jueves, 30 de agosto de 2012

GRAN COLETTI, V.H. Y LA CHOLITA USANDIZAGA EN EL CALLAO.

 Pasamos una tarde inolvidable en algún sitio de Chucuito embebidos por las cervezas de mi sobrino Coletti. Extrañamente el mar parecía una plantación de girasoles colorados. Tiempo después encontré este texto del que se revela como el mayor escritor de puño y letra  del puerto:
ITALIANOS EN CHUCUITO.
El abuelo manoseaba un juguete particular mientras me hablaba, "un teléfono para buzos" ,así lo llamaba él, pero sólo era un cordel de pescar que conectaba dos vasos comunicantes de tecnopor. Nos detuvimos "en seco" frente a la puerta del Edificio Ronald, que en su pasaje de mármol exhibe una galería de bustos de los genios de la humanidad. El abuelo liaba un cigarro fino y con su famosa boina nos adentraba hacia el Callao antiguo, lateando fresco, desarreglado, hacia su famosa esquina de Constitución y Libertad, donde nos permitió degustar de la galantería de sus piropos, (mal llamados por las gevas "cumplidos") poniendo en práctica su "experimento sonoro".
-Usted quédese aquí mientras yo doy la vuelta  a la esquina y le hablo, y cuando lanzaba uno, yo veía llegar el verso, ondulando por el hilo hasta mi oreja.
Antes hizo un aspaviento, nos movió las manos y todo el esqueleto de pescado, luego empezó a rezarnos esos piropos que lo inmortalizarían por esas casas de madera de la Playa de la Ribera:
-"Quién fuera lágrima, para nacer en tus ojos y morir en tu boca?..."
(M.C.)

miércoles, 29 de agosto de 2012

VALLEJO: LA INTUICIÓN DE MOME.


