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viernes, 29 de enero de 2016

Aproxima H.U. el Tratado de las sensaciones de Arturo Carrera.




LOS AFECTOS,LA SENSACIÓN, EL SENTIDO.
Helena Usandizaga

Este libro se define en el prólogo del propio autor como una navegación que intenta “ocupar o estriar todo el espacio del mar a partir de un punto cualquiera”, es decir, “sin salidas ni llegadas, sólo en un viaje circular absoluto” . No se trata, claro, del deseo de decirlo todo, sino más bien de una exploración que no  privilegia puntos de partida ni de llegada, si bien ocupa determinados espacios: “Y ese barco –añade Carrera- (la poesía, el sueño de la poesía) es quizás el “vector” borroso que inventa en lo doméstico la atención de lo único”. Lo doméstico aquí es la línea masculina de la familia, en la que se encuentran abuelos, tíos, padres,  primos, hijos,- así como en el libro anterior, El vespertillo de las parcas, lo era la femenina- y en esa línea se busca “la sensación como sentido de los afectos”. La exploración en ese espacio se hará, según sugiere el poema, construyendo un espejo muy peculiar; un espejo que oscurece y al oscurecer no ensucia, sino que profundiza, como en la cita de Wittgenstein que encabeza la primera parte. Esta búsqueda del sentido es problemática; la cita mencionada habría que leerla junto con otras, en especial la de Passolini, que hace referencia a la pérdida del sentido, y la de Deleuze, que sugiere la percepción del sentido como ritmo. No es, pues, el reflejo de la realidad lo que nos ofrecen las palabras (“las palabras ya no son espejo”, sino una misteriosa iluminación de su reverso, que lleva a esta poesía por caminos iniciáticos, y ello a pesar, y a veces en contra, del empeño intelectual que guía el trabajo poético, al lado del de hallar el sentido a través de las sensaciones previas a la representación conceptual.
De este modo, cada poema se plantea como “un problema afectivo”, lo cual quiere decir de alguna manera cortar, acotar el fluir continuo de las pasiones: “¿Es posible leer, amar, vivir en la desmesura de la sensación, sin acotarla con el murmullo de un poema secreto?”.  Por ello, no es que el poema busque las situaciones en las que el sentir desborda al percibir y éste a su vez al sentido, porque eso correspondería a otro tipo de proyecto poético; la razón, decíamos, no es ajena a la búsqueda del sentido: “Y que variaran/ como en sus reflejos las formas de comprender/ el arte de la realidad, / que aumentara el grado de su reflexión/ sosegando el sentido” . Sin embargo, a través del diálogo que se construye entre las diferentes voces del poema, no se rehuye el deslumbramiento de las sensaciones, ni los mitos, ni siquiera la mentira (“Quiero engañar, quiero engañarme hasta el final...”. La tentación de lo intelectual, que por otras vías a veces amenaza con limitar al poema, se evita así casi siempre. El espejo, entonces, razona también “por la dicha de atisbar/ vagos destellos insidiosos/ como sueños que nos cambian”. No se busque pues en esta poesía el puro centellear de las anécdotas experienciales y de las situaciones familiares con su consiguiente carga de sentido común, si bien algunos poemas de la última sección (169-170) se declaran explícitamente como anécdotas, sino su colocación en un punto de fuga vertiginoso donde las palabras concebidas como materia viva metamorfosean lo narrado y nos acercan al sentido: ““Que no fuera despertar/ en lo que creíamos‘hecho’,/ que las palabras oídas se aferraran/ y buscaran en mí, todavía,/ las formas inciertas que producen/ la alegría”. En este sentido, y sin pretender explicar a Carrera sólo con esta referencia, se comprende que fuera incluido en una antología de poesía “neobarroca”, pues en sus poemas la forma no pretende reflejar el sentido sino interrogarlo y hasta exasperarlo; algo que también está en la búsqueda de Lezama Lima y de  Girondo, aducidos como padres de esta línea.
Hemos avanzado ya la manera como se busca el sentido en el poema: al igual que el espejo, el poema construye también un juego de voces que aparecen a veces, como en la cita anterior, entre comillas o en cursivas: voces interiores, voces entreoídas o “entreleídas”, pero sobre todo voces de narradores a menudo familiares. Pero, como la historia de la construcción del espejo se salda con un fracaso (“Y era un fracaso, y lo/ peor: ¡no reflejaba! Salvo una comisura de tiempo.“, 22), se hace evidente que algo más se necesita para buscar el sentido: tal vez el espejo es precisamente ese “imperfecto anhelo/ del contorno de uno mismo” (23), que es también justamente el anhelo de crear, a través del tiempo, una figura con las sensaciones dispersas: “la ansiedad de unas maneras de reflejar líneas de puntos/ que forman constelaciones o dibujos muy simples/ a veces imperfectos o contrastantes/ en un cielo de verano sin luna”. El deseo y el tiempo: no existe una solución única u ortodoxa para intentar la búsqueda, pero cada poema rehace este trayecto de construcción a través de la “comisura de tiempo” (156-157) y del anhelo que deja pasar las imágenes suscitadas por el rumor de las palabras familiares que pueblan todo el libro. De este modo llama el silencio y brotan las  quejas, las negaciones (“se acabó/ No hay espejo”), y las preguntas anunciadas: “¿... que se verá del otro lado ahora que el espejo nos/ ignora? ¿Cuál mano sombría/ apartará la pena inconsolable/ que retiene el aliento de la luna llena?”, que llevan a otras preguntas terribles: “¿Así pataleó mamá/ cuando entró en agonía?”. Es entonces la sensación interiorizada y vivida y, por lo tanto, temporalizada, la que pregunta por el sentido; y para eso es necesaria la mediación del cuerpo, el ritmo verbal y respiratorio, que es el que hace emerger la experiencia estética: el sentido, así, se conjuga en las voces como materialidad, el recuerdo como sabiduría y  el ritmo como unidad; el sentido es tal vez algo que “dura,/ en las palabras”, algo como la búsqueda o la nostalgia del ritmo en las voces oídas por la comisura del tiempo.
El espejo, pues, como las palabras, no se recrea en el puro reflejo, en “el habla y la escritura de un sueño”, sino que reconduce los afectos, “su esperanza concreta, porosa pero tangible”. El espejo y las voces son así una manera de acotar, de hacer un corte en la fluencia de lo real, de  dar unidad a las sensaciones mediante el ritmo; una manera, pues, de comprender, pero otra manera de comprender: de acotar, por ejemplo, el universo del dolor con su continua insistencia; de llegar allá donde “la realidad con dedos de rapiña/ roza la sensación desconocida/ donde el dolor mueve palabras” ; de construir el sentido con imágenes como “el rumor de las almendras de Giarre en los carros,/ como cascabeles húmedos...”; de construir con ellas “este sueño parecido a un espejo”. Esta búsqueda del sentido es así la búsqueda de “otro” sentido a través de una “desobediencia al sentido”; la búsqueda de “la violencia con que se mezclan/ las unidades del ritmo:/ las diferencias secretas/ de la unidad de lo nombrado”.
Arturo Carrera, Tratado de las sensaciones, Valencia, Pre-Textos, 2001.

martes, 26 de marzo de 2013

Congreso sobre Mitos en la Literatura latinoamericana. Helena en Liverpool.

