jueves, 6 de marzo de 2014

AUSENCIA DE LEOPOLDO PANERO HIJO.





AUSENCIA DE LEOPOLDO PANERO.

1.-

La última vez que vi a Leopoldo Panero fue en Guayaquil. Luego de un descenso interminable por unas escaleras mecánicas malogradas me di cara a cara con quien habíamos compartido- en lo setentas- ciertas historias que no contaré. Estaba allí con su enfermera y su cara de español redimido tan parecido a Pedro Garfias, pensé, pero en el Trópico. Me dijo tocándome el hombro yo a ti te conozco y yo dije  claro, pero no dije más. Luego, en la feria, su enfermera prefería que yo o alguien lo cuidara. Asi que me escabullí.
Aquella mañana estuve sintiendo el aire del Celeste, del primer Celeste de  la calle Platería. Sonaba todo el tiempo la inolvidable canción de Lole y Manuel, Tu Mirá.  Recordé cómo Martirio se sentaba a nuestro lado entre Vigil y Vila-Matas. Y Leopoldo estaba allí incordiando, siempre incordiando a Vigil y a Vila-Matas. El recuerdo se ha hecho más nítido hoy en el carro con sonido Bose, cantando Martirio y Chano Dominguez Las cositas del querer. Con Leopoldo quien sabe  dónde.

2.-

Sorprende cuando el final de un poeta - el otro- llama la atención a unos lectores desprevenidos, casi siempre incultos y relativamente contumaces como son los del Facebook. Llama la atención el afán de malditismo en este grupo de poetas siempre jóvenes y  mal vestidos siempre.
Entre esta gente se han entronizado Bukowski primero por culpa de Anagrama, las reposiciones del burro de Burroughs, las mamiladas de Ginsberg y todo lo que pueda parecerse o evocar a un Rimbaud peripatético con Quilca incluido y un largo después que llega hasta el escándalo infrarrealista del señor Zendejas en México. Todo muy entronizado en una especie de cultureta marginal con sus indios de madera que llegan remando hasta el mismo Guayaquil.
Da vergüenza decirlo: pero nada le ha  hecho más mal a la Poesía contemporánea que los cultores de la “poesía maldita” y el malditismo. Cuando ya de por sí un poeta muere con sus circunstancias y su gracejo si lo tuvo. Aunque algunos suicidas alcancen la gloria por la vía más corta.

Así que templanza carneros. Sosiego malditos. Que la vía de lo “Maldito” tampoco es la más corta. A estudiar sicología en la Escuela Cusqueña. Y a ver si vamos envejeciendo con calma entre  Agitación y  Desencanto, porque el que puede puede y ya todo está dicho.


martes, 21 de enero de 2014

PINTURA DE LA QUE SE HABLÓ TANTO.




Esta  parece una procesión extraña de cerdos como osos y santos bajo una luz casi cusqueña. Es una mezcla de corpus christi y carnavales. Un tropel en el que las cruces y los tridentes parecen perseguir a las olas.
Sugieren los que pintaron  este cuadro la misma prisa atemporal con que  camina o avanza la procesión y la extrema lentitud con que fuera hecho. Por que la forma en que fue hecho tiene su cosa: Fue Ruiz Duran en su taller de Rufino Torrico que conversando con Humareda decidieron comenzar la pintura  digamos que un martes y luego se fueron a almorzar allí cerca donde se juntaba toda la gente de Bellas Artes. Luego Humareda se perdió como solía hacerlo entre la plaza Manco Ccapac y el Hotel Lima, entre dulces de higo y camotillos en lugares secretísimos que sólo a los iniciados nos hacía conocer. Lo cierto es que un buen día Humareda volvió al taller de Ruiz Duran a terminar el cuadro que no había querido olvidar  y a dos manos terminaron la coloración. El cuadro lleva las firmas de Humareda y de Ruiz Duran en la espalda y en grande. Parecen tatuajes las firmas. Ahora, con los años, el airecillo serrano de este cuadro como cierta comida peruana deriva del hecho de haber sido pintado por dos serranos en Lima, el uno puneño y el otro huancavelicano. V.H.



domingo, 19 de enero de 2014

HELENA USANDIZAGA ESCRIBE SOBRE LA POESÍA DE JOSÉ CÓRDOVA.


VALLEJÍN, VALLEJÍN.


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ESTOS VERSOS DE JOSÉ O VIVIR EN NUESTRO PROPIO CUERPO.

