lunes, 20 de febrero de 2012

AMIGO JOSEP MASSOT LEÍDO A TRAVÉS DE BOLAÑO

El día que Bolaño decidió ser novelista

por Josep MassotLa Vanguardia. 29.01.2012





"¿Has estado en una tienda de campaña llena de viento? ¿Has estado en una tienda de campaña llena de besos? Partes militares. Pantanos pintados con fidelidad loca por Dante Gabriel Rossetti". Con estas frases inicia Roberto Bolaño las primeras páginas de un cuaderno de tapas marrones, conservado en el archivo del escritor chileno.

“Es blues esta mañana, aunque escuches saxos suspendidos de los marcos de las ventanas, aunque tú mismo llores tan suavemente con el piano callejero; un alba presente que se reparte en dos: no se le escapa ni un globito de aire; la ternura de reposar la cabeza en ese milagro, en esa mirada tuya que te devuelven las vitrinas mientras vas entrando a la ciudad”, continúa, y en seguida, tras un espacio en blanco punteado sólo por una estrella a modo de signo de punto y aparte: “Quiero escribir una novela y ya ni siquiera tengo paciencia para mandarme un poema largo, ¿cómo voy a hacer esto, señor? Así se lamentaba en las mañanas este héroe de Kavafis en su ratonera barcelonesa, con un libro sobre los rayos láser en su mano izquierda y otro escrito por Fritz Leiber en la derecha”.

En el cuaderno de espirales fechado el 15 de agosto de 1978, Roberto Bolaño declara su ferviente deseo de ser novelista. Las anotaciones prosiguen: “No quiero escribir más poemas: Quiero escribir una NOVELA, pero me cuesta tánto empezar”, con tilde en la a del adverbio, como queriendo acentuar así las fatigas que veía en su propósito.

Bolaño llegó a la literatura por medio de una apasionada vocación poética. En México fundó el movimiento infrarrealista, en oposición al dominio que ejercía entonces Octavio Paz. Aunque él siempre se considerara poeta, el cliché de un Roberto Bolaño que se pasó a la narrativa por razones alimenticias no es cierto. El escritor chileno, transterrado primero a Barcelona y después a Blanes, no cejaría en su empeño de ser valorado como novelista. No lo logró plenamente hasta 1996, después de años de escribir y reescribir textos que acumulaba en carpetas y todo tipo de cuadernos, sin que lograra verlos publicados en España.

El reciente acceso a los archivos de la agencia Balcells (que rechazó El Tercer Reich y Monsieur Pain) y el actual estudio de los del propio autor demuestran que Bolaño quería ser novelista desde muy joven y deseaba publicar la novela El Tercer Reich, que está recibiendo críticas elogiosas en los principales diarios y revistas de Gran Bretaña y Estados Unidos. Las ventas de El Tercer Reich, que ha sido publicada por Farrar, Straus & Giroux, superan los veinte mil ejemplares a los pocos días de llegar a las librerías. The Economist lo compara elogiosamente a un cruce entre "Thomas Mann, el juego de mesa Clue y un fanzine de juegos de guerra"; NPR la califica de "brutal y perfecta" y The New York Times se pone en la piel de un editor de 1990 que creyera erróneamente que la novela no estaba suficientemente acabada.

Los cuadernos inéditos, escritos durante la época de Los detectives salvajes, subrayan también la vinculación de Los detectives salvajes con la generación beat, destacada por la crítica norteamericana y por autores como Rodrigo Fresán y Juan Villoro, que no vacilan en situar Los detectives salvajes como heredero contemporáneo de On the road. El mismo Bolaño rindió homenaje a Burroughs en Amberes. En los archivos del escritor es palpable su interés por los beatniks. En una de sus páginas, se muestra fascinado por Kerouac y Mexico City Blues y se apresta a traducir ocho de sus 242 coros. "En 1955 –escribe Bolaño–, en un cuarto de azotea del Distrito Federal, en el edificio donde tenía un pequeño departamento el viejo ladrón y morfinónamo William Garver (el Bill Gains de Burroughs y de Kerouac), este último escribió la mayoría de los doscientos y pico poemas que conforman Mexico City Blues. En esa época yo todavía no cumplía dos años de edad y Kerouac no se imaginaba cuánto manipularía la maquinaria cultural burguesa sus sueños: la necesidad de trastornar los espacios neutros de la vida cotidiana, transformándose". Y después: "Regresar al DF de noche, cuando en las calles mojadas por la lluvia se reflejan los rostros de ciertas hadas. Caminar como un ornitorrinco por las avenidas interminables".

Bolaño apreciaba cómo Kerouac "abre su cuerpo y su movimiento a los hechizos tiernos de México DF y de repente es la ciudad (la locura mexicana) la que empieza a circular en él, igual que si un platillo volador soñado por David Cooper, el Antipsiquiatra, diera vueltas alrededor de un niño demente. Bueno, Kerouac fue un poeta sencillo, un niño fiel, de esos que escriben textos y los hacen circular (por sus nervios o por sus venas o por sus espejos), improvisando con lo primero que aparecía en el atardecer privilegiado del DF. Hasta que un día aparecieron por esas calles Ginsberg, Corso, los dos germanos Orlovsky, y Kerouac volvió con ellos a USA (cuando K. le leyó sus poemas a Ginsberg, éste sólo dijo: ‘¡Extra! ¡Súper! Son buenos, Jack’”.

