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miércoles, 28 de enero de 2015

A LA SANTIDAD DEL JUGADOR DE JUEGOS DE AZAR. UN TÍTULO DE LIBERTELLA.


La posesión del lenguaje es un absoluto muy relativo para
Hector Libertella, donde dice arrebol dice árbol donde dice Goyeneche todo termina en fenómeno gramático y “la boca muestra sólo un pentagrama y los dientes son sílabas sueltas.” Y hay un pronto en el que el lector sabe que el autor le engañará. Se jodió el contrato de veredicción.
Y el que engañará ya ni siquiera es autor, ya ni siquiera es paisaje. Como que ha llegado a esa perfección argentina de la que todos hablan: ha dado el pasito sutil casi de tango en medio del estropicio literario. No se podía hacer nada con tamaña obra fragmentaria dirían los editores que él nunca tuvo en cuenta. Tampoco se podía sostener su nombre en una urna. Había ultrapasado a sus contemporáneos al mismo tiempo en que todo le daba igual. La carrera la había ganado pero en el último tramo decidió repetir sus pasos para que los otros llegaran a la meta y ser por fin el último. Igualmente su risa, la de fumador sin dientes, tan alta como una carcajada me hacía entender su nostalgia evanescente. Estábamos en México. Era un México de hablar pausado. Ahora, 33 años después me sorprendo, con este título: A La Santidad Del Jugador De Juegos de Azar, como no podía ser de otro modo. Acaso evocando La Leyenda del Santo Bebedor de Joseph Roth. O acaso no. Pero siempre nos tomaban el pelo los santos y las santidades aunque el cuño fuera alcohólico o erizado de alcoholismo. De allí la sorpresa y el azar. Lamborghini lo sabe en el cielo, él que era un santo material, y Libertella también debe

estar sabiéndolo. Hasta aquí la evocación del dueño de la electricidad del lenguaje: Libertella ya no es Libertella y nunca quiso serlo. Dejó labradas páginas de sentido ciego. Se burlo de todos, de, principalmente Borges. Dijo: Góngora será el destino de todos ellos: ni siquiera aparece
en este libro.
Vladimir Herrera. Cusco 28 de enero 2015. 

martes, 17 de junio de 2014

MEXICANO DAVID HUERTA ESCRIBE SOBRE POESÍA PERUANA.



Mexicano David Huerta escribe sobre poesía peruana.

             En un sentido estricto, Cisneros pertenece a la generación de Javier Heraud, Rodolfo Hinostroza, Marco Martos, Julio Ortega y Luis Hernández, entre otros; pero tiene afinidades evidentes con poetas un poco más jóvenes que él, como Mirko Lauer, Mario Montalbetti y Vladimir Herrera. Digamos, mejor, que estas dos o tres generaciones son una sola, para fines de perspectiva histórico-literaria. Cisneros vendría a ser él sólo, el centro del trabajo poético peruano en la segunda mitad del siglo veinte; al lado de sus colegas y compañeros estaría todo el tiempo puliendo las aristas de ese centro, tratando de darle fluidez a las comunicaciones literarias- con tal de no convertirse en un figurón patriarcal, de esos que han infestado las letras hispánicas durante tantos años- De allí su interés por el periodismo literario, espacio que privilegia el trabajo de equipo y permite estar más o menos al día; fruto de ese interés fue su labor al frente de la revista El caballo rojo y de algunos  suplementos literarios peruanos, específicamente limeños.
            Los poetas peruanos de la segunda mitad del siglo veinte, entonces, constituyen un grupo numeroso de marcadas diferencias; todos ellos son buenos, excelentes poetas y cada uno proporciona a sus lectores una visión diferente del lenguaje, del mundo, de la experiencia. Vladimir Herrera trabaja textos de un elegante hermetismo. Rodolfo Hinostroza ha escrito algunos bellos y emocionados poemas de revelación y de éxtasis,a la vez que ha introducido un simultaneismo semejante al practicado por Eliot y Pound en los años veinte( una insolita puesta al día latinoamericana de las antiguas vanguardias: Hinostroza es un poeta siempre nuevo, siempre renovador, a cada lectura). Mirko Lauer es irónico, geométrico, dueño de una disciplina barroca que, luego de beber en las fuentes abiertas por el cubano  José Lezama Lima, se acerca al sueño desdoblado de John Berryman. Hay varios nombres y obras y la lista podría alargarse mucho más. Lo que importa señalar, aquí, es la riqueza de la poesía peruana y su continuación (polémica) con la tradición vallejiana y adaniana que es, propiamente su cimiento moderno,(continúa)


Estracto de un texto más extenso de 1998 hallado en la red casi por azar.

viernes, 2 de marzo de 2012

CARRILLO DE ALBORNOZ ENTREVISTA A HAROLD BLOOM.




Harold Bloom (Nueva York, 1930), el sublime pope de la literatura y majestad de la critica literaria, es incansable: prepara una obra de teatro sobre Whitman y el Cervantes de Nueva York va a dedicarle una exposición en abril de este año. Es, en persona, tan apasionado, encantador, brillante e ingenioso como los personajes de las obras de su adorado Shakespeare. Y como el teatro del Globo de Shakespeare, que atraía a todas las clases sociales, ha convertido a los grandes maestros de la literatura de todos los tiempos en accesibles, llevando a los lectores por caminos jamás soñados. No es extraño que mientras conversamos en su casa de New Haven, al lado de la Universidad de Yale, (donde desde hace 55 años es profesor), cierre los ojos y recite poemas, como poseído por ellos. El Cultural habla con él ahora que coinciden en España Anatomía de la influencia (Taurus), La escuela de Wallace Stevens (Pre-Textos) y Novela y novelistas (Páginas de Espuma).


Hace mucho tiempo que Bloom ha interiorizado esos poemas que le han acompañado desde la infancia y que ahora recita, como invitándonos a un mundo mucho más bello del que sus ojos ven. Y entonces uno se da cuenta que las palabras son más que suficientes. En su compañía amable y espontánea -llama a sus cercanos siempre dear, my son, my child-, lo banal no tiene espacio; incluso uno se olvida del bastón que necesita para dar un paseo cada 15 minutos y mejorar la circulación de sus 81 "ya inocentes años". No es ahora Bloom ese hombre enorme que todos conocemos: el escritor ha adelgazado más de 40 kilos.

Bloom nos hace trascender. Su talento es innegable pero debe mucho a su excepcional memoria. Una memoria portentosa, similar a la de un prodigio matemático o musical, capaz de captar las escondidas estructuras, en su caso de los textos.

El porqué de su obsesión
Desde que a los siete años descubriera la poesía de Hart Crane como “una experiencia abrumadora”, su forma de vida ha sido la literatura. Y ese es el subtítulo de su penúltimo libro, Anatomía de la influencia donde vuelve al tema literario obsesivo de su carrera de crítico: la influencia. Lleva más de 50 años analizando la influencia, trazando secretas genealogías literarias, descubriendo los verdaderos ancestros de los mejores poetas, “algo difícil -señala- porque los grandes siempre enmascaran sus influencias”. En este libro ha querido “contar todo lo que he aprendido sobre cómo la influencia determina la literatura”. De hecho, lo describe como retrato autocrítico en el que “trazo mi propio mapa mental de escritores y críticos que me han inspirado”. Comienza volviendo a su idolatrado Shakespeare, “el universal e insoslayable padre fundador de todos”, para pasar a Blake, Whitman y demostrar cómo el Satanás de El Paraíso Perdido de Milton es el retoño de Hamlet. Mientras tanto, escribe una obra de teatro sobre Whitman y el Cervantes en Nueva York prepara una gran exposición sobre su obra el próximo mes de abril.

