martes, 1 de julio de 2014

GRANDE AMÉRICO FERRARI UBICÁNDONOS EN LA POESÍA DE WESTPHALEN.



Emilio Adolfo Westphalen
Américo Ferrari
El nombre y la obra de Emilio Adolfo Westphalen, uno de los mayores poetas del siglo XX, no se puede decir que tenga hoy, a escala internacional, ni siquiera una vaga resonancia aunque se haya muerto el año pasado a los 90 años. Es verdad que los poetas por lo general no suenan ni resuenan mucho; pero es verdad también que después de haber escrito y publicado sus dos primeros libros de poemas (Las ínsulas extrañas a los 22 años en 1931 y Abolición de la muerte en 1933 a los 24 años) Westphalen dejó de escribir y publicar poesía, salvo algunos textos esporádicos. Por mucho tiempo lo único que se supo del poeta fue su silencio. Yo pude leer en 1950 los dos poemarios de los años 30 porque César Moro me los prestó; después no los pude leer más hasta finales de los años 70 cuando Ricardo Silva Santisteban me mandó fotocopias de los dos poemarios pidiéndome un comentario para la revista Creación y Crítica. En 1980 salió por fin en México Otra imagen deleznable con un puñado de poemas escritos y desconocidos hasta entonces y finalmente Alianza Editorial de Madrid se decidió a publicarlo en 1991 aunque con muchas reservas por el riesgo de no venta, y eso, gracias a la rabiosa insistencia de José Ángel Valente que acabó por tratar a los editores de analfabetos porque les estaba presentando a uno de los más grandes poetas de lengua castellana y se resistían a editarlo. Así me lo contó el propio Valente. Y en el fondo, comercialmente, los editores tenían razón: el libro aparentemente no se vendió o muy poco y después de 11 años no creo que lo hayan reeditado. Entre la poesía publicada de Emilio, mencionaré un poemario aparte constituido por nueve textos eróticos que André Coyné encontró en una vieja carpeta que probablemente provenía de César Moro, y que André hizo publicar en la editorial Auqui de Barcelona a cargo del poeta peruano Vladimir Herrera, con el título Cuál es la risa. Visiblemente Westphalen se negó a reconocer esos poemas que no figuran en la obra poética completa publicada por Alianza Editorial en 1991.
Inútil insistir sobre la excelencia de la poesía de Westphalen de la que nos va a hablar Claude Couffon; hay que leerlo u oirlo leer que es también lo que vamos a hacer esta noche. Quiero simplemente hacer hincapié en que, además de gran poeta Westphalen es un excelente poetista, crítico y comentador de poesía. Sus ensayos sobre poesía y arte han sido reunidos en 1997 por la editorial Fondo de Cultura Económica en un volumen de 430 páginas donde hay trabajos memorables sobre poesía y literatura peruana, norteamericana y europea; sobre poesía hispanoamericana curiosamente no hay nada, salvo cuatro líneas elogiosas dedicadas a Macedonio Fernández y a Borges: parece como si las fronteras entre nuestros países estuvieran sobre todo ahí para cortarle el paso a la cultura de un país a otro: estos chiles, perúes y ecuadores / que miro y aborrezco, ha escrito Carlos Germán Belli. Aborrece naturalmente las fronteras, no los países y sus poetas. Una vez le hablaba a Emilio del gran poeta venezolano José Antonio Ramos Sucre, contemporáneo de Vallejo y Girondo: Westphalen no conocía ni su obra ni su nombre.
Los principales trabajos de Emilio sobre poetas y poesía fuera del Perú versan sobre Walt Whitman, William Carlos Williams, Marianne Moore, Ezra Pound, Eliot, Herman Melville, Gerardo de Nerval (así lo escribe él), Lautréamont, Kafka, y el movimiento Dadá; pero prácticamente nada sobre poetas españoles, italianos o alemanes, salvo en un trabajo sobre Dadá, un comentario sobre Hugo Ball, director y poeta expresionista alemán refugiado en Suiza en la guerra del 14 que fundó en Zurich precisamente el movimento Dadá del que después se apoderó Tristan Tzara, y es curioso que no haya escrito, ni dicho en las conversaciones que ha tenido conmigo sobre poesía, una palabra sobre los grandes poetas expresionistas alemanes y austríacos, cuando el expresionismo alemán es uno de los movimientos artísticos y poéticos más importantes del siglo XX, y Emilio conocía perfectamente el alemán.