Vallejo atrapa a la poesía – o, lo que es lo mismo, a las mismísimas palabras, al lenguaje -, la sujeta de la solapa y le retuerce el cuello hasta vencerla, hasta lograr (al menos por momentos) avasallarla, desmontarla, transformarla en añicos. Vallejo apunta la llama de la antorcha hacia la médula del acontecimiento, hacia el hueso del ser, y allí apoya y mira cómo el fuego comienza a subir. Es el fuego, el único fuego cierto, un espasmo de luz ontológica que derriba con fulminante exaltación a los centinelas del sentido que le salen a cada paso.
 Una genuina inversión del azar, el testimonio de la absoluta inoperancia de los testimonios, de cualquier testimonio sintactizado. El sopapo de la falta de sentido encajado en el rostro del lenguaje sacralizado a golpes de diccionario y autoritarismo. Vallejo disuelve la supuesta esencia del lenguaje para que tras la evaporación, en medio de la bruma grisácea y aromada de sospechas, pueda verse – aunque sea por instantes más breves que cualquier noción de instante – el verdadero ser de la palabra, vehículo capitalmente emocional, afectivo.
 Vallejo retrocede. Da un paso atrás, y otro, y otro. Retrocede de la cultura al sentido, del sentido al lenguaje y de allí a la palabra, y al silencio, y al vacío. Vallejo retrocede para demostrar que únicamente en ciertos retrocesos se precursa el avance. Hay en esto más “destrucción de la cultura” que en mil tratados psico-sociológicos.
La vanguardia es el olvido, el abandono irremediable de lo siempre-por-abandonarse, el pisoteo constante sobre la huella irreconocible. Pero la cultura tiene un estigma para cada corte, una réplica. La vanguardia tiene al paso del tiempo, al simple transcurso de la duración, como Némesis. La vanguardia debe impugnarse,comerse a sí misma, para ser. Hoy es simple decirlo, a cualquiera le resulta evidente; piletones de tinta se han secado con las derivas críticas de la ambigüedad vanguardista, con la cháchara de tanto frustrado que la va de censor de la consistencia artística. Pero en aquel tiempo, cuando la vanguardia era todavía menos una teoría que una actitud en germen, era otro el cantar y otros, claro, los intérpretes.
 Vallejo es la vanguardia de la vanguardia, el paso previo a cualquier paso, el retroceso anterior a cualquier retroceso. Y su testamento más cabal es Trilce, hechicera pócima que reniega de cualquier fórmula preestablecida, incluso de cualquier fórmula preestablecida de trasgresión. Trilce está hecha del genio de Vallejo, pese los pataleos de la crítica literaria institucional y pese a la envidia de los colegas; es un objeto inasible, un anti-objeto que cumple – tal vez como ningún otro, exceptuando las cabriolas de Joyce, el cuchillo de Artaud o el posterior cut-up de Burroughs – con las condiciones añoradas de la teoría de la recepción vanguardista, a saber, participación prioritaria del lector, sentido abierto de la obra, fragmentación, incompletad, latencia de una pluralidad de significaciones no-excluyentes.
 Curioso desacuerdo: presencia y ausencia del autor. Curioso y fructífero. Vallejo descubre la quintaesencia de la vanguardia en el (in)exacto cruce de la subjetividad productora del desarreglo sensorial y la libertad esencial del sentido gramatical. Presencia y ausencia del autor: genialidad medular, inconmensurable, del Vallejo-hombre y emancipación gloriosa del lenguaje y la imaginación. Trilce en sí no es otra cosa que el bailoteo gracioso, consternado y anárquico al que está conminado el lector entre la ausencia y la presencia del autor.
 “Escapo de una finta, peluza a peluza.
Un proyectil que no sé dónde irá a caer.
Incertidumbre. Tramonto. Cervical coyuntura.
Chasquido de moscón que muere a mitad de su vuelo y cae a tierra.
¿Qué dice ahora Newton?” (del poema XII)
El poemario es de 1922, una fecha que por sí misma lo ubica en una corriente frenética de renovaciones y rupturas. Lo interesante es que aún en ese tiempo tan convulsivo, Trilce parece llegar un paso-más-allá. Después de mucho sacarle el polvo a los monumentos literarios de la época se puede ver a Trilce – tan apocado al principio, tan ladeado hasta por razones geográfico-culturales – en su huidizo esplendor como el alegato más incontestable del alma vanguardista.
 “Cual mi explicación.
Esto me lacera de tempranía.
Esa manera de caminar por los trapecios.
Esos corajosos brutos como postizos.
Esa goma que pega el azogue al adentro.
Esas posaderas sentadas para arriba.
Ese no puede ser, sido.
Absurdo.
Demencia” (del poema XIV)
 Ese no puede ser, sido; desafío a cualquiera a encontrar una frase que condense de forma más efectiva y brillante la esencia de la poesía. Vallejo es el antes del después, pero también el antes del antes. O al menos lo intenta, y eso lo justifica más que cualquier obra, que cualquier poema en particular. Gran parte de la crítica (con Yurkievich a la cabeza) ha desesperado por establecer de modo definitivo la relación entre Vallejo y la vanguardia; no es difícil comprender las razones de esa desesperación, Vallejo escribe Trilce en una sincronía asombrosa con las revulsiones que se están generando en Europa, en el centro del mundo cultural y eso, al parecer, no puede dejarse pasar por alto. Pero más allá de las filiaciones que se le endosan – el ultraísmo principalmente – Vallejo logra rendir a cualquier enemigo, es decir a cualquier crítico-detective con la lupa siempre en el bolsillo, hurgando en las raíces de lo nuevo.
En Trilce hay ultraísmo, efectivamente; también futurismo, surrealismo, simbolismo mallarmeano…siquiera falta ese romanticismo ya sacudido que tanto resuena en Yeats o en Eliott. El caso es que en Trilce hay todo eso y más, un más con status de excedencia inasible. Los estudiosos hablarán enseguida de “asimilación”, de “influencia”, de “amalgamas”. Vaya uno a saber. Para mí que es simplicidad y genio.
“Absurdo / Demencia” escribe Vallejo. Si en algo coinciden todos los ismos que hoy etiquetamos como “Vanguardia” es en el rechazo al racionalismo, especialmente a la noción de explicación que enarbola e impone el racionalismo. En ese sentido, la vanguardia es un grito primal, una reacción última y vigorosa del ser humano para desligarse de las reducciones informativas y causales. Vallejo es un ejemplo extremo de esa actitud y, se sabe, cuando un ejemplo se vuelve extremo deja de ser ejemplo; el ejemplo se caracteriza por la medianidad, está atado al promedio. El absurdo de Trilce hace frente a cualquier tentativa de sumisión a las reglas, incluso a las vanguardistas, a las que nada casualmente el propio Vallejos describió unos años más tarde como meras nuevas fórmulas, haciendo especial referencia al surrealismo.
El absurdo, al menos como polo, rompe con cualquier fórmula. Se dirá sin mentir que hasta el absurdo tiene una fórmula, al menos una lógica interna y secreta que rige la ordenación. Pero esa intangibilidad, ese halo de misterio ¿no lo eximen de ser reducido a fórmula? Por ahora, me atengo a los hechos: sin lugar a dudas Vallejo ha influido sobre la poesía de varias generaciones, todos los grandes poetas (latinoamericanos especialmente) posteriores tienen algo de Vallejo en su escritura, pero ninguno, ninguno de ellos, escribe como Vallejo.
 En este punto, conjeturo, Vallejo lleva un poco más allá las pretensiones de las vanguardias: la ausencia de escuela del escritor dice más de lo que anuncia.
“Haga la cuenta de mi vida
o haga la cuenta de no haber aún nacido
no alcanzaré a librarme.
 No será lo que aún no haya venido, sino
lo que ha llegado y ya se ha ido,
sino lo que ha llegado y ya se ha ido”
 La vanguardia está decididamente orientada hacia el futuro. Su propia esencia es el futuro, pero esencia no nace sino de un determinado ademán hacia el pasado. La vanguardia toma al pasado en un nivel institucional (la tradición) como su peor enemigo, y aquí Vallejo vuelve a discrepar: el pasado también es el pasado de los individuos, el constante “irse” que oficia siempre de fondo en la vida de las personas. Fondo vacío, escenografía compuesta de imágenes borrosas en su huida e implacablemente nítidas a la vez en sus huellas. Cualquier “hacer cuentas” con la vida incluye los destellos privados, las delicias y catástrofes locales. El futuro de este modo no es un borrón y cuenta nueva, una tabula rasa, sino un manto nuevo desplegado sobre las ruinas ardientes de un pasado del que nadie se libra.
 “Como si nos hubiesen dejado salir! Como
si no estuviésemos embrazados siempre
a los dos flancos diarios de la fatalidad!”