Saliendo de la cueva de los Beatles, en pleno Liverpool y en pleno II Congreso sobre Mitos en la Literatura latinoamericana, Marcia Hoppe Navarro vio la foto así de divertida y la tomó. Las alumnas sevillanas de Luis Veres (a la derecha) habían conseguido agotar a los músicos cantando y bailando todas las canciones con una beatlemanía juvenil que competía con la nuestra, más asentada en la excelente cerveza inglesa.
Marcia nos dejó hace más de un año, todos la recordamos y nadie nunca tomará una foto como esta. H.U.

viernes, 3 de agosto de 2012

FLOR DE AMOR, UN CUENTO DE CARLOS MENESES.



 


Flordeamor

En enero le brotaron claveles rojos mientras leía la carta que él le había escrito. Toda la familia, estupefacta primero, alborozada después, la rodeó cariñosamente. La madre, tras besarla emocionada, fue la primera en arrancarle las flores y comprobar que eran tan naturales como las de cualquier jardín. Luego, pidió a sus otros hijos que salieran a venderlas aunque, como es lógico, se reservó unas cuantas para ella. Al día siguiente fue el padre el que quedó absorto cuando vio a su hija nuevamente cubierta de claveles, los que con presteza la fueron arrancados y vendidos en la ciudad. Así se sucedieron los días hasta la llegada de febrero y, en medio de los suspiros y cándidas miradas a lontananza producidas por una nueva carta, nacieron hermosas margaritas que la familia en pleno se encargó de recortar. En ese mismo mes llegaron dos cartas más, coincidiendo con la frondosidad del florecimiento. El padre, muy satisfecho con la novedad, decidió abandonar su trabajo en la fábrica y montar una floristería. Al mes siguiente brotaron magnolias. La madre estuvo muy contenta porque era su flor favorita. Poco a poco todos los hermanos dejaron sus respectivos trabajos y comenzaron a cumplir tareas en el flamante negocio del padre. Cuando llegó el mes de abril hubo alegres apuestas entre los familiares. Unos aseguraban que nacerían crisantemos, otros creían que serían azucenas. Pero pasaron los primeros días sin que brotara una sola flor, lo que causó cierto pánico en el hogar, hasta que alguien recordó que habían transcurrido semanas sin que el cartero llamase a la puerta. En esos días de escasez epistolar, ella salía de su casa y mirando hacia el horizonte suspiraba candorosa, como si estuviese orando en silencio hacia las lejanías. Fue justamente en esos momentos de dulce clamor esperanzado en que se solía sumergir, cuando unos pálidos pero bellos y enormes gladiolos la empezaron a cubrir desde la cabeza hasta los pies. La familia, convencida de haber superado el mal momento, respiró tranquila y miró con optimismo hacia el futuro. En los días subsiguientes, no obstante no llegar carta, siguieron brotando gladiolos sin cesar hasta la entrada del mes de mayo. Una noche, mientras padres y hermanos discutían en la sobremesa, y no sin algún temor, qué flor les daría ese mes, tuvieron la oportuna visita del cartero. La madre descubrió una letra extraña en el sobre. El padre, muy previsor, sugirió leer la carta antes de entregársela. El tema fue motivo de discusión  durante algunos días, pero las diferencias cesaron cuando vieron que la dulce enamorada empezaba a cubrirse de orquídeas. La familia, sumamente regocijada, aunque no totalmente alejada del miedo, se reunió una noche mientras ella dormía. El cambio de opiniones entre padre e hijos estuvo a punto de ser agrio pero, finalmente, reinó la cor-dura. Al final, todos estuvieron de acuerdo en no decirle una sola palabra acerca de la decisión que habían tomado. La hermana mayor quiso saber qué harían en el caso de que la enfermedad avanzase y les llegara una triste noticia. Un gesto de terror se apoderó de todos los familiares que debieron sentir, por un momento, la amarga sensación de enfrentarse nuevamente con la imagen de la pobreza. No obstante, de inmediato se dieron ánimos unos a otros, diciéndose que no sería un mal grave, y que tratándose de un hombre joven, tampoco sería de larga duración. Terminado el mes de mayo y ante la ausencia de noticias, a alguno de los hermanos se le ocurrió la falsificación de una carta y a otro la fabulación de un mensaje oral que les traía un amigo. Pero debieron desistir de tales remedios porque a los pocos días comenzaron a florecer camelias. Transcurrida otra semana, una mañana la madre, acostumbrada a acercarse muy de madrugada a la cama de su hija, con el fin de ser la que le arrancase las primeras flores, tuvo momentos de horrible angustia al encontrarla desprovista del más leve rastro de florecimiento. No se atrevieron a preguntarle qué le estaba pasando, pero sí trataron el caso entre ellos. Aterrorizados la escuchaban llorar en las noches y, a veces, hasta la veían hablar y gesticular en su oscura soledad, con una delicadeza y una abnegación que les parecía que él se hallaba frente a ella. Ante el imponente temor de que el jardín se marchitase totalmente y para siempre, decidieron urdir una treta. Decirle, casi indirectamente, como si hablasen de estrellas o de países inefables, que sabían de su propia llegada. Sin embargo, ella no parecía escucharles, y no hacía más que suspirar entrecerrando los ojos. La madre, en esas mañanas frías en que llegaba con paso cansino hasta su cama, repetía quedo pero junto a sus oídos, el nombre del muchacho. La hermana mayor tenía a su cargo el espíritu de la farsa, y aseguraba que un amigo de él la había llamado para anunciar que él vendría en días muy próximos. Cuando ocurría todo esto ella sólo atinaba a sonreír débilmente y era en esos precisos instantes cuando, tímidamente, brotaba alguna camelia, y toda la familia miraba con ansiedad la cara, el pelo, las piernas, en espera de que nacieran otras flores más. Tras una noche de horribles presentimientos y forzadas cavilaciones, pues había concluido el mes de junio sin contar con la presencia del cartero, la madre acudió como siempre, casi a la alborada, a la cama de la inocente enamorada y, al verla, no pudo contener un grito de estentóreo jubilo. La cama estaba cubierta de flores que se desbordaban y caían al suelo. Claveles, lilas, magnolias, rosas, azucenas, crisantemos. Una deliciosa fragancia y una hermosa variedad de colores. Llamó a voces a todos los hermanos, quienes aun soñolientos llegaron junto a ella y se asombraron ante el prodigio. La tarea de recoger flores del suelo, de sobre los muebles, de la cama, se inició de inmediato. Unos agachados, otros a gatas, iban recolectando las rosas, los claveles, los crisantemos. Los depositaban en canastas, trasladando estas, cuando llenas, a las otras habitaciones. Trabajaban febrilmente, con la satisfacción pintada no solo en los ojos, sino en cada movimiento. Tenían la seguridad de que la crisis estaba superada, de que el miedo debía quedar atrás. Alguno no podía evitar una risa nerviosa de alegría. Otros indicaban que se terminara de recoger todas las flores del suelo para luego continuar con las de la cama. Ninguno, ni la madre que solía hacerlo casi siempre, se preocupó por arrancarle las flores que le cubrían la cara y besarla en la frente. Sólo cuando el suelo quedó limpio, se decidió a acometer esa tarea. Fue en ese preciso instante cuando se escuchó la voz del cartero que traía una nueva carta. Todos quedaron quietos una fracción de segundo, pero luego continuaron en lo suyo. El padre descubrió una letra desconocida en el sobre, nervioso lo desgarró y leyó en voz baja, enrojeciendo tras cada palabra. La madre buscó con ahínco el rostro de su hija bajo las gardenias, bajo las violetas y los claveles. Los hermanos quisieron descubrirle los pies y siguieron llenando canastas con flores. Mientras el padre se dirigía a ellos para comunicarles el contenido de la carta, los hermanos y la madre seguían luchando, con más rabia que pena, por encontrarla debajo de las últimas flores.

