lunes, 26 de septiembre de 2016

AMIGOS CLANDESTINOS Y CARMEN PÉREZ DE VEGA.

Amigos clandestinos y Carmen Pérez de Vega.

1.-

El artículo de Ignacio Echevarría  en el suplemento de El Mundo que Carmen Pérez de Vega le hizo llegar a su amiga H.U. porque ambas habían conversado extensamente en los últimos tiempos acerca de la persecución incesante de la viuda Carolina López a la compañera y amante de los últimos años de mi amigo Roberto Bolaño. La bien llamada Carmen Pérez de Vega. El artículo, digo, de Ignacio, deja ver en tafetanes níveos y con sutil premura algo que los cercanos al asunto veníamos observando de unos años a esta parte: el cambio repentino de Carolina López hacia todos y todo lo que supusiera la existencia de Carmen Pérez de Vega.  Los pormenores están expuestos en Bolaño Borrado,el artículo de Echevarría donde trasluce una Carmen Pérez de Vega más borrada aún. porque no me cansaré de señalar que la negación de su existencia es el verdadero motivo y razón de hacer de la viuda y madre. Los celos filosóficos que suelen ser retroactivos y la voluntad del dinero han hecho posible esta persecución inane de la esbelta y última amante de Bolaño. La misma que según cuenta H.U. nunca por nunca pidió nada del legado del famoso escritor y más bien decidió perderse por el Amazonas un buen tiempo. 
Los que somos sensibles a los temas legales por haberlos sufrido sabemos lo que significa una demanda millonaria de lo que sea y por lo que sea, contra alguien que como Carmen sólo vive de su trabajo. Adjuntemos que el peso del dinero de la demandante será un auténtico suplicio para la demandada que no hizo nada salvo ser la compañera de los últimos años del chileno.

Con Ignacio Echevarría de visita en Cusco por razones familiares, hablábamos de Roberto, la enfermedad de Montano y su repentina fama. Le sugerí que le dijera que se viniera al Perú a alivianar sus males. Tiempo después Roberto pasó a mejor vida pero su fama siguió creciendo. Con H.U. había él compartido  eventos varios razón por la que H.U. simpatizaba con esa chica delgada que siempre acompañaba a Roberto y de la que terminó haciéndose amiga. Para los desprevenidos debo señalar que H.U. es mi mujer de toda la vida. No sea que también seamos demandados por un quítame de encima esta pena. V.H.

2

Cuando Carmen Pérez de Vega recuerda sin dramatismo ni sentimentalismo aquellos años de su vida con Bolaño, una se imagina las conversaciones, las risas, los placeres compartidos, el apoyo a la escritura cotidiana, las discusiones entre dos inteligencias que saben enfrentarse y encontrarse con pericia y lucidez. Las estrategias ante la enfermedad, los viajes al hospital, las señales intercambiadas entre ambos en la UCI sin mencionar lo extremo del momento.

Los pasos de una memoria que la acomodada viuda Carolina López también querría borrar, el derecho al recuerdo y al olvido de los momentos vividos, a la melancolía y a la vida que generan; la fuerza de lo vivido que se querría hacer desaparecer al borrar a quien recuerda, al negar la existencia y la historia de Carmen Pérez de Vega.

H. U.

sábado, 9 de abril de 2016

Raros y solos. El gran artículo de Gregorio Morán en La Vanguardia de Barcelona.

 
Raros y solos. O. Lamborghini (y 3)
Osvaldo LamborghiniNo cabía que pudiera ser otra cosa que un poeta insólito, brutal; de la basura textual a la genialidad

Ya es ironía de la vida apellidarse  Lamborghini, que suena a lujo y exquisitez italiana, y dedicarse a la literatura. Osvaldo Lamborghini había nacido en Necochea, una pequeña ciudad playera a poco más de cien kilómetros de Buenos Aires, en una familia bien venida a menos. Es curioso, no hay que yo sepa ningún escritor que provenga de una familia bien llegada a más, y a lo mejor el motivo se reduce a que, de ser así, ninguno de sus miembros acumularía las frustraciones necesarias para dedicarse a la literatura. O quizá no, y la casualidad se reduzca a que cuando a uno le va bien dispone de una gama tan amplia de posibilidades que le evita empozarse en un mundo tan siniestro como es el del arte de las palabras. ¿Que no es siniestro el mundo de la creación literaria?

Que se lo pregunten a Osvaldo Lamborghini, y no digamos si lo hacen a quienes tuvieron la suerte o la desgracia de encontrárselo en la vida. Porque es verdad, no se engañen, los escritores son encantadores cuando se les lee, incluso cuando son retorcidos y malotes como ajados putones verbeneros, ¡oh, qué prosa!, ¡qué fuerte!, ¡qué párrafos seminales!, ¡Osvaldo, que grande sos!... Pero digámoslo todo, en vivo y en directo algunos hay que son para darles de comer aparte; como las fieras, los enfermos y los zelotes.

Osvaldo Lamborghini era un maricón desorejado que vivió con mujeres adorables e incluso tuvo-tiene una hija encantadora. Un porteño asimilado que nació como digo en una familia bien que por muy venida a menos, de evidente prosapia italiana, siempre conservaba un cierto patrimonio que el heredero Osvaldo no acababa de recibir ("amí sólo me traiciona mi madre / que en morirse tarda tanto") y que tuvo por norma no escrita de una vida breve la de abocarse siempre al límite. Los límites de la vida, del gozo y de la literatura. La historia de Osvaldo Lamborghini hay que seguirla en un orden digamos que inexistente y que está basado en las fronteras de los límites, es decir, lo que no hay.