José Córdova, animal desbocado, México DF, Literal, 2012
Helena Usandizaga

(mis palabras en el aire, se deshacen y di-sueltas en oídos, diluyen
mi boca para tragárme-las suavemente de un solo bocado)[1]  

Estos versos de José Córdova en animal desbocado, como todos los del libro, consiguen dinamitar las palabras en el sentido literal: hacerlas estallar en otras palabras, en los lapsus secretos, en las asociaciones de unas con otras. Las palabras de Córdova contienen otras palabras que con pavor leemos: sabueso contiene sab-hues-s.o.s, abraza contiens abraz/sa, jodidamente contiene jod-ida-mente, quiere contiene quhiere, digiero contiene dig/hiero, saber contiene sab/ver duele contiene dhuele, aparatosamente se despliega en a-pará-si-tos-a-mente (11)...
Nos equivocaríamos si pensáramos que se trata de un juego experimental: el estallido de las palabras bombardea nuestras certezas y nos asoma a un abismo intuido. Por eso es mejor leer las palabras de Córdova con la mente vacía, dejando la tentación de tomarlas como un jeroglífico que hay que descifrar conscientemente: el efecto de lectura es entonces tan potente que nos deja sin aliento. Entonces, como en la poesía de William Blake, “el ojo ve más de lo que el corazón conoce”: los significados se agolpan en nuestra percepción sin que podamos a veces descifrarlos conscientemente.
¿Y cuál es el abismo que intuimos? Quizás podría decirse, con grandes palabras, que se trata de la condición humana, pero también de la condición animal del hombre: de un saber, o no-saber, que nace en lo más material de las palabras y en el propio cuerpo, en los ojos la nuca, el talle; pero también en el intestino, el estómago, el sexo; saber que dice el gozo y la desdicha, pero también y sobre todo, el hambre, gran metáfora de la poesía de Córdova: el hambre que es carencia y es presencia tangible y que lleva a saber que “toda esta pobreza es muy completa” (47).
¿Metáfora? El hambre de la que parte el texto es hambre real, hambre del cuerpo: hambre de pan, de patatas, de arroz; de vegetales, de carne... hambre. Es como si el enunciador, la voz que nos habla, hubiera pasado días sin pan, y de ese vacío, de ese silencio naciera el poema. Por eso el silencio habla en esta poesía como un golpe: “-y ahora, ¿a quién voy a golpear? [...] si con mi silencio lo digo todo” (55). Pero, más allá del silencio, un hablar casi orgánico se impone, se despliega como una necesidad; al nacer, con la respiración y el primer chillido, “¡se comienza de inmediato en una lengua!” (15).
Por eso, una vez afirmada la entidad real del hambre, podemos hablar del hambre de palabras que es también carencia y presencia: carencia cuando “hay que comernos nuestra lengua”; pero también presencia cuando se enuncia “vamos a comernos la palabra” (81), porque ocurre que “el estómago nos habla y de una bocanada semejante nos devora” (35). En el hambre de pan y en el hambre de palabras están a la vez la posibilidad de conocer y la amenaza de separación del mundo; están la máxima alienación y la única humanidad posible; están la maldad de la escritura y el delito de la carne (57), pero también el “hambre de estar satisfecho”, “el hambre de... no tener hambre” (37); y, aunque “el hambre es una sombra que tritura” (84), está, sobre todo, el deseo de volver a la inocencia.   
Inocencia porque “nuestro derecho es la naturaleza” (57), y lidiaríamos con ella en su elementalidad y su grandeza; pero la trama social pervierte esas relaciones animales con el mundo e impone el hambre como alienación social; el hambre de unos como hartazgo de otros (63) y el sujeto del poema pelea, grita:

Y pelear con mis órganos y por mis órganos para rellenar todo mi
hemisferio con este zumo

para que el hombre sea un individuo
para que los hombres sean señores
y para que hasta los hombres sean
animales (84)

