viernes, 13 de diciembre de 2019

MI QUERIDA HELENA USANDIZAGA HABLA DEL ÚLTIMO LIBRO DE RODOLFO HASSLER.






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HABLAR CON LENGUA DE LOBO
Rodolfo Häsler, Lengua de lobo. Madrid: Hiperión, 2019.
Recuperar la “lengua de lobo/ la lengua feroz” (76) ocurre en este libro para hablar de un conocimiento pasado que es herida y oscuridad. Hablamos del tiempo revisitado, pero no tanto del tiempo perdido, sino más bien de la imposibilidad de volver a los mismos lugares y de ser la misma persona. Pero también pulsar esos tiempos y esos espacios, a veces saborearlos de nuevo, a riesgo de que irrumpa un dolor o un daño, puede llevar a un renacimiento, a la escritura y la vida: el acto de acercarse a lo perdido, a través de lágrimas y sangre, puede generar una palabra nueva. Esa palabra no tendrá el acento irrecuperable de la gestación de la lengua interior a partir de varios idiomas que refiere el sujeto del poema, pero sí podrá ser un secreto de nuevo revelado, o un nuevo secreto que no se revelará jamás. Y ya que toda pérdida es un hundimiento, para seguir con vida después del hundimiento el enunciador vuelve y no vuelve al lugar donde hablaba las lenguas de su infancia porque “aunque vuelva, deja su acento atrás/ su marca de nacimiento/ de delicada habladuría” (12). ¿Puede la delicia de unos bombones del mismo chocolatier suisse de la infancia equilibrar una vida de pérdidas? Lo cierto es que el placer del chocolate suizo, magdalena de Proust a su manera, lleva de modo exquisito a la disolución, la enajenación y la perdición, pero también, de algún modo, domina la pérdida.
Tan importante como las breves percepciones de experiencias genésicas oscuras o luminosas es un previo acercamiento cauteloso que, hasta que llega al encuentro, produce ansiedad, dolor, espanto: es como beber “la sangre de los sueños congelados” (13).  El arte y la poesía son el eje vertebrador de las entradas en la memoria, y a veces se abocan a un despertar del sueño del arte convertido en figuraciones de la ansiedad y del insomnio, un arte que hiere como la espina del erizo, “una vida bárbara/ perdida en la amargura del espejo” (9-10).  La pérdida es el recuerdo de la búsqueda de ese alumbramiento que se enfrenta a la palabra perdida, a la palabra prohibida, a la palabra maldita, a la palabra miserable, a la palabra ilusoria: acercarse ya sea a la bestia, seducirla y atacarla, o a una inaccesible manzana de oro, para encontrar en cada caso el espanto o la imposible sanación. Tomar un hilo de oro para ovillar y zurcir o ver un cráneo de perro “cubierto de polvo/ entre el esplendor de los granados” (39); vislumbrar “el enigma de los pomos de oro” (38) o “una flor del revés/ en el plato de la cena” (70). 
En este acercamiento al pasado que forma parte del presente se va creando un sujeto, no autobiográfico pero que sí establece un juego entre el sujeto ficcional y el autobiográfico: pequeño niño helvético con una densa historia familiar, feliz; el padre y la madre en una lejanía fecunda pero también los ancestros enfrentados al “espanto de la estirpe” (26); superviviente supuestamente ocioso; extranjero visto como otro extranjero por los cosmopolitas en un Beirut de todas las etnias; escritor en las fronteras que se confronta con varios escritores y artistas, situados en el mismo lugar fronterizo que genera la palabra: Martínez Rivas, poeta de la obsesión; Erika Burkart, cuyos libros sugieren viajes irrealizables y países bajo el designio de lo incierto; y especialmente Ödön von Horváth, autor de las carencias, en las fronteras espaciales y de la lengua, sin país natal cierto, que vuelve para revelar el secreto de la palabra. 
A lo largo del libro se visitan no sólo las personas, sino también los lugares originarios o genésicos - La Habana, Ginebra, Formentera…-, y por otro lado los lugares de la devastación, a veces lugares de la guerra muy reales y trágicos, o lugares de la desgracia y el espanto: Gaza, Sarajevo, Port-au-Prince… Algunos de estos poemas están entre los más impresionantes del libro, y son, como todos, también intensa y asordinadamente líricos. Pues hablan con la lengua de lobo que enfrenta lo traidor de la palabra y el recuerdo, pero también dicen que entre la sangre y el dolor se puede pasar la prueba y encontrar el lugar preciso e inaccesible “donde predicar/ la santa poesía” (21); un lugar que nace de lo irresuelto y doloroso. Entrar en ello no es algo fácil, como se ve en un poema dedicado a Hildegard von Bingen: “Se trata de soportar/ la luz que parte la flor,/ producto de locura,/ pérdida del sentido, apártate, la sangre ahora se derrama/ y no conseguirás detenerla” (44-45).
Helena Usandizaga

miércoles, 4 de septiembre de 2019

POR FIN LOS POEMAS MOSCAS ENTRE NOSOTROS.