En cuanto a los poetas peruanos sobre los que ha escrito y que él admiraba más hay que mencionar a Eguren, César Moro, Martín Adán y José María Arguedas; escribió también un excelente ensayo sobre la obra poética de Sebastián Salazar Bondy, uno de los grandes poetas peruanos menos divulgados en el Perú, en América y en el resto del mundo, y quiero recalcar que también redactó una nota sobre un gran poeta casi totalmente olvidado o relegado en el Perú: Luis Valle Goicochea, nacido en 1911, el mismo año que Westphalen, y muerto en 1953: su “translúcido y desolado lirismo no ha obtenido aún (...)¾ni el reconocimiento debido ni la asignación del lugar que bien merece en las letras peruanas”, dice Emilio Adolfo en esa nota que data de 1978: el desconocimiento de Valle Goicochea no se ha movido, pero se puede abrigar la esperanza de que quizá lo descubran en el Perú hacia el 2050... Vuelvo a los cuatro que más quería y admiraba Westphalen: Eguren, Moro, Martín Adán y Arguedas, pero hay que decir que su en relación con Martín Adán había un rasgo particular y es la complicidad entre los dos en el culto y la devoción a la obra de Eguren y que Martín Adán ha expresado en su libro De lo barroco en el Perú. En 1985 en Lima fui a visitar un día a a Emilio: lo encontré demudado y consternado: Martín Adán estaba entonces entre la vida y la muerte y murió pocas semanas después. Westphalen me dijo: -Acabo de ir a visitar a Martín Adán: no me reconoció; al cabo de un rato me reconoció; hablamos de poesía y de pronto me dijo: -Sabes, yo no creo que Eguren haya sido un gran poeta. Este vuelco en los sentimientos de Martín Adán por Eguren visiblemente lo impresionó tanto que años después en una conferencia sobre poesía peruana que Westphalen dio en el Congreso de la República en Lima, repitió prácticamente con las mismas palabras lo que me contó a mí aquel día de 1985. Está en un volumen que reúne las conferencias dictadas en el Congreso.
He dejado para el fin la relación de Westphalen con Vallejo. Profesaba una admiración sin límites por Trilce, admiración que expresa sin reservas en su importante trabajo Poetas en la Lima de los años treinta. Para el resto de la obra tenía muchas reservas que proceden probablemente de la incompatibilidad entre la tendencia surrealizante de Westphalen donde dominan los raudales de imágenes e innegables coincidencias con la visión que tenían de la vida y la poesía los mejores poetas surrealistas, César Moro entre ellos, el ultraamigo de Emilio. Vallejo en cambio abonimaba de Breton y su grupo surrealista, a juzgar por una nota demoledora sobre los surrealistas y su jefe que publicó en 1930 en la revista Amauta y que se titula, si mal no me acuerdo, “Un cadáver”, o sea Breton. Visiblemente lo que menos tragaba Westphalen en Vallejo era su patetismo humanitario y el aspecto religioso, podemos decir incluso católico, de su poesía. Discutimos sobre eso más de una vez, hasta que me mandó una carta en la que hablando de Vallejo, me decía: “No me podrás negar que no se puede ser impunemente nieto de dos curas españoles”. Impunemente, desde luego, no. Y Vallejo efectivamente era nieto de dos curas españoles y de dos indias chimú, aparentemente “sobrinas” de esos curas: su punición por parte de abuelos...
Termino con unas palabras sobre la mudez o silencio empecinado que se solía achacar al poeta presentado como una persona que no despegara los labios ni para conversar, lo que es totalmente falso. Recuerdo haber leído un comentario tonto de Unamuno sobre las Hurdes, ese pueblo español conocido por su pobreza sobre el que Buñuel hizo una película. Dice Unamuno: “Dicen que los habitantes de las Hurdes no comen. No es verdad: yo los he visto comer”; sobre Westphalen yo podría decir lo mismo: Dicen que no hablaba: es falso, yo lo he oído hablar... Era simplente una persona lacónica y reservada que evitaba abrir la boca para decir cualquier tontería, especialmente, pienso, en reuniones de amigos tontos o donde hubiera un tonto hablador: -¡Y cuánta reunión de amigos tontos / Y qué nido de tigres el tabaco! – dice Vallejo en uno de sus poemas de París. Ernesto More en su libro César Vallejo en la encrucijada del drama peruano cuenta que una vez Víctor Raúl Haya de la Torre visitó París y sus amigos peruanos le ofrecieron una cena. Haya de la Torre se levantó para un brindis y se lanzó en un discurso inacabable; en una pausa Vallejo le dio una palmada en el hombro y le dijo – Hermano, toma tu vino y cállate. Vallejo y Westphalen: dos lacónicos.
Para terminar, y sobre el mismo tema, dos anécdotas de Emilio: una vez lo invité a cenar en Ginebra con un argentino que quería conocerlo y que era un hablador impenitente y no paró de hablar durante toda la comida. Westphalen no despegó los labios y cuando el argentino se fue, los despegó y dijo: -Américo, este hombre es peligroso. Y la segunda que me contó, creo, Lucho Loayza u otro amigo peruano: cuando Emilio trabajaba en la ONU en Nueva York compartía la oficina con un español fornido y desenfadado que cada mañana, cuando entraba en la oficina, saludaba a Westphalen dándole una enérgica palmada en el hombro: -Hola Emilio. Hasta que un día al acercarse el español levantando la mano, Emilio se levantó, pálido y rígido, y le dijo: -Si usted me toca, lo mato.