Entonces, en este grito que no se conforma, solo el mismo dolor del hambre nos hace humanos: “-es el doler/or de vernos hambre... [...] sólo con este dolor somos humanos/ sólo así nos damos cuenta que se existe, que uno es carne,/ que el pan nos sabe a consonante primitiva y repetida en ecos/ y entonces cuando nos damos vuelta, es que aprendemos a convivir en las papilas/ a ser fraternos    umbilicales/ a tajo abierto: ¡...hrmns!/ y más que siempre... in/dol(i)entes seres h(er-u)manos” (33).
En pleno siglo XXI, atravesando indemne la frivolidad postmoderna, la fragmentariedad de Córdova es la de las imágenes atroces del hambre, de la alienación y del menoscabo humano, o alguna vez de la veneración de los alimentos o del trazo inocente y animal de un crío; su globalización y su cosmopolitismo son los del hambre: “hay lugares en el mundo/ donde lo típico es morirse de hambre” (44), como reza la publicidad de Domund, un fragmento que compone con otros fragmentos no prestigiosos o raros y heterodoxos su discurso del collage, donde nada se banaliza sino que, por ejemplo, el graffiti con faltas de ortografía coexiste con fragmentos líricos y uno a otro se potencian. Del mismo modo, su modernidad está gobernada por los medios y la tecnología; somos “oscuros animales en píxeles” (72) y “a-sí hacemos cada día” (67), pero siempre en contraste con el anhelo de “retornar a mi naturaleza/ lavar mis cromosomas...” (64).
Esta vuelta a la naturaleza no lo es a un idílico edén antes del pecado, sino a un conocimiento animal: eso es lo que nos transmiten los poemas de José Córdova. Un conocimiento a la vez radical y atroz, que busca en la prehistoria del cuerpo, en su desnudez extrema, una conexión antigua con el mundo, “un obstinado sueño de nuestro primer estado” (23). Pero lo que resta de ese primer estado, por momentos, es un aparato digestivo presto a devorar, devorarse y ser devorado, un cuerpo que come y evacúa dolorosamente, “el hambre nace junto a nuestro cuerpo/ se alumbra con nuestra voracidad/ y aquí nomás cagando sangre:/ no se puede señalar la procesión del constelado y deprimido pan de anuncio reservado” (34). Es el hambre que define al  cuerpo que somos, “este cuerpo que a veces poseo” (65), y que nos recuerda que  “este cuerpo es un vano hacia la muerte” (52).
Conocer desde “la categoría de vivir en nuestro propio cuerpo” (35) es también buscar la inocencia, pero, aunque sea repetición decirlo, no aquella anterior al pecado, sino la que tiene la facultad de llegar a un conocimiento que actúa saltando por encima de patrones ya formulados –o, mejor, ignorándolos-, conocimiento que, como en el poema de Vallejo en el epígrafe, sorprende a la verdad en un movimiento animal. A propósito de Vallejo, es evidente que una lectura del poeta está tras estas páginas, pero el resultado no es el de la aparición de un epígono y muchísimo menos de un imitador: uno se pregunta cómo es posible una lectura tan profunda del hambre vallejiana, de su enfrentamiento huérfano con la palabra, de la figura de la madre que “al mirarnos/ nos pare” (71), conservando a la vez lo que es una voz potente y personal como pocas en el panorama de la poesía actual.
Valga el ejemplo del poema 29 para entrar en esta poesía:

-decir cuando el hambre existe
que un pan es la miga de nada que apenas conozco
                       decir que también se mastica la carne del agua
            por eso el azúcar amarga la miel de mis dedos
            por eso... por ello...
            la yel no endulza mi aljibe
            en esta crecida ciudad de palabras

las hojas cuadradas de
papa
plantas creciendo en la
piedra
el agua subiendo a la
cima:

tampoco una vida equivale a un pan equivale a una vida equivale
a un hombre
con esta mirada extraviada del hombre
eyaculo un gran columbrado cadáver:
y, ¿qué importa...?
decir que el hambre no existe
decir...
(59)

El potentísimo tono de esta poesía, lo más difícil de lograr para una voz poética, no es, como pudiera interpretarse equivocadamente a partir de la lectura que hacemos, un tono lastimero, ni siquiera pesimista; pues la mirada trágica que lo define va más allá y contempla nuestra miseria y a la vez nuestros momentos de entereza y clarividencia con una valentía singular. Cuando el sujeto que habla se sienta “a descansar sobre mis huesos” (74) o “en las rodillas de mi muerte” (75) no corta con la posibilidad de “volver a contemplar el firmamento / por las noches, y en silencio, y continuar...” (87).
Para todo eso “hay que tener altura” (64): un poquito de esa altura que necesitamos como lectores para que la experiencia de leer estos poemas sea la de compartir la clarividencia y la entereza de sus palabras, su dolor, su rebeldía y su furia, para seguir perpetuamente construyendo a nuestro animal y ser a veces, como el sujeto que habla, “yo, el verdadero alfarero de mi mente” (83).
Helena Usandizaga
 BARCELONA, enero del 2014.