Así fue la vida de Lamborghini y así es su literatura, un tejer y destejer infinito de situaciones, palabras y significados. Aparece como de la nada, pero con mucha cocina detrás, en 1969, con unas páginas inclasificables conocidas como El Fiord,y luego otras, no menos desbordantes de imaginación y talento narrativo, al servicio de los relojeros de la literatura, que no son los que dan cuerda a los relojes sino los que desmontan las ruedecitas y las vuelven a montar de otra manera, y sorprendentemente el instrumento-reloj sigue sonando. Segebrondi retrocede,versión española póstuma Segebrondi se excede.Y por los espacios que deja una prosa pegajosa y dúctil y letal como el dulce de leche, unos versos, los Poemas.Así, sin adjetivar, y sin otro título que su propio ser poemas. Porque no cabía que Lamborghini pudiera ser otra cosa que un poeta insólito, brutal; de la basura textual a la genialidad. Y está la política.

No son años de silencio, sino de debate, peleas, panfletos, violencia. Osvaldo Lamborghini es peronista convicto y su historia, como es sabido, acaba mal. Hay que leer las tropecientas páginas de la apabullante biografía que le ha dedicado Ricardo Strafacce (Mansalva, Buenos Aires, 2008) para seguir con minuciosidad los tránsitos de esta vida breve. Seguirla, lo que no quiere decir entenderla, quizá porque hay vidas que no dan para entendederas. Y resulta que este tipo, por tantas razones impresentable, debía de tener algo especial, pues con la genialidad literaria no basta, para que haya gente, un puñado, ¿para qué más?, que fueron capaces de darle todo, de entregarse a él, a sus extravagancias, sus violencias, sus pendencias, sus esclavitudes... Una biografía como la de Strafacce es un acto inconmensurable de amor. Como la incombustible amistad epistolar de César Aira. O la entrega con armas y bagajes de una mujer, de seguro libre, capaz, inteligente, como Hanna Muck... Pero no nos adelantemos.

Habíamos quedado en el momento nada estelar de la política, el peronismo en su variante armada, ese tumor nada benigno que son incapaces de detectar nuestros scanners.Una versión lunfarda del camarote de los hermanos Marx, eso podría ser una discusión entre argentinos sobre Perón con un testigo español que se retuerce en la silla y cuyo único deseo provocador consistiría en ahorcarse con un collar de Evita Duarte. Fue un paréntesis quizá en la literatura de Osvaldo, pero tan lleno de vida, que parece un mal tango. Llegó a Barcelona el 30 de noviembre de 1981, "después del mediodía", nos señala preciso su biógrafo. "Esta inmunda ciudad", según sus primeras impresiones, tan malas que apenas si mejorarán un tanto en los meses venideros. "Es una ciudad quieta, triste, como un diamante que jamás cambiara de mano". Su experiencia barcelonesa será terrible de soledad y abandono. Pocos amigos, en realidad ninguno, fuera de una mujer mágica a la que encontrará en su vida el primer mes del año 1982. Hanna Muck. Imagino que el hecho de que ella fuera alemana de los Sudetes tendría algo que ver en esa insólita y rarísima mezcla de amor, delicadeza, entrega y paciencia infinita. Me rindo de admiración y respeto ante esta mujer capaz de cruzar todos los pantanos sin hundirse. Sin ella sería incomprensible la estancia terminal de Lamborghini en Barcelona, incluso dudo si hubiera sido posible.

Alcohólico empedernido, fumador de 50 cigarrillos diarios, bujarrón de urinario ("orgía: ciencia ficción sexual en labios de otro"), misántropo hasta la patología - no saldrá de casa en los siete meses de su postrera residencia en la calle Comercio, del casco antiguo, su segundo piso con Hanna Muck, el primero había sido en la concisa calle Berna de muy otro barrio, Sant Gervasi-.En Barcelona terminará su relato La causa justa,primera parte de un gran libro proyectado sobre La Gran Llanura de los Chistes,es decir, Argentina. Y parirá textos brutales, siempre en el límite de la literatura como vivencia y como juego, en la medida en que se puede llamar juego a la ruleta rusa. Las hijas de Hegel,por ejemplo, donde está presente como una obsesión el Martín Fierro de José Hernández, tan poco valorado entre nosotros, y también Kafka e incluso Mann, Thomas. La singularidad literaria de Osvaldo Lamborghini consiente admiraciones paralelas que harían palidecer a cualquier académico. No es literatura para profesores ni para lectores de Paulo Coelho. Estamos en otra dimensión de la escritura. "Yo quise que la vida fuera otra cosa / no la mal habida historia de un zorzal/ un reputo y una rosa/ Ahora ya nada espero/ ¡Camarero!".