A Bolaño le gustaba esa escritura a ritmo de free-jazz, el beat, la vida nómada de Kerouac, esa búsqueda de la anomalía en el interior de lo establecido como normalidad. ¿Qué pensaba de Kerouac? "Kerouac, el viejo –escribe Bolaño– disponía su caos como una serie de cajoncitos, cada uno pudiéndose abrir y dar una idea, una sensación, un color extrañamente autónomo. Ready-mades del hombre que pasaba los 30 años, pero que seguía siendo el muchacho apolítico norteamericano que juntaba jazzistas negros, dioses indios y experiencias mexicanas, como otros juntan estampillas. Kerouac, elaborando el discurso del vacío para llenar, de esta manera, los espacios hechos trizas por el amor. Sin entender más que un lado de las condiciones objetivas (desarraigo-fiesta-desarraigo) de una generación de jóvenes que ni en sus peores pesadillas imaginaban los años de desempleo y crisis económica que necesariamente llegarían". En los archivos del escritor se puede comprobar hasta qué punto era un fanático de los juegos de guerra. Hay varias libretas de juegos descritos con todo detalle y, en especial, un cuaderno en el que se plantea las condiciones de victoria opcionales para El Tercer Reich, con todas sus variantes, según los movimientos de los ejércitos de Francia, Italia, Inglaterra, Estados Unidos, la URSS, Japón o Alemania. Detalla las muertes de los generales, dibuja mapas del territorio, la disposición de las tropas, de la artillería, los blindados, las condiciones climáticas o el dominio y reparto del mundo.

En los citados archivos, también se encuentra una carta a la filóloga chilena Soledad Bianchi, que le publicó en varias antologías de poesía chilena en el exilio. "Mi familia paterna –escribe Bolaño– es de origen gallego y catalán. Mi abuelo paterno nació en Galicia, tuvo nueve hijos y murió de una conmoción cerebral tras caerse de un caballo. Mi familia materna es chilena, descendientes de una burguesía venida a menos (incluso a espantoso). Mi abuelo materno fue coronel de ejército y murió de un ataque al corazón en el año 62, en su cama y jubilado, con dos solas aficiones: jugar al ajedrez y decorar jarrones con trocitos de papel recortados de revistas de colores".

En otra carta, ella le comunica que regresa a Chile, y Bolaño, de 33 años, imagina que "tal vez algún día yo sea el único chileno en Europa, tramitando mi residencia cada dos años o mi permanencia anual o mi permiso turístico cada tres meses". Le dice que llega tarde a un concurso de novela del que su amiga le ha enviado las bases. "Antes de fin de año –le dice– espero tener terminadas dos novelas que me han costado, tesoritos de su papá, miles de Ducados, litros y litros de té Hornimans, unas cuantas pesadillas y el hallarme hoy por hoy sin blanca ni trabajo fijo (porque eso es otra cosa, tan terrible como trabajar, pero paralelo, demonio sesgado o algo así), además de enfermo imaginario según un par de médicos catalanes molierizados hasta la náusea y bastante jodido según yo mismo, morador en el limbo de las distonias neurovegetativas. ¡Pero mis niñas se acercan a esta realidad y me muero de ganas de ver cómo las tratarán los editores!".

lunes, 30 de enero de 2012

Y CUARTA APROXIMACIÓN A LA POESÍA DE OLGA OROZCO.

CUARTA APROXIMACÓN A LA POESÍA DE OLGA OROZCO.
Helena Usandizaga.
 "Al pájaro se le interroga con su canto"  propone una indagación metafísica radical, pero exenta de un idealismo que opusiera maniqueamente los términos, que obligara a negar lo inmediato a favor de una idea abstracta: "Pero yo sé que cada tiniebla se indaga solamente con la noche que llevo". Entonces, al yo de siempre le sale al encuentro "ese otro, inabarcable, centelleante";  en este caso, modelo y original son complementarios y no opuestos: "Ambos están tejidos con la sustancia misma del silencio./ Se parecen a Dios en su versión de huespéd reversible:/ el alma que te habita es también la mirada del cielo que te incluye". Todo parece indicar que, aunque sólo tocamos reflejos, hay maneras de indagar más allá, o en el reverso de la pérdida. "Esa es tu pena" presenta a la desdicha como vía de conocimiento y revelación: "Sepúltala en tu pecho hasta el final,/ hasta la empuñadura".

Esta travesía lúcida le lleva a la constatación del desierto en Con esta boca, en este mundo (1994), cuya vitalidad reside en que no se renuncia a la búsqueda por la poesía. El poema que da título al libro habla de la insuficiencia de la palabra para nombrar al ser, o de nuestra incapacidad para atraparlo; es "la palabra que huye" de Rubén Darío. "No te pronunciaré jamás, verbo sagrado", dice Orozco, pero en ella es más agudo el sentimiento fragmentario que remite a la unidad perdida, que tal vez haya "huido hacia el costado de la noche del alma". No se trata de buscar el silencio, ni tampoco de la canción o el sollozo, sino de un combate en el que "trabé con cada sílaba los bienes y los males que más temí perder./ A lo largo del corredor suena, resuena la tenaz melodía,/ retumban, se propagan como el trueno unas pocas monedas caídas de visiones o arrebatadas a la oscuridad./ Nuestro largo combate fue también un combate a muerte con la muerte, poesía./ Hemos ganado. Hemos perdido,/ porque ¿cómo nombrar con esta boca,/ cómo nombrar en este mundo con esta sola boca en este mundo con esta sola boca?". "Tú, la más imposible" es una elegía a la muerte de la hermana, a la muerte de la infancia y la felicidad, a la muerte de las promesas y la progresiva conversión de la vida en desierto, como el anterior. Es una estremecedora elegía que respeta las reglas del género. Esta imagen del desierto se afianza cada vez más en la poesía de Orozco, y  en "¿La prueba es el silencio?", otro poema de este libro, la experiencia desértica se convierte tal vez en señal divina: "Ah, Señor, tu silencio me aturde, igual que la cometa del cazador perdido entre las nubes./ ¿O estará en el castigo, en el Jordán amargo que pasa por mi boca,/ tu respuesta,/ la voz con que me nombras?" . Ya no son tanto las copias o las imágenes, sino más bien ese breve resplandor que remite al secreto, pero de modo más fugaz que en poemas anteriores, como en "Ahora brilla otra vez", que presenta la percepción de que a veces algo brilla por un instante en ese desierto: "-nada más que un instante, un centelleo, un delirio del sol sobre la tierra- incrustado allá lejos en el oleaje del final". "Les jeux sont faits" insiste en la pérdida del paraíso que es a la vez nostalgia e intuición de una unidad que no es sólo la del recuerdo: ya no regresan los "Días que dicen sí, como luces que zumban, como lluvias sagradas". En este poema se enuncia la pérdida: "Todo lo que recuerda mi boca fue borrado de la memoria de otra boca", y el balance es dudoso, pues el destino puede haber actuado por su cuenta, sin cumplir las promesas: no se sabe si el destino es "El que quise y no fue?, ¿el que no quise y fue?". Pero el final es un recomienzo: "Madre, madre,/ vuelve a erigir la casa y bordemos la historia./ Vuelve a contar mi vida".

