los hacía para regalar a los pobres. A él eso de guardar dinero le molestaba mucho. Me dijo que de joven tenía una alcancía que le habían mandado de Tokyo y guardaba moneditas de un chico y un gordo, nunca de más valor. 
P.-  Dicen que usted  es muy amiga del señor Montesinos, como lo es también su papá, ¿es eso cierto? 
R.-  ¡Qué  va! No me hablo con él. Ha mentido mucho contra mi papá. Además mi marido que es medio cowboy es muy celoso y no le gusta que hable con hombres si él no está presente. Y mi marido nunca ha visto a Montesinos. 
P.-  Se considera que actualmente usted tiene unos ingresos de aproximadamente 50 mil dólares mensuales, ¿de dónde le llega tanto dinero? 
R.-  Cómo puede usted creer tal atrocidad. Mi familia y yo vivimos en un apartamentito muy estrecho en una barriada obrera. El dinero que tenemos es el que ganamos con el sudor de, bueno será de las manos ¿no? 
P.-  Parece que usted aspira a ser presidenta del Perú como lo fue su papi. ¿Repetirá lo que hizo don Alberto? 
R.-  Respuesta qué chistoso. Me gustaría repetirlo, pero él es un genio, yo soy sólo medio genio. Así que repetiré la mitad de lo que hizo mi papi. 
P.-  ¿Conserva usted las maletas con las que su señor papá viajo a Tokyo, y en las que se dice llevaba algunos billetes? 
R.-  ¡Ay!, cómo es la gente de chismosa, todo lo agrandan, parece que tuvieran lentes de aumento en vez de ojos. YO tengo listas muchas maletas, cien, doscientas, pero son para llevar mis vestidos, a mi marido le gusta que me cambie de ropa por lo menos diez veces al día. Es que le gusto mucho, sabe usted. (mira su reloj? Ay, qué tarde, tengo que irme. 
  Se levanta, se despide con un “chau” y desaparece.

Carlos (Coco) Meneses. Palma de Mallorca.
 
          

jueves, 5 de mayo de 2011

LEONARDO TARIFEÑO VIENE AL PERÚ Y REGRESA.