Y también eso, más de doscientos poemas, algunos soberbios de factura y de fuerza. Murió el 18 de noviembre de 1985, cuando iban a cumplirse los cuatro años de su estancia aquí. "Tengo la impresión de que estuvo escribiendo en Barcelona hasta el último día sin perder el sentido del humor. Hanna, al volver del trabajo lo encontró en su habitación semiincorporado pero ya muerto. Vi sus restos en pompas fúnebres del hospital Clínic. Allí estábamos un peruano (Vladimir Herrera, que es quien escribe esta escena) y un catalán que lo conocía a través mío, Hanna y un personaje curioso que hizo un responso breve. No fue nadie más". Tenía 45 años y dejaba una obra única por su intensidad y ese juego maléfico de escarbar hasta llegar a los límites de las palabras y los sentidos, si es que ambos, palabras y sentidos, tienen límites. Una prosa no apta para menores ni adolescentes literarios. Parodiando a los viejos censores, habría que decir que es literatura para adultos sin reparos. En primer lugar, hay que buscarla. No la sirven en las bandejas de las librerías. En 1988 Ediciones de El Serbal publicó sus novelas y cuentos; para sus poemas hay que recurrir a Argentina.

Vivimos en una interesada confusión entre industria editorial y literatura, que hace difícil entender por qué nuestra industria editorial es más potente que nunca y nuestra literatura más moribunda que jamás. En un seductor panfleto titulado La literatura de izquierda (Buenos Aires, 2004), escribe Damián Tabarovsky un apunte aplicable al caso Lamborghini. "En secreto ocurre algo insólito: la literatura continúa. Es una tumba sin sosiego".

Gregorio Morán

La Vanguardia (26.12.2009)

lunes, 7 de marzo de 2016

Una Opera Futurista en la escena: Victoria sobre el sol.


El arte kamikaze es aquel nacido de la interpretación de lo contemporáneo o de la sutileza de la historia del arte cuando por ejemplo hablamos de cosas de apenas cien años atrás, o ciento diez años atrás. En un No-lugar del novecientos que florece con todos sus rayos por ejemplo en la Revolución Rusa. En una época revolucionaria en la que Matiushin hace la música para una ópera futurista en idioma transmental, Victoria sobre el sol, presentada en San Petersburgo, cuatro años antes del triunfo de la Revolución. Pero me interesa señalar que el vestuario fue diseñado por ese inmenso pintor que fue Kasimir Malévich. Todo esto puede parecer historia, pero es vanguardia cuando en un teatro cuzqueño, en un No-Lugar a las 7.20 te encuentras con la Victoria sobre el sol, sí, la misma ópera futurista de Matiushin y Malévich pero aggiornata, re-creada, lanzada al infinito por un músico, un poeta, varios músicos, varios poetas que han logrado con economía de medios, trasladarnos y conmovernos en un No-Lugar cusqueño de esta época de poca poética dónde nadie sabe a dónde va.
El cuadrado negro de Malévich convertido en péndulo movedizo proliferando en líneas hechas al mismo tiempo música. O al fondo una cancioncita boliviana consumando la aspiración estética. Y todo nuevo, extrañamente nuevo y diferente de lo propuesto hasta ahora en la escena peruana. Arte kamikaze le llamo por la convicción con que está hecho y por los efectos explosivos de su razón estética. Una Opera futurista hecha ópera audiovisual que va más allá de las religiones y los automatismos. Gracias a Alán Poma, Ximena Menendez, Lucero Paucar, Frido Martin, Gonzalo del Águila, Juan Francisco Ortega, Aldo Cáceda,Rolando Muñoz y Raúl Gomez. 

sábado, 5 de marzo de 2016

El SUEÑO DEL INSOMNE: ADIÓS A AMÉRICO FERRARI.

EL SUEÑO DEL INSOMNE: ADIÓS A AMÉRICO FERRARI
Por Helena Usandizaga

Como se extiende el viento sobre las aguas como
se levanta de la tierra la figura del fuego como
golpea la sangre sobre el metal amante del imán
-como todo de repente se yergue hacia el dios
que nos ha echado sobre el limo
como el dios mismo que eterno y cansado
renace de este limo
como nosotros que nos hundimos en la muerte
sólo para palpar a Dios
como todo eso
para siempre
para jamás
desde este instante nuestro de arena deleznada
de nada.

Américo Ferrari, “Como había de ser”, en Noticias del deslugar (2002)
Américo Ferrari nos ha dejado algunos de los mejores estudios sobre poetas latinoamericanos y peruanos, en especial sobre César Vallejo, pero sospecho que lo más querido de su escritura, para él, eran sus excelentes poemas. Tras su partida, queda su obra, y también la huella de su persona y de su personaje, irrepetibles.
Recuerdo muy bien lo que tan bien han contado de Américo Emilio Manzano y Vladimir Herrera, y añado algunas historias que lo completan. Lo que quizás no he pensado Emilio es que, ese día en que lo entrevistó, Américo hubiera debido tener la misma resaca que él, porque -aunque era más moderado que nosotros- se tomó esa noche unos cuantos wiskhies él también. Pero su cerebro, insomne y prodigioso, no acusaba los impactos del alcohol ni de casi nada. No creo que fuera por haber dormido mejor: realmente, Américo casi no dormía; era insomne en el sentido literal de la palabra. Seguía siempre pensando, a una velocidad de vértigo y con una lucidez prodigiosa, y no perdía sus modales aunque cayera la bullabesa sobre su impoluta camisa y sus níveos cabellos. Al tiempo que esa inteligencia sin desmayo, Américo tenía una vitalidad y un deseo de divertirse que le hicieron volver a Barcelona –se enamoró de la ciudad-, en los años sucesivos, a encontrarse con amigos y a salir a la noche barcelonesa. En realidad, venía como invitado de la Universitat Pompeu Fabra, a dar unos cursos de teoría de la traducción, pero aprovechaba para pasarlo lo mejor posible.
La conversación de Américo era única: sacaba algo de su memoria alucinante, luego un pedazo de su saber enciclopédico y al mismo tiempo ignoto, hacía un análisis agudo, y luego lo remataba todo con una frase entre mordaz y divertidísima. Podría pensarse que dejaba así fuera de juego a sus interlocutores, si no fuera porque lo que más le gustaba era el juego: que le provocaran y le contestaran, y la frase cumplía esa función; le replicábamos y él nos replicaba hasta el enfado amistoso o las carcajadas.