 

Carlos Meneses

 

 

 

 

martes, 8 de mayo de 2012

ALEGRÍA DEL HOMBRE TRISTE. CARLOS "COCO" MENESES.


ALEGRIA DEL HOMBRE TRISTE


 Nadie es totalmente alegre ni completamente triste. Los dos estados de ánimo se reúnen en una misma persona aunque uno de ellos destaque por encima del otro. Las proporciones de ese mestizaje son las que suelen determinar que a una persona se le considere más triste que jovial o al revés. La poesía y la narrativa de César Vallejo, alcanzaron una considerable altura a partir de 1923 cuando abandonó su país, el Perú, y fue a residir a París donde falleció en 1938. La impronta sobre todo de sus poemas siempre se ha considerado de tono desesperanzado. Sin que eso signifique desmedro para una obra de tan elevada categoría. 


   Escribir con lágrimas en vez de tinta no es un capricho es a lo que obliga un país desbastado, hambriento, con profundas desigualdades sociales, raciales y económicas como lo es el Perú. Eso tampoco niega la posibilidad de tener poetas festivos, de  mostrar buen humor y mencionar aspectos jocosos. Nadie puede dudar que la poesía de Vallejo, también la prosa y el teatro,  reflejan la realidad de un país cautivo en manos de la minoría que sucedió a la vigencia del colonialismo instaurado desde el descubrimiento de América por Colón.


    Han pasado los años, más de cien desde el nacimiento del poeta de Santiago de Chuco (1892) ligeramente menos de un siglo desde la publicación de su primer libro “Los Heraldos negros” (1918), Tres cuartos de siglo de la muerte en París (1938) de ese hombre que sabía lo que era (y tristemente aun es) el sufrimiento de su pueblo y su voz no calla. No es sólo la lóbrega visión de esas enormes diferencias citadas, la precisa observación del dolor de quienes durante quinientos años han padecido el rigor de los amos, es  la belleza herida de su verso. Un verso que capta ayes, injusticias, que penetra en el motivo de la lágrima pero que no traiciona la poesía.  En el alma de los poemas vallejianos está el retrato de la aflicción de la inmensa mayoría de peruanos, como la sencillez de la bondad del autor. 


   Las biografías totales y los atisbos biográficos que se han publicado por centenares contienen anécdotas cuajadas de humor de Vallejo. No el humor negro que sí lo tenía y lo practicaba. El humor sencillo que muchos le han negado al poeta peruano, encerrándolo en una caja de pesimismo, angustia, dolor. Pasó por todas esas situaciones pero también supo lo que hay en la otra orilla, la optimista o alegre. Un libro que tuvo escasa circulación titulado: “Vallejo en la encrucijada del drama peruano” de Ernesto More, que contiene una veintena de entrevistas a personas que conocieron al poeta en París y que cuentan anécdotas tristes y alegres sobre él. La aflicción de Vallejo por la desgracia del pueblo peruano no le impidió sus “recreos” en bares, sus largos viajes dentro de Europa y las seducciones de muchachas francesas con las que compartió su vida.


   Creer que si la poesía realizada por un poeta o por centenares de ellos brota impregnada de dolor impulsa a un país hacia la desgracia, como se ha llegado a decir en Lima de toda la obra de Vallejo, más que tildar de error ese concepto habría que señalarlo de necio. La poesía no cambia el destino de ningún país, más bien recoge la imagen del país, del habitante de ese país. Muestra al ser humano hundido en su desgarrada vida. O enseña – como logra Vallejo genialmente -, las dimensiones de ese dolor y las circunstancias nefastas que lo convocan. No querer o no poder ver los mensajes de nuestro gran poeta es propio de una enorme ceguera.


    Cuando Vallejo en su poema “Espergesia” dice : 
                                           “ Yo nací un día
                                               Que dios estuvo enfermo”


     
 No está dando una opinión como la de un político, un profesor o como un analista de una sociedad cualquiera. Está dando a conocer la profundidad de su pena y la desgracia de haber nacido sin el apoyo de Dios al que considera como el gran amparo con el que debería contar todo  ser humano. Justamente lo que Vallejo siente que se le ha hurtado a él y otros sí  han alcanzado. Pero él es el ejemplo, la muestra, que nos está diciendo nací en la orfandad. Vivo huérfano de ayuda. Esta es mi desgracia, esta es la vida. Aún alcanza sonidos más tétricos, no con el ánimo de causar pesar en el mundo. El mundo es como es al margen de lo que él pueda decir. El no es el creador de un planeta injusto, es la voz que expresa las terribles desgracias  de la vida. Su obra  poética o narrativa no es un museo de pesimismo. El poeta se ha encontrado con ese museo y lo describe con su voz herida.
La tristeza de Vallejo no es un capricho. Es una consecuencia.  En su narrativa  se pueden encontrar más que llantos denuncias. Es la palabra señalando como un dedo gigantesco esas diferencias infamantes que abruman a un país. El hombre que con arte y valentía arremete contra quienes  recelan y llegan al desprecio absoluto de quienes pertenecen a otra clase social, son de otra raza y, por supuesto, de  escasas o casi nulas posibilidades económicas. En el cuento titulado:”Paco Yunque”, está concentrada la visión que el narrador tiene de la sierra peruana. Cómo ese desprecio por el indio se va heredando de generación en generación. El hacendado lo fomenta en sus descendientes y estos lo demuestran, lo convierten en patética realidad contra el representante de esa clase maltratada que es el niño que lleva el nombre del cuento y que va al único colegio de la zona, donde se reúne con esos niños privilegiados.
 Esos hijos de hacendados son los que le cierran el paso a Paco Yunque. Vallejo no inventa, no destila pesimismo como se le ha querido achacar (y si destilara pesimismo y lo hace con arte, bienvenido sea) pone su don de la escritura al servicio de un pueblo. Paquito representa el triste mundo andino. Vallejo lo rodea de muchachos que lo menosprecian, que obstruyen su discurrir por el colegio y, lo más grave, impiden que pueda alcanzar el mismo nivel cultural que ellos. Unas pocas páginas bastan al gran poeta de Santiago de Chuco, para mostrar todo ese conjunto de adversidades que sufre Paquito, y que es en realidad el sufrimiento que soporta toda una raza.


     Aunque ha habido muchos intentos de reunir toda la obra de Vallejo bajo un mismo título aunque sí en varios tomos, siempre después una publicación de ese estilo aparece un poema no tomado en cuenta, un relato, un artículo periodístico que se había extraviado. De donde se determina que la obra total es casi imposible de reunir. Vallejo hallándose en Europa escribió sin descanso. Practicó periodismo como sustancial colaborador de las más importantes revistas peruanas de aquellos años. Publicó un extenso reportaje sobre la Unión Soviética en 1931. Y En España su novela “Tungsteno” fue un grito a favor de los obreros de las minas, fue muy aplaudida y se mantuvo como uno de los títulos más importantes de 1930. 