La asfixia es el primer síntoma de la libertad, su punto de partida. Y de alguna manera es su límite anticipado, la hiper-realista cruz que arrastra el buscador del oro inmaterial. Esa asfixia de lunes, esa asfixia cansada del comienzo, del comienzo que siempre es un (re)comienzo.
 “Murmurado en inquietud, cruzo,
el traje largo de sentir, los lunes
de la verdad.
Nadie me busca ni me reconoce,
y hasta yo he olvidado
de quién seré.
Cierta guardarropía, sólo ella, nos sabrá
a todos en las blancas hojas
de las partidas.
Esa guardarropía, ella sola,
al volver de cada facción,
de cada candelabro
ciego de nacimiento.
Tampoco yo descubro a nadie, bajo
este mantillo que iridice los lunes
de la razón;
y no hago más que sonreír a cada púa
de las verjas, en la loca búsqueda
del conocido”
 Razón y Verdad tal vez sean los dos conceptos centrales del camino racionalista. Razón y Verdad son al espíritu lo que los lunes a la semana del hombre moderno. Pero los lunes además son el día que mejor atestigua la soledad, la incomunicación propia de la mentada modernidad. Razón y Verdad sean, acaso, las causas de esa clausura, ese re-pliegue sobre sí mismo que define al hombre racional. La búsqueda de la Verdad nos ha puesto a desconfiar de todo, la vía de la Razón nos ha encerrado en nuestras propias mentes. El encuentro con el otro-conocido se torna una exploración desesperada, imposible.
 ¡Que será entonces del des-encuentro! Trilce está escrito mientras el poeta rompía con su pareja y eso se nota. El amor hacia las mujeres – tamizado por la imposible sustitución de la madre – es un imposible que luego del fracaso se torna veneno y condena. Acaso la muestra más cruel de todos los “puentes volados” de los que escribe Vallejo en el poema XXVII. En otro poema de Trilce – el LXII – se lee:
 “Y sólo cuando hayamos muerto ¡quién sabe!
Oh no. Quién sabe!
entonces nos habremos separado.
Mas si, al cambiar el paso, me tocase a mí
la desconocida bandera, te he de esperar allá;
en la confluencia del soplo y el hueso,
como antaño,
como antaño en la esquina de los novios
ponientes de la tierra.
Y desde allí te seguiré a lo largo
de otros mundos, y siquiera podrán
servirte mis nós musgosos y arrecidos,
para que en ellos poses las rodillas
en las siete caídas de esa cuesta infinita,
y así te duelan menos”
 El amor, el completo misterio que representa el amor, es el único lazo que dura en la vida, el único que se proyecta en la muerte. Pero sea cual sea ese lazo, tampoco alcanzará nunca para mitigar del todo el dolor. El otro siempre es otro y ese es, entre otras cosas, un indicador de que uno mismo siempre es uno mismo. Claro que no sabemos nada ni del otro ni de ese si-mismo que nos habita y corroe por dentro…claro que no hay forma de saber que no esté salpicada por el óxido de la razón. En navajazos del absurdo como ese está compuesto Trilce.
 Mome.
(Traído del más leído y desaparecido de los blogs: La periódica revisión dominical. Célebre) 

