martes, 18 de junio de 2019

IMAGEN DEL GRAN COCODRILO EN LA FECHA DE SU NACIMIENTO.






Como es hoy, un día nació el Gran Cocodrilo. Le llamaban Efrain Huerta y los antipaceanos nos sabíamos herederos de su gesto poético. Además como dice David su hijo, él quería ser padre de todos. Se fijaba en la poesía de los jóvenes. El año 81en El Universal escribió una nota sobre el Verano Inculto la que guardo y es mi mayor orgullo. Veinte días después David Huerta en el mismo medio agrandó el tema del Verano Inculto. En ese entonces el pique entre Huerta y Paz no era visible y más tarde se convirtió en rumor. Nunca vi al Gran Cocodrilo. Falleció un año después y Octavio Paz se llevó el Nobel el 90. Mexico tarde y distante había poblado mi poesía.

Vladimir Herrera.

lunes, 17 de junio de 2019

HELENA USANDIZAGA RECONOCE A UN JOVEN POETA PERUANO. TRES POEMAS DE DIEGO TUPAYACHI.



HELENA USANDIZAGA RECONOCE A UN JOVEN POETA PERUANO. TRES POEMAS DE DIEGO TUPAYACHI.
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“Esto soy yo, la voz” La voz que cierta poesía moderna busca borrar, ocultar o minimizar se afirma en estos poemas de Diego Tupayachi con fuerza: el cuerpo y el mundo se unen y hablan desde un lugar potente, pero sin grandilocuencia ni ego autobiográfico. Fascina oír la voz de un universo en perpetuo fluir y adivinar la inspiración que lleva a esta confluencia con una persona que no es un yo sino más bien un “yosotros”.  Pero no se trata de pura intuición, sino que se habla desde la tradición de un pensamiento andino que solo algunos gigantes como José María Arguedas y sobre todo Gamaliel Churata han logrado integrar a la escritura en castellano.
Para hablar desde el mundo es necesario borrar los límites del yo, de la mente y del cuerpo, olvidar y recordar a la vez para volver a lo arcaico y renovador, a la luz del inicio que nace de la oscuridad. Es preciso fundirse con el mundo, o mejor, “sobremezclarse”, para entrar en los bosques y el silencio y dejar que la voz vaya naciendo, extática y ciega, “extático navío ciego”, de la noche y el volcán, del sol, el ave y la belleza del mundo. Pero este nacimiento al borde de la disolución y la muerte también es activo: “¿Cómo le llamo?”, “¿Cómo te llamo?” (“El nombre de la luna”). A veces ese nombre llega en las lenguas que inspiran subterráneamente estos poemas en castellano, y el fuego ha de ser invocado en quechua: “nina, ninay” (“El nombre del fuego”).
El sujeto que habla camina el mundo con “pasos que besan y sienten” y, para encontrar su voz, como en la tradición antigua, surge de las aguas turbias y violentas del mar y de los lagos y a la vez de las aguas transparentes de los manantiales, se entremezcla con el mundo ctónico (el ukhu pacha) y con el mundo celeste (la constelación de la Llama ñawin), se une a los dioses montaña, resucita a los antepasados, desentierra a los Mallquis y hace hablar a los Achachilas; y mientras el sol, la luna y las estrellas iluminan la oscuridad fecunda, se unen el felino y el reptil como en el imaginario antiguo para dar lugar a una nueva era; el viento y el fuego  vivifican, la luna respira en los sueños oscuros, la lluvia germina y renueva el cuerpo tal como hace con el mundo. Así la voz olvida su yo y se vuelve arcilla originaria, felino, árbol, tierra, colores, luz, amor, placer, para emitir “un canto efímero que disuelve y hermana/ Anuda/ Y entrelaza” (“Eco de los Dioses Montaña”).