-Han sido siete años, desde 2004, los que ha tardado en escribir Anatomía de la influencia.
- He tardado tanto por mis enfermedades sucesivas. Había escrito un borrador tres veces más largo y finalmente la magnífica editora Allison McKeen me ayudó a cortarlo.

- Dice que en sus largas noches de recuperación de esas enfermedades se despierta y se pregunta el porqué de su obsesión con el tema de la influencia. ¿Cómo nació esa obsesión?
- De niño estaba abrumado por la inmediatez de los poetas a los que amaba. Mi subjetividad se formó leyendo poesía desde los diez años. Con esa edad, parecía que los poemas se memorizan solos en mí. Muchos fueron hospedándose en mi mente y el placer de poseerlos en la memoria me ha mantenido muchas décadas.Y al interiorizarlos, y llevarlos conmigo tantos años, reverberaban en mi cerebro, enfrentándose unos con otros, y creando relaciones complejas entre ellos en forma de modelos enigmáticos. Recuerdo la conexión que hacía entre Blake y Crane, de Milton en Shelley, de Whitman en T.S. Eliot o en Wallace Stevens. Gradualmente los ecos, alusiones y búsquedas de fuentes fueron transcendiendo hasta convertirse en un tema crucial. Y mientras escribía mi disertación sobre Shelley para mi doctorado, comprendí de que el gran problema por resolver era el de las influencias.

- Ese mapa de genealogías...
- Sí. Wallace Stevens estaba obsesionado por la genealogía de su familia en Pensilvania. En una de sus cartas a un experto en genealogía le escribe una línea que Nietzschte habría admirado: “Genealogía es el arte de corregir los errores de los otros expertos en genealogía ...”. Una de mis amigas era su hija Holly, mi nexo con su padre, al que sólo vi una vez.

- En su libro Genios incluye a muchos escritores en español además de Cervantes, como Paz, Borges, Cernuda o Lorca.
-Con Borges, cuando nos veíamos en Nueva York, discutía mucho sobre la influencia literaria, aunque él siempre la idealizaba pues excluía cualquier rivalidad. Mi favorito es Cernuda. No sé por qué hay críticos españoles que no le aprecian. Para mí es uno de los dos mejores en lengua española del XX; es el poeta de poetas, increíblemente refinado. Lorca es un gran poeta pero más popular. Yo prefiero leer a Cernuda.

El gran poeta español es Góngora
-¿Cuáles son los puntos esenciales en el mapa de los genios españoles?
- Todos tiene una relación muy compleja con la grandeza de la literatura del Renacimiento y barroco español. El gran poeta español es Góngora. Con él, los otros grandes exponentes del barroco, Lope de Vega, Calderón, Quevedo, crean un grupo de literatura tan poderosa y rica que combinado con el mayor genio de todos, Cervantes, producen un efecto abrumador en todos estos escritores de lengua española del XX.

-¿Cómo ha cambiado su forma de pensar durante la escritura del libro?
-Es simplemente un cambio de perspectiva. Shakespeare, y luego Shelley, usan la palabra influencia para referirse a lo que llamamos inspiración y me parece que es la forma básica de entenderlo. Originalmente escribí The Anxiety of Influence en el verano de 1967, aunque no lo publiqué hasta enero de 1973. Me llevó mucho tiempo hasta que maduré dónde quería ir. Luego escribí una secuencia de libros, el más importante El Mapa de Misreading sobre las afinidades y nexos entre escritores, que también desarrollé en libros como La escuela de Wallace Stevens (Pre-Textos). Pero tenía que volver a combatir la visión que se defiende en Occidente respecto a que la influencia es un proceso benigno, distante, que evolucionó como un beneficioso impulso hacia un escritor posterior de uno anterior. Yo creo en la forma antigua de influencia, muy importante en los griegos, que es la de agon, es decir, la lucha por el lugar más prominente. Es una competición que los griegos extendían a la política, al derecho, al deporte, al arte y a todo tipo de organización social. Con mi combate, seguramente una visión idealista, quise forzar a los lectores y poetas a reconsiderar la influencia. En realidad lo que yo llamo influencia es amor literario. Amor entre escritores pasados y futuros. La presencia del amor es vital para entender lo maravillosamente que funciona la literatura. Creo que mi primer libro se debía haber llamado Las ambivalencias de la influencia; la palabra ansiedad fue desorientadora.

-Dice usted que no diferencia entre amor humano y literatura: “la vida imita al arte”.
- Es dictum con el que Wilde brillantemente vulgariza a mi gran héroe Walter Pater. Y es la visión de Henry James. Y la mía. Cualquier diferenciación entre literatura y vida es equívoca.

Los equívocos de la realidad
-La literatura es su forma de vida. Vivir transcendiendo, en ese mundo de genios, ¿le ayuda a afrontar la realidad?
-Como bien sabe, la realidad es un término muy equívoco. ¡La palabra realidad quiere decir tantas cosas para cada ser humano! Y en el siglo XXI, la realidad es virtual. Para mí la literatura no es sólo lo mejor de la vida sino una forma de vida que no tiene otra forma. Cuanto mayor me hago, más intensifico mi búsqueda de la vitalidad en la literatura. Siempre fue una gran liberación sentir la libertad a través de mi amor hacia los grandes poetas. Recuerdo como si fuera ayer la extraordinaria fuerza y el deleite que me causaba leer a Crane o Blake de preadolescente (diez u once años), y ello a pesar de que no tenía noción de lo que contaban. ¿Por qué esa extraordinaria experiencia de enamorarte violentamente de la gran poesía y de su poder antes de entenderla? Porque a veces, la poesía esta encarnada en uno, y otras, como en mi caso, hay una voz que te dice que es la de un crítico.

- ¿Sigue ejerciendo la crítica literaria “en primer lugar de forma personal y apasionada?”
- Sí, no es filosofía ni política ni una religión. Es una forma de sabiduría literaria y una meditación sobre la vida.

- Cuénteme esa bonita historia de un tío suyo, el que le habló por primera vez de Yale...
-Sam Kaplan, un hombre maravilloso que tenía una tienda de golosinas en Coney Island. Era mi tío favorito, siempre me encontraba leyendo poesía. Un día me preguntó: “¿Qué vas a hacer con toda esa poesía cuando crezcas?”. “No tengo ni idea” le contesté. Y me explicó: “bueno, hay unos sitios llamados Harvard y Yale, en los que puedes ser profesor de poesía aunque no sé cómo”. Y le contesté : “seguro que lo seré”. Y pensé mucho en su explicación en 1987-88, cuando era simultáneamente profesor de poesía en Harvard y sterling profesor de humanidades aquí en Yale.

- Creo que aprendió a leer en hebreo antes que en inglés...
-Me enseñé yo mismo a leer. Aprendí a hablar en yídish y yo solo aprendí a leer, primero en yídish, luego hebreo y luego inglés. Me he autoenseñado leyendo lenguas. Puedo leer español como leo el inglés pero mi pronunciación es desastrosa porque aprendí todas las lenguas a través del ojo y no del oído.

-¿Lee el Quijote en español?
- Sí, a pesar de que escribí la introducción de una traducción al inglés escrita por Edith Grossman. Shakespeare leyó la primera traducción por Thomas Shelton y le afectó mucho. De hecho, escribió una obra de teatro sobre ello llamada Cardenio basada en algunos episodios del Quijote; lamentablemente no ha llegado a nosotros.