Y ahora me callo yo.

miércoles, 25 de junio de 2014

RAÚL BROZOVICH, UN POETA MÍTICO. EN EDITORIAL AUQUI.




Decir de un poeta que es mítico lleva rápido a la imaginación por unos fueros insospechados. Porque evocamos al mismo tiempo la presencia y la ausencia de aquel que nos legara un ramo de poemas, una voz nítida, una presencia querida por quienes lo tuvimos cerca.
Los Poemas Encontrados que ahora publica Editorial Auqui son los que el mismo Raúl Brozovich nos dejó envueltos en papel de estraza y escritos a mano, foliados como si fuesen un expediente judicial, corregidos a pluma batiente. Estamos seguros que al gran capitán, como le decíamos sus amigos en Cusco, le hubiera agradado tener este libro entre sus manos, en una cuidada  edición que además de ser un homenaje a su poesía da cumplido sentimiento a su imagen y semejanza de poeta. 

Raúl Brozovich no sólo condujo a Pablo Neruda a Machupicchu. No sólo comía helados con Jack Kerouac en la plaza de armas del Cusco. Fue candidato a diputado por el Partido Comunista y se burlaba de los feligreses desde la torre más alta de la catedral. Fue, es, el más alto poeta que ha dado la anchura de esta tierra cusqueña. V.H.

viernes, 20 de junio de 2014

Sol que juega con extraños objetos en el bosque de Ranhuaylla. Extraño sol.



La vida solitaria en los bosques, ya lo decía Thourau, produce o puede producir cierto tipo de alucinaciones.  En mi caso, las sufro desde el Bosque de Ranhuaylla y desde la ventana del lado norte de mi casa. Estos días son los más sagrados para el pueblo. Suceden las peregrinaciones al señor de Ccoyllurritti a casi cinco mil metros de altura y se ven cosas. Esto es el Perú, también. Doy fe de que las fotos del Iphone no han sido alteradas en lo más mínimo. V.H.







martes, 17 de junio de 2014

MEXICANO DAVID HUERTA ESCRIBE SOBRE POESÍA PERUANA.



Mexicano David Huerta escribe sobre poesía peruana.

             En un sentido estricto, Cisneros pertenece a la generación de Javier Heraud, Rodolfo Hinostroza, Marco Martos, Julio Ortega y Luis Hernández, entre otros; pero tiene afinidades evidentes con poetas un poco más jóvenes que él, como Mirko Lauer, Mario Montalbetti y Vladimir Herrera. Digamos, mejor, que estas dos o tres generaciones son una sola, para fines de perspectiva histórico-literaria. Cisneros vendría a ser él sólo, el centro del trabajo poético peruano en la segunda mitad del siglo veinte; al lado de sus colegas y compañeros estaría todo el tiempo puliendo las aristas de ese centro, tratando de darle fluidez a las comunicaciones literarias- con tal de no convertirse en un figurón patriarcal, de esos que han infestado las letras hispánicas durante tantos años- De allí su interés por el periodismo literario, espacio que privilegia el trabajo de equipo y permite estar más o menos al día; fruto de ese interés fue su labor al frente de la revista El caballo rojo y de algunos  suplementos literarios peruanos, específicamente limeños.
            Los poetas peruanos de la segunda mitad del siglo veinte, entonces, constituyen un grupo numeroso de marcadas diferencias; todos ellos son buenos, excelentes poetas y cada uno proporciona a sus lectores una visión diferente del lenguaje, del mundo, de la experiencia. Vladimir Herrera trabaja textos de un elegante hermetismo. Rodolfo Hinostroza ha escrito algunos bellos y emocionados poemas de revelación y de éxtasis,a la vez que ha introducido un simultaneismo semejante al practicado por Eliot y Pound en los años veinte( una insolita puesta al día latinoamericana de las antiguas vanguardias: Hinostroza es un poeta siempre nuevo, siempre renovador, a cada lectura). Mirko Lauer es irónico, geométrico, dueño de una disciplina barroca que, luego de beber en las fuentes abiertas por el cubano  José Lezama Lima, se acerca al sueño desdoblado de John Berryman. Hay varios nombres y obras y la lista podría alargarse mucho más. Lo que importa señalar, aquí, es la riqueza de la poesía peruana y su continuación (polémica) con la tradición vallejiana y adaniana que es, propiamente su cimiento moderno,(continúa)