Muerte constante

Solo para el que muere a sí mismo
Resuena el dulce gorjeo de las flores amarillas
Solo para él,
que vuelto cenizas y se esparce por los campos celestes
Resuena en sus palmas la tierra viva

El sol vertical asciende y no es el sol
Es la misma creación fecundante
Falo de fuego
Sus rayos palpitan
El horizonte germina
Se elevan los colores; las ramas, las plantas
Y las frentes de cobre
Discurre el día espiral
Muere el hombre subjetivo

Solo para el que muere a sí mismo
Las voces no son voces; susurran primigenias vibraciones
Eternas
Sin existencia propia
Silencios elocuentes

El canto de los senos asciende
La cumbre de los cerros
Asciende
La madre besa las nubes andantes
La madre besa los cerros danzantes

Solo para el muerto, la muerte no es muerte
Ya sin vida; contempla cada nuevo instante
Un animal flotante
Sin cuerpo, sin versos
Se mueve con la brisa
Desconoce la gravedad: el peso de la vida

Ligero contempla
Todo es nuevo
Se maravilla

Llamaq Ñawin

Negros fulgores
Abismos de consumación
Cenizas que descienden como lluvia que renueva
Gotas de belleza
Ojos de llama que suspendida en los cielos muestras la dirección del silencio eterno
Ojos de llama aquí en la tierra que con sus puentes de pestañas parpadeas entre el todo y la nada

Ukhu Patxa

Soy el camino desterrado
A cada paso constante influjo
Pureza de arcilla precipitada como un lodo
En carnes de materia avanzo
Mis rayos palpitan como un rugido de animal sinuoso

Sobre la sombra telúrica amanezco
Soy el nadar de los mares
puros y negros
Flotantes comienzos
Una lágrima floreada
Un fulgor láctico
Se entremezcla
Entre arcilla viva
Un rayo
Un halo de fuego
Un comienzo

Y la sombra flota y nada
entre fulgor de antaño
Mirada serpentina
E inicio vespertino
de la vida

¡Oda al canto y la danza!
Tú te mezclas como el agua
entre lodo negro
¡Vino de estrellas!
Vuelca la mirada
En la roca del éter constante
Suspendida en el vuelo seco
Adornado
Por un conjuro
De abstracción antigua
En lengua serpentina
Y llanto de recién amamantado

El nombre del fuego

El fuego crepita sobre la leña
Pronunciando su eterno nombre sobre la tierra

Nina nina nina nina nina
¡Ninay ninay ninay!
Nina nina nina nina nina
¡Ninay ninay ninay!

Flamea como una hoja que recibe el hálito del viento
El hálito de sangre
Su ser es naranja como el sol del alba que nace
Sobre el firmamento,
Canta:

Nina nina nina nina nina
¡Ninay ninay ninay!
Nina nina nina nina nina
¡Ninay ninay ninay!

Mi corazón es un abismo, late al borde del socavón negro
Recibe la lumbre primigenia, la que enciende almas
Flamea:

Nina nina nina nina nina
¡Ninay ninay ninay!
Nina nina nina nina nina
¡Ninay ninay ninay!

Templo de agua encendido, expandido sobre la alfombra umbría
¡resplandece como estas estrellas de nina que tiritan!
A la distancia rugen
Lejos, muy lejos de este templo de anhelo
Oh a la cercanía, en este espejo de agua,
¡Brillan!
En esta carne disoluta,
Como las olas de luna, baila:
Nina nina nina nina nina
¡Ninay ninay ninay!
Nina nina nina nina nina
¡Ninay ninay ninay!

sábado, 5 de mayo de 2018

Carta inolvidable de Gabriel Gimenez Emán para consumo humano.

Mi querido Vladimir Herrera:

Desde que te vi aparecer en Facebook no sabes cuánto contento se hizo en mi espíritu. Tu has sido para mí una de los grandes amigos que he tenido en la vida, y nuestras correrías por la Barcelona de los años de finales de la década de los 70 y comienzos de los 80 son para mi inolvidables. Nosotros nos desplazábamos por esa ciudad como unos príncipes, como unos reyes de la bohemia y de las mujeres y de los asombros poéticos que nunca nos abandonaron. Tu metido en tus trajes de lino  y tus corbatas, mesando tu barba y hablando con las misteriosas damas de la noche, chocando vasos de sidra espumante por las mañanas, comiendo ostras, ostiones gigantes y brindando por los amaneceres gozosos… ¿te acuerdas de Martita? nuestra musa andaluza que se paraba sobre las ramblas a mirar el infinito con su par de piernas maravillosas y nosotros la adorábamos como una diosa, era la novia de ambos… los ceviches en el barrio gótico, y las conversas, los bailes en las discotecas en el bar Tabú, las charlas con Vila Matas y Helena Usandizaga y María Elena Maggi y mi hija Claudia pequeñita dormía en los cojines de las discotecas y amanecía contenta pidiendo más fiestas, y las otras escritoras maravillosas como Cristina Fernández Cubas y tantos otros poetas, pintores, cineastas extraordinarios que vivían por el barrio gótico, el fotógrafo Luis Brito… Recuerdo que leíamos “Del verano inculto”, tus versos, yo escribí “El templo flamígero de Vladimir Herrera” allá y lo publiqué en Venezuela y en mi libro “Diálogos con la página”, veneramos el barroco latinoamericano, Lezama Lima Severo Sarduy, el gran arquitecto el Alejaidihno, cuya obsesión era no ser visto, en fin así  fueron tantas jornadas de poesía y bohemia en los amaneceres catalanes contigo y tu inspiración, por lo cual no tengo más que agradecer tu existencia y tu amistad, mi querido Vladimir, tu devoción hacia el Chino Valera Mora y tu maravillosa edición artesanal de “Canción de la noche y el Crepúsculo” que fue para mí una lección de cómo editar con altura y dignidad. Siempre te he admirado como poeta, como persona y esa capacidad tuya para seducir mujeres es lo que más te admiro, en eso me considero un discípulo tuyo, y fíjate, lo más bello es que todavía las muchachas jóvenes se fijan en mí y eso es para mí el mejor regalo que un hombre pueda hacerle a otro.

Ahora que te he visto aparecer por estos medios y tu cercanía fotográfica y tus comentarios acerca de mis enlaces y mensajes, quisiera irte a visitar algún día al Perú, emborracharme contigo y tus amigos y amigas  allá en las cumbres peruanas, leyendo los poetas peruanos acariciando  el cuello de una llama o de una vaca, deslizarme por los jardines, por las laderas frías y los valles del Cuzco y exaltarme y caer en los brazos de la efusión en las calles de Lima bebiendo una cerveza infinita, en el regazo de la patria de César Vallejo y de José Carlos Mariátegui, de José María Arguedas, José María Eguren, Antonio Cisneros, José Watanabe, Eilson, Cesar Moro…

Nuestros países han estado gobernados por muchos políticos mediocres, que según parece desean retornar luego de la defenestración de Dilma, Lula, Kirchner, Chávez, Pepe, Correa, Evo…. pero aquí seguimos resistiendo…

Pero lo más importante es ese amor que muestras por nuestra poesía venezolana, Vladimir, por eso que te sale del corazón para nosotros, esa capacidad que tú tienes para comprendernos.

Gracias, por existir Vladimir Herrera, esto te lo quería decir desde hace mucho tiempo. Un abrazo, hermano, amigo y poeta infinito.



dimiro herrera <aucells2009@gmail.com>
20:45 (hace 53 minutos)
para Gabriel

sábado, 21 de octubre de 2017

PARA EL FUTURO VII FESTIVAL DE POESÍA DE LIMA. DE UN SEGURO SERVIDOR.

Y UNO.

Como toda nostalgia es nostalgia de absoluto, que decía Steiner, la memoria morada y siena bermellón me deja lucir algunas palabras. Los amigos nunca sabrán cuánto se les recuerda o cuan enemigos se han vuelto con el tiempo. A muchos he preferido dejarlos en el Locus amoenus del  mito. A Italo Calvino por ejemplo lo dejé apoyado a un árbol y lo fui olvidando lentamente “como a todas las cosas de la vida”. Y eso que lo habré visto y conversado más de una vez.

A Enrique Verástegui lo recuerdo en una fiesta de cumpleaños de Helena Usandizaga, en mi casa, el año de la pera. Estaban Carmencita, Roberto Bolaño, Mario Santiago y demás gente desesperada. Era la Barcelona del tardofranquismo. La borrachera fue fenomenal. Más tarde los visité en Menorca, en el puerto de Mahón en invierno. Enrique y Carmen se habían refugiado allí para ahorrar. Creo que ya tenían a la niña. Creo que yo viajaba con una filósofa de Leipzig. En París también nos veíamos. Ellos vivían a la vuelta de George Mandel 33, el sitio en el que todos los peruanos recalábamos, del que eran artífices Elqui Burgos y el Zambo Tang.