-Todo el mundo tiene un Quijote y un Sancho dentro…
-... Lo mejor escrito sobre el Quijote, obviamente tras Cervantes, es una gran parábola de Franz Kafka que se llama The truth about Sancho Panza, en el que dice que Don Quijote no existe sino que es una fantasía o ficción creada deliberadamente por Sancho Panza para entretenerle todos los días de su vida

Falstaff y Sancho Panza
- ¿Está usted más cerca de Don Quijote o de Sancho?
-Si yo fuera un personaje no sería Don Quijote, ni Hamlet, sino Falstaff y Sancho porque son como las grandes figuras del Pantagruel en Rabelais. Los tres son espíritus juveniles y energéticos, bendecidos. En el sentido arcaico de la bendición, del judío brakhot; la frase para brindar en hebreo es L'Chaim (literalmente) por la vida. Su bendición es sinónimo de “más vida”.

- ¿Cómo va la obra de teatro que escribe sobre Whitman?
- He tomado el siguiente semestre de clases de descanso porque estoy escribiendo una obra de teatro llamada, To you, whoever you are y subtitulada A pageant celebrating Walt Whitman. Se representará en Broadway y mi amigo Murray Abraham (Salieri en la película Amadeus) será Walt. Todo empezó en febrero de 2011. Estaba enfermo en la cama, por la noche, y no podía dormir; oí una voz que decía “quien seas (whoever you are. I fear you are walking in the walks of dreams..../whoever you are I place my hand upon you that you maybe my poem)… Me temo que estás andando por los caminos de los sueños/ quien seas pongo la mano ya que quizás seas mi poema- Y cuando me desperté unas horas más tarde, ¡cielos!, me di cuenta de que era Whitman. Y así comencé.

- También comenzó leyendo a los románticos y escribió sobre Shelley. Su defensa de la corriente romántica fue su batalla en Yale. ¿Por qué se lanzó a tal disputa? ¿fue una forma de encontrar “su lugar” allí?
- Sin duda. Además era en la edad de la corriente crítica de Eliot; había desterrado a Whitman y toda la tradición romántica -Keats, Byron, Shelley, Coleridge, incluso Blake-. Libré una batalla terrible en Yale contra un estudio de los ricos, esencialmente en la tradición anglo católica, muy corta de miras, estrecha mentalmente, unida a prejuicios sociales de toda clase. Siempre he sido un gran outsider en Yale, desde que llegué hace 60 años como estudiante graduado. Ahora estoy en el año 56 consecutivo de enseñanza pero nunca me he sentido en casa. Volviendo a 1976, hace 35 años, fui al equipo rector de Yale y les dije que no volvería al departamento de inglés y así no tendría colegas. No sé cómo pero aceptaron y creé mi departamento de uno solo. Llevo 35 años con “anti colegas”. Hace 15 años dejé de dar clases a graduados y me limité a los más brillantes estudiantes.

- ¿Cuántos alumnos tiene?
- Desde hace dos años sólo tengo dos grupos de doce alumnos. Uno de Shakespeare siempre (ahora analizamos El cuento de invierno) , y otro de poesía; ahora estamos con Emily Dickinson y vamos a comenzar con Wallace Stevens.

Shakespeare siempre, efectivamente. Bloom empezó a leerlo a los 8 años y lleva más de 50 dando clases sobre Shakespeare. Dice que vuelve una y otra vez a él no sólo para analizarlo sino porque “es insoslayable para todos los que estamos detrás. Es un escritor global, aclamado, leído y representado en todo el mundo; todo lo que creó esta vivo y es universalmente relevante. Sin Shakespeare no nos veríamos tal como somos. Desde los 80 doy siempre una clase sobre Shakespeare.

-Califica usted el estado de la cultura de "willy.nilly" (de cualquier manera) , no sólo la lectura es un arte moribundo sino que el lenguaje se ha empobrecido terriblemente.
- El estado de la cultura en el Occidente, particularmente en Estados Unidos, es crítico. Uno de nuestros dos partidos nacionales, el llamado partido republicano, y nadie dice la verdad, se ha vuelto el partido americano fascista. Y un país en el que uno de los dos partidos principales es fascista, está en condiciones muy peligrosas.

Se escucha música en su estudio y Bloom dice: “Mis dos piezas de música favoritas son Musical offering, de Bach, y el G minor Quinteto, de Mozart. Ayer estaba cansado y triste y las escuché. Me curan”. También hay multitud de fotografías: “Fui un gran viajero pero ya no puedo y mi gran lamento es no haber visitado Andalucía. Siempre quise ver Granada y Córdoba”.

viernes, 11 de noviembre de 2011

LA ESTRELLA ES LEO TARIFEÑO. NUEVAMENTE.

Mis amigos Leo Tarifeño y Juan Villoro. V.H.

Ilustres desconocidos

Historias de seres reales en los que se inspiraron escritores, guionistas y autores de canciones para crear personajes que fueron casi siempre más famosos que sus modelos