La mosca cimbra en la misma línea de sombra que la materia del lenguaje teje más allá de la razón.
Es como si posara sus patas de alambre y lamiera el borde de papel de un signo. Y acaso es revisada por las otras moscas. Señalada por los otros poemas del haber sido y no fue.

Yo había perseguido en tanto que editor estos Poemas Moscas que ahora tengo entre las manos. Porque la sabia de estos poemas la había olido semejante a una mosca que merodea la miel. Fue hace unos días, al borde de la laguna de Ccoyllururmana que el poeta Américo Yabar nos entrego los ejemplares ya editados. Ahora no hago más que saludar esa publicación. La de un alto poeta de estas tierras.

Se que la obra de A.Y. en su conjunto es mucho mas basta y presumo que se irá dando a conocer en estas primaveras del fin del mundo. Con mi saludo sólo pretendo cifrar el afamado fulgor de una poesía esencial y lejana. Ya los especialistas ayudarán a conducir a los lectores por los resplandores de tal arte bello.

En Paucartambo, tierra del poeta y confín de las auroras se juntan poetas de mucha estirpe. Todos, hoy , esta noche o mañana celebrarán la aparición de estos Poemas Moscas.

martes, 18 de junio de 2019

IMAGEN DEL GRAN COCODRILO EN LA FECHA DE SU NACIMIENTO.






Como es hoy, un día nació el Gran Cocodrilo. Le llamaban Efrain Huerta y los antipaceanos nos sabíamos herederos de su gesto poético. Además como dice David su hijo, él quería ser padre de todos. Se fijaba en la poesía de los jóvenes. El año 81en El Universal escribió una nota sobre el Verano Inculto la que guardo y es mi mayor orgullo. Veinte días después David Huerta en el mismo medio agrandó el tema del Verano Inculto. En ese entonces el pique entre Huerta y Paz no era visible y más tarde se convirtió en rumor. Nunca vi al Gran Cocodrilo. Falleció un año después y Octavio Paz se llevó el Nobel el 90. Mexico tarde y distante había poblado mi poesía.

Vladimir Herrera.

lunes, 17 de junio de 2019

HELENA USANDIZAGA RECONOCE A UN JOVEN POETA PERUANO. TRES POEMAS DE DIEGO TUPAYACHI.



HELENA USANDIZAGA RECONOCE A UN JOVEN POETA PERUANO. TRES POEMAS DE DIEGO TUPAYACHI.
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“Esto soy yo, la voz” La voz que cierta poesía moderna busca borrar, ocultar o minimizar se afirma en estos poemas de Diego Tupayachi con fuerza: el cuerpo y el mundo se unen y hablan desde un lugar potente, pero sin grandilocuencia ni ego autobiográfico. Fascina oír la voz de un universo en perpetuo fluir y adivinar la inspiración que lleva a esta confluencia con una persona que no es un yo sino más bien un “yosotros”.  Pero no se trata de pura intuición, sino que se habla desde la tradición de un pensamiento andino que solo algunos gigantes como José María Arguedas y sobre todo Gamaliel Churata han logrado integrar a la escritura en castellano.
Para hablar desde el mundo es necesario borrar los límites del yo, de la mente y del cuerpo, olvidar y recordar a la vez para volver a lo arcaico y renovador, a la luz del inicio que nace de la oscuridad. Es preciso fundirse con el mundo, o mejor, “sobremezclarse”, para entrar en los bosques y el silencio y dejar que la voz vaya naciendo, extática y ciega, “extático navío ciego”, de la noche y el volcán, del sol, el ave y la belleza del mundo. Pero este nacimiento al borde de la disolución y la muerte también es activo: “¿Cómo le llamo?”, “¿Cómo te llamo?” (“El nombre de la luna”). A veces ese nombre llega en las lenguas que inspiran subterráneamente estos poemas en castellano, y el fuego ha de ser invocado en quechua: “nina, ninay” (“El nombre del fuego”).
El sujeto que habla camina el mundo con “pasos que besan y sienten” y, para encontrar su voz, como en la tradición antigua, surge de las aguas turbias y violentas del mar y de los lagos y a la vez de las aguas transparentes de los manantiales, se entremezcla con el mundo ctónico (el ukhu pacha) y con el mundo celeste (la constelación de la Llama ñawin), se une a los dioses montaña, resucita a los antepasados, desentierra a los Mallquis y hace hablar a los Achachilas; y mientras el sol, la luna y las estrellas iluminan la oscuridad fecunda, se unen el felino y el reptil como en el imaginario antiguo para dar lugar a una nueva era; el viento y el fuego  vivifican, la luna respira en los sueños oscuros, la lluvia germina y renueva el cuerpo tal como hace con el mundo. Así la voz olvida su yo y se vuelve arcilla originaria, felino, árbol, tierra, colores, luz, amor, placer, para emitir “un canto efímero que disuelve y hermana/ Anuda/ Y entrelaza” (“Eco de los Dioses Montaña”).