En aquel tiempo me sentía levemente responsable por ellos. Yo los había presentado en la puerta de La Crónica, una tarde en que  debía llegar a los pies de quien más tarde fue una famosa actriz, y era mejor dejar a Carmen al cuidado de Enrique. Tenía que llegar antes que cualquiera. Y así fue.

El  año 74 vivíamos o camaroneábamos con Enrique y Oscar Málaga en un cuartito del Pasaje Velarde 113, cerca de Wilson. Allí concurrían por la mañana Susana Baca y Jorge Pimentel con pan francés y jamonada. Por la tarde llegaban Pedro Benavides cargado de amistad y Aramayo. En la densidad de la humareda distinguíamos la calle que nos llevaba al Palermo, donde Reinaldo Naranjo nos sacó del vagabundeo para llevarnos a La Crónica. Nada menos que al equipo editorial con el chato Hildebrant y Lucho Delbois. Meses antes trabajamos con Verástegui en la revista Vistazo bajo la dirección de Taquito Tamariz y Rina Barea, éramos los únicos redactores. De ese momento debo decir que nos leíamos tanto los poemas con Málaga y el zambo que terminábamos escribiendo igual. Málaga , un poco mayor que Enrique y yo, venía de otras ligas. Era un beat auténtico, amaba a Mardou Fox. Había conocido a Ginsberg. Era amigo de Walter Curonisi. Chupaba con Juan Gonzalo Rose. Digamos que tenía cómo influenciar en lo que escribíamos Enrique y yo, pardillos. La historia literaria lo mirará mejor. Algunas noches caminábamos por toda la Arequipa hasta la casa de Chabuca Granda en La Paz y era que Cesar Calvo cursaba las invitaciones. En nuestras filas iban Andrés Soto y Paco Guzmán, los chiquillos de Jesús María que le mostraban sus composiciones a Chabuca.

El tonto de José Rosas Ribeiro cuenta en alguna parte que los apristas me  habían colgado de los pies en una especie de encuentro en la Villareal. La verdad es que una asociación de estudiantes  nos invitó a leer en esa especie de iglesia que tienen en la Colmena. Estábamos en la mesa Juan Ramírez Ruiz, el zambo, y creo que el amigo que toca tambor. Cuando apareció el Búfalo Pacheco y su banda de fascistas arremetiendo con cadenas a los estudiantes. Una chica avispada nos sacó a todos por el foro. Por todo lo cual deduje que a los apristas no les gustaba la poesía. 

En mi primer libro les tengo dedicado un poema a e.v. y s.l.m. Uno es Verástegui, de cuando admiraba su poesía y el otro Santiago López Maguiña de cuando era poeta y vivía alejado del sicoanálisis.
 Sospecho que la dedicatoria fue tan diminuta que pasó desapercibida. De esa época demoran mis afectos. Pero el lunes llegó.

El propósito de estas anti-memorias era, más bien, desvestir o hacer añicos a una novelita espantosa firmada por Patrick Rosas En la que el personaje principal es E.V.  hecha con el único propósito de destruir la imagen del zambo. La cosa es de tan mal gusto que da nauseas. Y pena por los dos hermanos Rosas que a más de odiarse entre sí, se escarapelan con cualquier cosa que signifique talento. No desmenuzaré, pues, ese librito espantoso porque me canso.  Aunque no deja de preocuparme el porqué de  la memoria de mis contemporáneos: la de Verástegui y Pimentel por ejemplo o la de Carmencita Ollé que parecen haber olvidado  todo. Tal vez se trata de dejar que le hable el viento a la luz de Lima. Nieve de la memoria hecha trizas. Cometas de papel que se perdieron en la polvareda de la tarde. Hasta la famosa actriz, la misma que despedía al Donizetti, el barco que me alejaría del Perú por muchos años me mira de lejos tan callada. Acaso ni el Facebook nos une.
V.H.




miércoles, 26 de julio de 2017

Helena Usandizaga lee a Elena Ferrante en verano.