Nick Cave me escribía cartas con sangre", me dijo no hace mucho la alemana Janette, mientras fumaba un cigarrillo tras otro en su cuarto de hotel de Buenos Aires. En el hotel, por cierto, no se podía fumar, y de pronto el detector de humo del techo de la habitación comenzó a emitir una luz roja.
Janette es un huracán de un metro ochenta, dulzura afilada y sonrisa de alto riesgo, el tipo de mujer con la que se cometen locuras. Ella hablaba de la época de Cave en Berlín, yo miraba la luz roja que titilaba en el techo. Al notarme inquieto, cambió de tema y apagó el cigarrillo. "¿Se habrá ofendido?", me pregunté entonces. Los pormenores de su romance con un rockero de leyenda se escapaban junto con el humo. Su historia seguramente estaba expuesta en las canciones que alguna vez le habría inspirado al creador de "From Her to Eternity", pero ¿cuáles serían?
En la intimidad de algunos artistas hay cartas escritas con sangre que jamás se harán públicas. Las que les llegan a miles o millones de personas adoptan la forma de versos, novelas o películas en los que el peso de las historias reales se convierte en la materia prima de la fantasía. Detrás de "Luka", de Suzanne Vega, hay un niño maltratado como aquel del que habla la canción; y aunque Paul
McCartney haya aclarado más de una vez que Eleanor Rigby es producto de su imaginación, lo cierto es que en el cementerio de la escuela de St.Peter, el lugar predilecto de los adolescentes Lennon y McCartney para tomar sol en Liverpool, hay una lápida con el nombre de la célebre mujer recordada por el verso "ah, look at all the lonely people". En noviembre de 2008, un documento del hospital de Parkhill que demuestra la existencia de Eleanor Rigby se subastó en 187 mil dólares. El documento certifica que, al menos desde 1911, Rigby trabajó como enfermera por un sueldo mensual de 14 peniques. Fallecida en 1939, sería la mujer de la lápida de St.Peter, pero no la de la canción. ¿O sí? Según McCartney, el nombre lo tomó de Eleanor Bron, que trabajó con los Beatles en la película Help!, y de Rigby & Evens, una famosa distribuidora de vinos afincada en Bristol. El dinero recaudado por la subasta de 2008 se destinó a la ONG Sunbeams Music Trust, que ayuda con musicoterapia a niños con problemas de aprendizaje. En 1990,
Annie Mawson, su directora, le escribió a sir Paul para contarle que un niño autista había sido capaz de interpretar "Yellow Submarine", esfuerzo que a fines de ese mismo año le permitió obtener la medalla de plata Príncipe de Edimburgo. Como respuesta, y a manera de regalo, el ex Beatle le envió el registro que prueba la vida real de una tal Eleanor Rigby. ¿La ficción crea la realidad?
Obsesión no correspondida
En la distancia que hay entre una historia real y su relato artístico habitan las formas de representación y las técnicas narrativas, pero también, y sobre todo, la obsesión por alguien que en general le hace poco o ningún caso al artista al borde del ataque de nervios. El amor no correspondido suele ser la principal inspiración del que decide ponerle nombre y apellido a su objeto de deseo, pero a veces hay otras razones, mundanas y materiales, que llevan al creador a deschavar al otro. "Yo me llamo Fortunato / mi apellido es Peñaflor / conocido en todo el barrio / por el primer pechador", escribió Ángel Villoldo en 1909, tal vez cansado de que el malevo de la cuadra le pidiera dinero una noche sí y otra también, convencido de que "el vivo vive del zonzo / y el zonzo de trabajar". En otros casos, la alusión a la persona de carne y hueso es concreta y velada a la vez, como en "Bésame mucho", el bolero de Consuelo Velázquez que en 1999 fue reconocido como la canción en lengua española con más grabaciones en todo el mundo. Nacida en 1916 en el estado mexicano de Jalisco, Velázquez escribió esa plegaria inmortal a los 23 años, sin que hasta entonces supiera cómo era besar a alguien. ¿En quién pensaba la hermosa Consuelo cuando reclamaba un beso de los buenos? ¿A quién le dedicaba, aunque fuera en secreto, un himno que daría la vuelta al planeta? A nadie y a muchos. "Compuse esa canción sin saber lo que era un beso, no tenía la menor idea -le confesaría a Elena Poniatowska, en una legendaria entrevista publicada en La Jornada a fines de los años 90-; ni siquiera intuía cómo era besar. Y mi mamá nunca me dijo nada, porque en casa todos nos educamos en colegios de monjas." Como bien consigna Poniatowska, son precisamente las monjas las que más saben de besos: la obra de sor Juana Inés de la Cruz y las ardientes Cartas portuguesas de Mariana Alcoforado son testimonios de un conocimiento experto, verdaderos manuales de la pasión boca a boca. A Consuelo no le gustó la alusión de su amiga Elena durante la entrevista, y hasta el día de su muerte, siete años atrás, insistió en que el único personaje real de su vasto cancionero es su hijo Cachito, protagonista excluyente de la obra homónima ("Cachito, Cachito, Cachito mío, / pedazo de cielo que Dios me dio, / te miro y te miro y al fin bendigo, / bendigo la suerte de ser tu amor"), entre nosotros popularizada por Nat King Cole.
Del beso imaginario al amor frustrado hay poco menos de un paso, y quizá por eso dos artistas tan disímiles como Consuelo Velázquez y Leonard Cohen resultan próximos en un asunto que les resulta familiar: el romance que no termina bien porque ni siquiera comienza. En Velázquez, el enamorado no tiene rostro; en el impúdico Cohen, las mujeres se vuelven mito porque se anima a nombrarlas. Ninguna otra estrella de rock fue tan explícita a la hora de contar una noche de sexo con otra estrella de rock. Los detalles de su fogoso encuentro con Janis Joplin abundan en
"Chelsea Hotel N° 2", la canción en la que el sexo oral convive con la melancolía y el ruido de las limosinas por las calles de Nueva York. Y aunque el presunto diálogo entre susurros que devela Cohen parece mostrar la ambigua alegría de esa unión ("You told me again you preferred handsome men / but for me you would make an exception"), el verdadero camino a su corazón no estaría allí, sino en los versos del que, en sus propias palabras, es su mejor trabajo: "Suzanne", la canción que escribió a pedido de Judy Collins, el estandarte musical de las almas que se unen con o sin una cama de por medio. Cohen no necesitó imaginar a Janis Joplin para mostrarla desnuda y, tal vez, despidiéndose; tampoco tuvo que alejarse de la realidad para encontrar a Suzanne, Suzanne Verdal, a quien conoció en los años 60 como la compañera (primero) y esposa (después) de uno de sus mejores amigos, el escultor Armand Vaillancourt. "Supongo que le habrá encantado verme como una joven estudiante y artista emergente, amante y esposa de Armand -dijo Verdal en junio de 1998, ante los micrófonos de la BBC-; de alguna manera él estaba escribiendo la crónica de esos tiempos y se ve que en algo de todo aquello le impacté." Una vez divorciada de Vaillancourt, Verdal se fue a vivir con su hija Julie a una casa situada en las orillas del río St. Lawrence, en Montreal, y allí comenzó a recibir las visitas del gran Cohen. En la casa, ella encendía una vela (a cuya llama le decía Anastasia), ambos esperaban unos minutos antes de hablar, y se sentaban a tomar té y comer frutas.
and she feeds you tea and oranges
that come all the way from China
and just when you mean to tell her
that you have no love to give her
then she gets you on her wavelenght
and she lets the river answer
that you've always been her lover
["Y te da té y naranjas / que vienen directamente de China / y cuando tratas de decirle / que no tienes amor para ofrecerle / te abraza y te mece en sus brazos, / dejando que sea el río el que conteste / que siempre has sido su amante".]
Cohen y Suzanne, espirituales
"De alguna manera, fuimos amantes -señaló Verdal, quien se apresuró a aclarar que su unión era "espiritual"-; a veces uno mira a una persona y ese momento es eterno y representa el más profundo de los contactos. Y eso es lo que Leonard y yo compartimos, creo." Después de cada cita en su casa, ambos salían a caminar al lado del río ("Suzanne takes you down / to her place near the river...") y se dejaban llevar por conversaciones que ahondaban en la poesía, la religión y la mejor manera de enfrentar la vida. Así estuvieron Cohen y Verdal un buen tiempo, hasta que ella escuchó la canción en la que se reconoció, a pesar de encontrarla "demasiado aduladora". Con
"Suzanne", Cohen se transformó en la estrella que aún es, y los rumbos de ambos dejaron de cruzarse. Una vez, en los años 70, ella apareció en el backstage de un show en Minneapolis, y él la abrazó y le dijo: "Suzanne, tú me regalaste una gran canción". Poco después lo visitó en un hotel durante otra gira por Estados Unidos, y allí él le propuso que su unión espiritual se convirtiera en algo no tan espiritual. Pero ella no quiso.
and you want to travel with her
and you want to travel blind
and you know that she will trust you
for you've touched her perfect body
with your mind
["Y quieres viajar con ella / quieres viajar ciegamente / y sabes que ella confiará en ti / por haber tocado su cuerpo perfecto / con tu mente."]