JUEVES 5 DE MAYO DE 2011

Vacaciones en Cusco con Vladimir Herrera



Durante mis años de vida en Barcelona (1992-1995) tuve la suerte de conocer al gran poeta peruano Vladimir Herrera, a quien llegué por intermedio de Enrique Vila-Matas. Vladimir fue compadre de Osvaldo Lamborghini, creó y dirigió la revistaTrafalgar Square y es autor, entre otros libros, del inolvidablePoemas incorregibles (Tusquets). Por alguna razón yo le caí simpático y nos hicimos amigos; tanto, que en un momento me dio cobijo en su casa, donde viví los últimos meses antes de tomarme el avión de regreso a Buenos Aires. Una vez en Argentina, a Vladimir le perdí la pista hasta que un día de 2002 aparecí en el aeropuerto de Lima por razones de trabajo. Contra todo pronóstico, mientras yo salía de la aduana con mis maletas y mochilas, vi a Vladimir entre la multitud que esperaba a los recién llegados. El estaba allí para darle la bienvenida a Montse, una de sus mujeres, pero todo parecía indicar que, “azar” mediante, también había llegado para recibirme a mí. Ninguno de los dos se pronunció ante el tipo de “casualidad” que el Don Juan de Carlos Castaneda llama “acuerdos”; el reencuentro no pactado nos pareció de lo más normal y enseguida aprovechamos para alojarnos juntos, con Montse y los niños, en el hotel Mamá Panchita. A los pocos días yo dejé el hotel, me fui por ahí a hacer mis cosas y volví a perder la pista de Vladimir. Hasta que hace unos meses recibí un comentario suyo, posteado en este blog.
La alegría que me produjo ese nuevo reencuentro no pactado fue suficiente para organizar un viaje al Cusco, donde él vive desde hace poco más de diez años. Y hacia allí fui en las últimas semanas, en unas vacaciones que incluyeron un raudo paso de ida y vuelta por La Paz, en Bolivia. De La Paz puedo decir que la ciudad me pareció bonita y agobiante, definitivamente luminosa gracias a esa belleza triste tan presente en ciertas urbes latinoamericanas. En el Cusco me sorprendió la convivencia del pasado mágico con el presente neohippie, y una mañana aproveché para escaparme al increíble (e inenarrable) Machu Pichu. Y entre una y otra experiencia me encontré en pleno viaje por la amistad con Vladimir, quien me llevó a su hacienda en Urcos, a las ruinas de Tipón y Sacsayhuaman, a la temible discoteca Las Vegas y a un bar en cuya barra Charlton Heston enamoró a Yma Sumac. En todos esos días yo anduve con un soroche abismal, afectadísimo por los más de 3 mil metros a nivel del mar de Bolivia y Perú. A Vladimir no le parecía raro que la altura me hubiera recibido con un abrazo demasiado fuerte para mí; lo que le extrañaba es que yo le hubiera contagiado el soroche, por cierto un mal en absoluto contagioso. “Esto siempre me pasa con los amigos, y no sé por qué” decía, resignado ante el que quizás era otro “acuerdo” que ninguno podía prever. A mí me encantó descubrir que, aún cuando sólo fuera por la taquicardia, el cansancio y el mareo, podíamos estar hermanados; tendría que haberme dado cuenta de eso veinte años antes, cuando lo conocí, pero nunca es tarde en cuestiones de amistad. Los amigos me dan orgullo porque me hacen sentir que estoy a la altura de su risa. Según un poeta que encontramos en un bar muy cerca de la Plaza de Armas del Cusco, el soroche ataca para quitarte algo no del todo bueno que traes dentro de ti. Ahora, ya curado, no sé si lo que terminó de limpiarme fue el soroche, la risa o la amistad.

lunes, 25 de abril de 2011

CARTA ABIERTA A UN DISIDENTE DE POSTÍN

CARTA ABIERTA A UN DISIDENTE DE POSTÍN: José Rosas Ribeyro.