Estracto de un texto más extenso de 1998 hallado en la red casi por azar.

jueves, 12 de junio de 2014

GENTE PULENTA QUE AHORA AMAMOS MENOS.

GENTE  PULENTA  QUE  AHORA AMAMOS  MENOS.

Viajando a México a conocer a mi primer hijo y olvidando el Perú al que ni por asomo pensaba volver, me topé aquella noche de navidad del 81, en un piso de San Ángel con una mesa y su mantel. Sobre ella un inmenso pavo separaba a dos contrincantes: ella, muy mexicana, vestida de noche y rotunda y él con un gran cuchillo intentando romper el pavo. El peso de mis maletas me hizo olvidar la inconveniencia de mi presencia en esa noche y a esa hora.  Por lo que pregunté por mi hijo y su madre que no estaban allí. Yo venía de Barcelona con mis regalos de navidad para el niño al que un año antes no pude conocer.
Me contó T que se habían ido el niño y su madre a Acapulco. Supongo que para cambiar de cara y de perplejidad me puse a beber con ellos y aquel pavo que inexplicablemente el galán no podía cortar. Le hice los honores al tequila para caer rendido. La chica invisibilizada por el pavo tenía la gracia suficiente para emborrachar a los hombres y a las botellas. Era una infrarrealista. Se llamaba Mara Larrosa. Tulio confiaba en pegarse el lote esa noche a expensas de la dueña de casa y yo llegaba de Barcelona a malograrlo todo. Posteriormente aquella “infra” me hizo conocer, en una cadena interminable de cantinas, a otros borrachines, todos belicosos y mal encarados. Y a los que había que poner en orden. Aquella época me la pasé a los golpes en un D.F. hecho a la medida. Y es que Efraín Huerta había saludado mi libro Del Verano Inculto y unas semanas después David Huerta hacía lo mismo. A algunos no les gustaba eso. Y mucho menos a T. que hacía ya un año venía pasando inadvertido.
En Barcelona unos dos  años antes yo había estado vagabundeando por el Zurich con algunos mexicanos y chilenos que hablaban del ser y la nata. En esa plática el otro peruano era el poeta Américo Yabar. Quien cargaba en estrechas escaleras la borrachera coja de Guillén Orlando y la de Mario Santiago. A ellos los recuerdo como si fuera ayer sobre todo por una pátina de amargura sobre sus rasgos mexicanos más bien alevosos. Los dos eran insoportables y yo tenía otras cosas que hacer. Bolaño en cambio no adolecía de amarguras ni bebía mucho y la presencia furtiva de Montané Bruno, era más bien agradable. Luego recuerdo a dos, casi adolescentes, casi nalgones: David Goldin, mexicano y Juanito Harrington, chileno. Nunca, hasta hace poco, supe a qué se dedicaban estos muchachos. Al chileno tengo que agradecerle haberme presentado a M.P. mi gran amada mexicana, en el museo de Chapultepec. Pero yo ni por el forro que fuera poeta y además “infra”. Sorpresas te da la vida. Y el Facebook. 

La amistad con Bolaño transcurrió como el agua mansa desde el camping de Castelldefels hasta las recepciones de Herralde en el Café de Colombia y el traspatio de alguna editorial. Justamente saliendo del Café de Colombia fue la última vez que lo vi. Lo que no recuerdo- como sí lo hace Vila-Matas- es quién se subió al taxi. Si yo, o él.

viernes, 30 de mayo de 2014

PRIMER POEMA INCORREGIBLE.



PRIMER POEMA INCORREGIBLE

                                        Para E.V-M. y Paula.      