Tal vez la canción resulta la fotografía de un instante que sólo perdura mientras suenan sus acordes. Mientras la unión desaparece, la poesía la recuerda. Y se establece como el puente entre la realidad y el deseo, el jardín secreto y clandestino a partir del cual los senderos se bifurcan. A principios de este siglo, Leonard Cohen abrazó el espiritualismo budista en el monasterio zen del Monte Baldy, en California, a menos de una hora de donde
Suzanne, masajista y profesora de danza, vive con siete gatos. El hombre que le dedicó su mejor canción no se casó nunca, pero tuvo dos hijos con su primera esposa, llamada, ¿curiosamente?, Suzanne.
La canción como género tiene mucho de autobiografía, y como toda autobiografía mezcla realidad con ilusión. La realidad brinda la experiencia; la ilusión, la libertad narrativa. A mitad de camino entre ambas está "La flaca", el hit pop del grupo español Jarabe de Palo que idolatra a un "coral negro de La Habana / tremendísima mulata", capaz de hacer que el cantante Pau Donés diera todo "por un beso / aunque sólo uno fuera". La chica, "de cien libras de piel y hueso", se llama Alsoris Guzmán Morales y se la puede ver junto a Eva Nielsen en el videoclip de "El lado oscuro". Alsoris conoció a Pau cuando éste viajó a Cuba invitado por su productor, Fernando de France, quien lo alojó en la casa de la familia Guzmán Morales, en el popular barrio de Centro Habana. "El último día, tras unos mojitos y aprovechando que compartíamos habitación (en catres separados, claro), le dije que no me iba de la isla sin hacer el amor con ella", cuenta Donés en el libro del disco Orquesta Reciclando. Esa misma noche, tumbada en la cama al otro lado del cuarto, ella por fin pronunció las palabras mágicas: "Ven acá, Pablito". Y Donés se acurrucó, la abrazó y se quedó dormido. "Al día siguiente desperté enredado en ella. Vestido. Me levanté. Me senté en una silla junto a la cama donde ella seguía durmiendo y, papel y lápiz en mano, escribí la canción. Catorce versos que cambiarían mi vida para siempre", concluye el artista enamorado. Jarabe de Palo nunca logró siquiera emular el éxito mundial de "La flaca". ¿Habrá que ver en la historia real la clave del suceso que la banda jamás repetiría? ¿O, mejor, en el buen pulso literario que Pau Donés sólo pudo lograr tras vivir su noche soñada, la noche de su vida?
La realidad y los clásicos
Las respuestas son diversas y todas enigmáticas. ¿Una canción se vuelve clásica porque el impacto de la realidad se cruza en su trama? ¿O la realidad sólo es tal cuando se convierte en obra de arte? Los ilustres desconocidos pueblan las canciones, novelas o películas como fantasmas reales de personajes construidos a fuerza de ilusión. Pero esos personajes se vuelven más reales que la realidad, y de alguna manera dibujan destinos alternativos para las historias que cuentan.
En esa línea, probablemente el mejor ejemplo sea Adelita, aquella mexicana que, si se iba con otro, la seguirían por tierra o por mar. La leyenda dice que Adela pudo haber sido Adela Velarde Pérez, enfermera de Ciudad Juárez y nieta de Rafael Valverde (amigo personal de Benito Juárez), quien atendía a los heridos de las tropas de Pancho Villa en los tiempos de la revolución. Pero la misma leyenda indica que Adela también podría ser Altagracia Martínez, dama de sociedad que abandonó sus privilegios de clase para sumarse al ejército revolucionario bajo el nombre falso de Adela o "Adelita". Hoy es difícil saber si el corrido se escribió para Velarde Pérez (quien podría haber atendido al soldado Antonio del Río Armenta, compositor de la canción) o para Altagracia Martínez (también llamada Marieta Martínez); de lo que sí deja constancia la historia es que por obra y gracia de esos versos se llamó "Adelita" a todas las mujeres que de una forma u otra participaron en la revolución. El destino personal de Velarde Pérez o el de Marieta Martínez se funde en un destino colectivo que las reinventa y expresa.
Cuando Joey Ramone se dio cuenta de que el punk no tenía una diva, como sí ocurría con la música disco (Diana Ross), el soul (Aretha Franklin) y el blues (Janis Joplin), acudió a la primera protagonista femenina de un cómic, Sheena, Queen of the Jungle de Will Eisner, para crear la reina que el movimiento necesitaba. Hoy, "Sheena Is a Punk Rocker" forma parte de las 500 canciones clásicas del rock según Rolling Stone, y ha sido reversionada hasta por bandas de comediantes ("Sheena Easton Punk Rocker", de The Shirehorses) o de cumbia ("La china es cumbianchera", de las argenmex Kumbia Queers). La realidad es la piedra con la que se construye el palacio de la fantasía, y los ejemplos clásicos son inagotables. Rubén Blades narró las andanzas del maleante Pedro Barrios en "Pedro Navaja"; Charly García se vengó de Patricia Perea, la corresponsal en Córdoba de Expreso Imaginario, en "Peperina" (que luego llegaría al cine, con Andrea del Boca en el rol principal); y Rita Lee cantaría y contaría a los cuatro vientos que hacía el amor "por telepatía" con su marido, el guitarrista Roberto de Carvalho ("Mania de você").
Al mismo tiempo, la realidad es tan inoportuna que a veces se interpone entre el creador y su obra... para mejorarla. Es lo que sucedió con Buddy Holly, quien en 1957 escribió "Cindy Lou" para homenajear a su sobrina homónima, recién nacida. Una tarde, mientras ensayaba la canción con su banda, el baterista le confesó que se había peleado con su prometida Peggy Sue Gerron, y el posible matrimonio peligraba. Como acercamiento previo a la reconciliación, en pleno ensayo "Cindy Lou" se transformó en "Peggy Sue" y un lugar común de la crítica musical dice que se trata de la mejor canción grabada por este pionero del rock and roll.
De la Alicia (Alice Liddell) de Lewis Carroll a la tía Julia (Julia Urquidi) de Mario Vargas Llosa, pasando por la Perdita Durango (la "narcosatánica" Sara Aldrete), de Barry Gifford a la Angie (Dandelion Angela, la hija de Keith Richards) de los Rolling Stones, la realidad es para los artistas una fábrica de musas enriquecidas por la propia imaginación. Y aunque la fantasía siempre le da alas a la experiencia, el proceso contrario también ocurre más de una vez. Monumento musical a la cita clandestina y a la lectura entre líneas, el tango es, quizás, el genéro más cercano a las cartas escritas con sangre que un Nick Cave desesperado llegó a mandarle a su novia Janette. En el tango no hay dolor que no se cuente ni herida que no llegue a través de una mujer. Pero, como saben los maestros, para decirlo todo hay que ser discreto, porque la realidad no permite las concesiones que el sueño libera. Casi como en ningún otro género, los enigmas del tango tienen nombres propios: en un mundo en el que las diosas llevan apodos prostibularios como Margot, Claudinette, Griseta o Ivette, lo real se disuelve en una identidad que nadie debe descubrir. Así, "Malena" pudo ser la cantante Malena de Toledo, pero Nelly Omar, amante secreta de Homero Manzi, ya ha dicho que el propio Manzi se lo dedicó en clave, al igual que "Solamente ella", "Ninguna" y "Su carta no llegó". Lo mismo ocurre con "Milonguita", figura inspirada en la adolescente María Esther Dalto ("flor de lujo y de placer", fallecida a los 15 años), o la Grisel de Contursi, identificada por los especialistas como Susana Grisel Vidano. Sin embargo, el relato tanguero que desafía a la ficción es sin duda el de la Rubia Mireya, cruce de leyendas y mitologías personificada en Paulina Rovira, madama de un prostíbulo de Santa Cruz que se habría negado a atender a los soldados involucrados en una matanza de trabajadores. Como recuerda Norberto Chab en su indispensable 100 tangos con su historia (Booket), el reto de Paulina a sus empleadores era impensable en aquellos tiempos especialmente difíciles para las mujeres, y por eso de un día para el otro apareció en Buenos Aires. ¿Qué canción podía hacerle justicia a una prostituta de modales revolucionarios? La Rubia Mireya se quedó con el mito, pero no hubo versos que narraran la verdadera dimensión de su aventura.
Como en la Layla de Eric Clapton, la realidad y la imaginación nunca deciden acercarse. Ocurre, sin más, con el arte como mediador. La canción que Clapton compuso para Pattie Boyd, por entonces la esposa de su amigo George Harrison, no supuso una ruptura entre los músicos, pero la pareja se divorciaría años después de que el guitarrista le dijera al ex Beatle que se había enamorado de la mujer menos indicada. Una vez que Pattie quedó libre de su compromiso matrimonial, Clapton y la mujer de sus sueños se casaron. La realidad, la canción y la fantasía se habían unido en un final feliz. La ilustre desconocida se había convertido en un mito viviente. Pero los finales felices sólo existen en las películas: Pattie y Clapton se separaron en 1989. Los tres siguieron siendo amigos hasta el día de la muerte de George. Y la canción permanece, a mitad de camino entre la experiencia y el deseo, fotografía de un instante más real que lo real..