Esa mezcla de inteligencia y vitalidad tenía una extraña y paradójica consecuencia: un deseo de contemplación y de fusión y hasta podría decirse de trascendencia, como de movimiento hacia una añorada o perdida morada. Puede ser que la electricidad constante de su mente y de su cuerpo, agotadora, se relacione con el apagón de los últimos años, ese “abandonarse al mar” (Noticias del deslugar) que es el sueño del insomne. Que ahora el sueño definitivo sea para Américo lo que dice su poema de Tierra desterrada: el "fresco sueño/ vértice de aurora oro/ de mi arena de mar".

miércoles, 2 de marzo de 2016

AMÉRICO FERRARI Y LA NAVE DE LOS LOCOS.


No quiero entrar en detalles acerca de los últimos tiempos de Américo Ferrari. Por Martine, su mujer, sabíamos que un día de esos se había quedado como un ángel alelado, out, fuera de todo. Él, que era un conversador animoso capaz de hacer una bullavesa que nos dejaba de lamparones hasta la coronilla, lamparones en los manteles, en las camisas y hasta en sus propios cabellos que siempre fueron blancos. Y todo porque no paraba de hablar emocionado por ejemplo de Mariátegui o de Raul Deustua de quien sabía todos sus secretos- Ambos cruzaban la frontera franco suiza religiosamente todos los sábados. Y, sus invitados no podíamos interrumpir la narración aunque Ferrari estuviera cubierto ya de salsa bullavesa que en el Perú le llamamos parihuela.
Le conocí en la puerta de mi casa-taller en Barcelona, cuando yo esperaba a un criollo de la Victoria y no a aquel señor de cabellos blancos y modales sustanciosos de profesor contumaz. Su castellano victoriano, se lo dije, era de los años cincuenta. Su ropa en cambio hacía notar su buen gusto. Su nerviosismo era parte de su coquetería. Rápidamente emplazamos el tema de la tipografía en metal y el de la Generación del 50, que era la suya. Con distracción sublime me hizo notar que en su generación se odiaban todos. Yo pensé que lo mismo pasaba en la mía. Es posible que fuera André Coyné de quien Ferrari decía que era uno de los viudos de Vallejo, el que propiciara nuestra amistad junto con Helena, ella por ser colega de Américo.
Lo cierto es que tiempo después me puse a trabajar en mi taller en un libro suyo La nave de los locos, destinado a coleccionistas en razón de la exquisita encuadernación de Montse Badell. Ferrari compró casi toda la edición. Ese libro aparece en Para esto hay que desnudar a la doncella, El Bardo, (1949-1997), su obra completa. dedicado a Helena Usandizaga y a este servidor. Lo que siempre es un buen motivo para recordar. Era chismoso como uno, como todo escritor. Se hacía querer rápidamente por su delicadeza. Murió a los 87 años que ya es decir. 

viernes, 26 de febrero de 2016

ECO EN NUESTRAS ESTANTERÍAS Y EN NUESTRAS VIDAS,Por Helena Usandizaga.

Lo que cuenta Vladimir ocurrió en el tercer Congreso Internacional de Pragmática, que se celebró en Barcelona del 9 al 13 julio de 1990. Yo me acerqué a Eco para llevarle el recado de una amiga común, que estaba preparando unas oposiciones a catedrática y no podía hacer acto de presencia en eso de las  Atarazanas y los wiskys, que era, claro, lo mejor del Congreso. Eco me miró sonriente y me dijo: “Fa bene”, en el papel de académico que sabe de lo inexorable de los plazos y las plazas universitarias. Pero se adivinaba, detrás, su escepticismo y sus ganas de haberse tomado un whisky o un gin tonic también con Amparo.
Ahora recuerdo un libro del que poco se ha hablado en estos días, Lector in fabula, de 1979, pero que a mí me cambió la manera de leer el texto, en un modo académico, hay que entender; pero también la manera de leer en general, porque todos somos un poco más o un poco menos ese Lector modelo que Eco imagina a partir de los huecos y las fracturas del texto. Sobre este tema discutieron con mi maestro, el semiótico lituano-parisino Algirdas Julien Greimas (1917-1992). Para Eco, el texto es una “máquina perezosa” que exige al lector una serie de actividades de interpretación; para Greimas, hay una serie de operaciones inscritas en el propio texto que se consideran una forma de racionalidad discursiva. Parece lo mismo, pero a ellos les dio para largas discusiones que precisaron sus diferencias y reforzaron su amistad. Pues Eco y Greimas dialogaron no solo en los libros y revistas teóricos; fueron amigos y hermanos (“mon frère en Italo Calvino”), le llama Greimas al prologar un trabajo de Eco publicado en 1987 en la revista Actes Sémiotiques, IX, 81.
Estos días he buscado en vano Lector in fabula en mis compactas (y caóticas) estanterías: en vano, cuando los años se miden por los libros que han tapado a los otros libros, en esas estanterías de doble fila que deberían estar prohibidas. Y he leído la crónica de Xavi Ayén en La vanguardia del día 21 de febrero, donde recuerda que, cuando fue a entrevistarlo el año pasado en su casa de Milán, Eco le retaba a proponerle autores –a ver, Hume; a ver, Wittgenstein, decía Ayén...- y Eco se dirigía como un zahorí por los intrincados pasillos de su biblioteca, y los encontraba siempre. Por eso creo que pronto encontraré Lector in fabula: lo huelo, lo siento vibrar; solo que tengo que mirar mejor, o apartar algunos libros.
Greimas comienza su prefacio al trabajo de Eco sobre la semiótica de la recepción diciendo: “Umberto Eco n’est pas de ces auteurs qu’on préface. Présent, il parle”. Ausente, también nos habla, y no dejará de hablarnos.
Helena Usandizaga