domingo, 5 de agosto de 2012

RES MÍSTICA: LA GRAN POESÍA DE ELQUI BURGOS.



Elqui Burgos como Vallejo tiene su Paris. Su Paris que no es el de Vallejo. Palpablemente existe en ambos Poesía en su dolor, aunque nos preguntáramos siempre cómo es que algunos, los mejores, hacen arte en esa enredadera. Y, del dolor sacan su suerte como esos monitos pintones en las ferias que en papelitos coloridos entrega el organillero a esos que  asisten que somos nosotros. Una jugada magna si no fuera porque el propio corazón se queda co-ju-do con esta poesía que ha atravesado los siglos de la soledad más perfecta. Más inigualable, al conjuro de un Stalingrado de amor, de cuerpos y de ángeles. Porque la poesía de Elqui Burgos ha debido ensayarse en una cárcel de pasiones con un diamante por brújula con el que el poeta iba rayando La Luz y La  Forma del poema: cada poema tratado como un cuerpo con hambre: cada poema tallado con ese diamante de infinito. El resultado ha sido esta Res Mística, estos poemas amargos y secos como la yerba de Urcos cuando ha dejado de llover. “Amarga y seca la soledad cuando no ha aprendido uno a alimentarse de ella” dice García Calvo y, sí pues, amarga y seca la maravilla escrita cuando ya poco se esperaba de un poeta y su grandeza.
Vladimir Herrera.

viernes, 3 de agosto de 2012

FLOR DE AMOR, UN CUENTO DE CARLOS MENESES.



 