viernes, 28 de octubre de 2011

Aira, Fogwill, Piglia, Jobs y Leo Tarifeño



No me vale esperar unos días para publicar este artículo de Leo Tarifeño quien como ya nos tiene acostumbrados vuela sobre el futuro más reciente con la astucia que hasta el mismo Mozart, acuario como Tarifeño, desearía para sí.




Think different: la biografía de Steve Jobs, en el Faena


Anoche fui a la presentación de la biografía de Steve Jobs, que hoy sale a la venta en todo el mundo de habla española. Fue un evento extraño: nos convocaron a las 20.30 en el Faena Arts Center, pero cuando llegamos al lugar resultó que no había luz (versiones no confirmadas hablaban de alguien a quien le había saltado una chispa en el ojo). Como la luz nunca llegó, peregrinamos amablemente hacia el Hotel Faena, emblema porteño de la riqueza sin abolengo, ubicado a un par de cuadras de nuestra cita orginal. Una vez allí los fotógrafos devoraron a Nacha Guevara (?) y después, a voz en cuello y con idénticas dosis de gracia y lucidez, intervinieron Marcelo Panozzo, Ariel Torres y el inesperado apple master Charly Alberti. Mientras escuchaba las apologías al gran Jobs vi entrar a Ricardo Darín (?) y a los conductores de Bendita TV (???), y en algún momento me pregunté por qué no había ningún periodista cultural en el acto. La respuesta, la de siempre: porque por alguna extraña y apolillada razón parece que el territorio de la prensa cultural son los encuentros literarios donde una y otra vez se habla de los mismos nombres (Aira, Fogwill, Piglia), los debates huecos en los que sólo se lucha por santificar al prócer de turno (Aira, Fogwill, Piglia) o las reuniones de gente convencida de que la verdadera inteligencia es la que sirve para criticar a los demás (a Aira, a Fogwill o a Piglia). Una lástima, pensé entonces, que la difusión del legado de un tipo como Jobs quede en manos de Bendita TV o de Nacha Guevara, pero al final sentí que el lamento era ingenuo. Y es que, ¿hay algo más estéril y falto de entusiasmo que la letra muerta del snobismo? Hoy, a la curiosidad y el atrevimiento hay que buscarlos en la tecnología, el amor por la dimensión no explícita del arte late en la música y las artes visuales y las ganas de cambiar las cosas la tienen los activistas culturales. El lugar que merece la herencia de Jobs está entre la gente inquieta, no en aquellos que creen ensuciarse las manos con el libro de alguien que habla con igual pasión de comunicaciones, arte y marketing. Jobs representa lo mejor de la creatividad contemporánea; el snobismo, como siempre, el disfraz elegante del prejuicio y la mediocridad. Me fui del Faena con una contradicción en la cabeza: por un lado, el deseo de que las cosas sean distintas; y por el otro, la certeza de que todo estaba bien así, en el emblema de la riqueza sin abolengo, rodeado de gente que prefirió escuchar a Charly Alberti que criticar el infortunio de la falta de luz. Ya en la calle, abrí la biografía de Jobs y leí el texto del aviso de Think different, de 1997: “las personas lo suficientemente locas como para pensar que pueden cambiar el mundo son las que lo cambian”. Lo que daría uno por tener la posibilidad de conocer a alguien así.

domingo, 9 de octubre de 2011

JEAN COCTEAU.


La poesía es
A la novela
Lo que la
Haute couture
Al prêt-à-porter.
J E A N    C O C T E A U.

lunes, 5 de septiembre de 2011

ROBERTO BOLAÑO VISITADO Y ESCRITO POR LEO TARIFEÑO.


Hurgando en la red me encuentro con este artículo de mi antiguo amigo Leonardo tarifeño sobre mi otro antiguo amigo Roberto Bolaño y me hace tanta gracia que no puedo resistirme a reproducirlo en toda su extensiÓn.

LUNES 29 DE AGOSTO DE 2011

Bolaño: la construcción de un mito

por Leonardo Tarifeño La Nación. Argentina. 19.09.2009 

La tarde del 7 de febrero del 2003 hablé con Roberto Bolaño por última vez. Yo vivía en México DF y era coeditor de El Ángel, la revista cultural del diario Reforma, para la que él colaboraba con cierta regularidad. Esa tarde había muerto Augusto Monterroso, y mi jefe me ordenó reunir testimonios de distintos escritores sobre el gran cuentista guatemalteco, exiliado en México desde 1944. Bolaño era amigo de la casa, admiraba cierta literatura exquisita emparentada con la de Monterroso, conocía de primera mano la cultura mexicana y también sabía, como el autor de "El dinosaurio", lo que significaba vivir y escribir muy lejos del país natal. Para mí, llamarlo era una buena idea; para él, no tanto. Me atendió con afecto y franqueza, como siempre, y muy amablemente declinó la invitación. "Además, la próxima necrológica que te toque escribir va a ser la mía", me dijo, con un tono que entonces no supe si era de tristeza o ironía. No lo tomé en serio y le pedí que, si estaba tan seguro, la escribiera él y me ahorrara el trabajo (y el disgusto, debí agregar). Él insistió, entre risas, y ambos prometimos pensar en el artículo de su muerte. Menos de seis meses después, el 14 de julio de ese mismo año, Bolaño moría en España, víctima de una larga enfermedad hepática.

No sé por qué, esa tarde de julio, mi jefe no volvió a pedirme que reuniera opiniones de escritores, en ese caso acerca del creador de Los detectives salvajes. Yo no cumplí mi palabra, no escribí su necrológica (me gusta y me da miedo pensar que lo estoy haciendo ahora). Bolaño sí cumplió la suya, y de sobra, con 2666, su monumental novela inconclusa, toda una necrológica enloquecida y brutal cuya última palabra es "México". En otra de las conversaciones que sostuvimos, siempre por vía telefónica, le reclamé que nunca apareciera por su teóricamente queridísimo Distrito Federal. Hasta donde yo sabía, lo más cerca que había estado de volver al país al que le debía, según sus palabras, su "formación intelectual" había sido en 1999, cuando Chile fue el invitado de honor de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL). Bolaño ya tenía su pasaje y había comprometido su participación en varias mesas literarias, pero a último momento prefirió quedarse en casa y pidió que en su lugar se invitara a Pedro Lemebel. "¿Por qué no vienes, si aquí se te admira, tienes amigos y la ciudad te encanta?", llegué a preguntarle alguna tarde. "Porque no se regresa al lugar del crimen", me respondió, otra vez, con un tono entre irónico y triste. Y otra vez, como si fuera un destino o simple irresponsabilidad, en aquella ocasión yo tampoco lo tomé en serio. Hasta ahora, cuando pienso que "México" fue la última palabra que escribió e intento ver allí una pista que delate al prófugo imposible de atrapar.