Muerte constante

Solo para el que muere a sí mismo
Resuena el dulce gorjeo de las flores amarillas
Solo para él,
que vuelto cenizas y se esparce por los campos celestes
Resuena en sus palmas la tierra viva

El sol vertical asciende y no es el sol
Es la misma creación fecundante
Falo de fuego
Sus rayos palpitan
El horizonte germina
Se elevan los colores; las ramas, las plantas
Y las frentes de cobre
Discurre el día espiral
Muere el hombre subjetivo

Solo para el que muere a sí mismo
Las voces no son voces; susurran primigenias vibraciones
Eternas
Sin existencia propia
Silencios elocuentes

El canto de los senos asciende
La cumbre de los cerros
Asciende
La madre besa las nubes andantes
La madre besa los cerros danzantes

Solo para el muerto, la muerte no es muerte
Ya sin vida; contempla cada nuevo instante
Un animal flotante
Sin cuerpo, sin versos
Se mueve con la brisa
Desconoce la gravedad: el peso de la vida

Ligero contempla
Todo es nuevo
Se maravilla

Llamaq Ñawin

Negros fulgores
Abismos de consumación
Cenizas que descienden como lluvia que renueva
Gotas de belleza
Ojos de llama que suspendida en los cielos muestras la dirección del silencio eterno
Ojos de llama aquí en la tierra que con sus puentes de pestañas parpadeas entre el todo y la nada

Ukhu Patxa

Soy el camino desterrado
A cada paso constante influjo
Pureza de arcilla precipitada como un lodo
En carnes de materia avanzo
Mis rayos palpitan como un rugido de animal sinuoso

Sobre la sombra telúrica amanezco
Soy el nadar de los mares
puros y negros
Flotantes comienzos
Una lágrima floreada
Un fulgor láctico
Se entremezcla
Entre arcilla viva
Un rayo
Un halo de fuego
Un comienzo

Y la sombra flota y nada
entre fulgor de antaño
Mirada serpentina
E inicio vespertino
de la vida

¡Oda al canto y la danza!
Tú te mezclas como el agua
entre lodo negro
¡Vino de estrellas!
Vuelca la mirada
En la roca del éter constante
Suspendida en el vuelo seco
Adornado
Por un conjuro
De abstracción antigua
En lengua serpentina
Y llanto de recién amamantado

El nombre del fuego

El fuego crepita sobre la leña
Pronunciando su eterno nombre sobre la tierra

Nina nina nina nina nina
¡Ninay ninay ninay!
Nina nina nina nina nina
¡Ninay ninay ninay!

Flamea como una hoja que recibe el hálito del viento
El hálito de sangre
Su ser es naranja como el sol del alba que nace
Sobre el firmamento,
Canta:

Nina nina nina nina nina
¡Ninay ninay ninay!
Nina nina nina nina nina
¡Ninay ninay ninay!

Mi corazón es un abismo, late al borde del socavón negro
Recibe la lumbre primigenia, la que enciende almas
Flamea:

Nina nina nina nina nina
¡Ninay ninay ninay!
Nina nina nina nina nina
¡Ninay ninay ninay!

Templo de agua encendido, expandido sobre la alfombra umbría
¡resplandece como estas estrellas de nina que tiritan!
A la distancia rugen
Lejos, muy lejos de este templo de anhelo
Oh a la cercanía, en este espejo de agua,
¡Brillan!
En esta carne disoluta,
Como las olas de luna, baila:
Nina nina nina nina nina
¡Ninay ninay ninay!
Nina nina nina nina nina
¡Ninay ninay ninay!

sábado, 5 de mayo de 2018

Carta inolvidable de Gabriel Gimenez Emán para consumo humano.