viernes, 19 de febrero de 2016

Umberto Eco, una partida lamentable.

La partida lamentable de Umberto Eco me hace recordar los wiskis  y los gin tonics que compartimos en Las Atarazanas de Barcelona una de esas tardes alargadas de verano en que se incendian hasta los barcos. El año es el que no recuerdo pero seguro que nos presentó Marina Sbisà en un grupo en el que también estaba Paolo Fabbri el abate ágrafo del Nombre de la Rosa. De quien Eco se burlaba en clave italiana. En aquella época yo perseguía esas sensibilidades porque todo me llevaba a la trama de la Europa triestina, desde que viera en la adolescencia una película sin nombre con Alain Delon y Ann Margret que sucede en Trieste, lugar, si los hay, de evocaciones más que literarias. Téngase en cuenta a Italo Svevo para comenzar, pero también en la habitación de al lado al mismo Joyce, James. Y todo con el fondo del Danubio imaginado por Claudio Magris. 
Pero Eco y las Atarazanas eran otro capítulo. Me hablaba de su sospecha de que las naves de Colón habían sido construidas allí, bajo nuestros pies. Yo atisbaba en el famosísimo escritor un alma señera de comodoro al mismo tiempo que de inmigrante haciendo las américas. Al poco rato ya éramos amigotes. El con seis gin tonics y yo con sólo dos wiskisitos.

domingo, 7 de febrero de 2016

EL DÍA EN SEPIA ES OLA DE LA NOSTALGIA.



El día de la sepia es el documental que Emilio Manzano con su viejo chaquetón de cuero republicano ha logrado luego de llevar a E. Vila- Matas al taller de Miquel Barceló en París. Se me ha hecho extraño el catalán íntimo de V-M. y el mallorquín de Barceló en esa tierra de nadie que es París. Se ve que ambos artistas se acaban de conocer. Luego luego parece que todo el tiempo ellos hubieran estado hablando de Paula como si estuviesen hablando de otra cosa, de aquel momento de luces de la juventud perdida. Después de años oigo el nombre de Vigil el ágrafo aunque yo edité El Zarpazo del barbero en Auqui. Vigil había estado en Mallorca haciendo el Diccionario erótico de Cela. Barceló muestra los retratos de Gimferrer y de Mesquida y también los de su madre, lo que lleva a Enrique a sentirse más cómodo junto a la taza de café.
Pero acto seguido asoman los recuerdos y las fotos fugaces. En una de colores reconozco a nuestras amigas de entonces insospechadamente más bellas de lo que tenía recordado. Con Javier Gómez de Pablos y Carlos Trías perfilados y las hermanitas Cabot que eran tres de mucho trapío. El inolvidable Paco Monje está con el torso desnudo. Está Jimena, por entonces novia de David Miró, el nieto del pintor. Creo que fue aquel verano en el que Paco y David marcharon de este mundo por culpa de la heroína. Lo dijo Barceló y lo señala Enrique “pertenezco a una generación que dio pocos poetas, pocos pintores, muchos guitarristas pop y sobre todo yonkis.”
En el minuto cuarenta hay una foto en blanco y negro en la que figura Vladimir Herrera el suscrito junto a Vila-Matas. Es, quiérase o no, la extrema juventud en la ribera de las Ramblas como algo que está a punto de olvidarse. Uno se acuerda de Fernando Corrujedo también. La gracia del documental está en la factura de catalán íntimo, lo que hace misterio en este continente castellanohablante con los retratos de Barceló y la sonrisa de Vila-Matas. El Manzano lo sabe. 

viernes, 29 de enero de 2016

Aproxima H.U. el Tratado de las sensaciones de Arturo Carrera.