Pero, ¿cuál es el "crimen" cometido por Roberto Bolaño? ¿A quién o a quiénes afecta su "delito"? ¿Y qué huellas conviene seguir para absolverlo o condenarlo? En las calles de Barcelona, el esténcil con su retrato compite con los grafitis hiphoperos o las pintadas en favor del nacionalismo catalán. El pasado jueves 10 se presentó en Pekín la traducción al chino mandarín de Los detectives salvajes. En Estados Unidos, 2666 recibió el National Book Critics Award, y Time la eligió como la novela del 2008. Por esos días, la dirección de la cárcel de Huntville, en Texas, le negó el pedido deLos detectives salvajes al preso número 1.385.412, ya que el libro "transgrede el manual de orientación para reos". Un año antes, The New York Times y The Washington Post destacaron a Los detectives salvajes entre las diez mejores novelas de 2007. En octubre pasado, el temido agente literario Andrew Wylie, actual encargado de los derechos de la obra del escritor chileno, dio a conocer la aparición de El Tercer Reich, novela oculta e inédita de Bolaño, de quien su editor español, Jorge Herralde, nunca había tenido noticias. Y hace apenas tres meses se anunció que Gael García Bernal podría interpretar a Arturo Belano (álter ego de Bolaño) en la versión cinematográfica de Los detectives salvajes, dirigida por el mexicano Carlos Sama. El extraño y heterogéneo caudal de noticias a su alrededor y la creciente mitificación de su figura confirman que Bolaño se ha convertido en un fenómeno global de la literatura latinoamericana, un impacto que en términos de aceptación crítica en otras lenguas sólo parece comparable al que en su día conquistó Gabriel García Márquez conCien años de soledad (1967). Si lo de Bolaño fue un crimen, hay motivos para pensarlo como un crimen perfecto.

¿Y sus huellas? Para aquella FIL de 1999, Bolaño rechazó el viaje a Guadalajara pero no la invitación a escribir un artículo en una edición especial del suplemento cultural Hoja por Hoja, en ese momento la principal publicación de la feria, de distribución gratuita. El motivo de su artículo era José Donoso, por cierto uno de los escritores ampliamente homenajeados en aquel encuentro. El texto de Bolaño, "El misterio transparente de José Donoso" (compilado en Entre paréntesis), empieza de la siguiente manera:

Me cuesta escribir sobre Donoso. En casi todo estoy en desacuerdo con él. Cuando agonizaba, leí que pidió que le recitaran "Altazor", de Huidobro, y la imagen de Donoso en una cama de la que ya no iba a salir, escuchando los versos de "Altazor", me pone enfermo. No tengo nada contra Huidobro, me gusta Huidobro, pero ¿cómo alguien que se está muriendo puede querer que le lean ese poema?
Sigue así:

La herencia de Donoso es un cuarto oscuro. En el interior de ese cuarto oscuro pelean las bestias. Decir que él es el mejor novelista chileno del siglo es insultarlo. No creo que Donoso pretendiera tan poca cosa. Decir que está entre los mejores novelistas de lengua española de este siglo es una exageración, se lo mire como se lo mire.
Y concluye:

Sus seguidores, los que hoy portan la antorcha de Donoso, los donositos, pretenden escribir como Graham Greene, como Hemingway, como Conrad, como Vonnegut, como Douglas Coupland, con mayor o menor fortuna, con mayor o menor grado de abyección, y desde esas malas traducciones llevan a cabo la lectura de su maestro, la lectura pública del mayor novelista chileno.
Tal vez valga la pena aclarar que los "donositos" a los que se refería en ese párrafo eran muchos de sus colegas presentes en la FIL. Con semejante artículo-bomba, el autor no necesitó ir a la feria para estar allí y en boca de todos. El tono, el gesto y el sentido de la oportunidad visibles en "El misterio transparente de José Donoso" manifiestan los intereses de un escritor para el que la intervención y la ética literaria eran tan importantes como la obra (y de alguna manera la complementaban). Si Donoso encarnaba el rol del padre de la narrativa chilena, ahí aparecía Bolaño para dar, con tantos argumentos como recelos, la nota discordante. En sus años de joven promesa había hecho lo mismo en México, por entonces contra Octavio Paz, de quien saboteaba sus lecturas públicas junto a su amigo Mario Santiago (Ulises Lima en Los detectives salvajes). "Bolaño tuvo una clara estrategia de solitario que impone su ley, repudia la convención, descree de la gloria y sus poderes. La condición única era su signo", escribió Juan Villoro en el prólogo a Bolaño por sí mismo. En una ya célebre entrevista para la edición mexicana de Playboy, la periodista argentina Mónica Maristain le preguntó por qué le gustaba llevar siempre la contraria, a lo que él respondió, magistral: "Yo nunca llevo la contraria". Y a Eliseo Álvarez le confesó que se hizo trotskista porque no le gustaba "la unanimidad sacerdotal, clerical, de los comunistas. Siempre he sido de izquierda y no me iba a hacer de derechas porque no me gustaban los clérigos comunistas, entonces me hice trotskista. Lo que pasa que luego, cuando estuve entre los trotskistas, tampoco me gustaba la unanimidad clerical de los trotskistas, y terminé siendo anarquista [...]. Ya en España encontré muchos anarquistas y empecé a dejar de ser anarquista. La unanimidad me jode muchísimo".

Sus ídolos eran los "pistoleros, exploradores, gambusinos, gauchos, hombres apartados de la ley común pero que se asignan a sí mismos una moralidad severa, determinada por las arduas condiciones de su oficio", recuerda Villoro. En una entrevista donde se le preguntó de qué forma regresaría a la Tierra después de muerto, Bolaño contestó que lo haría convertido en "colibrí, que es el más pequeño de los pájaros y cuyo peso, en ocasiones, no llega a los dos gramos. La mesa de un escritor suizo. Un reptil del desierto de Sonora". Como los francotiradores, el detective salvaje en persona sólo era tal si actuaba en soledad (a lo mejor por eso disfrutaba tanto la presencia de los amigos, como han asegurado Rodrigo Fresán, Antoni García Porta y Villoro, entre otros compañeros de ruta). Hijo de un boxeador, parecía creer que sus palabras sólo tenían sentido si las pronunciaba desde el ring. Lo curioso es que sus provocaciones y desmesuras, hoy transformadas en la marca registrada de una rebeldía neobeatnik, tienen más de guanteo con un sparring que de pelea por el título mundial. Años después de atacar a Octavio Paz en su propio territorio, comentó en más de una oportunidad que admiraba algunos de sus ensayos y al menos "cuatro poemas" suyos. La crítica a Donoso termina por orientarse a sus probables discípulos. Y de Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez, prohombres del boom a los que alguna vez miró con desconfianza, en 1999 afirmó que "son superiores, y no creo que el tiempo vaya a perjudicar sus obras". En cada escaramuza del hombre que trabajó como descargador de barcos (en Francia) y sereno de un camping (en España) no late el dogma concluyente del gurú, sino la búsqueda permanente de quien no ignora que "la literatura no se hace sólo de palabras". La misma búsqueda que realizan Ulises Lima y Arturo Belano en pos de Cesárea Tinajero en Los detectives salvajes, la aventura que recorre la esquiva identidad de Benno von Archimboldi en 2666.

Tal vez el crimen no tan perfecto de Bolaño haya sido sostener que el oficio literario exige algo más que destreza lingüística, sin ser nunca lo suficientemente explícito con lo que trataba de decir. Es posible que no haya manera de ser explícito en esas cuestiones; quizás en la literatura y el arte hay ciertos asuntos importantes que no se pueden explicar. No parece exagerado afirmar que el escritor chileno murió en el intento por ser lo más claro posible en este asunto, y que de veras lo fue gracias a la insólita potencia que vibra en 2666. "Muchas pueden ser las patrias de un escritor, se me ocurre ahora, pero uno solo el pasaporte, y ese pasaporte evidentemente es el de la calidad de la escritura -dijo, en voz alta, en su discurso de agradecimiento por el premio Rómulo Gallegos aLos detectives salvajes-. Que no significa escribir bien, porque eso lo puede hacer cualquiera, sino escribir maravillosamente bien, y ni siquiera eso, pues escribir maravillosamente bien también lo puede hacer cualquiera. ¿Entonces qué es una escritura de calidad? Pues lo que siempre ha sido: saber meter la cabeza en lo oscuro, saber saltar al vacío, saber que la literatura básicamente es un oficio peligroso". En sus libros, en especial Estrella distanteLa literatura nazi en América, da la impresión de que el mayor peligro de la literatura consiste en la formación de eruditos inmorales, torturadores ilustrados, "dandys del horror", en palabras de Villoro. En Bolaño, la cultura no salva, y, por el contrario, muchas veces es garantía de exquisita sordidez. Como en los cuentos de Llamadas telefónicas, el narrador -de fuerte impronta autobiográfica- advierte que el mundillo de escritores y críticos es de lo más turbio y dudoso que se pueda imaginar, y allí sospecha que la presunta nobleza del arte debe de estar en otro lado. Ante ese panorama, el detective salvaje busca, y en su investigación descubre que tal vez aprenda a saltar al vacío si es fiel a una fuerte ética literaria y personal. El escritor sube al ring, y ahí descubre que enfrente lo esperan los enigmas de su oficio. La ética y la estética son lo mismo. Por eso es que salir a dar batalla es tan importante como escribir un gran libro.