Mi querido Vladimir Herrera:

Desde que te vi aparecer en Facebook no sabes cuánto contento se hizo en mi espíritu. Tu has sido para mí una de los grandes amigos que he tenido en la vida, y nuestras correrías por la Barcelona de los años de finales de la década de los 70 y comienzos de los 80 son para mi inolvidables. Nosotros nos desplazábamos por esa ciudad como unos príncipes, como unos reyes de la bohemia y de las mujeres y de los asombros poéticos que nunca nos abandonaron. Tu metido en tus trajes de lino  y tus corbatas, mesando tu barba y hablando con las misteriosas damas de la noche, chocando vasos de sidra espumante por las mañanas, comiendo ostras, ostiones gigantes y brindando por los amaneceres gozosos… ¿te acuerdas de Martita? nuestra musa andaluza que se paraba sobre las ramblas a mirar el infinito con su par de piernas maravillosas y nosotros la adorábamos como una diosa, era la novia de ambos… los ceviches en el barrio gótico, y las conversas, los bailes en las discotecas en el bar Tabú, las charlas con Vila Matas y Helena Usandizaga y María Elena Maggi y mi hija Claudia pequeñita dormía en los cojines de las discotecas y amanecía contenta pidiendo más fiestas, y las otras escritoras maravillosas como Cristina Fernández Cubas y tantos otros poetas, pintores, cineastas extraordinarios que vivían por el barrio gótico, el fotógrafo Luis Brito… Recuerdo que leíamos “Del verano inculto”, tus versos, yo escribí “El templo flamígero de Vladimir Herrera” allá y lo publiqué en Venezuela y en mi libro “Diálogos con la página”, veneramos el barroco latinoamericano, Lezama Lima Severo Sarduy, el gran arquitecto el Alejaidihno, cuya obsesión era no ser visto, en fin así  fueron tantas jornadas de poesía y bohemia en los amaneceres catalanes contigo y tu inspiración, por lo cual no tengo más que agradecer tu existencia y tu amistad, mi querido Vladimir, tu devoción hacia el Chino Valera Mora y tu maravillosa edición artesanal de “Canción de la noche y el Crepúsculo” que fue para mí una lección de cómo editar con altura y dignidad. Siempre te he admirado como poeta, como persona y esa capacidad tuya para seducir mujeres es lo que más te admiro, en eso me considero un discípulo tuyo, y fíjate, lo más bello es que todavía las muchachas jóvenes se fijan en mí y eso es para mí el mejor regalo que un hombre pueda hacerle a otro.

Ahora que te he visto aparecer por estos medios y tu cercanía fotográfica y tus comentarios acerca de mis enlaces y mensajes, quisiera irte a visitar algún día al Perú, emborracharme contigo y tus amigos y amigas  allá en las cumbres peruanas, leyendo los poetas peruanos acariciando  el cuello de una llama o de una vaca, deslizarme por los jardines, por las laderas frías y los valles del Cuzco y exaltarme y caer en los brazos de la efusión en las calles de Lima bebiendo una cerveza infinita, en el regazo de la patria de César Vallejo y de José Carlos Mariátegui, de José María Arguedas, José María Eguren, Antonio Cisneros, José Watanabe, Eilson, Cesar Moro…

Nuestros países han estado gobernados por muchos políticos mediocres, que según parece desean retornar luego de la defenestración de Dilma, Lula, Kirchner, Chávez, Pepe, Correa, Evo…. pero aquí seguimos resistiendo…

Pero lo más importante es ese amor que muestras por nuestra poesía venezolana, Vladimir, por eso que te sale del corazón para nosotros, esa capacidad que tú tienes para comprendernos.

Gracias, por existir Vladimir Herrera, esto te lo quería decir desde hace mucho tiempo. Un abrazo, hermano, amigo y poeta infinito.



dimiro herrera <aucells2009@gmail.com>
20:45 (hace 53 minutos)
para Gabriel

sábado, 21 de octubre de 2017

PARA EL FUTURO VII FESTIVAL DE POESÍA DE LIMA. DE UN SEGURO SERVIDOR.

Y UNO.

Como toda nostalgia es nostalgia de absoluto, que decía Steiner, la memoria morada y siena bermellón me deja lucir algunas palabras. Los amigos nunca sabrán cuánto se les recuerda o cuan enemigos se han vuelto con el tiempo. A muchos he preferido dejarlos en el Locus amoenus del  mito. A Italo Calvino por ejemplo lo dejé apoyado a un árbol y lo fui olvidando lentamente “como a todas las cosas de la vida”. Y eso que lo habré visto y conversado más de una vez.