   El verso de Vallejo impacta, emociona, obliga a reflexionar. Eso tal vez es lo que algunos, muy pocos en realidad, rechazan o creen puerilmente que es perjudicial. Lo que defienden no es que contaminen de pesimismo una región o un país, lo que molesta es que el poeta pida igualdad, que todos tengan los mismos derechos, que desaparezca la 
perjudicial idea de que unos son superiores a otros. Muchos han visto y siguen viendo lo mismo que vio Vallejo, pero no todos han podido manifestarlo como lo ha hecho él, lanzar una solicitud para lograr un trato digno para quienes sufren duramente las consecuencias de la mala distribución de la economía.


   Su continuo lamentarse, como un herido de muerte por la indiferencia humana, se encuentra en muchos de sus libros y especialmente en los de poesía. Por ejemplo en “La cena miserable” cuando dice:


                      




                         “Hasta cuando estaremos esperando lo que
                             no se nos debe……Y en qué recodo estiraremos
                             para siempre nuestras pobre rodilla!”.




    Quien que haya leído a Vallejo, su poesía, su narrativa, su teatro e incluso sus artículos periodísticos, y que haya comprendido que es portador de un dolor inconmensurable, el dolor de todo un pueblo en el que él está incluido.  Puede hablar de contagio de pesimismo a los demás. Ese contagio no existe, lo que estaba vivo en su época, y lo está también ahora es la injusticia, la falta de solidaridad con un pueblo tantas veces traicionado, tanto tiempo humillado.




Carlos Meneses
 Palma de Mallorca
Abril  2012

jueves, 5 de enero de 2012

AYER. POR MAURICIO ELECTORAT.


Ayer
Mauricio Electorat

Me acuerdo como si fuera ayer, porque en realidad era ayer. Entré a la librería francesa en el centro de Santiago. Por fortuna, había una liquidación y la poca plata que llevaba me alcanzó para comprar "Alcools", de Apollinaire. De Apollinaire yo sólo había leído un poema magnífico, que comienza: "À la fin tu es las de ce monde ancien..." (al final estás cansado de este mundo antiguo). Pero el mundo —al menos el de esa tarde, allí en la calle Estado— no parecía nada antiguo, ni había mucho tiempo para estar cansado —del mundo o de otra cosa—, porque desde la Plaza de Armas venía una muchedumbre de estudiantes, o de jóvenes que al menos parecían estudiantes, gritando todo tipo de consignas. Yo estaba allí, por decirlo de alguna manera, clandestino, quiero decir que nadie debía saber que yo estaba en la calle Estado y no donde debería haber estado, no sé, supongo que en clases de algo. Digo nadie, pero en realidad los que no debían saber por ningún motivo que yo no estaba en el colegio eran mis padres, pues por alguna curiosa razón a los padres suele no gustarles que los hijos hagan la cimarra, pero si además se hubiesen enterado de que estaba a punto de sumarme a una manifestación, no autorizada, obviamente, porque en esa época ninguna lo era, ya la cosa hubiese sido, como se dice vulgarmente, de infarto. Entre paréntesis, nunca he entendido esa propensión de algunas madres a amenazar con una muerte súbita, como la del lactante pero por razones, digamos, morales porque podía sobrevenir cuando uno hacía algo fuera de la ley (de la ley materna, claro, que era más indulgente que la ley paterna pero, en mi caso al menos, más artera porque si la infringías, la señora podía nada menos que dejar de existir). Mi madre al menos era así: tú le decías, no voy a estudiar ingenería civil industrial sino literatura y ella iba, se recostaba en su cama y comenzaba a sangrar muy dignamente por las narices. Ya la habías matado, o casi. Si el domingo por la mañana, a la hora de la misa, le decías que habías llegado a la conclusión de que Dios no existía: tres días de hemorragia nasal, por lo menos. O sea, si al ver que no regresaba del colegio tenía que salir con mi padre a buscarme por comisarías, hospitales, vicaría de la solidaridad, la cosa podía ser definitivamente luctuosa, porque manifestarse era ya algo peligroso en esos años, pero matar a tu madre por querer acabar con la dictadura habría sido, por lo menos, desproporcionado.

Pero estábamos en la muchedumbre que avanzaba por Estado hacia la Alameda. De lejos, entre los jóvenes, destacaba uno muy alto, con el puño también muy alto y un vozarrón estentóreo que gritaba que Chile había sido y sería nuevamente (¿pero cuándo?) un país en libertad. Era mi amigo Cristián Warnken, que se había escapado también del colegio. Venía con Jorge Edwards (hijo) y otros amigos. Yo, ingenuamente, había comprado un libro pensando que si me llevaban preso al menos tendría algo que leer. Caer preso, de hecho, era en esas circunstancias algo bastante factible, poder leer en la cárcel (o donde fueras a dar) era otro cuento. De hecho, ya cargaban los carabineros desde la Alameda, ruidos de sirenas, gritos, el olor de las lacrimógenas… un paisaje bastante actual, lo que me hace pensar que así como se habla (o hablaba) del eterno femenino, se podría hablar del “eterno policial”, o de la “eterna tentación policial”… Yo, de hecho, terminé por comprar un libro cada vez que iba a una manifestación. Era una martingala: si compraba un libro, no caería preso. Así descubrí muchas obras notables: desde esos primeros “Alcoholes” de Apollinaire hasta “Pantaleón y las visitadoras”. Había otro detalle: calzoncillos y calcentines rigurosamente limpios, pues mi madre decía que al salir de casa era imperativo asegurarse que se llevara ropa interior en buen estado (ella quería decir limpia y, ojalá, nueva), porque no se sabía nunca, uno se podía desmayar en la calle y entonces, imagínate, unos calcetines llenos de hoyos, o algo peor…En otras palabras, terminar en la comisaría sí, pero con la dignidad del caso. Y la dignidad estaba, ante todo, en la ropa interior.

“Deseoso es aquel que huye de su madre”, dice Lezama Lima y más deseosos nosotros que huímos durante tantos años y calles de nuestras madres y de la policía.


M.E.


miércoles, 26 de octubre de 2011

LA CULPA ES DE BALZAC, CLARO, CLARÍSIMO.