A ti que siempre has sido disidente de lo que sea y pequeñoburgués  del día de los inocentes, seguro que no te va a gustar esta aproximación pública que espero deje alguna enseñanza por ahí. Te dije que te arriesgabas a una carta abierta y aquí la tienes en esta Laguna Brechtiana a la que insultas  olvidándote de Brecht, quien por tus posiciones políticas peregrinas te merece el menor de los respetos. No es mi culpa que hayas terminado siendo un anticomunista de sombrilla y pandereta. Yo no te metí en eso. También te dije mi querido Burt Lancaster que la embarraste cuando te metiste con la memoria de MEC. Pero no te has detenido y has seguido insultando desde el balcón que te dejaba cierto comisario implume.  Pues, ahora te van mis impresiones sin ánimo de lucro. 
Si tuviera que hacer una biografía tuya diría pronto que ha sido la biografía del miedo. Porque siempre me has dado ¿provocado? la extraña sensación de que vives aterrado por la picadura de un mosquito. Eso y tus rulos rubios de la juventud es lo que me queda de ti. Ten en cuenta que no nos vemos hace treinta años. Y hace poco te he encontrado  en ese blog tan formalito en el que colaboras.  En un principio me alegró saber que todavía tenías inquietudes literarias. Aunque el tema que tocaras fuera el suicidio y alguna historia familiar penosa que no dejó de conmoverme.  Fue entonces que llamé a Yoyo  alarmado y temeroso por ti. Le dije que leyera esas líneas  pero él rápido me calmó haciéndome recordar que desde la adolescencia hablas de lo mismo. Entonces aplaudí. Voilá. Y me quedé tranquilo sabiendo que por el momento no te dispararías en la nuca. Y siguieron pasando los días en esta provincia desalmada que es el Perú. Hasta que me di de bruces con unos insultos y descortesías graves  en contra mía, de mi pata Ampuero y mi paisano Calderón Fajardo. De ellos tengo la impresión de que ni te conocen ni les interesas. Hacen bien. Pero en mi caso es distinta la cosa porque a pesar de que te me escabullías en París yo he podido seguirte el rastro del miedo preguntándome si con ese talante algún día podrías escribir algo que valga la pena.  No puedo dar fe de que haya sido así. No he leído nada tuyo, y creo que igualmente desconoces mi obra. Es una pena. Pero debieras recordar que publiqué textos tuyos en mi revista Trafalgar Square a principios de los ochenta en Barcelona.
Volviendo al pasado. Me gustaría que te preguntes por qué Marina Castro, publicó Mate de Cedrón en la imprenta de Juan Barea siendo tan o más amigos tuyos y afines en lo político que del suscrito y no publicaron nada tuyo. Ser amigo de los editores no te sirvió de mucho. O es que en ese entonces no tenías nada que mostrar? Y ya te preparabas para hacerte exiliar por el gobierno de turno para que el viaje te saliera barato. Se entiende no? Siempre fuiste periférico entre el estudiantado y la militancia pero siempre ocupaste un lugar central a la hora de escapar en avión. ¿Cómo lo hacías?
Y ahora apareces en Lima diez días  al año y te mandas unos rollazos acerca de la cultureta local insultando a diestra y defendiendo lo indefendible a siniestra. Luego te haces yunta de una piraña bloguera, que las hay, para volver rápidamente a París donde no te soporta ni tu propio hermano. Patrick a quien por fin entiendo. ¿Cómo no me había dado cuenta?
(Siendo que la memoria es aleatoria, no comprendo porqué te has mostrado memorialista en esas declaraciones a dos chicos que  han intentado acercarse a nuestra generación con poca fortuna. En un libro que oculta gran parte de lo que fueron esos años, en el que los personajes centrales  no figuran por ningún lado. Claro que con informantes como tú se entiende que cayeran en el  error  esos angelitos. Por ejemplo nuestra generación fue básicamente salsa y no rock. Acuérdate de los llonja partys en el cuarto de Leoncio Bueno donde literalmente no cabíamos de gozo. En los talleres Tunjar no había una sola gota de rock. A lo mucho alguna canción de los Saicos y muchas gotas de ron. Y entonces a qué viene tu memorabilia, cómo es que te  sientes tan cómodo recordando por tu cuenta lo que no fue?)
El problema es que ya estamos viejos, y como quien calla otorga debo precisar lo siguiente: como buen bailador prefiero la salsa dura, igual que la poesía dura prefiere a un buen poeta antes que a la salsa romanticona o sensual. Y a ti jamás te ví bailar salsa en la Chapelle Lombarde ni en el New Morning. Se entiende que para mí la poesía es Forma, casi escultura. No esos versos largos como sábanas desteñidas que tanto te gustan a ti y a tu piraña del facebook. Lo que  no pasa, por lo que lleva más de insulto que de crítica es que digas de mí lo que me avergüenza por ejemplo de tu propia poesía: que era fofa, blanda, y grosera. En ese sentido está claro que el flaco Málaga lo hizo mejor. Más huevos y mejor torta. Porque, diciéndolo todo de una vez,  Málaga hizo en Poesía todo lo que tú siempre quisiste hacer. Y  te dejó sin piso. Te quedaba sin embargo tu admiración secreta del ñeque y la potencia que tenían Pimentel y Juan Ramírez. Por lo que quisiste formar parte de su rumba pero algo falló. Entonces llegaste a la conclusión de que lo mejor era dinamitar Estación Reunida, cosa que te demoras en hacer hasta ahora.  Vives en una explosión lenta como en esa película de Antonioni, Blow Up. Por lo que te aconsejo que vengas a vivir al Perú o en su defecto a Chile que no está mal. Porque en París no eres nadie. Aquí todavía te puedes pelear conmigo. Hasta podríamos hacernos una pichanguita en la playa si la hubiere. Pero, por favor devuélvele los negativos de la foto con Bolaño a Margarita  porque son suyos. No te hagas. Y reconoce que, sin cachita, escribo bien.
Vladimir Herrera.

miércoles, 20 de abril de 2011

PLENO VERANO DE LA VIDA EN PUERTO SUPE

Celia, E.A.Westphalen, Alicia Bustamante ,una amiga y J.M. Arguedas.
Las hermanas Bustamante contaban con una casa en Supe a la que
también concurrían Blanca Varela  y Fernando de Sziszlo. c.1950.

lunes, 11 de abril de 2011

TRAFALGAR SQUARE SE PUBLICA EN BARCELONA.