[1] José Córdova, animal desbocado, México DF, Literal, 2012, p. 26. A partir de ahora, los números entre paréntesis remiten siempre a las páginas de esta edición.

jueves, 21 de noviembre de 2013

UNA CELOSA IMPERFECTA. Xilografía 50x40. Revista Celos. 1990.


CELOSA INPERFECTA. Una xilografía de Vladimir Herrera dedicada a su paisano Victor Humareda en la Revista CELOS. Año 1990. Barcelona. Número 1. dedicado a Jorge Teillier y Alfredo Portal.

lunes, 18 de noviembre de 2013

WAJAYPATA CUSQUEÑO.



El Wajaypata. Plaza del Llanto en castellano. Es la plaza de Armas del Cusco. La foto esta hecha como mirando hacia el sur-este. La forma oscura al fondo es el Pachatusan, en castellano Sostén del Mundo. Encima la nube alada leve común.


sábado, 16 de noviembre de 2013

VLADIMIR HERRERA CONVERSA CON PACO GRANDE.


VLADIMIR HERRERA CONVERSA CON PACO GRANDE.
Una entrañable entrevista a Paco Grande en medio de eso que Leo Tarifeño llama periodismo cultural. Fueron seis preguntas que el tiempo se ha encargado de limar. Seis respuestas a una inquietud serena ahora que ya se acerca el cumpleaños del amigo.

 "Empero, Bavcar no es, como los medios quisieran, "el único fotógrafo ciego del mundo". Paco Grande y Flo Fox, activos en Nueva York, están legalmente ciegos y son fotógrafos bien apreciados: Fox es conocida por sus escenas urbanas, Grande por sus imágenes de Andy Warhol y Jessica Lange. Hoy hallamos otros fotógrafos completamente ciegos activos en Latinoamérica, Asia y Europa Central: Toun Ishii se dedica exclusivamente al Monte Fuji de Japón, Gerardo Nigenda cuenta con una creciente producción documental acerca de la vida de los ciegos en México, y Daniela Hornickova ha sembrado las semillas de futuros fotógrafos ciegos al introducir la cámara a los niños ciegos del internado Jaroslav Jesek de Praga."



SEIS PREGUNTAS A PACO GRANDE, A DESTIEMPO.

1.    1 Paco, tú debes de ser uno de los pocos fotógrafos ciegos que existen en el mundo. Dime a qué otros conoces  de qué otros has oído hablar.
1.Una es Flo fox, mi amiga en Nueva York, tomó fotos en bares de cuero duro en Greenwich Village,  en Nueva York. Son homosexuales con vestidos de vaquero, con botas y tal, pero culo al aire. Ella toma retratos en los bares.

2 . Sé que en una época fumaste opio, ya sabes: fotógrafo, ciego, fumador de opio: todo lo necesario para convertirte en una leyenda. Qué fue el opio para ti?

2.     Bueno, es ver con los ojos cerrados. Fumar opio es en verdad la sensación más ideal y satisfaciente que hay. Primero de todo, lo primero que tienes que hacer es tumbarte en el suelo en una aldea en las montañas del norte de Tailandia. Son las aldeas en donde viven los pueblos animistas que se dedican al cultivo del opio. Para ellos no solamente el producto  tiene un valor, sino también es parte de su tradición y su cultura.
Son pueblos que viven en una provincia que está en la frontera con Birmania. Son una gente que son nómadas y que cortan las hojas de teca y plantan el opio. Las doncellas salen por las mañanas a extraer el opio. Una especie de anillo que tiene como tres puntitas que una vez se caen los pétalos de la flor del opio queda como una especie de pelotita y de ahí sale la savia. Por la mañana lo arañan y por la tarde lo recogen. Se visten preciosas son guapísimas.
Yo empecé a fumar opio porque me interesaba André Malraux y en especial Samuel Pepys, el gran escritor inglés del sigo XVII, y de Quincey, y el francés, poeta simbolista Rimbaud, y Baudelaire…. La historia del opio en la literatura es muy interesante.
La sensación es maravillosa. Como dije, ellos mismos te preparan la pipa, te echas en el suelo, te dan una especie de almohada, hay una velita que está prendida, te encienden la pipa y tú aspiras nada más, empieza a burbujear. Ellos tienen como una especie de alfiler que le van dando la vuelta al opio para que no se quede carbonizado, sino que está burbujeando como un líquido, se vuelve líquido. Y después te dan como una especie de sueños, unas visiones. Yo diría que puedo ver con los ojos cerrados, pero en mi caso puedo ver hasta  con los ojos abiertos. He tenido varios accidentes en estas caminatas visitando estos pueblos animistas, lo que llaman los montagnards en francés. Y me despellejé un tobillo con agua hirviendo una vez, y me tuve que quedar allí ocho días mientras me curaba el jefe  Con grasa de oso, y no tengo cicatriz, y fumando como unas seis u ocho pipas de opio por día durante seis días. Y tuve que salir de ahí por mi propia fuerza.