A Enrique Verástegui lo recuerdo en una fiesta de cumpleaños de Helena Usandizaga, en mi casa, el año de la pera. Estaban Carmencita, Roberto Bolaño, Mario Santiago y demás gente desesperada. Era la Barcelona del tardofranquismo. La borrachera fue fenomenal. Más tarde los visité en Menorca, en el puerto de Mahón en invierno. Enrique y Carmen se habían refugiado allí para ahorrar. Creo que ya tenían a la niña. Creo que yo viajaba con una filósofa de Leipzig. En París también nos veíamos. Ellos vivían a la vuelta de George Mandel 33, el sitio en el que todos los peruanos recalábamos, del que eran artífices Elqui Burgos y el Zambo Tang.

En aquel tiempo me sentía levemente responsable por ellos. Yo los había presentado en la puerta de La Crónica, una tarde en que  debía llegar a los pies de quien más tarde fue una famosa actriz, y era mejor dejar a Carmen al cuidado de Enrique. Tenía que llegar antes que cualquiera. Y así fue.

El  año 74 vivíamos o camaroneábamos con Enrique y Oscar Málaga en un cuartito del Pasaje Velarde 113, cerca de Wilson. Allí concurrían por la mañana Susana Baca y Jorge Pimentel con pan francés y jamonada. Por la tarde llegaban Pedro Benavides cargado de amistad y Aramayo. En la densidad de la humareda distinguíamos la calle que nos llevaba al Palermo, donde Reinaldo Naranjo nos sacó del vagabundeo para llevarnos a La Crónica. Nada menos que al equipo editorial con el chato Hildebrant y Lucho Delbois. Meses antes trabajamos con Verástegui en la revista Vistazo bajo la dirección de Taquito Tamariz y Rina Barea, éramos los únicos redactores. De ese momento debo decir que nos leíamos tanto los poemas con Málaga y el zambo que terminábamos escribiendo igual. Málaga , un poco mayor que Enrique y yo, venía de otras ligas. Era un beat auténtico, amaba a Mardou Fox. Había conocido a Ginsberg. Era amigo de Walter Curonisi. Chupaba con Juan Gonzalo Rose. Digamos que tenía cómo influenciar en lo que escribíamos Enrique y yo, pardillos. La historia literaria lo mirará mejor. Algunas noches caminábamos por toda la Arequipa hasta la casa de Chabuca Granda en La Paz y era que Cesar Calvo cursaba las invitaciones. En nuestras filas iban Andrés Soto y Paco Guzmán, los chiquillos de Jesús María que le mostraban sus composiciones a Chabuca.

El tonto de José Rosas Ribeiro cuenta en alguna parte que los apristas me  habían colgado de los pies en una especie de encuentro en la Villareal. La verdad es que una asociación de estudiantes  nos invitó a leer en esa especie de iglesia que tienen en la Colmena. Estábamos en la mesa Juan Ramírez Ruiz, el zambo, y creo que el amigo que toca tambor. Cuando apareció el Búfalo Pacheco y su banda de fascistas arremetiendo con cadenas a los estudiantes. Una chica avispada nos sacó a todos por el foro. Por todo lo cual deduje que a los apristas no les gustaba la poesía. 

En mi primer libro les tengo dedicado un poema a e.v. y s.l.m. Uno es Verástegui, de cuando admiraba su poesía y el otro Santiago López Maguiña de cuando era poeta y vivía alejado del sicoanálisis.
 Sospecho que la dedicatoria fue tan diminuta que pasó desapercibida. De esa época demoran mis afectos. Pero el lunes llegó.

El propósito de estas anti-memorias era, más bien, desvestir o hacer añicos a una novelita espantosa firmada por Patrick Rosas En la que el personaje principal es E.V.  hecha con el único propósito de destruir la imagen del zambo. La cosa es de tan mal gusto que da nauseas. Y pena por los dos hermanos Rosas que a más de odiarse entre sí, se escarapelan con cualquier cosa que signifique talento. No desmenuzaré, pues, ese librito espantoso porque me canso.  Aunque no deja de preocuparme el porqué de  la memoria de mis contemporáneos: la de Verástegui y Pimentel por ejemplo o la de Carmencita Ollé que parecen haber olvidado  todo. Tal vez se trata de dejar que le hable el viento a la luz de Lima. Nieve de la memoria hecha trizas. Cometas de papel que se perdieron en la polvareda de la tarde. Hasta la famosa actriz, la misma que despedía al Donizetti, el barco que me alejaría del Perú por muchos años me mira de lejos tan callada. Acaso ni el Facebook nos une.
V.H.