TRAFALGAR SQUARE Y SU TIEMPO
 
Melancolía, saca tu dulce pico ya
no cebes tus ayunos en mis trigos de luz.
César Vallejo, Los heraldos negros


Trafalgar Square, revista de poesía y ficción, apareció en Barcelona en la primavera de 1983. El editor era Vladimir Herrera, y aglutinaba a un grupo de amigos -Cristina Fernández Cubas, Carlos Trías, Paula Massot, Enrique Vila-Matas, José Luis Vigil...- que se encontraban preferentemente de noche y a menudo en el mágico entrepiso del bar Astoria, al que se subía por una escalera desde el vestíbulo del cine Astoria, como si fuera una vivienda oculta o un lugar clandestino: la escalera, creo que enmoquetada, llevaba a un salón cuyos ventanales se abrían a la calle, como en un barco navegando sobre la ciudad nocturna. Estuvieron también cerca, en estos primeros momentos, Tomás March y Gabriel Giménez Emán, y después se unieron amigos de todas procedencias.
La revista fue como una plaza para conversar, como un mar que unía tierras firmes e islas, un lugar de confluencia que así definía su editor: “Es un lugar de encuentros. Citas de una cifra latina o quechua. Tenso límite de una forma en un acantilado. Revista de poesía, sí, y de ficción, donde la dulce Eulalia, por fin de olores y asonancias, es la adormidera junto a un lago lejano como la luna de un país simbolista, imaginista, lleno de verdadera fe y de prestigiosas fugas” (Vladimir Herrera, Trafalgar Square, I).  A pesar de la abundancia de risa de ese momento, se creía en serio en la poesía y la literatura de cualquier lugar. Era una globalización avant la lettre, sin capitalismo salvaje, sin uniformización; era una ciudad ficticia, a la vez modernista y vanguardista; era un mar de orillas comunicantes: “es el texto de otro mediterráneo inmóvil y vagabundo, extraterritorial y fijo, a cuyas orillas, por ejemplo, Barcelona y Lima conversan”, dijo también Vladimir Herrera en Trafalgar Square, I. Todavía Barcelona no era el Titanic (aunque ya no recuerdo cuándo Félix de Azúa fechó el supuesto hundimiento de la ciudad), y en Trafalgar conversaban Barcelona y Caracas, Barcelona, y México D.F, Barcelona y Madrid, Barcelona y Nueva York, Barcelona y París, Barcelona y Londres, Barcelona y Santiago de Chile... Y esa conversación incesante llegaba a las laderas, a los campos, a la sierra, a la costa, a la selva.
Escribieron en la revista sus promotores, por supuesto, y también autores como Osvaldo Lamborghini, Luis Maristany, Toni Marí, Patrick Rosas, Laura Freixas, Héctor Libertella, Tamara Kamenszain, Jesús Ferrero, Óscar Collazos, Óscar Málaga, Julia Castillo, Miguel de Francisco, Antonio Claros, Alberto Blanco; se publicaron textos de Ignacio Prat, Carlos Germán Belli, Carlos Martínez Rivas; Armando Rojas... y otros muchos que valdría la pena de nombrar uno por uno, pues, si bien no todos se hicieron visibles luego en circuitos muy difundidos, siempre en los textos de Trafalgar estuvo el talento y el fulgor, siempre los escritores dieron sus textos a la revista con generosidad y amor al arte, como colaborando a un tono que, releído hoy, causa sorpresa por su frescura y su brillo, por ese raro don del talento que amistosamente quería ser visto, leído, gozado; pero que poco pensaba en venderse o promocionarse.