PLACERES DE LA COMPRENSIÓN Y LA IMAGINACIÓN: LA TETRALOGÍA DOS AMIGAS, DE ELENA FERRANTE 
Helena Usandizaga
Esta larga saga narra la historia de las dos amigas Elena y Raffaella, es decir, Lenù y Lila, que crecen en un barrio pobre de Nápoles en los años 50 y que buscan, cada cual a su manera y a menudo sin éxito, pero siempre en interacción, maneras de comprender y asumir la realidad que les ha tocado vivir, a lo largo de esa historia de sus vidas que llega hasta principios del siglo XXI. Esta historia de las luchas de las dos, y de los pocos momentos de dicha que consiguen, es también una historia de Nápoles en todos esos años, y de Italia, y tal vez por extensión de la sociedad occidental.  Además de las lecturas que giran alrededor de lo ya comentado, la tetralogía incluye entre líneas un tema poco frecuente: estas novelas son también la historia de la búsqueda del conocimiento compartido.
La relación de Lenù y Lila no es una relación convencional de amistad, y la autora soslaya la idealización que podría derivarse de una secuencia de apoyo mutuo, de amistad que ayuda y soluciona, aunque por momentos esto se da de manera muy intensa. En este sentido, en el de la desidealización, se abusa a veces de la emergencia de pensamientos inconfesables, de traiciones por omisión y de desafecciones mutuas. Pero, por otro lado, se va estableciendo un equilibrio entre los espacios de sensatez y acogimiento que ambas crean, y en los que pueden vivir ellas y sus hijos. Las dos crecen en el mismo entorno árido y estéril, las dos salen de la miseria a su manera, las dos se niegan a sí mismas y las dos buscan, en el fondo, el emocionante latido del conocimiento, del arte, de la escritura.
Pero, más allá de esto, la relación entre las dos mujeres es la que activa el angustioso, gozoso y productivo escenario del doble, del doppelgänger. Lo más emocionante de la historia son esos momentos en que las dos, tan diferentes y hasta opuestas, se encuentran en el placer de conocer y de crear, o aquellos en los que, a distancia espacial y temporal, comprenden lo que han aprendido la una de la otra, de la vida y del arte; y, en los pocos momentos epifánicos, se dan cuenta de cómo las palabras que se entrelazan, la lectura mutua de sus escritos, el “sonido loco del cerebro de la una resonando dentro del sonido loco del cerebro de la otra” (Un mal nombre, 548) son el haz y el envés de sus acciones y de sus creaciones. A veces lo que una hace es lo que la otra deja de hacer, y a veces en cambio lo que una hace viene de lo que la otra hizo o dijo en un momento del pasado. Lo que Lila se niega a sí misma al embarcarse en un matrimonio convencional, lo que Lenù rechaza al no buscar el amor de Nino, la dimisión de los estudios de Lila, la autocrítica de Lenù, son lastres que sólo en momentos extáticos y epifánicos se abren a la comprensión del pensar, del sentir, del escribir, y siempre enlazan los logros de las dos: el cuento que Lila escribió a los diez años, El hada azul, con la novela de éxito de Lenù; la tetralogía que estamos leyendo, narrada por Elena, y los cuadernos aterradores y deslumbrantes de Lila, que Lenù debía custodiar y que arrojó al Arno. Cuando Lila critica los libros de Lenù, no es por envidia ni por competencia, sino buscando esa simbiosis, porque le dice “¿quién soy yo si tú no eres buena, quién soy yo?” (Las deudas del cuerpo, 308).
Y es que tal vez Lila piensa que Elena escribirá la novela que ella dejó como un manuscrito imposible, como algo que expulsó de sí misma. Lenù, a su vez, teme y desea leer otro texto que está escribiendo Lila al final de la tetralogía; no quiere que la influya ni la paralice, pero en la conversación que acabamos de mencionar le ha dicho: “yo sin ti no soy capaz de nada” (Las deudas del cuerpo, 308). Aunque, cuando escribe esa novela, que de algún modo equivale a la que estamos leyendo, Lenù piensa que la ha escrito desde su propia voz, pero añade: “a menos que, a fuerza de imaginarme qué habría escrito ella y cómo, yo ya no esté en condiciones de distinguir lo mío de lo suyo” (La niña perdida, 533). Más allá de las enemistades temporales y de los rechazos mutuos, Lenù se pregunta cómo habría sido la vida de cada una de haber vivido lo que la otra, y ve cómo ambas vidas se entrelazan “en ese de menos mío que lo es a causa de un de más suyo, en ese de más mío que es la interpretación forzada de un de menos suyo” (Un mal nombre, 397).
La vida y el arte, y las personas que los gozan y sufren, no son así realidades separadas, porque mutuamente se envenenan y se curan; pero esto genera una paradoja. El conocimiento y el arte deberían ser para todos, pero, en la experiencia de Lila y Lenù, pesa la contradicción entre el mundo privilegiado en el que eso se desarrolla de modo natural, adquirido, asimilado, y los esfuerzos de ambas por arrancar chispas de emoción creativa en el mundo pobre que les ha tocado vivir. Y, sobre todo, la saga alude a la soledad a la que las condena la falta de tradición, en el ámbito femenino, del conocimiento compartido: “a veces me daba por imaginar qué habría sido de mi vida y de la de Lila si las dos hubiéramos hecho el examen de admisión el bachillerato elemental y después el bachillerato superior y después todos los estudios hasta la licenciatura, codo con codo, compenetradas, una pareja perfecta que suma energías intelectuales, placeres de la comprensión y la imaginación” (Las deudas del cuerpo, 402). Sobre esta imposible simbiosis y, más en general, sobre la dificultad y el gozo de compartir el conocimiento y el arte, versa también esta larga historia: para mí, esta ha sido la lectura más emocionante, la más productiva y sugerente, de la saga Dos amigas.