¿Es el cuerpo, como en la lectura más espiritualista de Platón, un mero obstáculo para entrar en el mundo de las Ideas, rechazado porque impide el acceso a la verdad o a lo ideal? La relación alma/ cuerpo, espíritu/ materia, es bastante más compleja en la poesía de Orozco, porque ocurre, que a pesar del conflicto que suscita, el cuerpo es tal vez el único lugar donde asienta la huella de lo otro. A veces esto lleva a un obstinado fracaso, a esa continua sensación de barrera que el cuerpo produce.  En “Los reflejos infieles”, de Mutaciones de la realidad (1979), habla de las múltiples caras con que se ve el personaje, como reflejos vanos de lo ausente, que reflejan todos la misma condena: “mi vana tentativa por reflejar la cara que se sustrae y que me excede. El obstinado error frente al modelo”. “El obstáculo”, de En el revés del cielo, habla también de este paso al otro lado, obstaculizado por los límites del sujeto, y menciona esa apertura, esa brecha, cuyo paso el cuerpo impide o entorpece: “son superfluas la manos y excesivos los pies para esta brecha esquiva”.

En Punto de referencia , que pertenece a En el revés del cielo, la búsqueda de la forma corporal se salda con el fracaso de no acceder a esas “zonas inalcanzables donde se imprimen las pisadas de Dios,/ subsuelos transparentes que se internan a veces en los jardines de otro mundo”. Y aunque el cuerpo inacabado, único eco, es sólo “una marca del exilio”, el poema concluye con una esperanza de conexión entre el cuerpo y el alma, la materia y el espíritu: “Pero, dime, Señor: ¿mi cara te dibuja?”.

A veces, como en Museo salvaje (1974), la indagación en la interioridad que busca la trascendencia se expresa en imágenes de lo oscuro y lo amenazante; en "Tierras en erosión", el cuerpo es el lugar del "remolino hacia adentro", de las "negras gargantas que me devoran sin cesar"; para Yurkievich, este poema presenta al cuerpo como el lugar del pavor. En otros poemas del libro el cuerpo revela lo oscuro del sujeto: la indagación en el propio yo con la poesía o con el poder visionario, como "En la rueda solar", no recoge a veces más que vacío de caverna, tembladeral, rampas, división: "es cada vez el mismo centinela que dice que no estoy".  Pero otras veces se producen la revelación, el nacimiento. "Génesis" es un poema exultante que anticipa algunos aspectos más tardíos. Este poema narra el nacimiento desde el vacío, desde la nada: “No había ningún signo sobre la piel del tiempo”, comienza el poema, y luego se estructura en torno a la figura de la caverna platónica, que el ser naciente tiene en cada mano “para mirar a Dios”, como si fuera un instrumento doble. Si bien Dios nunca deja de ser una sombra, en este poema el alma y el cuerpo parecen complementarse en este nacimiento que implica romper los recuerdos, las leyes, los fragmentos para acceder a la expiación, a un lugar más allá que sería ese “algún lado muy lúcido de Dios”, donde el ser nace “con los ojos cerrados”. El nacimiento tiene así características de liberación y plenitud –“Hubo un clamor de verde paraíso que asciende desgarrando la raíz de la piedra”, pero implica también la caída y el reverso, la sombra, la lejanía y la pérdida, e inscribe en el alma el misterio imposible. El nacimiento, sin embargo, no deja de ser una revelación, y permite la unión de la Idea con la carne y la sangre: "Infundieron un soplo en las entrañas de toda la extensión./ Fue un roce contra el último fondo de la sangre;/ fue un estremecimiento de estambres en el vértigo del aire;/ y el alma descendió al barro luminoso para colmar la forma semejante a su imagen,/ y la carne se alzó como una cifra exacta,/ como la diferencia prometida entre el principio y el final". Y este nacimiento es a la vez cumplimiento y final “en el último día de los siglos”, unión “con los ojos abiertos debajo de tus ojos”.