Flordeamor

En enero le brotaron claveles rojos mientras leía la carta que él le había escrito. Toda la familia, estupefacta primero, alborozada después, la rodeó cariñosamente. La madre, tras besarla emocionada, fue la primera en arrancarle las flores y comprobar que eran tan naturales como las de cualquier jardín. Luego, pidió a sus otros hijos que salieran a venderlas aunque, como es lógico, se reservó unas cuantas para ella. Al día siguiente fue el padre el que quedó absorto cuando vio a su hija nuevamente cubierta de claveles, los que con presteza la fueron arrancados y vendidos en la ciudad. Así se sucedieron los días hasta la llegada de febrero y, en medio de los suspiros y cándidas miradas a lontananza producidas por una nueva carta, nacieron hermosas margaritas que la familia en pleno se encargó de recortar. En ese mismo mes llegaron dos cartas más, coincidiendo con la frondosidad del florecimiento. El padre, muy satisfecho con la novedad, decidió abandonar su trabajo en la fábrica y montar una floristería. Al mes siguiente brotaron magnolias. La madre estuvo muy contenta porque era su flor favorita. Poco a poco todos los hermanos dejaron sus respectivos trabajos y comenzaron a cumplir tareas en el flamante negocio del padre. Cuando llegó el mes de abril hubo alegres apuestas entre los familiares. Unos aseguraban que nacerían crisantemos, otros creían que serían azucenas. Pero pasaron los primeros días sin que brotara una sola flor, lo que causó cierto pánico en el hogar, hasta que alguien recordó que habían transcurrido semanas sin que el cartero llamase a la puerta. En esos días de escasez epistolar, ella salía de su casa y mirando hacia el horizonte suspiraba candorosa, como si estuviese orando en silencio hacia las lejanías. Fue justamente en esos momentos de dulce clamor esperanzado en que se solía sumergir, cuando unos pálidos pero bellos y enormes gladiolos la empezaron a cubrir desde la cabeza hasta los pies. La familia, convencida de haber superado el mal momento, respiró tranquila y miró con optimismo hacia el futuro. En los días subsiguientes, no obstante no llegar carta, siguieron brotando gladiolos sin cesar hasta la entrada del mes de mayo. Una noche, mientras padres y hermanos discutían en la sobremesa, y no sin algún temor, qué flor les daría ese mes, tuvieron la oportuna visita del cartero. La madre descubrió una letra extraña en el sobre. El padre, muy previsor, sugirió leer la carta antes de entregársela. El tema fue motivo de discusión  durante algunos días, pero las diferencias cesaron cuando vieron que la dulce enamorada empezaba a cubrirse de orquídeas. La familia, sumamente regocijada, aunque no totalmente alejada del miedo, se reunió una noche mientras ella dormía. El cambio de opiniones entre padre e hijos estuvo a punto de ser agrio pero, finalmente, reinó la cor-dura. Al final, todos estuvieron de acuerdo en no decirle una sola palabra acerca de la decisión que habían tomado. La hermana mayor quiso saber qué harían en el caso de que la enfermedad avanzase y les llegara una triste noticia. Un gesto de terror se apoderó de todos los familiares que debieron sentir, por un momento, la amarga sensación de enfrentarse nuevamente con la imagen de la pobreza. No obstante, de inmediato se dieron ánimos unos a otros, diciéndose que no sería un mal grave, y que tratándose de un hombre joven, tampoco sería de larga duración. Terminado el mes de mayo y ante la ausencia de noticias, a alguno de los hermanos se le ocurrió la falsificación de una carta y a otro la fabulación de un mensaje oral que les traía un amigo. Pero debieron desistir de tales remedios porque a los pocos días comenzaron a florecer camelias. Transcurrida otra semana, una mañana la madre, acostumbrada a acercarse muy de madrugada a la cama de su hija, con el fin de ser la que le arrancase las primeras flores, tuvo momentos de horrible angustia al encontrarla desprovista del más leve rastro de florecimiento. No se atrevieron a preguntarle qué le estaba pasando, pero sí trataron el caso entre ellos. Aterrorizados la escuchaban llorar en las noches y, a veces, hasta la veían hablar y gesticular en su oscura soledad, con una delicadeza y una abnegación que les parecía que él se hallaba frente a ella. Ante el imponente temor de que el jardín se marchitase totalmente y para siempre, decidieron urdir una treta. Decirle, casi indirectamente, como si hablasen de estrellas o de países inefables, que sabían de su propia llegada. Sin embargo, ella no parecía escucharles, y no hacía más que suspirar entrecerrando los ojos. La madre, en esas mañanas frías en que llegaba con paso cansino hasta su cama, repetía quedo pero junto a sus oídos, el nombre del muchacho. La hermana mayor tenía a su cargo el espíritu de la farsa, y aseguraba que un amigo de él la había llamado para anunciar que él vendría en días muy próximos. Cuando ocurría todo esto ella sólo atinaba a sonreír débilmente y era en esos precisos instantes cuando, tímidamente, brotaba alguna camelia, y toda la familia miraba con ansiedad la cara, el pelo, las piernas, en espera de que nacieran otras flores más. Tras una noche de horribles presentimientos y forzadas cavilaciones, pues había concluido el mes de junio sin contar con la presencia del cartero, la madre acudió como siempre, casi a la alborada, a la cama de la inocente enamorada y, al verla, no pudo contener un grito de estentóreo jubilo. La cama estaba cubierta de flores que se desbordaban y caían al suelo. Claveles, lilas, magnolias, rosas, azucenas, crisantemos. Una deliciosa fragancia y una hermosa variedad de colores. Llamó a voces a todos los hermanos, quienes aun soñolientos llegaron junto a ella y se asombraron ante el prodigio. La tarea de recoger flores del suelo, de sobre los muebles, de la cama, se inició de inmediato. Unos agachados, otros a gatas, iban recolectando las rosas, los claveles, los crisantemos. Los depositaban en canastas, trasladando estas, cuando llenas, a las otras habitaciones. Trabajaban febrilmente, con la satisfacción pintada no solo en los ojos, sino en cada movimiento. Tenían la seguridad de que la crisis estaba superada, de que el miedo debía quedar atrás. Alguno no podía evitar una risa nerviosa de alegría. Otros indicaban que se terminara de recoger todas las flores del suelo para luego continuar con las de la cama. Ninguno, ni la madre que solía hacerlo casi siempre, se preocupó por arrancarle las flores que le cubrían la cara y besarla en la frente. Sólo cuando el suelo quedó limpio, se decidió a acometer esa tarea. Fue en ese preciso instante cuando se escuchó la voz del cartero que traía una nueva carta. Todos quedaron quietos una fracción de segundo, pero luego continuaron en lo suyo. El padre descubrió una letra desconocida en el sobre, nervioso lo desgarró y leyó en voz baja, enrojeciendo tras cada palabra. La madre buscó con ahínco el rostro de su hija bajo las gardenias, bajo las violetas y los claveles. Los hermanos quisieron descubrirle los pies y siguieron llenando canastas con flores. Mientras el padre se dirigía a ellos para comunicarles el contenido de la carta, los hermanos y la madre seguían luchando, con más rabia que pena, por encontrarla debajo de las últimas flores.