La culpa es de Balzac
por Mauricio Electorat


Muy a menudo se dice que la novela es un género moderno. Pero la novela tiene sus años ¿Qué significa esto, entonces? Las novelas de caballerías, las de Chrétien de Troyes sobre las leyendas artúricas, que era como el J.K. Rowling del siglo XII, son un hito (si no directamente un "hit") de la literatura medieval. Lo mismo ocurre con la vasta tradición de la novela pastoril y sentimental que atraviesa lo siglos, a partir de la declinante Edad Media, hasta fines del siglo XVIII. Para cualquier estudiante de literatura, la Diana de Montemayor, o el Amadís de Gaula, son tan tópicos que parecen ya palabras de la lengua, algo así como las Meninas de Velázquez, ¿quién no ha escuchado hablar de ellas? Tanto que podrían escribirse: laDianadeMontemayor, elAmadísdeGaula, lasMeninasdeVelázquez y nadie se daría cuenta. ¿Dónde está, pues, la modernidad, cuándo comienza? Con el Quijote, claro, porque con el Quijote comienza casi todo, digamos que básicamente lo que hace Cervantes es introducir un recurso —un modo de escritura— que es una característica fundamental de la lengua literaria hasta el día de hoy: la parodia. Por parodia se entienden muchas cosas, pero yendo a lo esencial diríamos que la parodia consiste en la introducción —por alusión más o menos explícita o por cita directa— de otro u otros textos dentro de un texto. ¿Qué es el Quijote sino una vasta alusión a un sinnúmero de novelas, un tejido más o menos explícito de citas? La parodia, la cervantina muy especialmente, permite, entre otras cosas, subvertir el texto parodiado mediante el humor. Y, de pasada, conseguir algo esencial para todo narrador: arrancarle una sonrisa, cuando no una carcajada, al lector ("Funny is money", dice Woody Allen). Así, el Quijote lucha contra los molinos de viento, viendo en ellos "desaforados gigantes", confunde una posada del camino con un castillo, hace de una tosca labradora una princesa y, sobre todo, es capaz de tomarse a sí mismo por un alter ego de Amadís de Gaula o Belianís de Grecia, con lo cual un personaje de novela se toma por otros personajes de novelas. No vamos a volver aquí sobre la dimensión subversiva del humor o, lo que es lo mismo, sobre su carga profundamente humanista, aspectos que, en especial en el caso de Cervantes, han sido ampliamente estudiados. Retengamos la fórmula: toda gran literatura es paródica (la de Cervantes, pero también la de Borges).

Vamos a otra cosa. Leo en el excelente blog del poeta peruano Vladimir Herrera el siguiente comentario de Héctor Libertella: "La literatura siempre ha sido un lugar excesivamente reaccionario, ritual, reglamentado. Siempre pretendió ser la dueña del sentido. La palabra siempre se entronizó como la que dice, la que interpreta, la que produce el mundo. Siempre se arrogó ese derecho frente a disciplinas más light, como la música o la pintura. Al lado de las variaciones de un dibujante o un saxofonista, el escritor siempre pasará como el sabelotodo, el culto. Es todo un gran chiste, por no decir un malentendido. Y la literatura, sabia, vieja zorra, siempre se alimenta de ese malentendido." Tiene razón el escritor argentino, si no, pregúntenle a los pobres artistas visuales necesitados de recurrir a filósofos y escritores para hacerse "ver". Pero también es cierto que si la novela hubiese seguido el camino abierto por Cervantes, o sea el de la parodia, del comentario subversivo y, finalmente, el de la risa, quizá la literatura no podría arrogarse ese lugar que llamaríamos (parodiando a Lacan) de supuesto saber. ¿Qué pasó? Como no nos queda mucho espacio, diremos, para abreviar, que la culpa es de Balzac. Y no es que no tenga humor —pues lo tiene, y mucho—, pero es él quien, en un momento en que la burguesía, nueva clase ascendente, consolida su poder y necesita un correlato en el imaginario europeo, inventa la parodia de las parodias: la de lo real. La novela, a partir de Balzac, se "siente obligada" a dar cuenta de lo real, a ser un correlato de la Historia, a ocupar ese sitio de supuesto saber (que en realidad, es también parte de la ficción) que le reprocha Libertella. ¿Qué hubiese pasado si en vez de Balzac, las grandes figuras del siglo XIX hubiesen sido los verdaderos herederos de Cervantes, o sea los ingleses? ¿si ese Cervantes francés que es Rabelais no hubiese sido descartado de la tradición francesa por el racionalismo? Eso ya es literatura-ficción...
M.E.

viernes, 21 de octubre de 2011

RETORNO A LAS TINIEBLAS: EL BUSCADOR DE TUSITALAS

Luego de las últimas escenas del Coronel Gadaffi en su propio fin del mundo televisado me encuentro con este artículo del Buscador de Tusitalas: Literatura y Colonialismo. Europa y la razón cartesiana. Conrad y Las tinieblas. Y me pregunto si el Kurtz de Conrad no es el mismísimo Marlon Brando de Apocalypse Now.

 Retorno a las tinieblas
 La Europa del desarrollo y el progreso de finales del siglo XIX sostuvo su fuerza económica gracias al avance del modelo colonialista, claro que este sistema de imperialismo colonial supuso para el extenso territorio africano un retroceso incuestionable que todavía se perpetúa, al sustituir el sistema esclavista por una civilizada explotación de recursos humanos y materiales. Pero si hemos de contabilizar el drama soportado por los habitantes indígenas de dicho continente, ninguno parece comparable al trágico destino padecido por la maltrecha población del Congo Belga, ya que, bajo el mandato del supuesto filántropo y benefactor Leopoldo II de Bélgica, se perpetró uno de los genocidios más execrables y desconocidos de la humanidad. 
Ahora, gracias a la encomiable labor de Ediciones del Viento, se han recuperado por primera vez en español cuatro documentos básicos que atestiguan esta sobrecogedora historia. Recogidos bajo el título de La tragedia del Congo, encontramos la carta dirigida al rey belga redactada por el pastor norteamericano de raza negra George Washington Williams, uno de los primeros en denunciar el drama que se estaba gestando en esa colonia de propiedad particular. También descubrimos el documento completo que elaboró el cónsul británico Roger Casement en 1903 durante su viaje por la zona, un testimonio estremecedor que al mantener un tono oficial y descriptivo refuerza su dureza. Este informe se convirtió en un verdadero acicate contra la política  de explotación  infrahumana que había tejido el soberbio rey belga y consiguió despertar al resto de naciones  que se mantenían inoperantes. El tercer escrito, narrado por Arthur Conan Doyle en 1909, se nutre de los anteriores y de algunos relatos verdaderamente escabrosos para convertirse en la narración histórica de todo lo acontecido en el Congo y en una denuncia firme y contundente de la situación. Por último, tenemos el panfleto de Mark Twain titulado El soliloquio del rey Leopoldo, un escrito donde el genial autor muestra con toda su carga irónica la arrogancia y egolatría del monarca.
La historia de explotación indiscriminada y brutal exterminio de la población congoleña ha sido silenciada  largamente. Los numerosos testimonios  de misioneros, la encomiable labor de la Asociación para la Reforma del Congo que encabezó Casement y los numerosos documentos gráficos consiguieron que las naciones que habían otorgado un poder casi ilimitado al rey belga y su maraña de empresas tomaran cartas en el asunto, aunque el mal ya estaba hecho y la repercusión futura era innegable. El sistema organizativo perpetrado a conciencia por Leopoldo II para explotar un territorio tan amplio con la intención de recoger caucho y otras materias estaba basado en la más indiscriminada violencia: población obligada a trabajar para el Estado en penosas condiciones, destrucción de poblados enteros, miles de amputaciones, asesinatos y raptos, consentimiento del canibalismo entre las tropas de salvajes asesinos indígenas. Quedaba claro que la civilización había traído su porción de barbarie.
Pero además, todo este mundo fue el origen de una de las narraciones maestras del siglo XX: El corazón de las tinieblasde Joseph Conrad. El autor vivió su propio descenso a las tinieblas del alma humana cuando en 1890 se embarcó como marino a sueldo de la Sociedad para el Comercio del Alto Congo. Las experiencias de Conrad en aquel país durante unos meses se convertirían en el material que daría origen a su celebérrima obra, ya que muchos de sus episodios son una traslación directa de sus vivencias en el Congo y el capitán Marlow un alter ego del escritor. Lo más curioso es que durante su estancia, Conrad conoció y trabajó con Roger Casement que por entonces estaba a sueldo de la Compagnie du Chemin de Fer du Congo y que se convertiría en la única experiencia positiva que el autor extrajo de su aventura africana.
De su breve paso por el Congo dejó constancia literaria en dos obras. Un breve cuento titulado Una avanzadilla del progreso, donde se relata el proceso de desquiciamiento mental  al que llegan dos agentes comerciales enviados a un remoto rincón del Congo; un tema que enlaza directo con aquellas palabras que el doctor encargado de la revisión médica de Marlow le dirige a éste, para recordarle que lo más importante de su tarea es estudiar los cambios que se producen en el interior de las personas enviadas a aquellas latitudes. Pero sin lugar a dudas, el texto fundamental que recoge esta experiencia es El corazón de las tinieblas, que pudiera pasar por un alegato anticolonialista, pero que se erige fundamentalmente en una exploración de la vulnerabilidad del alma humana. El horror que Conrad entrevió se transmuta en la novela que “trasciende la circunstancia histórica y social para convertirse en una exploración de las raíces de lo humano, esas catacumbas del ser donde anida una vocación de irracionalidad destructiva que el progreso y la civilización consiguen atenuar pero nunca erradican del todo. Pocas historias han logrado expresar de manera tan sintética y subyugante como ésta, el mal entendido en sus connotaciones metafísicas individuales y en sus proyecciones sociales” en palabras de Vargas Llosa, quien precisamente dedica su última obra, El sueño del celta, a glosar la figura de Roger Casement.
El supuesto proceso civilizador europeo en África se convierte en una historia de barbarie y mentira en esta obra. La búsqueda de Kurtz es un viaje directo al horror y una introspección del alma a través de las vivencias y sensaciones que transmite el capitán Marlow. Una obra narrada en formato de aventuras que por su hondura se escapa de las interpretaciones herméticas.