LOS AFECTOS,LA SENSACIÓN, EL SENTIDO.
Helena Usandizaga

Este libro se define en el prólogo del propio autor como una navegación que intenta “ocupar o estriar todo el espacio del mar a partir de un punto cualquiera”, es decir, “sin salidas ni llegadas, sólo en un viaje circular absoluto” . No se trata, claro, del deseo de decirlo todo, sino más bien de una exploración que no  privilegia puntos de partida ni de llegada, si bien ocupa determinados espacios: “Y ese barco –añade Carrera- (la poesía, el sueño de la poesía) es quizás el “vector” borroso que inventa en lo doméstico la atención de lo único”. Lo doméstico aquí es la línea masculina de la familia, en la que se encuentran abuelos, tíos, padres,  primos, hijos,- así como en el libro anterior, El vespertillo de las parcas, lo era la femenina- y en esa línea se busca “la sensación como sentido de los afectos”. La exploración en ese espacio se hará, según sugiere el poema, construyendo un espejo muy peculiar; un espejo que oscurece y al oscurecer no ensucia, sino que profundiza, como en la cita de Wittgenstein que encabeza la primera parte. Esta búsqueda del sentido es problemática; la cita mencionada habría que leerla junto con otras, en especial la de Passolini, que hace referencia a la pérdida del sentido, y la de Deleuze, que sugiere la percepción del sentido como ritmo. No es, pues, el reflejo de la realidad lo que nos ofrecen las palabras (“las palabras ya no son espejo”, sino una misteriosa iluminación de su reverso, que lleva a esta poesía por caminos iniciáticos, y ello a pesar, y a veces en contra, del empeño intelectual que guía el trabajo poético, al lado del de hallar el sentido a través de las sensaciones previas a la representación conceptual.
De este modo, cada poema se plantea como “un problema afectivo”, lo cual quiere decir de alguna manera cortar, acotar el fluir continuo de las pasiones: “¿Es posible leer, amar, vivir en la desmesura de la sensación, sin acotarla con el murmullo de un poema secreto?”.  Por ello, no es que el poema busque las situaciones en las que el sentir desborda al percibir y éste a su vez al sentido, porque eso correspondería a otro tipo de proyecto poético; la razón, decíamos, no es ajena a la búsqueda del sentido: “Y que variaran/ como en sus reflejos las formas de comprender/ el arte de la realidad, / que aumentara el grado de su reflexión/ sosegando el sentido” . Sin embargo, a través del diálogo que se construye entre las diferentes voces del poema, no se rehuye el deslumbramiento de las sensaciones, ni los mitos, ni siquiera la mentira (“Quiero engañar, quiero engañarme hasta el final...”. La tentación de lo intelectual, que por otras vías a veces amenaza con limitar al poema, se evita así casi siempre. El espejo, entonces, razona también “por la dicha de atisbar/ vagos destellos insidiosos/ como sueños que nos cambian”. No se busque pues en esta poesía el puro centellear de las anécdotas experienciales y de las situaciones familiares con su consiguiente carga de sentido común, si bien algunos poemas de la última sección (169-170) se declaran explícitamente como anécdotas, sino su colocación en un punto de fuga vertiginoso donde las palabras concebidas como materia viva metamorfosean lo narrado y nos acercan al sentido: ““Que no fuera despertar/ en lo que creíamos‘hecho’,/ que las palabras oídas se aferraran/ y buscaran en mí, todavía,/ las formas inciertas que producen/ la alegría”. En este sentido, y sin pretender explicar a Carrera sólo con esta referencia, se comprende que fuera incluido en una antología de poesía “neobarroca”, pues en sus poemas la forma no pretende reflejar el sentido sino interrogarlo y hasta exasperarlo; algo que también está en la búsqueda de Lezama Lima y de  Girondo, aducidos como padres de esta línea.
Hemos avanzado ya la manera como se busca el sentido en el poema: al igual que el espejo, el poema construye también un juego de voces que aparecen a veces, como en la cita anterior, entre comillas o en cursivas: voces interiores, voces entreoídas o “entreleídas”, pero sobre todo voces de narradores a menudo familiares. Pero, como la historia de la construcción del espejo se salda con un fracaso (“Y era un fracaso, y lo/ peor: ¡no reflejaba! Salvo una comisura de tiempo.“, 22), se hace evidente que algo más se necesita para buscar el sentido: tal vez el espejo es precisamente ese “imperfecto anhelo/ del contorno de uno mismo” (23), que es también justamente el anhelo de crear, a través del tiempo, una figura con las sensaciones dispersas: “la ansiedad de unas maneras de reflejar líneas de puntos/ que forman constelaciones o dibujos muy simples/ a veces imperfectos o contrastantes/ en un cielo de verano sin luna”. El deseo y el tiempo: no existe una solución única u ortodoxa para intentar la búsqueda, pero cada poema rehace este trayecto de construcción a través de la “comisura de tiempo” (156-157) y del anhelo que deja pasar las imágenes suscitadas por el rumor de las palabras familiares que pueblan todo el libro. De este modo llama el silencio y brotan las  quejas, las negaciones (“se acabó/ No hay espejo”), y las preguntas anunciadas: “¿... que se verá del otro lado ahora que el espejo nos/ ignora? ¿Cuál mano sombría/ apartará la pena inconsolable/ que retiene el aliento de la luna llena?”, que llevan a otras preguntas terribles: “¿Así pataleó mamá/ cuando entró en agonía?”. Es entonces la sensación interiorizada y vivida y, por lo tanto, temporalizada, la que pregunta por el sentido; y para eso es necesaria la mediación del cuerpo, el ritmo verbal y respiratorio, que es el que hace emerger la experiencia estética: el sentido, así, se conjuga en las voces como materialidad, el recuerdo como sabiduría y  el ritmo como unidad; el sentido es tal vez algo que “dura,/ en las palabras”, algo como la búsqueda o la nostalgia del ritmo en las voces oídas por la comisura del tiempo.
El espejo, pues, como las palabras, no se recrea en el puro reflejo, en “el habla y la escritura de un sueño”, sino que reconduce los afectos, “su esperanza concreta, porosa pero tangible”. El espejo y las voces son así una manera de acotar, de hacer un corte en la fluencia de lo real, de  dar unidad a las sensaciones mediante el ritmo; una manera, pues, de comprender, pero otra manera de comprender: de acotar, por ejemplo, el universo del dolor con su continua insistencia; de llegar allá donde “la realidad con dedos de rapiña/ roza la sensación desconocida/ donde el dolor mueve palabras” ; de construir el sentido con imágenes como “el rumor de las almendras de Giarre en los carros,/ como cascabeles húmedos...”; de construir con ellas “este sueño parecido a un espejo”. Esta búsqueda del sentido es así la búsqueda de “otro” sentido a través de una “desobediencia al sentido”; la búsqueda de “la violencia con que se mezclan/ las unidades del ritmo:/ las diferencias secretas/ de la unidad de lo nombrado”.
Arturo Carrera, Tratado de las sensaciones, Valencia, Pre-Textos, 2001.