Con razón, el crítico español Ignacio Echevarría ha señalado que la figura dominante en la obra de Bolaño es el poeta. El prosista consagrado se veía a sí mismo como poeta, y los poemarios Tres,Los perros románticos y La universidad desconocida son algo más que la bitácora del narrador clandestino. En su mirada, el poeta es aquel donde ética y estética consuman su particular matrimonio, lo más parecido a un superhéroe de la literatura. En alguna entrevista, el autor dijo que si tuviera que asaltar el banco más seguro del mundo lo haría en compañía de poetas, y el relato "Enrique Martín" comienza con un enunciado que también es una declaración de principios: "Un poeta lo puede soportar todo. Lo que equivale a decir que un hombre lo puede soportar todo. Pero no es verdad: son pocas las cosas que un hombre puede soportar. Un poeta, en cambio, lo puede soportar todo". Durante una cena, a Villoro le dijo: "Soy un marine; donde me pongas, resisto". Y en el formulario con el que pidió la beca Guggenheim, a la hora de rellenar el apartado de "trabajos realizados", Bolaño anotó: "Todos los oficios". La extraordinaria candidez que recorre a los jovencísimos Ulises Lima y Arturo Belano en la búsqueda de los secretos de la poesía (y de la vida) parece asomar en ese formulario indiscreto. Con la candidez no se va muy lejos, pero el mundo no se cambia si no se es un poco cándido. ¿Qué seriedad hay en el escritor que pide una beca y se define como trabajador de "todos los oficios"? La insobornable seriedad del cándido. En esa línea, quienes lo conocieron recuerdan que le gustaba considerarse "cazador de cabelleras". La frase aparece en el relato "Sensini" y apunta a los escritores que, como el propio Bolaño, vivían de alzarse con los jugosos e ignotos premios literarios de provincias. Pero el premio máximo del "cazador de cabelleras" es conquistar la del rival más poderoso (Paz, Donoso) y cuidar la propia, tarea para la cual quizá no haya nada mejor que haberse ejercitado en "todos los oficios". Aunque el mundo lo entienda y lo valore por eso, o no lo entienda y lo desprecie por la misma razón.

Hoy resulta difícil saber si el éxito de Bolaño es una huella que lo condena o lo absuelve en su peculiar aventura literaria y vital. Es el escritor en lengua española más reconocido de su generación, y la unanimidad que tanto despreciaba comienza a amenazarlo. A mí me gusta creer que la clave de su presente y futuro está escondida en una escena de La pista de hielo (1993), novelita muy menor si se la compara con Los detectives salvajes o 2666. El fragmento en el que pienso es cuando Nuria, campeona de natación, entra en el mar, y uno de los personajes masculinos, enamoradísimo de ella, la sigue. Nuria avanza y se mete cada vez más adentro entre las olas; el hombre da su mejor esfuerzo para alcanzarla y cuando llega advierte que no tendrá energías para volver. Para él, cada brazada es algo que lo conduce a la felicidad o al abismo, y lo único seguro es que el momento es un mal momento; sin embargo, y aun en contra de las evidencias, las da igual, simplemente porque es algo que no puede dejar de hacer. A lo lejos, desde el mar, la playa es un horizonte alucinado e imposible, pero la mujer se acerca y lo ayuda para que pueda regresar. Del mismo modo, Bolaño y su literatura fueron más allá de donde creían poder ir, y serán algunos de sus nuevos lectores -no el marketing ni el cine- los que ubiquen sus libros, ilusiones y salidas de tono en su justa dimensión. De eso se trata el verdadero crimen perfecto.



sábado, 4 de junio de 2011

ERGO, ESTO ERA LO QUE QUERÍAMOS DECIR:

Libertella y los "malentendidos" de la 


literatura

Por Leonardo Tarifeño.

En el buenísimo blog de mi amigo peruano Vladimir Herrera encuentro una declaración de Héctor Libertella (buen amigo de Vladimir) con la que concuerdo plenamente. La cita está extraída de una entrevista que Alejandro Margulis le hizo al creador de¡Cavernícolas! en Buenos Aires, me hubiera encantado saber más de ese encuentro pero los datos ni siquiera están en el link original. Dice así:

“La literatura siempre ha sido un lugar excesivamente reaccionario, ritual, reglamentado. Siempre pretendió ser la dueña del sentido. La palabra siempre se entronizó como la que dice, la que interpreta, la que produce el mundo. Siempre se arrogó ese derecho frente a disciplinas más light, como la música o la pintura. Al lado de las variaciones de un dibujante o un saxofonista, el escritor siempre pasará como el sabelotodo, el culto. Es todo un gran chiste, por no decir un malentendido. Y la literatura, sabia, vieja zorra, siempre se alimenta de ese malentendido”

La idea es importante porque da en el corazón del que tal vez sea el mayor tabú del mundo literario: la falsa importancia que se dan muuuuuuchos escritores, la injustificada superioridad con la que observan -entre otras cosas - al resto de las artes y el patetismo de unas ínfulas que en definitiva no son más que ingenuidad ante las trampas de la literatura. A mi manera de ver, sólo aquel que entra al arte en puntas de pie puede creer que ahí adentro hay algo parecido a un pedestal; la literatura es mucho más esquiva, cabrona y traicionera de lo que parece, y creer, como bien apunta Libertella, que es la “dueña del sentido”, supone una candidez casi enternecedora. En no pocas ocasiones, grandes escritores han dicho que la literatura sirve para desconfiar de las apariencias del mundo y verlo en su verdadera dimensión; curioso que ese mismo impulso no les sirva para desconfiar de la propia literatura, la mayor fábrica de pedantes encerrados en sí mismos que conozco. El arte es sagrado y para estar a la altura hay que trabajar mucho, sospechar del dominio personal de la disciplina y tener los ojos bien abiertos. No me parece el caso de muchos de quienes más se arrogan el rol de “sabelotodo”, como bien apunta Libertella. Por suerte, me da la impresión de que la democratización en el consumo artístico y la mayor accesibilidad a las distintas disciplinas han hecho que los arrogantes hayan perdido buena parte de su credibilidad, siempre basada en el elitismo tribal y la admiración incondicional de un público sumiso. Empieza a cumplirse el sueño de la literatura: leer sirve para sospechar del mundo, y eso incluye a los propios escritores. La música, la pintura y otras artes no son menos ni “más light” que la literatura, y las grandes diferencias que hay en la manera de entenderlas, vivirlas y disfrutarlas nos enriquece como no lo hace, ni lo puede hacer, la literatura por sí misma. ¡Qué bueno que alguna vez alguien haya tenido el coraje de atentar contra aquello de lo que se aferran quienes se hacen pasar por artistas!
Leonardo Tarifeño.