 

Carlos Meneses

 

 

 

 

sábado, 28 de julio de 2012

UNA GRANDE DE MÉXICO: MARICRUZ PATIÑO.


A propósito de Justine

... dice Durrell que la pareja
es un animal bicéfalo
por eso yo
prefiero andar a solas con mi propio cuerpo
yo se que
el beso casto enloquece a las bestias
haciéndolas bramar
Y eso es hermoso

Lo mejor sería
un solo cuerpo sin cabeza
un corazón radiante y bueno
que pueda sublimar el recuerdo salado
de las futuras lágrimas, digo
cuando los cuerpos vuelvan a sus cabezas
y se digan adiós

Sí, inventar un espejo de cuatro dimensiones
en el que reposar despiertos
haciendo el amor en otro mundo.




Horneada sentimental
(fragmento)

Te tomamos Ciudad primero paso a paso
descubrimos tus calles, el miedo en tus arterias
la depresión y el odio o el llanto de un niño que duerme en la azotea
también y como aretes falsos brillan tus ropas, tus comercios
y yo te asalto Ciudad porque me siento sola y despedida
porque de ti quisiera tantas cosas que al fin y al cabo son historias
porque en el juego del mundo
yo me invento unos sueños
sueños con participaciones colectivas
fantasmas que la misma Ciudad nos proporciona
para vivir un mito sin creerlo
para danzar la penitencia al son de las máscaras
Carnaval y miseria dejan en el olor tus huérfanos:
Aleluya ciudad y en ella entramos sin burro y sin palmeras
desnudos solitarios anestesiados dispersos
sin saber muy bien qué juego nos domina
que ángel en ella nos detiene.




Maricruz Patiño (1950) Ciudad de México. Poeta. LIBROS DE POESÍA: La circunstancia pesa (1979), Voces (1984), La prosa de un viaje desesperado (1990), Larga vigilia (2002) y Del mundo y otros cielos (2004).

miércoles, 18 de julio de 2012

ESPLÉNDIDA IRACUNDIA. UNA ANTOLOGÍA FASTIDIOSA.



Abelardo Oquendo le llama  Antología Fastidiosa  a esta hecha por López Degregori, Chueca, Güich y Susti. Lo cierto es que por fin salió a la calle a qué sino a trajinar. Lo que hacen todas las antologías que a parte de inconclusas y arbitrarias nos sirven para entonar el himno de la Naranja Mecánica  al mismo tiempo que nos depositan en un tiempo benevolente, emocionándonos con una época o un clima o una manera de hacer poesía, digo. A los que por un azar llegamos a formar parte de esta u otra antología nos invade la iracundia de una generación, la propia, que a regañadientes se ve retratada, junto a otras, jóvenes aún aunque prontas al climaterio. Y es que cuarenta años de poesía cualquiera quisiera volver a tenerlos. Veinte años no son nada y diez menos. Antología fastidiosa le llama Oquendo porque intuye que a parte de la cola que ya trae, vendrá con ella el vendaval y la carraspera de los poetas que como decía Vallejo no nacen ni mueren (son los más). Lo importante es que el libro como tal esté allí, publicado y bien publicado, y que además sirva para ir poniendo las cosas en su lugar.
Vladimir Herrera.




martes, 17 de julio de 2012

1932, El GRAN LIBRO DE ODISEAS ESTENOP0ULUS.