viernes, 20 de noviembre de 2015

HELENA USANDIZAGA SE APROXIMA A LAS ILUMINACIONES DE POLANCO.




El Legado y el color en Las Iluminaciones de Polanco.

Cuando Gamaliel Churata publica su magna obra en 1957, hace visible su propósito de hacer actual el legado en el que explora desde los años 20: un legado marginal, no escrito, desconocido, despreciado. El autor puneño desbarata con esto el concepto de clasicismo y de vanguardia, porque uno de sus logros es hacer con lo olvidado algo fundacional y clásico, y reescribir la vanguardia al hacer confluir formas rupturistas con la tradición oral. Así, una obra ya clásica, El pez de oro, se crea adaptando al formato escrito -barroco y vanguardista a la vez- toda una cultura, la andina, que forma parte del legado peruano y universal. Este gesto fundacional de Churata no es el único que abre la puerta a lo clásico: Arguedas sería otro ejemplo, y en este comentario nos interesan especialmente otros dos puneños, Martín Chambi y Víctor Humareda, artistas fundacionales. Todos se incluyen en la perpetuación del legado al darle una forma que lo hace circular en otros contextos.

Pero, ¿qué ocurre si el que explora en el legado lo hace desde Lima, y no plantea explícitamente una autodefinición o una reivindicación sistemática? ¿Está traicionando ese legado o desvirtuando el concepto de lo andino? Sería así sólo si lo banalizara o malentendiera, pero no por el hecho de atreverse a jugar de manera heterodoxa con las fotografías de Martín Chambi. Porque hablamos de legado, no de propiedad local que solo alguien tiene el derecho de entender y comentar. Cuando Picasso pinta Las meninas de Velázquez, da un nuevo giro a ese cuadro que tantas veces será releído dentro de la misma tradición, desde diferentes conceptos pictóricos y con miradas que van más allá de la intimidad y que crean algo que tiene sentido. Relecturas, intertextualidades y homenajes se suceden en la tradición canonizada, ¿por qué no en aquella menos reconocida, pero igualmente importante? Solo una desmedida ansia localista podría prohibir el gesto de Polanco al reconocer y releer la obra de Chambi. No en vano la generación de Polanco se propuso explorar en esos legados marginales, desde la Sarita Colonia de los arenales hasta el Amazonas, pasando por los Andes, y algunos de los mejores logros de este pintor de Lima, de ese lector e iluminador constante de todas las Limas, se inspiran en esos otros espacios de Perú, en esas raíces que son de todos. Ahora Polanco reúne en Lima a Chambi y a otro gran pintor puneño, Humareda, que llega a Lima a los 13 años, y que pinta con colores que están también en los ojos de Polanco al intervenir la obra de Chambi.

En la pintura está también la compleja dimensión social de Chambi y con ella, iluminada por Polanco, ingresa la obra al mercado del arte. Los cuadros, hermosos e intensos, colgarán en las residencias burguesas de quien tenga la suerte de poder comprarlos, si bien Chambi les mostrará en ellos la cara de su guachimán. Pero así de contradictorio e irónico es el valor y el precio del arte.

La estética que se genera en ellos no es ni la del folklore que se hace retórico ni tampoco la estética “chicha” que algunos científicos sociales defienden desde Lima como lo verdaderamente popular y valioso. ¿Y es que ya nadie piensa en el legado? Tal vez lo tengan por obsoleto y ausente de la modernidad. Pero, viendo la obra de Polanco, uno se da cuenta de lo productivo de este gesto, que, hay que decirlo, este pintor ejecuta con un respeto evidente hacia la obra de Chambi. En el catálogo de la exposición, Schwartz (cito de memoria) recuerda otras obras u objetos a lo largo de sus diferentes etapas, y habla de que esas presencias están en la obra de Polanco como algo real, no como un pretexto ni siquiera, tal vez, como una metáfora, y son tratadas con el máximo de los cuidados.