Y sin embargo no escribo como Jaime Gil de Biedma
poeta de hermosa postura 
de voz jamás doblegada
ni me obligo como Ferrater  al orgulloso suicidio

Lleno de hijos mi pobre corazón
prendido a estos campos de maíz y cuarzo
criando perros de presa simbólicos y amores de paja
en el desfiladero de los ritos comunes a la poesía de ellos
Los Ritos Comunes
Yo, el hijo de los otros, callo como el hijo de los otros y
No volveré a ser joven
Pero la poesía emerge y es amarga sin razón aparente
¿ o se disfraza de poesía  el viento   súbito que romperás
como  papel?

Una mañana deslumbrante en aquel Passeig fue toda Barcelona
alegre para siempre con mi primera hija diminuta en su capazo.

Cusco, mayo del 2014.



sábado, 17 de mayo de 2014

Fotografía de El Viejo de Los Ríos Profundos, atribuída a Martín Chambi.

Cuando la realidad inunda la ficción suceden cosas como esta: en esta foto de estudio que conserva mi familia, atribuida a Martin Chambi se puede ver a El Viejo de los Ríos Profundos,  la gran novela de Arguedas. Se llamaba Juan de Mata Orihuela mi bisabuelo, y puedo reconocer a sus hijas Angélica y Sara mi abuela materna. La familia de Arguedas estaba ligada ostensiblemente a la mía. Lo prueba la firma en papel de Capellades de balances y catálogos que los Arguedas dejaban a modo de testimonio en los expedientes referidos a la casa de Palacio 110.

sábado, 26 de abril de 2014

Guillermo Carnero en la Galería de poetas.






















LECCIÓN DE MÚSICA

                  Anónimo, taller de Boucher.

No presiones la base de la flauta:
sólo con la caricia de los dedos
llévala con dulzura hasta la boca.
Humedece los labios porque brille
la tersa plata inerme en cerco rojo.
Finge no recordar la melodía:
piérdela, duda y persíguela jugando
a la gallina ciega entre las rosas.
Mira cómo se ciñe la guirnalda
a las cuatro columnas del dosel;
las retuerce rozándolas, las hinche
el filo y la blandura de sus pétalos:
bordea en espiral octava y tono,
la indecisión del tempo imprevisible,
sincopado, lentísimo, inminente,
crátera hendida sobre su columna,
anegada en la lluvia y en el miedo
de ceder y volcarse.
                                Vuélcala
en las notas vibrantes como dardos.

La mano izquierda no te quede ociosa:
tienes en el atril unas granadas
henchidas, reventando en ocre y rojo;
apriétalas tres veces, luego dime
a qué te sabe el zumo de la música.

La beatitud del día se define
en excesos de luz, de Sol, de verde.
En el jardín sonríen los atlantes
al sostener la cúpula del tiempo.
Venus sonríe, y un tropel de faunos
ahuyenta el cervatillo de Dïana.

Verano Inglés. Guillermo Carnero. Nuevos textos sagrados.
Tusquets Editores. Octubre de 1999.

miércoles, 16 de abril de 2014

Escribe Juan Larrea.

                       Vaso en mano, Neruda empezó de pronto a reprochar a Vallejo sus convicciones y actitudes, indicándole como quien tuviera autoridad para hacerlo, cómo había que comportarse en aquella circunstancia. Vallejo trató de eludir la querella, pero Neruda insistía tozudamente en sus recriminaciones. Cuando llegaron las cosas a un grado de tensión difícilmente soportable, intervine resueltamente para recordarle a Neruda que él era un novicio en cuestiones marxistas, mientras que Vallejo había estudiado y practicado la materia durante años. Lo más acertado que podía hacer, por tanto, era callarse. Lo hizo así. Pero el caso es que desde entonces, Neruda no se portó bien con Vallejo. Lo acusó públicamente y sin fundamento, de trotskista por el hecho de que a la mujer del peruano se le fuera la lengua con facilidad, cosa que a nadie le era dado evitar por lo anárquico de su equilibrio.  Y lo peor, impidió que se le confiara a Vallejo un trabajo retribuido que le correspondía por muchas razones y que quizá lo hubiera salvado de aquella su lastimosa muerte. A él y a Delia les eché en cara en más de una ocasión que no se dieran cuenta de que Vallejo no se encontraba bien, posiblemente a causa de sus contrariedades y privaciones, y que necesitaba comprensión y ayuda de sus amigos para sobreponerse y hasta para independizarse un tanto de su mujer y mantenerse a flote. Fue inútil. Otra vez volvió a faltarle a Neruda la humana fibra amistosa. Antes de cumplir el año, Vallejo fallecía.