"Catecismo animal", de En el revés del cielo (1987, da una nueva vuelta de tuerca a la visión platónica, que reclama ahora la existencia y la persistencia del cuerpo: "No, este cuerpo no puede ser tan sólo para entrar y salir".  Este poema también incide en la imagen de la caverna, de modo que los humanos, como fragmentos arrancados del cielo, están “vueltos hacia ese muro/ donde se inscribe el vuelo de la realidad,/ la mordedura blanca del destierro hasta el escalofrío”. Sólo la sed, el deseo “hablan de alguna parte donde las mutiladas visiones se completan,/ donde se cumple Dios”. Y el ansia de descubrir la imagen oculta del reflejo, “la palabra secreta, el bien perdido, la otra mitad…”  son imágenes claramente platónicas. Pero ese lugar del modelo, de la verdad original, no es fácil de alcanzar; no se divisa la fisura, y el cuerpo se ve como un obstáculo, “donde siempre tropieza el universo”. Sin embargo, el cuerpo pudiera tener una supervivencia, no ser un simple resto: "No, este cuerpo no puede ser tan sólo para entrar y salir” . El poema finaliza con una defensa del cuerpo como lugar de la ausencia, pero también de la pregunta y la búsqueda, y de la breve unidad: “esta humilde morada donde el alma insondable se repliega,/ donde inmola sus sombras/ y se va”.

               Tal vez como símbolo de esa posibilidad de florecer en el desierto gracias a la búsqueda que nunca ha cesado acaba la antología que comentamos con un "Himno de alabanza". Aunque "casi todos los que amé sean ahora igual que la hojarasca", con una celebración del cuerpo, con un desafío y con un grito de triunfo acaba el libro: "¿O no puedo cantar, amor, la noche de tu ausencia y el filo de tu espada?/ ¿Quien no lleva en la punta de su arpón una ballena blanca?". De hecho, en este poema se vuelve a la idea del cuerpo como el único lugar donde pueden inscribirse “la misma señal” o “tu escritura secreta en cada piedra” (153). “Desde lo más profundo… Yo te celebro, / cuerpo”. En este poema se agradece humildemente a la materia, y hasta se bendice a la otras veces denostada sombra.
Helena Usandizaga.

lunes, 23 de enero de 2012

DEDICA VLADIMIR HERRERA A SU PAISANO-

IMITACIÓN  DE  SUN TSÉ.

Cobarde como un perro ciego
Huye el poeta asesino
Como su memoria huye
De la neblina retinta y
Su recuerdo enreda
El verde vestido de espía
Al viejo puente de plata

Mastica los besos de opio
Llagados de  hogar infecundo
Llagados de su vejez cobarde.

Vladimir Herrera.

martes, 17 de enero de 2012

LOS AMIGOS DE DONOSO Y EL VERANO EN SITGES.

