lunes, 1 de julio de 2013

HELENA USANDIZAGA ESCRIBE SOBRE EDGAR SAAVEDRA.


Catedrática de literatura hispanoamericana de la Universidad Autónoma de Barcelona, hace una meditación sobre el último libro de poesía de Edgar Saavedra. Toda una primicia para Laguna Brechtiana. 






NO SEÑALAR EL ARCOIRIS CON LOS DEDOS

Edgar Saavedra, Lengua negra de colores, Lima, Lustra Editores, 2012
Helena Usandizaga

Desde los epígrafes, este libro es una apuesta por la belleza y el movimiento –el viaje interior: la partida, la permanencia, la vuelta-, una apuesta por una síntesis de razón y poesía que se desenlaza poco a poco en estas páginas, por el sueño despierto. Es, por lo tanto, un libro abierto a la belleza y a la palabra, pero que no elude sus límites, o los límites del sujeto que las busca. El título mismo nos indica con un oxímoron que no será el logos el que guíe el conocimiento en estos versos, sino más bien una percepción iniciática en el camino de la sabiduría, cruel y luminosa a la vez.
No hay, pues, complacencia, pero sí fe en la percepción, no exactamente construida por un sujeto consciente y razonante, sino revelada por otra racionalidad: el sueño despierto es capaz de abrir puertas, de generar visiones; pues en este libro no se parte de un saber previo y hasta la fuente de esas visiones se desconoce:
No sabemos en qué isla estamos
lo que buscamos hemos olvidado

de la ciudad perdida no recuerdo su nombre

yo no soy el que habla ni el que mira
el que habla tampoco es el viento

traficantes de cráneos se aproximan
dialogan con mi mano que ya es polvo

aroma de floripondio esperamos para dormir

[desde dónde veo entonces]

un halcón de vidrio me observa desde otro

árbol

(Saavedra, 2012: 21)

La pregunta del hablante del poema nos concierne: ¿desde dónde ve, desde dónde se ve? Nosotros, lectores, tampoco sabemos desde dónde, pero sí nos damos cuenta de que el saber previo es negado, porque no hay una racionalidad al uso que pueda ordenar lo visto (“el verdadero orden no tiene lenguaje”, 31); más bien lo percibido se entiende por “la sabiduría vegetal, el furor animal” (22); y a veces aceptando “nuestra condición mineral” (31). La belleza y la palabra, pues, se ponen en duda y se destruyen si es nuestra mecánica de lo obvio la que las propone. El pensamiento no sustenta el ser (“cuando lo real es imposible/ somos mientras no pensamos”, 46), pero, en este viaje del libro, la propuesta no es tan simple como la de volver a la animalidad pura: se trata de una sabiduría en el cruce de pensamiento y cuerpo, de materia y humanidad, de pasado y futuro, que se sitúa en el presente de la palabra. Sí que hay un reconocimiento de esa animalidad que siempre va con nosotros: “reconozco/ el animal que fui siempre” (16); y por eso estos poemas son también una búsqueda del cuerpo: “llevo días buscando mi cuerpo/ sólo encuentro esqueletos de revólveres” (32). Pero también el sueño, otro elemento crucial, interviene en el conocimiento; pues, si el pensamiento obtura el ser y el saber, en cambio el sueño y la muerte revelan.
Desde el mismo y mencionado oxímoron del título -esa aparentemente imposible lengua negra de colores-, se hace presente esta situación iniciática, ese contemplar la música y entender “lenguas que nunca aprendimos/ y sin embargo comprendemos” (13), algo que nos invade como un pasado que vuelve:
hoy ocupa mi mente ese viento dormido/
las golondrinas no detienen
el pasado invisible
se siente la brisa del árbol circular/
cactus de siete pieles/
que derribé en sueños/
todavía existe”
(13)

Pues el conocimiento viene por ese viaje interior que reaviva un pasado lejano y arquetípico: eso implica destruir ese saber adquirido que ya resulta inservible: “no estoy seguro de que se pueda saber/ sino a través de uno mismo [...] sentiremos que ahí está/ lo que apenas sospechamos/ y la Palabra/ desaparece/ en el trance” (14). Desaparece la palabra, acaba el pensamiento codificado, y entonces “cuando todo termina/ comienza/ la visión que precede al pensamiento” (27).
La vuelta a este pasado a veces cruel y catastrófico tiene carácter iniciático, pues ese viaje hacia atrás implica la destrucción del saber, que se ancla ahora en la pura percepción, y la tercera sección comienza con este poema que anuncia el viaje: “Un sonido despierta la lengua/ para no desperdiciar su color/ también otra sensación/ que desconozco de memoria/ olvido al pronunciarla” (41). El conocimiento, entonces, es recuerdo del desconocimiento, trabajo sobre lo destruido y olvidado. Comienza así el viaje en un estado de saber otro: “a pesar del rumor que nos previene/ en sueño profundo/ este viaje es contigo” (41).
Este pasado que convoca el hablante (“el pasado nos espera”, 20), que hemos llamado arquetípico y que llamaríamos mítico si no fuera por el temor a ciertas connotaciones metafísicas de la palabra, acontece en un escenario mineral y ardiente, donde sólo insectos, cuervos y reptiles –caimanes, lagartos, serpientes- son los habitantes de ese mundo donde la humanidad se mueve con unas acciones elementales, de defensa, de supervivencia, sacrificiales: “limpiamos y afilamos nuestras armas” (42); “pero a veces también/ recogíamos el alimento/ del bosque/ del océano/ reptiles incompletos/ y como era debido/ ofrecimos la sangre/ a la tierra que nos miraba hambrienta” (35). Hay también, en este escenario, algunas casas humildes o despojadas (“ahora me asombro de las casas de tapial que/ levantaron los abuelos” 43). Pero ese mundo desértico, cuando se produce la visión, se vuelve paradisíaco y otros colores y otras músicas lo pueblan, pues estos caminantes del pasado aprendieron “a leer nuestras salivas” (15); por eso, en el primer poema, “al escuchar la tierra seca/ nos reconocemos/ muertos de otro tiempo” (13): se vuelven visionarios y abren otra percepción a través del sueño, y así, en otro poema, el pasado impulsa una búsqueda que va más allá del cuerpo individual: “Lo que fuimos se extiende/ más allá de nuestra piel” (20).
Esta sabiduría del pasado es quizás, también, la sabiduría antigua y previa de la infancia: “a veces creo que desperdicié tanta vida/ debo crearme o crear a otro/ también es terrible ser fecundado/ hasta el niño que destruí/ a veces vuelve” (46). El conocimiento se insinúa entonces sobre la destrucción en este pasado terrible con huellas de lo paradisíaco, que a veces toma visos de ciencia ficción; y es también experiencia en el dolor y en los límites de la visión, como los de la imposibilidad de alcanzar ese arco iris que no puede señalarse:
hay un claro placer en nacer y volver a morir
pero cuando imagino la respuesta
no puedo hablar en colores
lenguaje de pájaros
porque nos advirtieron no señalar el arcoiris
con los dedos: era cierto” (43)

