jueves, 7 de junio de 2012

JUAN YUFRA Y EL DISCURSO DEL VERANO INCULTO.


El discurso de la poesía peruana —en la primera mitad del siglo pasado— contiene los espacios más notables de la naturaleza del hombre frente a su condición humana, y ¿por qué no?, presenta las aporías de su “condición de ser peruana” (voz híbrida, indulgente, contranatural) La realidad de su lenguaje expresa el recorrido de todo aprendizaje, y la cosmovisión de ser latinoamericana. Y aunque nos hemos acostumbrado a dividir ciertos anatemas inmersos en la distinción antojadiza de “poesía social” y “poesía pura; también debemos de aceptar que “la poesía no se discute”; se la lee, se la escribe… pero (y este “pero” sí vale) la poesía siempre estará en el lugar exacto de su sombra. Y son pocos los que la descubren. Incluso Westphalen proponía que su existencia estaba limitada al concepto mismo del poema. Comprender muy bien tales hemistiquios de la creación genera la impresión de un mundo fragmentado desde los cuestionamientos “impuros” de la década del 50 frente a las generaciones posteriores que se anulan por la superchería de una “apología al autobombo” y por ser superfluas las identidades prefiguradas desde el arte escrito.
La mayoría de los poetas finiseculares “descubrieron” el poema mas no la poesía. (Un cliché, no problem). Por eso descuidaron “su poética” y murieron por la pose. El gesto de construir un prototipo de la literatura para las masas no tuvo la conjunción de arte/poesía. En otras palabras, y pasado el tiempo, Vallejo, Oquendo, Hidalgo, Moro, Adán, Westphalen, Eielson, Varela siguen siendo “nuestros poetas”. Y de este nivel, y para los gustos más exquisitos, continuaron el trabajo Rodolfo Hinostroza, Juan Ramírez Ruiz, Enrique Verástegui, Vladimir Herrera, Mario Montalbetti. La lista sigue, es cierto, pero es necesario señalar que son los sujetos de un espejo negado.

Y aquí tiene importancia la impronta de la poesía en el scriptum moderno. Un ejemplo sería la aparición del libro Del Verano Inculto del poeta Vladimir Herrera (Lampa-Puno, 1950) que a grandes rasgos cuestiona el lenguaje de la poesía coloquial —muy de moda en los años 70— por otra más hermética y retroactiva.

Este volumen (Cascahuesos / Laguna brechtiana, 2011) guarda una similitud editorial con aquella que se imprimió en Valencia (“última capital de La República”, como señala el autor) en 1980, como si quisiera el poeta mantener la esencia del objeto que llega a nuestra manos. Herrera había dejado en el Perú una primera obra Mate de cedrón (1974), y un segundo, titulado Misa de negros, que se extravió. Su paso por Europa, sobre todo en España, donde va a residir, marca el proceso de su aprendizaje y de su maduración. 
Del verano inculto, puede convertirse en una obra maestra del autor, ya que ciframos en dicho libro la intertextualidad del discurso que surge de la poesía misma a la que enarbola como excusa y destino de un yo contrariado por expresar “la oscura piel del lenguaje de la poesía”. (Ya entonces Poesía era oscura como nada). Desde su primer libro donde recoge su experiencia de trasterrado, hasta el texto de Valencia, ocurre un viraje impresionante pues recurre a un barroco como exuberancia del arte moderno; esta empatía con “la gran poesía” de Martín Adán, con su retórica y su dialéctica no se encuentra en el nivel de la forma que el yo poético construye sino en la estrategia de experimentar con la metáfora de lenguaje humano; es decir, con la poesía que nombra lo desconocido.

A veces no hay nada más personal que la poesía y nada más bello que una idea púrpura; por ello Vladimir Herrera cuando nos dice que: “Hay un viejo mar en el principio” (sin exagerar demasiado, solo este verso puede iluminar la realidad del poeta), está perfilando su pensamiento y el saber de una necesidad humana por explicar el mundo y el origen de las cosas que el hombre deteriora con su existencia. Es así que el cuerpo y su sombra en la poesía de Herrera permanezca como infranqueable por los sentidos mundanos y su naturaleza sea más pedestre que esotérica.

En algunos casos el nivel del discurso erótico que se transfigura en tiempo y en espacio del poema cobra solo sentido en la cotidianidad de los elementos que enumera y en la relativa alusión a los principios de la naturaleza que va de la oscuridad a lo diáfano y transparente, del recuerdo a la vida que se goza y se contempla desde la vida misma. Del verano inculto es una celebración de la poesía; obra necesaria y unánime para los que ven en las palabras algo más que simples representaciones fugaces de la realidad que se comparte.

Juan Yufra.

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