Cuando vemos la plaza de armas del Cusco en el cuadro de Polanco –sí, por la luz la hora ha avanzado algo, ya no es el comienzo del amanecer sino que un poco de sol ilumina a los personajes que el pintor ha sacado de otro cuadro, y los muestra en su humildad o en su autoritarismo fuera de lugar- las fotos de Chambi revelan de otra manera algo que ya contenían; en la pareja del matrimonio de conveniencia  posando ante el fotógrafo, los colores, al resaltar surcos y expresiones, palideces e hiperglobulias, acentúan el horror helado de la chica y el cinismo del hombre mayor que la está desposando; el balcón de Herodes, que en la pintura muestra su original color azul cusqueño, recibe en el ángulo de la calle al gigante de Paruro, que ha llegado caminando por la perspectiva que crea el cuadro… Los colores y los collages iluminan, pero no solo en el sentido literal, sino que también dan luz, otra luz que estaba muy adentro, a la obra de Chambi.

La materia de estos artistas que son capaces de mirar y pensar,  y que por ello se iluminan y espejean entre sí, son ya parte del legado que se perpetúa en su obra. Las Iluminaciones de Polanco nos llevan por esa emocionante corriente de materia y color que es de los lugares y las culturas donde fue concebida, y también, por suerte, de todos los que las miramos con respeto y entendimiento.


Helena Usandizaga, Hacienda Ranhuaylla, 20 de noviembre 2015.

miércoles, 30 de septiembre de 2015

En el día. Dedicado a un amigo pintor.





Para Ostolaza en su afán.


Tuve que llegar a ser viejo muy viejo
para soportar la
muerte de mi madre


para enterrarla entre pájaros
y árboles
bajo los clarines del silencio cuando ya todo estaba cantado helado como el alma de un zorro en los cipreses


Vladimir Herrera.
Ranhuaylla 30 de setiembre 2015. 

sábado, 13 de junio de 2015

ESCRIBE USANDIZAGA SOBRE LA OBRA GRÁFICA DE LAMBORGHINI. MACBA 30 DE ENERO A 1 DE JUNIO 2015.


LEYENDO IMÁGENES: LA OBRA GRÁFICA DE OSVALDO LAMBORGHINI

Helena Usandizaga


Al entrar en la recientemente clausurada exposición de la obra gráfica de Osvaldo Lamborghini (Barcelona, MACBA, 30 de enero - 1 de junio 2015), la mirada se topa inmediatamente con una inmensa fotografía de Lamborghini en pijama, en su cama–taller de la calle Berna, donde Vladimir Herrera le visitaba a menudo –aunque no siempre estaba ahí Lamborghini; en esa época todavía salía-. A mi memoria vino en seguida el inusual clima de aquellas veladas, de las que algunas pocas compartí; pero inusual por la naturalidad absoluta de la conversación con el encamado o tumbado Lamborghini. Y a mi memoria sensorial llega el olor de aquella habitación; no era un mal olor, pero sí a cerrado, a papeles acumulados: allí Lamborghini leía, escribía, dibujaba, conversaba.

Creo que allí daba el escritor argentino lo más tranquilo de su personalidad, aunque sus opiniones eran agudas y cortaban como cuchillos. Recuerdo también, como dice César Aira que recordamos todos los que conversamos con él, palabras sumamente ingeniosas e inteligentes; pero también alguna observación bondadosa que le hizo a Vladimir sobre las adicciones, al verlo sobresaltado frente a algo que contaba Osvaldo; como un hermano mayor que dice: “no te preocupes, yo te conozco y a ti no te pasará esto terrible que estoy contando”.

¿Qué tienen esos objetos gráficos que fascinan al desprevenido visitante de la exposición? Entre la pornografía y la belleza, entre el escepticismo y el deseo crudo, entre la utopía y el apocalipsis, entre la crueldad y la carcajada... Como la que yo solté, para sobresalto de los visitantes, ante el lema “Delatora alemana (moderna) con filósofo catalán (postmoderno)” que rotula la foto de una pareja en actitud porno-bella-pero-ligeramente-chistosa. Reí por pensar que quizás eran quienes yo pensaba que eran.

¿Por qué recortaba Lamborghini las revistas porno atrasadas que le compraba Hannah, y creaba con ellas, al componerlas y escriturarlas profusamente, escenas divertidas o serias, liberadoras o atroces? ¿Por qué “intervenía” los libros no solo con subrayados o comentarios, como tal vez hacemos todos, sino con tachaduras, pinturas, reescrituras? En uno de los niveles de su acción, es posible ver cómo al hacer esto él inventaba su libertad, y cómo creaba su propio mundo, exterior e interior. Fluía todo con precisión e imaginación, con diversión y pesimismo, con distancia y pensamiento político.

La obra gráfica de Osvaldo Lamborghini es esa construcción de su libertad y de sí mismo, y es a la vez arte, puesto que viene de un ritual de elaboración y creación que, conscientemente o no, aguarda otro de lectura. Como el de esa profesora amiga que encontré en la exposición, contemplando también, y que me dijo: “la he visto tres o cuatro veces porque... me gusta mucho”. Así de simple.

En la vitrina donde está la obra de Lamborghini se puede ver la revista Trafalgar Square, dirigida por Vladimir Herrera, pues ahí se publicó un texto crucial de su época barcelonesa; y no puedo dejar de pensar en la apertura selectiva de esa revista, que conectó con el gran escritor como si nada, como si fuera lo más normal; y ahora, al ver la exposición y leer las varias interpretaciones de su complicada relación con el campo literario, tanto argentino como barcelonés, me doy cuenta de que esa amistad entre Osvaldo y Vladimir fue casi mágica, una palabra que seguramente no le hubiera gustado mucho a Lamborghini, pero que hay que decir para entender algo de esas afinidades electivas.

HELENA USANDIZAGA.