Siempre resulta golpeante encontrarnos con la Barcelona de los años setenta, sobre todo si la memoria está escrita por alguien que conocimos hasta el punto de hacerle una broma pesada el día de los inocentes en el Boliche de La Diagonal: Sergio Vila-Sanjuán, quien se refiere en este artículo por un momento a otro amigo de entonces, el poeta peruano Américo Yábar,  hoy convertido en uno de los brujos mayores de esta parte de los Andes. Vila-Sanjuán también hace mención en este artículo a los peruanos Elsa Arana Freire, ya desaparecida, y Juan del Solar, el gran traductor de Canetti  y según los entendidos el mejor traductor literario del alemán al castellano, que ahora vive en Lima sin ver a nadie. Debo reconocer que por aquel entonces yo le tenía manía a Donoso por haber hecho un seminario en París sobre su obra Coronación del que salí escaldado. Pero  recuerdo el coche blanco de Yábar que se encendía en clave con un disco de teléfono, y en el que llevaba a Donoso sin mirar la carretera y al perro que Donoso temió más en su vida: se llamaba Maluquer. También recuerdo la noche del día de los inocentes apretándole el cuello a Sergio, a quien pido mil disculpas desde entonces. V.H.
 Sergio Vila San JuánAmérico Yábar
En una entrevista con la periodista chilena María Cristina Jurado, publicada en la revista Ya en noviembre del 2010, Pilar Donoso hizo un balance tremendo de lo que había representado para ella escribir el libro Correr el tupido velo, en torno a la vida íntima de sus padres adoptivos Maria Pilar Serrano y José Donoso, a partir de la lectura de los cuadernos depositados en Princeton por el autor de El obsceno pájaro de la noche."Me provocó a mí y a toda mi familia un terremoto emocional mayor, un cataclismo. Me costó la soledad. Me separé (de su primo Cristobal Donoso) después de veinte años de buen matrimonio, y mis tres hijos se fueron con su padre. Tuvimos una mala separación".
Su familia, añadía "era imposible que me entendieran. Solo sufrían. Este libro me removió con una intensidad que me obligó a replantearme absolutamente todo". Pero escribirlo también le dio la fuerza "para buscar en España a mi verdadero padre, quien me dio en adopción". Consiguió llegar a los archivos del internado madrileño que le acogió en 1967, y allí, en su "certificado de nacimiento fiel", leyó las palabras clave: origen desconocido. "Ese día cambió mi vida porque supe que había llegado al final de mi identidad, a mi línea de tope. Que jamás voy a saber, genéticamente, ni de quienes soy hija".
Sitges, 1975
Conocí a Pilar Donoso en Sitges, en otoño de 1975. Vivía con sus padres en una casita con un pequeño jardín, situado detrás del Calípolis, el (entonces) principal hotel de esta localidad de la costa catalana. Sus padres la llamaban Pilarcita y en sus conversaciones era una referencia constante.
A José Donoso le gustaba vivir fuera de las grandes ciudades. En esos años de fines de la decada de los 60 y primeros 70 le interesaba estar cerca de Barcelona, centro editorial que acogía a varias de las grandes figuras del boom literario hispanoamericano, como sus amigos Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez. Le interesaba estar cerca pero no en medio, y por eso se alojó primero en Vallvidrera -un pueblecito en una de las montañas que dominan Barcelona- luego en Calaceite -entonces a cuatro o cinco horas de coche- y por último en Sitges -a una hora de coche pero separada de Barcelona por una carretera de curvas infernal.
Pese a la belleza de la localidad, con su larga playa y sus construcciones modernistas, y también pese a que en Sitges vivían amigos como el traductor Juan José del Solar o la periodista Elsa Arana, Donoso se aburría en el humedo invierno suburense, y por eso abrió un Taller Literario -totalmente gratuito- al que acudíamos una vez por semana un grupo de gente variopinta, y que duró un par de años. Fue, que yo sepa, la primera experiencia de un Writer´s workshop desarrollada en el ámbito latinoamericano, que Donoso basó en el que había impartido en la Universidad de Iowa, pionero a su vez en EE.UU. Su experiencia en las universidades norteamericanas, donde la élite literaria del país se gana la vida enseñando a escribir a los estudiantes y los "writers workshops" tienen rango institucional, le había animado a poner en marcha esas reuniones donde se comentaban, bajo su tutela, las narraciones que los asistentes aportaban.
Historias del Taller
Aunque Donoso estaba muy centrado en la redacción de la novela Casa de campo, que tenía por uno de sus proyectos más ambiciosos, aquel otoño en que murió Francisco Franco vio cómo su salón suburense comenzaba a congregar, una tarde a la semana, a una fauna muy de la época. Parte colonia latinoamericana (a la que pertenecían los ya citados Juan J. del Solar y Elsa Arana, junto a otros personajes menos duraderos), parte letraheridos locales, como mi querido amigo el pintor y escritor peruano-catalán Xavier Prat, prematuramente desaparecido, que fue quien me llevó allí. Y con él Tere Sisó, el leridano Eduard, el químico Francesc (llegado a través de otro escritor chileno, su novio Mauricio Wacquez; ambos morirían juntos, victimas del sida, en el donosiano escenario de Caleceite. A Mauricio aún no se le ha rendido el tributo que su energía y su actividad cultural, desplegada durante más de un decenio en Barcelona, se merecen). Los integrantes del Taller llamaban a su inspirador, a sus espaldas, "el maestro".
Donoso solía pronunciarse con amabilidad y cautela, casi mayeutico. Pedía a los asistentes que contaran cuántas veces habían introducido en sus textos un "que" o un adverbio en "ente". El detalle le obsesionaba. A un escritor de paso que leyó un largo fragmento de la novela que preparaba sobre el Chile del siglo XVI, en la que los protagonistas no paraban de subir y bajar las escaleras de una casa, le reprochó que hiciera "ciencia-ficción", ya que "en el Chile de esa época las construcciones eran de una sola planta".
En ocasiones señaladas las reuniones se celebraban fuera de casa del maestro, y entonces solían derivar en unas juergas bastante apoteósicas. Si estaba relajado y animado, Donoso gustaba de subirse chaqueta y camisa y mostrar el costurón que le había dejado una de sus operaciones de estómago.
Al Taller acudía devotamente un personaje extraordinario, el poeta peruano Américo Yabar, quien había tenido que dejar su país por misteriosos problemas con las autoridades. Yabar organizaba a veces folklóricos rituales de culto incaico a la luz de la luna en su jardín de Esplugues. Podía hablar durante horas y conmoverse hasta las lágrimas en mitad de una conversación rutinaria. Había publicado un singular poemario bajo el título de Sesofagia umbría.
En cierta ocasión el vate andino conducía en su destartalado Seat cupé 850 al maestro a Barcelona, a través de las curvas del Garraf. Donoso iba en el asiento de atrás y el entusiasmado Yabar se volvía para hablarle con tanta frecuencia que prácticamente dejó de mirar la carretera. Un Donoso lívido tuvo que pedirle que se detuviera para sentarse a su lado. Hace algunos años, cuando Internet empezaba a ser una herramienta fiable, Xavier Prat rastreó su pista, y encontró que Yabar se había reciclado como profesor de chamanismo en una universidad de Nuevo México.
Las reuniones del Taller se prolongaron un par de años y después murieron de muerte natural. Donoso dejó primero Sitges y después el país; la estancia catalana resulta muy visible en su obra, tanto en el ensayo autobiográfico Historia personal del boom (que es de lo mejor de su producción) como en sus Tres novelitas burguesas o en la novela El jardín al lado. Tras su marcha perdí el contacto con el autor y su familia, salvo esporádicas visitas que realizaban a Barcelona por cuestiones de promoción editorial y un encuentro casual en Venecia. Sin embargo el recuerdo de este Taller y de mi relación de juventud con el autor de "El obsceno pájaro de la noche" quedó en mi memoria como algo muy vivo.
Correr el tupido velo
Cuando supe que la publicación en Chile de un libro de Pilar Donoso sobre su padre había provocado amplia polvareda me moví rápidamente para hacerme con un ejemplar, que conseguí por gentileza del editor de Alfaguara Gerardo Marín. Y tras pasar un fin de semana leyendo Correr el tupido velo, me pregunté hasta qué punto era un libro escándalo, según se había voceado en Chile.
Pilar Donoso, Pilarcita, nacida en Madrid en 1967, fue adoptada con pocos meses por Pilar y José Donoso, el "quinto mosquetero" del boom latinoamericano. Con sus padres, en los trece años siguientes, conocería una quincena de casas en distintas localidades españolas antes del regreso al país natal del escritor, que lo consideró mucho tiempo, tras Neruda, su segunda gloria literaria contemporánea, puesto que ahora le disputa póstumamente Bolaño.
Cuando se casaron, Donoso era un talentudo y refinado solterón de 37 años con varios libros publicados y cargado de manías ("ya era un viejo"), y María Pilar una señora arrolladora poco más joven, que había corrido mucho mundo con sus padres -lo reflejó en sus excelentes memorias Los de entonces - aunque sentimentalmente titubeante (el libro lo plantea con crudeza, "se casó virgen"). Donoso, sometido a psicoanálisis durante toda su vida adulta, registró su diario íntimo en una sesentena de cuadernos que fueron a parar a las universidades de Princeton -donde estudió- y Iowa -donde enseñó. Éste es el material en el que Pilar Donoso se sumergió, confrontándolo con la propia memoria.
¿Qué retrato emerge? En una primera instancia parece una versión latina de ¿Quién teme a Virginia Woolf? Los Donoso se llevan fatal, discuten sin parar y él machaca la autoestima de su esposa, que en justa correspondencia se entrega sin disimulos al trago y los ansiolíticos. Literariamente Donoso sufre bloqueos, celos -fantasea con llevarse un premio Planeta que acaba en manos de Marsé-, dudas constantes, al tiempo que página a página va levantando una obra de calidad incontestable, aunque -ay- menos comercial que la de Vargas Llosa o por supuesto la de Gabo. La inquietud económica nunca les abandona, pero no por ello renuncian a un refinamiento sin el que la vida parece muy gris: "Hay que ahorrar en lo necesario para gastar en lujos", apunta en frase memorable.
Entre angustias y úlceras, en Vallvidrera, Sitges o Madrid, van surgiendo trabajosamente El obsceno pájaro de la noche, Casa de campo o El jardín de al lado. La supuesta homosexualidad del autor, mencionada en ocasiones, queda más como un recuerdo de juventud que como una práctica de sus años maduros (salvo que la autora se reservara datos). Donoso, que sentía devoción por Henry James y Los papeles de Aspern , dejó todas las pistas para asegurarse el recuerdo en una clave que le gustaba, la del artista que supedita su vida a su arte. "¿Libro escándalo? Más bien un conmovedor ejercicio de devoción filial y un alegato en favor del matrimonio conflictivo". escribí en La Vanguardia, a propósito de Correr el tupido velo.
Y en conversaciones con los responsables españoles de Alfaguara, que se planteaban si el libro encontraría su público en España, les animé para que lo publicaran aquí, convencido de que, si no un éxito de ventas, como mínimo levantaría un amplio eco mediático y se convertiría en obra de referencia, como así ha sido. . Junto con la autobiografía materna Los de entonces, y la Historia personal del boom, de su padre, forma un gran testimonio familiar a tres voces y tres enfoques -social, literario, psicológico- sin precedentes en nuestra literatura.
Con motivo de la presentación del libro en Barcelona, Carmen Balcells organizó una comida en su agencia literaria en honor de Pilarcita Donoso, a la que acudí junto con Carme Riera, Ana María Moix e Ignacio Echevarría, entre otros. Después de tantos años Pilarcita me pareció una mujer aguda, con sentido del humor, que lideró con discreción e inteligencia la conversación de aquella comida, haciendo honor a aquellos grandes actores de la escena social que fueron sus padres. Recordamos aquel día los tiempos de Sitges y dejamos en el aire la posibilidad de hacer un viaje a Calaceite para reconstruir el "itinerario Donoso" en aquella población. Fue un contacto breve pero no me pareció una mujer triste ni depresiva. De ahí la impresión y la profunda pena que me ha generado la noticia de su muerte. La entrevista que cito al principio de este artículo y que he conocido ahora, brinda, supongo, algunas de sus claves.
SERGIO VILA-SAN JUÁN En El Cultural de La Vanguardia de Barcelona. 