3. Un áspero amigo común  me contó hace poco en Guayaquil que te vio llegar a su casa y poner sobre la cama un maletín no sé de qué tamaño cargado de dólares. Sería plata de algún premio, pensé, porque no te imagino en el lavado de activos.

3.     Por qué te voy a mentir, Vladi. Claro que es cierto. Estaba lavando y planchando.


4. En gran parte de tu leyenda está la imagen de Jessica Lange. En internet ya casi es imposible separarte de ella. Me da la impresión de que la fama de ella delinea la tuya. Háblame de ella.

4.La conocí en la clase de la Universidad de Minnesota. Ella empezaba la universidad y yo acaba de salir del ejército. Algún amigo mío me dijo que tenía una chica guapísima en su clase de fotografía. Y fui a verla y, efectivamente, la mujer más guapa que había visto y la más inteligente. Y, ah, no sé, la perseguí como un misil y, ah, bueno, la convencí de dejarlo todo, dejar sus estudios, dejar a su familia, y venirse conmigo a España. Tenía un proyecto con mi amigo Danny Zimmer y con otros amigos de Minnesota de hacer un documental en España sobre el flamenco, y así hicimos, y después fuimos a vivir en Amsterdam, pasamos una temporada en Marruecos, pasamos una temporada en París, una temporada en Londres, y ahí nos fuimos a Nueva York. Allí empezamos una compañía de cine entre Danny, Jessica  y yo. ¿? Y nos dedicamos a hacer cine independiente, hicimos como unas ocho películas, de ellas hasta cine mudo cuando no teníamos presupuesto para rodar sonido. Jessica siempre estuvo muy interesada en la pantomime, especialmente en la mîme concrète de Etienne Devaux, el gran maestro de Jean-Louis Barrault y Marcel Marceau, el que está en la película de Marcel Carné Les enfants du paradis. Ella consiguió ir a París estudiar con Etienne Delvaux durante año y medio. Eso le ayudó mucho en la interpretación de papeles. No solamente su expresión corporal, sino también profundizó mucho en la cultura francesa: teatro, idioma, música. En esa época vivíamos en la rue des Rosiers, en el Marais,  era una época así sumamente promiscua y aventurera. Yo trabajaba en video en las primeras cámaras que salieron en blanco y negro con un grupo de expatriados, norteamericanos muchos de ellos, también con un equipo técnico del IDEC de una escuela de cine francesa para jóvenes franceses, que eran unos grandes técnicos y me ayudaban mucho. Todos esos rodajes están en la universidad de Wisconsin en Madison. El departamento de arte las compraron hace años.
También empecé el Colegio de cine en Saint Paul, Minnesota. Cuando regresó Jessica de París vivimos de vuelta en Minnesota durante año y medio dos años en la Cinema in the cities, Cine en la ciudad. Después ella regresó a New York, y yo, cuando acabé mi compromiso con esta empresa fui a NY otra vez a estar con ella. Ahí me salió esta película Jamaica  y a ella le salió su primer largometraje, lo de King Kong. Ahí ella tenía una vida muy aparte de la mía, no me interesaba mucho el mundo de Dino de Laurentiis, aunque sí me encantaba Silvana Mangano y algunos de los actores que conocí. Por casualidad éramos vecinos de Robert de Niro y su esposa en Nueva York, pero no tenía mucha amistad con ellos. Después ella se hizo muy amiga de Jack Nicholson durante el rodaje de  El Cartero Llama Dos veces.
En verdad, unas cenas y unas fiestas, ¿no?, especialmente con ella, y otra  actriz que me caía muy bien.  Co ella nos fuimos alejando  yo tenía la oportunidad de viajar por Tailandia y  me quedé varios años viviendo en Tailandia, unos quince años, y de ahí nos separamos definitivamente y nos hemos vuelto a encontrar estos últimos años aquí en EEUU.
5.Hemos hablado entre Pisco y Nazca de la época dorada del rock en la que estuviste inmerso hasta la coronilla. Yo la viví más bien como un plenilunio. Por ello todas tus historias  me resultan sugestivas.