sábado, 30 de julio de 2011

LEO TARIFEÑO HACE MEMORIA DE JOE ARROYO EL BARRANQUILLERO.

MARTES 26 DE JULIO DE 2011

Se fue Joe Arroyo, nos queda su música



Y otro grande se va. Primero fue la pésima noticia de la muerte de Amy Winehouse; ahora el adiós le toca al gran Joe Arroyo, maestrazo colombiano de salsa que marcó toda una época como parte de Fruko y sus Tesos, The Latin Brothers o al frente de su propia orquesta, La Verdad. A mí me tocó verlo en vivo hace muchos años ya, en Barcelona, en un doble e inolvidable show junto a El Gran Combo de Puerto Rico. No exagero si fue uno de los más grandes conciertos que vi en mi vida. Recuerdo muy bien cuando el presentador, para abrir la noche, dijo: “y ahora vamos a bailar, al ritmo de la Verdad”. La frase tenía más de un sentido y todos eran ciertos. Nos queda su música, eterna como la gracia de los verdaderos gigantes. Para recordarlo, arriba cuelgo una versión en vivo de “Yamulemao”, quizás mi preferida de una larga lista de canciones suyas (“En Barranquilla me quedo”, “Rebelión”, “La noche” y tantas otras) que me encantan. ¿Cuál habrá sido el último deseo de Joe? Yo digo que dejarnos bailando, como siempre, “al ritmo de la verdad”.

viernes, 1 de julio de 2011

MÁS DE LO MISMO EN LIMA Y EN CHILE.

Por una poesía Evolucionaria.
Marco de Fonz
Digamos que estaba descuidado cuando la poesía entró en mi vida, y ya en el oficio de vivir, continúo poetizando. “Sobrevivir nos cuesta toda la vida” me dijo el poema, y entonces agarré libros y libros y libros y me puse a leer como condenado a muerte. Leía todo lo que caía en mis manos y lo sigo haciendo, pero el peligro de leer es que aprendes a leer bien y entonces ya no crees todo lo que te ponen a leer. Así llegué a la SOGEM, aprendí y dejé de creer en la SOGEM; después fui becario del Centro Chiapaneco de Escritores. Creo en ellos todavía. El Centro ya desapareció pero seguimos con las lecturas. De Chiapas vine a vivir al D.F., ciudad en donde nací y en donde estoy naciendo aún. Al salir de Chiapas pensé en la fraternidad de los poetas, ¡oh, ilusión, inocencia del viajero! Llegué y tuve los primeros topes contra la pared invisible o contra la región más transparente del aire. Golpes que no se dieron a esperar y ahí estaba yo con mi chipote en la frente de la imaginación.

Nada era como yo pensaba: primero se dividieron los poetas ¬-los institucionales y los otros- los primeros no escuchaban, ni veían, ni hablaban con los otros (método de Paz, o tal vez desde los Contemporáneos). El método del ninguneo en pleno y de plano. 
Por lo consiguiente, los no vistos, ni escuchados, ni vividos y mucho menos publicados tampoco quieren saber de los institucionales. Al final vivimos un ambiente poético en donde nadie sabe de nadie, aparentemente. 

Así conocí a varios poetas burócratas, comencé a fraternizar con los niveles del infierno poético mexicano. Supe de estos burócratas que se dicen poetas y que obstruyen a otros que parece son más poetas que ellos. Pero ellos, al servir a su causa dentro de una institución, no quieren o no permiten que otros disfruten de las mieles de la institución u organismo cultural. De éstos existen muchos más de lo que creemos, ya sea en Conaculta, universidades, Coneculta, Inba o institutos de cultura de cualquier gobierno estatal. Estos escritores o poetas funcionarios son muy extraños: creen merecer el parnaso mexicano con todo y águila y nopal y hasta el Palacio de Bellas Artes. El ego habla más que sus obras. Y cuando los vas a ver, aunque sean funcionarios, no quieren dar nada ni que les pidas nada. Y siempre actúan como si te estuvieran haciendo un favor. Aún siendo burócratas, si se les recuerda que son burócratas, te dejan de hablar y cierran la puerta de sus oficinas. Como si fueran realmente sus oficinas. Increíble espejismo que se forman. En fin, de éstos conozco muchos y mejor olvidarlos. Por sus obras los desconoceréis. 

Los otros poetas son los premiados, entrevistados, publicados; los poetas que siempre caen parados pero cuya poesía es dudosa al regodearse en la docilidad del arte por el arte. Poetas que hacen de sus obras y del grupo de amigos “casa de los espejos”. Y no significa que el poeta tenga que ser revolucionario, no, sólo se trata de un poco de ética humana, de lo más básico para creerles y leerlos con más ganas, pero esto no pasa. Estos poetas viven con la Diosa blanca, o son místicos de universidades o son becarios eternos o jóvenes de toda la vida y crean fundaciones dudosas de donde sale toda la “poética nacional” y más que cosmopolitas suenan a “pueblo poetero”. Estos poetas no dan paso sin huarache y son reinas y reyes de todas las primaveras y carnavales del país y fuera del país. Son poetas que se preocupan más por su fama y su pose que por su estética e ideas. Y nunca de los nunca quieren ser interrogados sobre sus nexos o palabras libres con el presupuesto o el poder. 