sábado, 14 de enero de 2012

MAÑANITAS CUSQUEÑAS DE MARTÍN CHAMBI EL DE COAZA.



"Madrastra de sus hijos", escribió del Perú el Inca Garcilaso. Con Martín Chambi, uno de los más grandes artistas nacidos en su suelo, lo ha sido. Una madrastra ingrata, olvidadiza al extremo de que pocos de sus compatriotas saben quién fue y porqué se le debe recordar y admirar. Menos mal que en el resto del mundo -ahora también en España, gracias al empeño de Luis de Toledo- se le va descubriendo y haciendo justicia. No tengo la menor duda de que un día se le reconocerá como uno de los más coherentes y profundos creadores que haya dado la fotografía de este siglo.
                                          Mario Vargas Llosa.

 En la edición Lunwerg del Circulo de Bellas Artes de Madrid encuentro estas dos fotografías de Martín Chambi que, en página contra página y por necesidad del azar objetivo traen a quienes con el tiempo serían mis abuelos maternos: Alejandro Delgado Sarmiento y Sara Delfina Orihuela: sexto en el equipo masculino y primera en el femenino. Así pues lo casual de las artes se enhebra una vez más con los instantes luminosos de la existencia.
                                          Vladimir Herrera.

martes, 10 de enero de 2012

TERCERA APROXIMACIÓN A LA POESÍA DE OLGA OROZCO


TERCERA APROXIMACIÓN A LA POESÍA DE OLGA OROZCO.
Helena Usandizaga.