La pérdida de una dirección (por dónde irá la carretera”, 42) es lo que funda el advenimiento de esa visión arcaica, pero ya más allá de la supervivencia (vi entre llamas la sombra del puma/ desperté de pronto/ colgaban de mi pecho/ piedras extrañas/ estrellas”, 42). Se trata, quizás, de un viaje iniciático que no es el sujeto quien conduce, sino que obedece a otras lógicas: “aguardaremos la señal” (42); al parecer, ni siquiera el sujeto lo propicia o lo controla mediante una disciplina, sino que es  la propia aventura de dejarse llevar a otro universo lo que activa el conocimiento a partir de la anulación de lo voluntario, como en la poesía de Westphalen: “ahora tampoco importa si abandonaste alguno/ de tus cuerpos” (42).
Desde este pasado remoto y tal vez cruel (“esa vez cuando disfrutamos/ matando alimañas”, 43) se genera este viaje que es nacimiento y muerte, entrada en el reverso. Y el conocimiento no es de lo obvio y cercano, que se borra y se confunde: “cuando me preguntaste por los nombres de mis hijos/ un frío extraño corría por mi sangre/ y no supe qué decirte”. Pero, en cambio, el saber sí acontece desde la imaginación: “desde la colina contemplo además/ la imaginación que luchando sigue/ comprendo sin esfuerzo mi naturaleza” (44).  
Sin embargo, no es fácil, en este viaje, traspasar ese arco iris que, según las huellas de sabiduría de las culturas antiguas peruanas, está prohibido mirar: percibimos, si lo hacemos, lo bello y lo terrible, lo hermoso y lo siniestro a la vez. Pero en ese difícil mirar de frente es el sueño, ese sueño iniciático que parte del abandono de todo, el que produce conocimiento:
a veces contemplo la fortaleza que soñé/
colores geométricos
que limpian la memoria
entre los faisanes
cantor de color(es)
desorden perfecto

más allá del horizonte
negro   celeste   naranja
sentiremos un aurífero aguacero
sentiremos pena por lo que dejamos
por lo que recordamos
sufriendo de felicidad a veces
viviremos con la dicha
de los que mueren de improviso (45)

Este escenario catastrófico que vimos en las dos secciones anteriores se vuelve a veces saber, y sobre todo en esta última sección, “Lengua negra de colores”, y  acontece la visión que es plenitud incompleta (“este palacio incompleto”, 48). Sólo por este viaje, por esta vuelta y regreso otra vez, por este llegar al pasado abrasador y elemental, por este escuchar al cuerpo vegetal, animal y mineral, la palabra va más allá, el lenguaje dice más: la dirección, entonces, la indican sólo el verso y el canto: “pensé orientar este camino/ pero verso como respiro” (47); “debemos insistir en las líneas del canto” (46). Pues el sujeto se ha reconocido en lo elemental y en la anulación de la dicotomía vida/ muerte, de la dicotomía cuerpo/ espíritu, de la dicotomía imaginario/ Real:
entonces reconocemos nuestros minerales
empezamos otra vida
de ciervo piedra ángel
siempre insecto
palmera genital
vida y muerte
quebradas por dos caminos

ser agua del principio
que siempre viaja
por qué tendría que viajar
si nunca fue bebida
aun así
la disfrutamos con insistencia:
manantial imaginario  y  Real (47)

Pues en estos últimos poemas se traspasa a veces el arco iris prohibido y se accede, tras la destrucción, a la plenitud del instante:

cuando el instante se acerque
sentiremos con los pies de los niños

indisciplinadamente
recogeremos los filtros
que ayudarán a reconocer la soledad

entre farallones guardianes
ojos de agua
empezará la fiesta
con arpas
                       y
                                   vientos de cuerno (49)

Valgan las líneas precedentes como una lectura que, si no se justificara en sí misma, al menos sin duda lo hace por haber citado unos cuantos versos de este libro terrible y deslumbrante.