La revista se presentaba en cada número como una nueva sorpresa: las dos primeras se imprimieron en la editorial Laertes, que colaboró con su buen hacer; después, los números salían de las manos de Vladimir Herrera, convertido en tipógrafo y editor, y de Montse Badell, que a cada número rizaba el rizo de la exquisitez en la encuadernación. La forma podía ser desde hojas sueltas hasta una miniatura plegada, pequeña joya en su estuche, pasando por el conjunto de regalos tipográficos, con ilustraciones y formatos de página diferentes que fue el número 6. Colaboraron con sus diseños e ilustraciones artistas como Luis V. Flores, Hiroshi Kitamura, Javier Pagola, José Tang... Las correcciones de pruebas, en los bares aledaños a las antiguas imprentas del Poble Sec, ocupaban mañanas enteras; alguna errata se escapó después de una noche demasiado cercana.
La presentación del primer número, en el Astoria, fue un estallido: una noche larga en la que recuerdo a Luis Maristany con el brazo en cabestrillo (se había roto la clavícula), siempre entrando y saliendo por unas puertas secretas que sólo él sabía abrir; a Vila-Matas y Paula bellos y brillantes, a Cristina Fernández Cubas con sus fascinantes comentarios que definían la situación como dardos en la diana, a Carlos Trías épicamente disertando e inventando leyendas, a José Luis Vigil con sus apariciones silenciosas y cómicas, y cargadas de sentido; a Vladimir Herrera infundiendo vida a todo lo presente... Luego todos nos subimos sin querer al tren del tiempo, y algunos descendieron en su estación: Luis Maristany desapareció por una de sus puertas mágicas; nos dejó; también Osvaldo Lamborghini se despidió con su remota elegancia; nos dejaron hace poco Antonio Claros, y, muy recientemente, el eterno y bello adolescente que seguía siendo José Tang. Y llegamos a donde estamos ahora: Trafalgar ya forma parte de lo hecho y de lo recorrido; trazó un arco perfecto y luminoso, y nos dejó la posibilidad de empezar otra vez, con menos juventud y menos alcohol, pero siempre dispuestos a conversar y a dejar fluir la sagrada poesía. Todavía en el 92, en el último Trafalgar Square de esta época (casi diez años después del primero), Enrique Vila-Matas escribió sobre la tertulia del Astoria rechazando la nostalgia; tal vez ahora, casi 25 años después del comienzo, nos asaltaría, un paso más allá, la melancolía que hace vagos y hermosos los recuerdos, pero preferimos dejar que comience el nuevo arco de Trafalgar, ahora desde el centro mítico de los Andes peruanos, a orillas del río Vilcanota.

Helena Usandizaga.

jueves, 7 de abril de 2011

MÁXIMO DAMIÁN PREPARA SU VIOLÍN.







Máximo Damián es el violinista que fuera tan reconocido por José María Arguedas. Además de amigo y acompañante del gran escritor peruano es entre nosotros el ejecutante mayor de la música andina. Estas fotos fueron hechas en el último homenaje popular que se le hizo a Arguedas en la Plaza San Martín por la fotógrafa catalana Dulce Massó-Bonacella.
V.H.

martes, 5 de abril de 2011

JORGE PIMENTEL Y VLADIMIR HERRERA CLANDESTINOS.


















Son como niños. Si se querían a los veinte, porqué tienen que odiarse
a los treinta? Esta fotografía demuestra que los afectos han perdurado
Aunque los personajes tuvieran que verse clandestinamente en algún
lugar de Miraflores. También prueba que es posible algún discernimien-
to ante las posiciones encontradas acerca de HZ. Y que Jorge Pimentel
siempre ha querido a sus amigos. Es tan leal y derecho el hombre, que
jamás traicionaría a un innombrable. Aquella mañana nos faltó tiempo
para recordar a  Galvarino Plaza  y  Félix Grande en los años de la
primavera madrileña.
V.H.