Los poetas de talleres, de encuentros y de ferias de libros, son especialmente chistosos: se la pasan en cada rincón de cualquier pueblo con tal de leer sus obras completas que se autoeditan, se autopremian, automencionan, se autoelogian, se autocomplacen, se autoreseñan. Poetas que buscan la foto en cada esquina junto a un poeta “reconocido” y que por lo tanto creen que ellos serán así mismo reconocidos y aplaudidos y llenos de decoro y bien portados y se felicitan en cada salón de presentaciones y en los bailes de los encuentros de poetas y no se preocupan tampoco por la poesía, sólo les interesa su poesía y las reseñas de sus poemas y así hasta que mueren olvidados por su propio grupo, si no tienen la mala fortuna de que algún vivo instaure un premio con su nombre en su pueblo o colonia o delegación o casa de cultura. En fin que estos eventos son deplorables. Y llegan a caer en el ridículo y en lo patético.

El engaño y autoengaño es de lo más común y necesario para pasar por todos estos círculos. Si no hay engaño no hay venta, si no hay venta no hay poesía. Pero primero es creérselo aunque después no escuchen nada ni a nadie. Vírgenes viciosas nuestros pueblos. 

Para comenzar a concluir, vienen las vacas sagradas de la Academia Mexicana de la Lengua, los becarios del Sistema Nacional de Creadores y demás eméritos que dicen decir que dicen ser conocidos, que dicen ser leídos y “muestran al pueblo su cultura”, que en este caso sí es su cultura. La realidad es que a nadie le hacen daño pero tampoco a nadie le hacen bien. Pasan como todo en este pueblo de solos: con mínimos aplausos que ellos creen universales. El engaño otra vez. Parece que el poeta trabaja más con el engaño y autoengaño que con palabras. 

Y luego están los poetas extranjeros que vienen a decirnos cómo se le hace para ser poeta extranjero y vivir como en casa. Yo mismo me asumo como extranjero en mi país, todos somos extranjeros. Pero unos abusan de este título de extranjería. 

Así, cuando llegué de Chiapas, fui, miré y salí corriendo de cada uno de esos grupos. Puedo decir con cierto orgullo que los conozco a casi todos, desde lo más subterráneo y outsider hasta los más encumbrados poetas de esta ciudad de México. Terrible y gustosa experiencia. Nada recomendable. Por eso, el hacer listas en donde defendamos a unos y ataquemos a otros, creo es inexacto, pues “todos tenemos cola que nos pisen”, como dirían en la calle. 

Creo que tenemos varios problemas que resolver si queremos ver a la poesía mexicana de distinta forma y liberada de toda burocracia. Creo que en estos momentos la poesía mexicana, como muchos rubros del arte, está secuestrada, principalmente por dóciles poetas, una burocracia feroz y el miedo a decir o a opinar aún equivocadamente. Tal vez ellos, los poetas oficiales, en su ingenuidad, no se dan cuenta de lo que están haciendo mal. 

Quiero ser inocente y entonces alertarlos y decirles que se están equivocando. Uno de los síntomas de que se equivocan es que la poesía mexicana hace muchos años no da nada bueno a la poesía mundial. Ningún poeta mexicano influye de manera estética a ningún otro poeta de otras latitudes. Me imagino que se debe a que estamos más preocupados por quién nos mantiene que por crear una voz propia y verdaderamente poética. 
El miedo, como ya mencioné, es otro enemigo de la poesía en México: miedo a perder el premio, la beca, el apoyo, los viajes, la publicación y los encuentros; miedo a todo menos al poema, verdadera misión para el poeta. 

Para construir una Poesía Evolucionaria habría que: 

Quitar de en medio todos los premios de poesía. Es más: prohibirlos. No permitir que se premie a los poetas, ni premiar a la poesía. Es absurdo premiar algo como la poesía, ya que la calidad de una propuesta poética –cuando la hay– no puede justificarse con el monto de un premio. Quitar del panorama, del mapa, a los premios y premiados. El premio detiene el motor creativo. A estas alturas los premios no sirven de nada a la poesía. Sólo sirven a la cuenta del poeta. 

Acabar con los encuentros de poetas. Son ridículos y sólo sirven como pasarela de egos donde nadie se escucha y todos aplauden en automático. Son patéticos, verdaderos clubes del recuerdo. En todo caso, sólo sirven a los interesados y sus intereses. 

Quitar de una vez y para siempre becas y estímulos a los creadores. Es innegable que a lo largo de la vida de estos incentivos, no han servido de nada, más que para hacer engordar a escritores y escritoras. 

La otra solución, menos drástica, es que todos gocen de estas ayudas del gobierno. Que todo sea realmente rotativo. Que los grupúsculos literarios que ofrecen, califican y dan las becas y estímulos sean diferentes cada seis meses o cada año; que a veces les toque a los H. y a veces a los L. y otras veces a los P. y así hasta que se acabe el abecedario y todos quedemos contentos y gordos. Que todo nos toque a todos. Incluyendo, sin diferencias racistas, a escritores indígenas. 

Por todo lo anterior, resulta que el problema de que uno aprenda a leer, a veces tan bien, es que uno termina por ya no creerles a los que se dicen escritores o poetas mexicanos. El aprender a leer nos lleva a buscar más, cada vez más, como poseídos, como endemoniados. Y este acto de lectura libre es en detrimento de los propios poetas que nos dicen que tenemos que leer. 

Cuando leemos volteamos, regularmente a otras partes con mayor cantidad de aire y de ideas. Con mayor y mejor poesía. Quiero y necesito desde hace tiempo gozar de una poesía libre de políticos-escritores-burócratas del país. Esto tampoco significa que esté completamente de acuerdo con todo lo alternativo o lo rebelde. También existen grandes fallas en estos grupos, la más grave, es no leer o leer a conveniencia. 

En fin que esto está tremendo para cambiarlo. Parece una carta a algún dios muy milagroso, un dios de lo imposible. 

Mi experiencia propia es haber platicado con muchos de los escritores y poetas reconocidos y descubrir que su palabra está muy alejada de su corazón y ambos de sus ideas. Que no eran esos escritores que yo veía y sentía de una forma tontamente romántica. Porque no esperaba yo que los poetas fueran santos, pero tampoco pensé que fueran tan tontos. En fin, mi aprendizaje indica que no les puedo creer, casi ya a ninguno o ninguna de las poetas o escritores que en los medios públicos o en los institutos de cultura me dicen que son los representantes de los poetas en México. 
Los seguiré leyendo porque me gusta leer y leo hasta a mis enemigos, a diferencia de muchos que no leen ni a sus amigos. Y espero hacer todo lo posible con mis poemas para cambiar esto y liberar a la poesía mexicana de sus mafiosos captores así como seguir con este proyecto personal e individual, porque nunca me interesó formar parte de ningún grupo, decisión que, me imagino, perjudica mi posibilidad de obtener alguna beca (jejeje). 
Espero que esta propuesta se vaya tornando más seria y adquiera mayor fundamento, no sólo al proponer, sino al darle seguimiento a las bases para descubrir una Poesía Evolucionaria. 

Sin más por el momento, recibe un abrazo fraterno y espero seguir platicando contigo, porque creo que la palabra al final de los tiempos terminará liberando al poema. 
Gracias. 

