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sábado, 21 de octubre de 2017

PARA EL FUTURO VII FESTIVAL DE POESÍA DE LIMA. DE UN SEGURO SERVIDOR.

Y UNO.

Como toda nostalgia es nostalgia de absoluto, que decía Steiner, la memoria morada y siena bermellón me deja lucir algunas palabras. Los amigos nunca sabrán cuánto se les recuerda o cuan enemigos se han vuelto con el tiempo. A muchos he preferido dejarlos en el Locus amoenus del  mito. A Italo Calvino por ejemplo lo dejé apoyado a un árbol y lo fui olvidando lentamente “como a todas las cosas de la vida”. Y eso que lo habré visto y conversado más de una vez.

A Enrique Verástegui lo recuerdo en una fiesta de cumpleaños de Helena Usandizaga, en mi casa, el año de la pera. Estaban Carmencita, Roberto Bolaño, Mario Santiago y demás gente desesperada. Era la Barcelona del tardofranquismo. La borrachera fue fenomenal. Más tarde los visité en Menorca, en el puerto de Mahón en invierno. Enrique y Carmen se habían refugiado allí para ahorrar. Creo que ya tenían a la niña. Creo que yo viajaba con una filósofa de Leipzig. En París también nos veíamos. Ellos vivían a la vuelta de George Mandel 33, el sitio en el que todos los peruanos recalábamos, del que eran artífices Elqui Burgos y el Zambo Tang.

En aquel tiempo me sentía levemente responsable por ellos. Yo los había presentado en la puerta de La Crónica, una tarde en que  debía llegar a los pies de quien más tarde fue una famosa actriz, y era mejor dejar a Carmen al cuidado de Enrique. Tenía que llegar antes que cualquiera. Y así fue.

El  año 74 vivíamos o camaroneábamos con Enrique y Oscar Málaga en un cuartito del Pasaje Velarde 113, cerca de Wilson. Allí concurrían por la mañana Susana Baca y Jorge Pimentel con pan francés y jamonada. Por la tarde llegaban Pedro Benavides cargado de amistad y Aramayo. En la densidad de la humareda distinguíamos la calle que nos llevaba al Palermo, donde Reinaldo Naranjo nos sacó del vagabundeo para llevarnos a La Crónica. Nada menos que al equipo editorial con el chato Hildebrant y Lucho Delbois. Meses antes trabajamos con Verástegui en la revista Vistazo bajo la dirección de Taquito Tamariz y Rina Barea, éramos los únicos redactores. De ese momento debo decir que nos leíamos tanto los poemas con Málaga y el zambo que terminábamos escribiendo igual. Málaga , un poco mayor que Enrique y yo, venía de otras ligas. Era un beat auténtico, amaba a Mardou Fox. Había conocido a Ginsberg. Era amigo de Walter Curonisi. Chupaba con Juan Gonzalo Rose. Digamos que tenía cómo influenciar en lo que escribíamos Enrique y yo, pardillos. La historia literaria lo mirará mejor. Algunas noches caminábamos por toda la Arequipa hasta la casa de Chabuca Granda en La Paz y era que Cesar Calvo cursaba las invitaciones. En nuestras filas iban Andrés Soto y Paco Guzmán, los chiquillos de Jesús María que le mostraban sus composiciones a Chabuca.

El tonto de José Rosas Ribeiro cuenta en alguna parte que los apristas me  habían colgado de los pies en una especie de encuentro en la Villareal. La verdad es que una asociación de estudiantes  nos invitó a leer en esa especie de iglesia que tienen en la Colmena. Estábamos en la mesa Juan Ramírez Ruiz, el zambo, y creo que el amigo que toca tambor. Cuando apareció el Búfalo Pacheco y su banda de fascistas arremetiendo con cadenas a los estudiantes. Una chica avispada nos sacó a todos por el foro. Por todo lo cual deduje que a los apristas no les gustaba la poesía. 

En mi primer libro les tengo dedicado un poema a e.v. y s.l.m. Uno es Verástegui, de cuando admiraba su poesía y el otro Santiago López Maguiña de cuando era poeta y vivía alejado del sicoanálisis.
 Sospecho que la dedicatoria fue tan diminuta que pasó desapercibida. De esa época demoran mis afectos. Pero el lunes llegó.

El propósito de estas anti-memorias era, más bien, desvestir o hacer añicos a una novelita espantosa firmada por Patrick Rosas En la que el personaje principal es E.V.  hecha con el único propósito de destruir la imagen del zambo. La cosa es de tan mal gusto que da nauseas. Y pena por los dos hermanos Rosas que a más de odiarse entre sí, se escarapelan con cualquier cosa que signifique talento. No desmenuzaré, pues, ese librito espantoso porque me canso.  Aunque no deja de preocuparme el porqué de  la memoria de mis contemporáneos: la de Verástegui y Pimentel por ejemplo o la de Carmencita Ollé que parecen haber olvidado  todo. Tal vez se trata de dejar que le hable el viento a la luz de Lima. Nieve de la memoria hecha trizas. Cometas de papel que se perdieron en la polvareda de la tarde. Hasta la famosa actriz, la misma que despedía al Donizetti, el barco que me alejaría del Perú por muchos años me mira de lejos tan callada. Acaso ni el Facebook nos une.
V.H.




miércoles, 8 de marzo de 2017

MEMORIA DE JORGE VIGNATI Y ADIOS.