5. Ja, ja. Sí, hablar entre piscos y piscos. Me acuerdo mucho de esos contigo, Vladi. No, la relación con el rock en verdad fue más otra vez la de mi socio Daniel Simmon. Él tenía una gran admiración y pensaba que los artistas del siglo XX eran las estrellas de música de rock, especialmente los que tuvieron más éxito durante los años 60, los Rolling Stones, y por casualidad a través de unos contactos en Londres conocimos a John Lennon, que estaba subvencionando un proyecto de Yoko Ono. Yo ya la conocía antes que a él porque estaba casada con un escultor norteamericano, y estaba tratando ahí de cafichar a su hija, la Kioko, una película que estábamos haciendo Danny y yo en Londres cuando vivimos con  Pink Floyd en el sesentayocho. Vivimos en una parte de Londres que se  llama el Soho, en Oxford Circus, y mi amigo Steven Holden, que rodaba el sonido en nuestras películas; él y yo, Jessica también y Danny nos entretuvimos ahí tratando de buscar trabajo, Entre la chamba que teníamos era hacer las iluminaciones en el Round House, una sala de conciertos de rock en el centro de Londres, en donde experimentamos con las proyecciones, en esa época no había lasers, eran proyecciones todavía bastante primitivas, pero usando filtros giratorios de Polaroid, entonces se rompía, se refractaba, la luz de unas maneras muy interesantes y oprimiendo agua con tintes vegetales en dos conchos trasparentes de Pirex se podían hacer como interpretaciones al ritmo de la música. Con que con el Pink Floyd estuvimos viviendo ahí en su casa Jessica y yo, no sé, unos tres meses, y después regresamos a Nueva York.
Eso fue después de la primera película que hicimos que se llamaba Rough, que por cierto acabamos de encontrar una copia que existe aquí en Minneapolis Art Institute. Después llegó la gira de los Rolling Stones en el 73, en la cual yo participé muy brevemente porque estaba enseñando cine en Minneapolis, pero como vinieron a Chicago me invitó Danny a estar con él y con Robert Tranck en las escenas que filmaron en el penthouse de Hugh Haffner en la mansión del Playboy en Chicago y por casualidad ese dia estaba ahí Stevie Wonder y fue impresionante ver ese ambiente tan extravagante y jaja tan drogado como eran los Stones en esa época, Keith Richards tirando aparatos de televisión desde el piso 40 en una de las torres en la bahía del río en Chicago al lado del lago, y me acuerdo específicamente en una toma que no había salido bien y se había acabado la película. Fue cuando Robert Skin manda a uno de sus asistentes a que vaya a la otra habitación, y que traiga otra televisión para volver a tirarla desde el piso número 40 al río porque se les había acabado la película. Ese tipo de extravagancias y locuras. A esa película también como a la de Yoko Ono no le fue permitida la distribución ni la exhibición creo que porque  no les mostrara muy buena luz. Y la de Yoko, aunque ya hemos encontrado otra copia de ella, no nos permiten mostrarla todavía. Hay muchos ahogados entre medio, como la de los Rolling que conseguí yo, ya que Sonny Culligan se la compra después de treinta años. Se puede comprar esta película, se llama Cock sucker blues, chupador de pinga blues.
6.    Me da la impresión que Cusco te sienta bien al carácter. Si hasta has comprado casa aquí y tienes casa en Lima y tienes dos hijos peruanísimos: Natalia y Pancho: dime del Cusco, del Perú.

6. La novedad del nuevo mundo, la maravilla del Cusco. Para mí España sin mi padre no tiene mucho encanto. Mi madre también ha fallecido. Sigue mi hermana con la cual estuve hace unos meses, pero no se puede  comparar. En Cusco y el Perú todavía existen valores que me recuerdan mi infancia: la importancia y lo entrañable de la amistad, la generosidad de la gente, cómo te recogen, cómo siempre hay tiempo para hacer, no sé, una visita, hablar, compartir, viajar… Es algo que ya en la España de hoy casi no existe, la gente está muy liada, está muy ocupada tratando de mantenerse sobre el nivel del agua para que no se ahoguen en las necesidades económicas. Sí, me encuentro que la calidad de vida en España, hasta en los pueblos, hasta en un pueblo tan bonito como Colunga, Asturias, donde vive la familia de los Covián, la familia de mi abuela, que es una majestuosa casa, pero eso no, en verdad, no me importa tanto, es decir, no siento un arraigo ahí, es decir, me siento que esas son mis raíces, que ahí he estado muchos años, pero me siento más a gusto entre la gente de Perú, especialmente…