En “Rara sustancia”, un poema de La noche a la deriva (1983), el sujeto que habla en el poema indaga “desde mi lado”  en esa sustancia que la conforma como ser y que no es sólo de los elementos materiales, sino que pertenece “a ese orden inconcluso/ que se fija a un color como la sal del mundo/ o que toma la forma de aquello que contiene”. Es decir, la materialidad del sujeto y del mundo evocan otro orden: estamos ante una idea que va desde los pitagóricos a los simbolistas y modernistas (y sus conexiones esotéricas) pasando sin duda por Platón. La referencia platónica sirve  especialmente, y por eso la ponemos de relieve, para entender a Orozco, porque la confluencia de espíritu y materia, que de hecho sí se produce en algunos poemas, tiene que atravesar la contradicción, mucho más marcada que para los pitagóricos o los simbolistas, entre cuerpo y espíritu o materia y sustancia, y por lo mismo la síntesis que a veces se produce es el resultado de una lucha que convierte la desembocadura del proceso en un extraño triunfo o en un oscuro fracaso. Este sujeto que devora e incorpora el mundo en su sustancia (“Yo devoro el paisaje, cada trozo de eternidad instantánea, con mi propio alimento”,  practica a la vez un acto material, el de la devoración, y también una asimilación de lo espiritual (“me dejo invadir por cosas tan remotas como un país en el que nunca estuve”. Ese “animal oculto en la espesura”  es y no es una metáfora de la búsqueda espiritual, porque también es material: la materia es parte del universo que se hace presente en esta imagen. El animal es cuerpo y alma a la vez, y lo devorado o asimilado no es sólo positivo: también se cuela en su sustancia “una ráfaga fría que me convierte en soplo/ casi en nadie”. Quizás en este acto fallido de la incorporación de lo otro para conseguir la unidad con el mundo reside lo más platónico de la visión; el sujeto declara: “pero jamás consigo estar  completa; no logro aparecer de cuerpo entero” . Esta búsqueda de la mitad separada, esa pregunta sobre  la “naturaleza inacabada” del sujeto, sobre las características de un reino posible para este ser cuya sustancia “abarca mucho más que las malezas, los plumajes cambiantes y las piedras” se responde con una referencia platónica antes aludida: “Tal vez el reino de la unidad perdida entre unas sombras,/ el reino que me absorbe desde la nostalgia primera y el último suspiro”.

Otro poema del mismo libro, “En tu inmensa pupila”, refiere el misterio al ámbito nocturno, muy en la órbita romántica y simbolista (“Me reconoces, noche…”). Quien habla es ahora la “hijastra preferida”  de la noche, y también la que copia su “belleza de espejo traidor”. Seducida por las artes no siempre limpias de la noche, la voz poética asegura: “Ahora me has marcado con tu alfabeto negro. Pertenezco a la tribu de los que se hospedan en radiantes tinieblas,/ de los que ven mejor con los ojos cerrados y se acuestan del lado del abismo y alzan vuelo y no vuelven”. Lo invisible, lo secreto, se perciben por intuición, por contemplación interior “donde cada señal es el temblor de un pájaro perdido en un recinto inmenso/ y cada subida un salto en el vacío contra gradas y ausencias”. No se trata exactamente, o no sólo, de un contacto panteísta con la noche -aunque sí en este poema “la naturaleza es un templo”, como en las “Correspondances” de Baudelaire, porque lo oculto, el orden buscado, se parece también a un ser supremo. La voz del poema no pide la claridad, sino que estos rostros de la belleza o del horror (o sea, los reflejos, las imágenes) sean algún día una presencia que conduzca y revele el sentido. El final del poema se acerca mucho a la percepción simbolista del mundo como libro que se podría leer si alguien nos dictara su sentido o nos abriera su código: “Basta con que me lleves de la mano como a través de un bosque,/ noche alfombrada, noche sigilosa,/ que aprenda yo lo que quieres decir, lo que susurra el viento,/ y pueda al fin leer hasta el fondo de mi pequeña noche en tu pupila inmensa”.

“Densos velos te cubren, poesía”, un poema de Mutaciones de la realidad (1979), muestra como la búsqueda poética es justamente una conexión con ese otro ámbito. La poesía se busca en “las indescifrables colonias de otro mundo”, no en el sentimiento ni en la intelección. Es una vigilia cruel en la que se atisba “una señal”, “la sombra de un eclipse fulgurante”, “una figura blanca como un tajo de Dios en la muralla del planeta”. Todo para ver de “alumbrar las sílabas dispersas de un código perdido/ para poder leer en estas piedras mi costado invisible”. Este “indicio” que pudiera revertir “la división y la caída”, ese “signo a la deriva” permitiría encarnar los fragmentos en la unidad perdida, pero permanece en cambio en forma de astillas y guijarros. No obstante, se refiere en el poema una intuición que rescata y alivia; quien habla ve o cree ver surgir una isla, una barca, un castillo, “o una gruta que avanza tormentosa con todos los sobrenaturales fuegos encendidos”. Gruta o caverna platónica, puesto que nos topamos con los límites del conocimiento humano para decir la precaria revelación, y más aún, con la insuficiencia del lenguaje: “un puñado de polvo mis vocablos”.
El instrumento de la búsqueda es la poesía, que se precisa con resonancias platónicas, pero que repite "El obstinado error frente al modelo", en "Los reflejos infieles", de Mutaciones de la realidad. La poesía es entonces destino desgarrador, en el que "todas las puertas son para salir", en el poema dedicado a Alejandra Pizarnik. La poesía, como en "Densos velos te cubren, poesía", está ahí "para poder leer en estas piedras mi costado invisible", aunque no se sabe cómo "asir el signo a la deriva  Siguiendo la ética que comentábamos, el balance de “Para un balance” no lo es de las ganancias, sino de la actitud aun ante la pérdida Porque no hay derrota para "un corazón en ascuas, alerta para el amor de cada día, indemne como el Fénix de la desmesura". 