Página 410. Juan Larrea. Angulos de Visión, Edición de Cristóbal Serra. Marginales. Tusquets editores.

jueves, 6 de marzo de 2014

AUSENCIA DE LEOPOLDO PANERO HIJO.





AUSENCIA DE LEOPOLDO PANERO.

1.-

La última vez que vi a Leopoldo Panero fue en Guayaquil. Luego de un descenso interminable por unas escaleras mecánicas malogradas me di cara a cara con quien habíamos compartido- en lo setentas- ciertas historias que no contaré. Estaba allí con su enfermera y su cara de español redimido tan parecido a Pedro Garfias, pensé, pero en el Trópico. Me dijo tocándome el hombro yo a ti te conozco y yo dije  claro, pero no dije más. Luego, en la feria, su enfermera prefería que yo o alguien lo cuidara. Asi que me escabullí.
Aquella mañana estuve sintiendo el aire del Celeste, del primer Celeste de  la calle Platería. Sonaba todo el tiempo la inolvidable canción de Lole y Manuel, Tu Mirá.  Recordé cómo Martirio se sentaba a nuestro lado entre Vigil y Vila-Matas. Y Leopoldo estaba allí incordiando, siempre incordiando a Vigil y a Vila-Matas. El recuerdo se ha hecho más nítido hoy en el carro con sonido Bose, cantando Martirio y Chano Dominguez Las cositas del querer. Con Leopoldo quien sabe  dónde.

2.-

Sorprende cuando el final de un poeta - el otro- llama la atención a unos lectores desprevenidos, casi siempre incultos y relativamente contumaces como son los del Facebook. Llama la atención el afán de malditismo en este grupo de poetas siempre jóvenes y  mal vestidos siempre.
Entre esta gente se han entronizado Bukowski primero por culpa de Anagrama, las reposiciones del burro de Burroughs, las mamiladas de Ginsberg y todo lo que pueda parecerse o evocar a un Rimbaud peripatético con Quilca incluido y un largo después que llega hasta el escándalo infrarrealista del señor Zendejas en México. Todo muy entronizado en una especie de cultureta marginal con sus indios de madera que llegan remando hasta el mismo Guayaquil.
Da vergüenza decirlo: pero nada le ha  hecho más mal a la Poesía contemporánea que los cultores de la “poesía maldita” y el malditismo. Cuando ya de por sí un poeta muere con sus circunstancias y su gracejo si lo tuvo. Aunque algunos suicidas alcancen la gloria por la vía más corta.

Así que templanza carneros. Sosiego malditos. Que la vía de lo “Maldito” tampoco es la más corta. A estudiar sicología en la Escuela Cusqueña. Y a ver si vamos envejeciendo con calma entre  Agitación y  Desencanto, porque el que puede puede y ya todo está dicho.


martes, 21 de enero de 2014

PINTURA DE LA QUE SE HABLÓ TANTO.




Esta  parece una procesión extraña de cerdos como osos y santos bajo una luz casi cusqueña. Es una mezcla de corpus christi y carnavales. Un tropel en el que las cruces y los tridentes parecen perseguir a las olas.
Sugieren los que pintaron  este cuadro la misma prisa atemporal con que  camina o avanza la procesión y la extrema lentitud con que fuera hecho. Por que la forma en que fue hecho tiene su cosa: Fue Ruiz Duran en su taller de Rufino Torrico que conversando con Humareda decidieron comenzar la pintura  digamos que un martes y luego se fueron a almorzar allí cerca donde se juntaba toda la gente de Bellas Artes. Luego Humareda se perdió como solía hacerlo entre la plaza Manco Ccapac y el Hotel Lima, entre dulces de higo y camotillos en lugares secretísimos que sólo a los iniciados nos hacía conocer. Lo cierto es que un buen día Humareda volvió al taller de Ruiz Duran a terminar el cuadro que no había querido olvidar  y a dos manos terminaron la coloración. El cuadro lleva las firmas de Humareda y de Ruiz Duran en la espalda y en grande. Parecen tatuajes las firmas. Ahora, con los años, el airecillo serrano de este cuadro como cierta comida peruana deriva del hecho de haber sido pintado por dos serranos en Lima, el uno puneño y el otro huancavelicano. V.H.