Luna descalza.
Temor de los amantes
En la orilla.
Afuera los comunistas
Sueñan del mar
La guerra que viene.
Amanece.
Odiseas Estenopoulus. 1932.

martes, 10 de julio de 2012

LA FOTOGRAFÍA Y EL ACERTIJO.

Juntos no parecen iguales. En esta foto vemos a Rulfo casi indignado por estar ahí. El otro mexicano es Sergio Pitol. Distingo al chileno Enrique Linh y al ecuatoriano Adoum. Están Scorza, Monterroso, Ribeyro, Brice. Algunos españoles me resultan inubicables: ¿Muñoz Molina?. Las damas se ven apetitosas todas y prefiero no nombrarlas para no meter la pata. Mario Vargas Llosa estaba en el aeropuerto de Orly-París esperando al comunista Gustavo Valcarcel por lo que no llegó para la foto. No es raro. Así era Mario.
V.H.

viernes, 6 de julio de 2012

JAIME GARCÍA TERRÉZ TRADUCE A SÉFERIS

 


SOLSTICIO DE VERANO

1

El mayor de los soles en un lado
y del otro luna nueva
lejos de la memoria como aquellos pechos.
Y en medio el abismo de la noche estrellada
el cataclismo de la vida.

Los caballos en las eras
galopan y transpiran
encima de los cuerpos esparcidos.
Allá van todos
y esta mujer
a quien miraste bella, un instante
encórvase ya no resiste más arrodillóse.
Las piedras de molino muelen todo
y todo en astros se convierte.

En vísperas del día más extenso.


2

Todos tienen visiones
por más que nadie lo confiese;
van y aseguran que andan solos.
La magna rosa,
estuvo siempre aquí
a tu costado sumergida en lo profundo del sueño
tuya y desconocida.
Pero apenas ahora que tus manos la tocaron 
en sus remotos pétalos 
has sentido caer la pesantez compacta del danzante
en el río del tiempo— 
borbollón tremebundo.

No disipes el hálito que te acordó 
este respirar.


3

Con todo en este sueño
degenera el ensueño fácilmente
en pesadilla.
Como el pez que brilló bajo la ola
y en el cieno del fondo se sumió
o bien camaleón que cambia de color.
En la ciudad vuelta prostíbulo
rufianes y cuerpos públicos
pregonan encantos podridos;
la muchacha traída por las olas
luce una piel de vaca
para que la monte el torillo;
al poeta
los chiquillos le lanzan deyecciones
mientras ve cómo sangran las estatuas.
Es preciso que salgas de este sueño;
de esta piel fustigada.


4

En la demente dispersión
a diestra y a siniestra por encima y abajo
revolotean las basuras.
Sutiles humos deletéreos
paralizan los miembros de los hombres.
Las almas
apresuradas a dejar el cuerpo
tienen sed y no hallan agua por ningún sitio;
fíjanse acá fíjanse allí a la ventura
pájaros atrapados en varetas;
inútilmente se debaten
tanto que no resisten más sus alas.

La región se reviene sin cesar 
jarro de tierra cocida.


5

En narcóticas sábanas envuelto 
el mundo nada tiene que ofrecer 
salvo este final.
               En la cálida noche la marchita 
sacerdotisa de Hécate
con los pechos desnudos arriba en la terraza 
implora un plenilunio de artificio, mientras 
dos impúberes siervas que bostezan 
revuelven filtros aromáticos 
en calderos de cobre. 
Hartáranse mañana los amadores de perfumes.

El fuego y los afeites de ella son iguales 
a los usados por las trágicas 
un yeso ya resquebrajado.