El flaco Vignati hablaba un quechua espacial, magnífico, que lo movía en el trato cariñoso, de waiki, entre esta gente quispicanchina que entendía poco su oficio. Hace unos años fuimos a Pacchanta, faldeando el Ausangate para recados propios del cine. Como siempre hablábamos de todo y de todos en aquel viaje. El lugar, Urcos, Ccatca, Ocongate, nos hacía evocar a los amigos, Sanjinéz, Valderrama, Raúl Gallegos, Nené, Lucho Figueroa, el gordo Vargas de RPP que ya no era gordo y etc. El eterno cigarro no le producía la menor agitación a pesar de los 4300 metros de altura en la que estábamos. Su agilidad de ser enjuto y delgado le dejaba la risa intacta y se sentía pleno en esa su tierra, porque Vignati era nítidamente urqueño, con familia reconocida de allí, de Urcos, propietarios en la zona de Marcapata. De allí su quechua espacial, magnífico.
Es posible que lo haya visto por primera vez a Jorge Vignati cuando el rodaje de Last Movie, que Denis Hooper y Peter Fonda realizaban en Chincheros aquel glorioso año de 1971. A ese rodaje concurríamos los muchachos cusqueños de puro curiosos en busca de la celestial moño rojo que traían aquellos gringos enloquecidos. Muchos años después pude ver en la filmoteca de Barcelona esa película estrambótica acompañado por Daniel Zamalloa, otro de los asistentes al rodaje de Chincheros. El sello de Vignati se notaba en el pantallazo.
En Cusco, aquel año 71 todavía estaban en ejercicio los autores de lo que se llamó La Escuela Cusqueña de Cine, Nishiama, Chambi, el Huanca Villanueva, Figueroa. Y Jorge Vignati debió haber respirado tamaña inspiración.
Pero el flaco Vignati además era un cholo de exportación. Lo prueban sus películas con Herzog en las que como cámara o asistente de la dirección impregnaba a las circunstancias su manera de ser firme y serena-traducirle el Perú a Herzog no debió haber sido moco de pavo- y su oficio: porque Vignati era esencialmente orfebre de su oficio, cultor de su metier, del que conocía todas sus luces y sus sombras. En Urcos nadie sabe quién es. En Lima, a esta hora lo estarán velando.

viernes, 19 de febrero de 2016

Umberto Eco, una partida lamentable.

La partida lamentable de Umberto Eco me hace recordar los wiskis  y los gin tonics que compartimos en Las Atarazanas de Barcelona una de esas tardes alargadas de verano en que se incendian hasta los barcos. El año es el que no recuerdo pero seguro que nos presentó Marina Sbisà en un grupo en el que también estaba Paolo Fabbri el abate ágrafo del Nombre de la Rosa. De quien Eco se burlaba en clave italiana. En aquella época yo perseguía esas sensibilidades porque todo me llevaba a la trama de la Europa triestina, desde que viera en la adolescencia una película sin nombre con Alain Delon y Ann Margret que sucede en Trieste, lugar, si los hay, de evocaciones más que literarias. Téngase en cuenta a Italo Svevo para comenzar, pero también en la habitación de al lado al mismo Joyce, James. Y todo con el fondo del Danubio imaginado por Claudio Magris. 
Pero Eco y las Atarazanas eran otro capítulo. Me hablaba de su sospecha de que las naves de Colón habían sido construidas allí, bajo nuestros pies. Yo atisbaba en el famosísimo escritor un alma señera de comodoro al mismo tiempo que de inmigrante haciendo las américas. Al poco rato ya éramos amigotes. El con seis gin tonics y yo con sólo dos wiskisitos.

domingo, 25 de enero de 2015

ESCRITURAS DEL EUROPEO CLAUDIO MAGRIS.



Existe la escritura diurna que requiere de un orden, una
responsabilidad, una moral-se extiende el escritor en su argumento- y hay una escritura nocturna en la que encontramos el infierno, la cloaca de la existencia, de la historia. Existe la angustia y podemos llegar a perder el sentido de los valores. No cuenta la vida en sí, la vida se fragmente donde solo vemos lo que ha quedado después de una catástrofe. Creo que no debemos confundir los dos momentos. Luego existe la escritura que nace de un momento de absoluto desorden en el que el escritor se enfrenta cara a cara con la medusa, con la insostenibilidad de la vida. La vida como una inmensa ola del mar que arrastra los restos del naufragio a la arena y sólo vemos los restos. Debemos vivir ese momento de angustia, debemos perder en algún momento el sentido de la continuidad, del orden, de los valores, porque estamos frente a frente a un momento insostenible. Hablando con Sábato hemos estado de acuerdo en que hay una escritura diurna cercana al orden y otra nocturna que habla de la cloaca de la existencia de la historia. Nunca hay que confundirlos.

Claudio Magris en una entrevista de Eduardo Larrocha. 

domingo, 25 de marzo de 2012

ASÍ PUES EL TIEMPO ENVEJECE DE PRISA

Tabucchi le cogía del brazo a Vila-Matas, le decía porqué me persigues Enrique. Y así como así caminábamos con Paula y la hija de Tabucchi que era una preciosidad. Entonces Barcelona era la ciudad del común.
Vladimir Herrera. Antimemorias.