En el revés del cielo (1987) inicia una etapa de una voz cada vez más justa; se  acentúa la búsqueda platónica en la poesía, aunque en "En el final era el verbo", le abandonan las palabras que "se me dispersan, se me pierden de vista contra las puertas del silencio". Las palabras han sido los pliegues de la revelación, el alfabeto de la muerte pronunciado hacia atrás: "¿No era ese triunfo en las tinieblas, poesía?". En este poema se invierten las palabras del Génesis para poder perseguir estas palabras que son “sombras de sombras” -si lo real es una sombra, su formulación, su imagen, es la sombra de una sombra-, con el objetivo de “descubrir a Dios por transparencia”, pero el sujeto se topa con la imposibilidad del sentido y con la frustración del intento de traducir, de hallar el hilo en la madeja de voces, pues el código “es tan indescifrable como el de las estrellas o el de las hormigas”. Sin embargo, este ejercicio de reversión de las palabras muestra el precario triunfo de la poesía: las palabras, como imágenes remotas, tejen y destejen por su propia cuenta el sentido, y la voz poética se empecina en pronunciar hacia atrás el alfabeto de la muerte, en vislumbrar los "reversos donde el misterio se desnuda". Pues es un trabajo activo el de la escritura de poesía: "Yo velaba... traduciendo relámpagos, desenhebrando dinastías de voces”, y este buscar a Dios en la urdimbre, en el reverso de la palabra justifica el incesante choque con la ausencia de sentido.
Helena Usandizaga.           

sábado, 7 de enero de 2012

Il miglior fabbro con sus amigos y en Machupicchu

En la foto de Ingrid Spikes vemos a Rodolfo Hinostroza sentado sobre la piedra filosofal de Machupicchu mientras que los poetas al sur de 4 Días Entre Pájaros y Árboles le hacen el coro al silencio de la conversación.
V.H.

jueves, 5 de enero de 2012

AYER. POR MAURICIO ELECTORAT.


Ayer
Mauricio Electorat

Me acuerdo como si fuera ayer, porque en realidad era ayer. Entré a la librería francesa en el centro de Santiago. Por fortuna, había una liquidación y la poca plata que llevaba me alcanzó para comprar "Alcools", de Apollinaire. De Apollinaire yo sólo había leído un poema magnífico, que comienza: "À la fin tu es las de ce monde ancien..." (al final estás cansado de este mundo antiguo). Pero el mundo —al menos el de esa tarde, allí en la calle Estado— no parecía nada antiguo, ni había mucho tiempo para estar cansado —del mundo o de otra cosa—, porque desde la Plaza de Armas venía una muchedumbre de estudiantes, o de jóvenes que al menos parecían estudiantes, gritando todo tipo de consignas. Yo estaba allí, por decirlo de alguna manera, clandestino, quiero decir que nadie debía saber que yo estaba en la calle Estado y no donde debería haber estado, no sé, supongo que en clases de algo. Digo nadie, pero en realidad los que no debían saber por ningún motivo que yo no estaba en el colegio eran mis padres, pues por alguna curiosa razón a los padres suele no gustarles que los hijos hagan la cimarra, pero si además se hubiesen enterado de que estaba a punto de sumarme a una manifestación, no autorizada, obviamente, porque en esa época ninguna lo era, ya la cosa hubiese sido, como se dice vulgarmente, de infarto. Entre paréntesis, nunca he entendido esa propensión de algunas madres a amenazar con una muerte súbita, como la del lactante pero por razones, digamos, morales porque podía sobrevenir cuando uno hacía algo fuera de la ley (de la ley materna, claro, que era más indulgente que la ley paterna pero, en mi caso al menos, más artera porque si la infringías, la señora podía nada menos que dejar de existir). Mi madre al menos era así: tú le decías, no voy a estudiar ingenería civil industrial sino literatura y ella iba, se recostaba en su cama y comenzaba a sangrar muy dignamente por las narices. Ya la habías matado, o casi. Si el domingo por la mañana, a la hora de la misa, le decías que habías llegado a la conclusión de que Dios no existía: tres días de hemorragia nasal, por lo menos. O sea, si al ver que no regresaba del colegio tenía que salir con mi padre a buscarme por comisarías, hospitales, vicaría de la solidaridad, la cosa podía ser definitivamente luctuosa, porque manifestarse era ya algo peligroso en esos años, pero matar a tu madre por querer acabar con la dictadura habría sido, por lo menos, desproporcionado.

Pero estábamos en la muchedumbre que avanzaba por Estado hacia la Alameda. De lejos, entre los jóvenes, destacaba uno muy alto, con el puño también muy alto y un vozarrón estentóreo que gritaba que Chile había sido y sería nuevamente (¿pero cuándo?) un país en libertad. Era mi amigo Cristián Warnken, que se había escapado también del colegio. Venía con Jorge Edwards (hijo) y otros amigos. Yo, ingenuamente, había comprado un libro pensando que si me llevaban preso al menos tendría algo que leer. Caer preso, de hecho, era en esas circunstancias algo bastante factible, poder leer en la cárcel (o donde fueras a dar) era otro cuento. De hecho, ya cargaban los carabineros desde la Alameda, ruidos de sirenas, gritos, el olor de las lacrimógenas… un paisaje bastante actual, lo que me hace pensar que así como se habla (o hablaba) del eterno femenino, se podría hablar del “eterno policial”, o de la “eterna tentación policial”… Yo, de hecho, terminé por comprar un libro cada vez que iba a una manifestación. Era una martingala: si compraba un libro, no caería preso. Así descubrí muchas obras notables: desde esos primeros “Alcoholes” de Apollinaire hasta “Pantaleón y las visitadoras”. Había otro detalle: calzoncillos y calcentines rigurosamente limpios, pues mi madre decía que al salir de casa era imperativo asegurarse que se llevara ropa interior en buen estado (ella quería decir limpia y, ojalá, nueva), porque no se sabía nunca, uno se podía desmayar en la calle y entonces, imagínate, unos calcetines llenos de hoyos, o algo peor…En otras palabras, terminar en la comisaría sí, pero con la dignidad del caso. Y la dignidad estaba, ante todo, en la ropa interior.

“Deseoso es aquel que huye de su madre”, dice Lezama Lima y más deseosos nosotros que huímos durante tantos años y calles de nuestras madres y de la policía.


M.E.