6

Por los laureles
por las blancas adelfas
por la espinosa peña
y el mar de vidrio a nuestros pies.
Recuerda la túnica que miraste
abrirse y deslizarse sobre la desnudez
y caer al redor de los tobillos
muerta—
si así cayera este sueño
entre los laureles de los muertos.


7

El álamo en el pequeño huerto
su respirar mide tus horas
noche y día;
clepsidra que los cielos llenan.
Bajo la fuerza de la luna sus hojas
arrastran en el blanco muro negras pisadas.
Hay en el borde unos cuantos pinos
y detrás mármoles y luminarias
y hombres así como son los hombres.
Pero el mirlo gorjea
cuando viene a beber
y algunas veces oyes el canto de la tórtola.

En el pequeño huerto de diez pasos de largo
puedes ver cómo cae
la luz del sol en dos claveles rojos
en un olivo y una exigua madreselva.
Admite quién eres.
                             El poema 
no lo sumerjas en los hondos plátanos 
nútrelo con la tierra y la roca que tienes. 
Para mayores frutos— 
los hallarás cavando en el mismo lugar.


8

El papel blanco rígido espejo 
sólo devuelve lo que eres.

El papel blanco habla con tu voz,
tu propia voz
no la voz que te place;
tu música es la vida
ésta que has dilapidado.
Es posible ganarla de nuevo si lo quieres
si te cebas en esa indefinida cosa 
que a regresar te impulsa 
al punto de partida.

Viajaste, muchas cosas has visto muchos soles 
tocaste muertos y vivos 
el dolor percibiste del muchacho 
y los quejidos de la mujer 
el amargor del niño inmaturo— 
y lo que percibiste se abate sin sostén 
si en este vacío no pones tu confianza. 
Tal vez encuentres allá lo que creíste perdido; 
el brote de la juventud, la justa 
          sumersión de la vejez.

Tu vida es lo que diste 
este vacío es lo que diste 
papel blanco.


9

Hablabas de cosas que no veían los demás 
y éstos reíanse.

Boga con todo en el umbroso río
contra la corriente;
cursa los caminos incógnitos
a ciegas, obstinado
y busca palabras enraizadas
como el olivo de múltiples nudos—
y déjalos que rían.
Aspira a que también el otro mundo
en la hodierna sofocante soledad habite
en este presente dilapidado—
déjalos.

El rocío del alba y el viento del mar
existen sin que nadie lo demande.


10

A la hora en que los sueños se vuelven verdad 
al despuntar el día 
vi los labios abrirse 
pétalo a pétalo

En el cielo brillaba una delgada hoz. 
Temí que los segara.


11

El mar que nombran la serenidad
barcos y velas blancas
brisa desde los pinos y el Monte de Egina
respiración jadeante;
resbalaba tu piel sobre la piel de ella fácil y cálida
cual incipiente pensamiento que se olvida al punto.

Pero en los médanos 
un pulpo arponeado lanzó tinta 
y en el fondo—
si pudieras pensar hasta donde terminan 
            las hermosas islas.

Mirábate con toda la luz y la tiniebla que poseo.


12

Agítase ahora la sangre
al bullir el calor
en las venas del cielo virulento.

Pretende trascolarse a través de la muerte 
para encontrar la bienaventuranza.

La luz es pulsación
más y más lenta cada vez
piensas que va a detenerse.


13

Un poco más y se detiene el sol. 
Los espíritus del alba 
soplaron en las desecadas caracolas; 
el pájaro cantó tres veces
            tres veces sólo; 
la lagartija en la piedra blanca 
queda inmóvil
mirando la yerba requemada 
allí donde se deslizó la culebra. 
Un ala negra traza una profunda brecha 
arriba en la cúpula del azul— 
átala, que se abre.

Dolor de la resurrección.


14

Ahora,
con el plomo fundido de las adivinanzas* 
el centelleo del mar estival,
la desnudez entera de la vida;
y el pasar y el parar y
          el acostarse y el incorporarse
Como el pino en pleno mediodía
por la resina sojuzgado a engendrar la llama se apresura
y no soporta ya el dolor—

grítales a los niños que junten la ceniza 
y la siembren.
Lo pasado pasó justificadamente. 
Y aun lo que no pasó
debe quemarse 
en este mediodía con el sol enclavado
en el corazón de la rosa de cien pétalos.