¡Poesía! 

Marco Fonz 
Marzo, 2011

viernes, 17 de junio de 2011

LEO TARIFEÑO: 10 CLAVES PARA ENTENDER EL PERIODISMO CULTURAL

JUEVES 16 DE JUNIO DE 2011


10 claves para entender el periodismo cultural


El mexicano Sergio González Rodríguez es periodista (autor de las notables crónicas-ensayo Huesos en el desierto y El hombre sin cabeza, ambos editados por Anagrama), novelista, crítico literario y consejero editorial de la revista cultural El Angel, del diarioReforma; Laura Revuelta dirige el suplemento ABC Cultural(ABC), Fietta Jarque está al mando de Babelia (El País), Blanca Berasategui es la máxima responsable de El Cultural (El Mundo) y María Luisa Blanco encabezó Letras de cambio (Cambio 16), ABC Cultural y Babelia. Hace tiempo, la revista digital fronterad reunió sus opiniones sobre el periodismo cultural, y aquí abajo extraigo aquellas que suscribo plenamente. Entre todas, arman un mapa bastante preciso de la actualidad del mundo en el que me desempeño: cambios en el eje, omnipotencia del mercado, impostura de los críticos, urgencia de un talante abierto y generoso que se imponga al snobismo (o “pedantería de las apariencias”) y haga de la cultura “un placer, y no un rasgo de distinción, de casta”, como bien subraya Revuelta. La lista de mis opiniones preferidas las domina González Rodríguez, y no es casualidad: así como sus maestros fueron Carlos Monsiváis y Fernando Benítez, yo tuve la suerte de que él lo fuera para mí durante el tiempo que coincidimos en la redacción de El Angel. Abajo, las ideas y posiciones de estos personajes clave en la prensa cultural de hoy. El link está disponible aquí.

“Un suplemento cultural puede ser muchas cosas, excepto una: un medio para ejercer el auto-servicio de quienes lo hacen. Hay que ofrecer un servicio a los demás” (Carlos Monsiváis, citado por Sergio González Rodríguez)

“Un buen suplemento tiene que vivir al día, y dejar atrás la idea de resonar sólo glorias pasadas por encima de la creatividad actual. Debe haber equidad entre presente y pasado. El antiguo suplemento que situaba el libro y la lectura como eje cultural ha dejado de tener vigencia ante las grandes transformaciones de los últimos tiempos, en especial, lo que se describe como sociedades de la información (internet, nuevas tecnología y plataformas)" (SGR)

“La función del crítico la ennoblecen el desinterés, la generosidad, el empeño de exactitud ante el registro de la obra ajena, el don del desprendimiento (...) Una crítica vale más que el elogio desmedido o interesado, ése que actúa bajo el principio de identificación: lo que me gusta a mí es lo que está bien. El crítico también debe ponderar aquello que no le gusta, y saber darle espacio. Aceptar y saber leer las diferencias. Por lo tanto, la crítica es mucho más que la práctica de un gusto íntimo donde los de casa presiden la mesa de los prestigios. Por ejemplo, ideas nefastas como 'fulano y zutano son lo máximo porque son la proyección de mis preferencias'. Uf” (SGR)

“Un crítico con ideas fijas (políticas o estéticas) es la negación de sí mismo y carece de credibilidad. Es dogma encarnado por mucho que presuma conocimientos, o pueda alardear con citas, alusiones y nombres de otros mediante los que busca ampararse de sus propias limitaciones. La crítica es mucho más que la emisión de juicios y pre-juicios: implica un desafío a sí misma y a quien la ejerce cada vez”(SGR)

“Los gafapasta * son una especie en extinción o, a lo mejor, estoy confundiendo mis deseos con la realidad. Creo que las nuevas generaciones rehúyen de la pedantería de las apariencias, delgafapasta o similares (...) Nosotros aspiramos a dirigirnos a losgafapasta (porque existir, existen) y a otros públicos más amplios que tienen auténtico interés por la cultura. Tenemos la muy modesta ambición de acercar la cultura, de tender la mano, de que no se la mire con miedo y distancia, precisamente, por la presencia de esos gafapasta que ahuyentan más que animan a hacer de la cultura un placer y no un rasgo de distinción, de casta” (Laura Revuelta)
*(Gafapasta en Frikipedia: “Dícese de toda aquella personaalternativa que pasea por la calle con tres periódicos bajo el brazo, con su suplemento cultural o una revista de crítica literaria en su defecto, ve cine francés siempre en versión original y es fan incondicional de Jean-Luc Godard”).

“En mi opinión, y más ahora con la inmediatez de la información en internet, lo esencial en un suplemento cultural es ser capaces de elaborar informaciones que proporcionen al lector las claves para comprender más profundamente las obras que se comentan. Y para eso debe haber conocimiento y pasión en quienes lo escriban” (Fietta Jarque)

“He tenido la suerte de conocer a algunos críticos independientes. Personas admirables que eran capaces de decir las verdades, a veces duras, sobre las obras de sus propios amigos. La ética siempre iba por delante de la amistad, las conveniencias empresariales y hasta su propia seguridad (recibían frecuentes amenazas). Rara avis. En general, la crítica se ejerce de manera tibia y prudente” (FJ)

“Tengo un concepto de la cultura un poco utilitaria: quiero que la cultura nos sea útil para gozar, para ser felices… Pongo siempre un ejemplo: es como si te instalas en una habitación, ¿la quieres con ventanas? Claro: quiero mirar, quiero ver. Cuantas más ventanas tengas para asomarte, para ver más el paisaje del arte, de los libros y disfrutar de ello, mejor. La cultura nos tiene que satisfacer y hacer que disfrutemos de las cosas” (Blanca Berasategui)

“Yo siempre he creído que los suplementos culturales eran necesarios y me parecía que contribuían a la difusión de la cultura, de la que andamos bastante necesitados. El problema es que ahora mismo yo creo que el imperio absoluto es el del mercado y todo se ha reducido o convertido a criterios mercantiles. Entonces la posibilidad de mostrar aquellas manifestaciones artísticas o aquellos elementos o libros o acontecimientos literarios ha quedado reducida a lo que interesa o no interesa en función de las exigencias del mercado. Por tanto, la producción genuina de los suplementos, que es mostrar eso que no es tan previsible, eso que no se ve porque no es noticia, ha quedado ya superada. Por lo tanto, en este momento no les veo demasiada función” (María Luisa Blanco)

“Los medios son poder, esto es indiscutible. Y a la mayoría de la crítica le importa más el espacio que ocupa en ese medio, porque es un espacio de poder, que la dignidad profesional a la hora de hacer esa crítica (...) Yo creo que hoy la crítica no es una crítica ejemplar. Que probablemente su actitud esté justificada, porque es una forma también de ganar un dinero, de mantenerse en ese medio cultural que le interesa… se pueden hacer todas las consideraciones que se quiera para entender una actitud. Pero la realidad es que es poco arriesgada la crítica hoy, que muy pocas veces ves una crítica a las grandes voces de la cultura. Una crítica despiadada la encuentras de escritores que están empezando o que no han ocupado ese espacio de poder. Yo no digo que la crítica tenga que ser negativa, pero debe dar cuenta de lo que ve” (MLB)