[1] La traducción del italiano al español de los cuatro volúmenes se ha publicado en Barcelona, Lumen: La amiga estupenda, 2012; Un mal nombre, 2013; Las deudas del cuerpo, 2014; La niña perdida, 2016.

martes, 13 de junio de 2017

OLIVERA ENTRE OTEIZA Y EL BOSCO.





CARLOS OLIVERA ENTRE OTEIZA Y EL BOSCODe todos los eventos de la vida cultural cusqueña el de la presencia de las escultura de Carlos Olivera ha sido para mi gusto el de mayor relieve. Pasa que la pereza moral de cusqueños y cusqueñistas, nos lleva a recluirnos en no se sabe que sucucho de la existencia. Tal es la cosa que nos cuesta reconocer los valores allí donde se presentan. Para una ciudad de servicios y sólo servicios le queda grande la exposición del nuevo Olivera. Digo nuevo porque el anterior fue su padre, Tolo Olivera, pintor de alcurnia quien, como profesor mío siempre puso en alto la dignidad del arte.
Pero yendo al fondo del asunto digo que tendríamos que hablar con la máxima aproximación de los problemas estéticos por resolver que los artistas de esta parte del Perú enfrentan. Uno de ellos es el formato, el que por pobreza o desesperación se escoge de manera apresurada. No es fácil vivir entre inmensas montañas ni es fácil mirar el cielo. Imaginemos las esculturas de Carlos Olivera en una procesión de Corpus. No en vez de los santos , sino tras ellos con infinitos poetas sosteniendo las andas. Con esto quiero decir que la escultura cusqueña se ha hecho más dueña de este espacio finisecular que la pintura.
Y, nos sigue quedando el paisaje a pesar del del anti-urbanismo atroz que nos rodea. Ante esto las Formas de Olivera responden con toda la esencia y violencia necesarias y se hace posible otra realidad. M. Badell ha dicho que la Obra de Olivera se encuentra a mitad de camino entre la de OTEIZA y el BOSCO.  Algo de razón tiene, porque la  de Oteiza responde al viento y a los acantilados y la del Bosco al paisaje humano de esa eternidad medieval que no deja de atormentarnos.
Viajen estas líneas como un saludo a un escultor de alcurnia todavía joven del que esperamos mayores grados de abstracción, esta entendida como el regreso a la Piedra misma, objeto o nave que solo sabe volar.