lunes, 9 de febrero de 2015

PALABRAS DE HELENA USANDIZAGA A LA PARTIDA DE ANDRÉ COYNÉ.

En la foto André Coyné con el portugués Mario Cesariny.

ANDRÉ COYNÉ

No recuerdo sí conocí a André Coyné en 1975, cuando estaba en Lisboa, pero creo que fue más bien ya hacia los 80, en Barcelona. Sí que recuerdo nítidamente nuestra primera tarde de conversación, junto con Vladimir Herrera: Coyné era un conversador amable, enciclopédico en algunos temas, seductor y travieso. Mi admiración por él y por su conocimiento de Vallejo, de su poesía sobre todo, y también de Georgette, de los vallejistas y el vallejismo y los infinitos chismes y chistes de las sectas iba en aumento hasta que una boutade suya nos hacía volver a todos a tierra. También tenía un lado gruñón y autoritario que en el fondo resultaba muy gracioso. Unos años más tarde traduje su libro Fe de errores al castellano, un precioso libro que publicó Vladimir Herrera en su editorial Auqui, en 1989, y vino a Barcelona por unos días para trabajar conmigo en la traducción. Como que por entonces ya éramos amigos, disfrutamos mucho esos días de discusiones lingüísticas, pero nos peleamos bastante: él se mosqueaba con mis imprecisiones al traducir ciertas cosas del francés, bufaba indignado, y yo por mi parte le juraba que en castellano no se puede decir “Es por esto que...”, que ni soñara con hacérmelo escribir, y cosas así. Recuerdo que pensamos y discutimos mucho sobre la frase “La vie s’y entend à noyer le poisson”: noyer le poisson viene a ser algo así como marear la perdiz, pero al final lo más ajustado nos pareció “La vida sabe mucho de dar largas al asunto”. Ahí, al
traducirlo, me di cuenta de que ese aforismo contenía una terrible verdad que muchas veces, después, he comprobado. Coyné también autorizó a Auqui para hacer una edición de La tortuga ecuestre, de César Moro, y además le entregó a Vladimir Herrera, para su publicación en 1989 bajo el título Cuál es la risa, unos poemas que cuarenta años antes le había dado Emilio Adolfo Westphalen para que vieran la luz en alguna publicación española, cosa que Coyné cumplió, si bien tantas décadas después, tras hallarlos inesperadamente entre sus papeles. 
También recuerdo una mañana, en realidad eso se repitió, en que fuimos juntos a la Universitat Autònoma de Barcelona para que él diera una conferencia a mis alumnos sobre César Moro. Me preguntó, falsamente temeroso, si no se habrían escandalizado los chicos porque leyó el poema “Antonio” y porque contó la anécdota que está tras el título de La tortuga ecuestre, la de las tortugas copulando de manera arcaica y tremebunda que había visto Moro en un parque de Lima. En realidad, nada le hacía más ilusión que haberles sacudido y escandalizado un poco, pero yo le dije que no creía: nunca lo supe, y tal vez sí podía haberse dado por satisfecho con la provocación.

Coyné, muy joven, en 1948, había prácticamente huido de la terrible Europa de la postguerra, fría y gris y transida de muerte, para llegar como profesor de francés a Lima, donde encontró que el gris tenía otros matices y que todo
le reenviaba a la vida, y donde sobre todo conoció a César Moro y fue iniciado en el Perú gracias a un guijarro que rodó por los acantilados de Lima mientras bajaban al mar Coyné y Moro, guijarro que le dio en la frente y le abrió una brecha que jamás se cerraría: el amor por el Perú y el conocimiento de su fuerza.

Su comprensión de la poesía de César Moro no se basaba solo en su capacidad de recordar historias que están tras los poemas, ni mucho menos, sino que era un conocimiento profundo del universo de Moro, del que fue amante, amigo y albacea testamentario. La difusión de su obra, el hecho de que Moro tenga un lugar importantísimo en la poesía peruana, le debe casi todo a Coyné y a su incesante trabajo.

En Barcelona también pasó por una iniciación, más tardía y prosaica: se cayó por las escaleras mecánicas del metro de Lesseps y se abrió la cabeza con una brecha, profunda también, que le curaron con muchos puntos en el hospital de la Esperanza y luego en el Hospital de San Pablo –le acompañamos Juan del Solar y yo-, donde se las arregló para seguir conversando desde la camilla en la que pasó la noche en el pasillo de urgencias de San Pablo. Los médicos en prácticas, fascinados, se peleaban por cuidarle y uno de ellos me dijo que nunca había conocido a un crítico literario, y que ahora ya sabía cómo eran, aunque yo pensé


que en realidad no sabía nada de cómo son los críticos literarios si había concluido que eran como Coyné.

Teníamos la costumbre de llamarnos por teléfono: toda una tarde de chismes, lamentos, risas y reflexiones filosóficas, pero en algún momento, que no sé cuándo fue, dejamos de hacerlo. La última vez que le vi en Barcelona volvía de Perú y me pidió que le fuera a buscar a la estación de Sants porque estaba cansado y desorientado, pero esa vez no tuvimos mucho tiempo para conversar.


Siempre pensé en recuperar nuestras tardes de risas y llantos aunque fuera por teléfono, esas conversaciones en las que sabía pasar de la travesura provocadora y el egocentrismo a la empatía y la complicidad, pero nunca lo hice, porque nunca hallaba el tiempo, y ahora ya nunca lo podré hacer. La vie s’y entend à noyer le poisson: la vida, es cierto, sabe mucho de dar largas al asunto. 
Helena Usandizaga.

2 comentarios:

Rosina Valcarcel dijo...

Estos días va el tiempo bajando quizás en nuestros cuerpos, y el olor a muerte es más familiar que antaño. La curiosa e inteligente crónica "Palabras de Helena Usandizaga a la partida de André Coyné" me ha sacudido. Gracias amigo Vladimir Herrera. Conocí, casi fugazmente a André Coyné, pero esta tarde siento que fue mi amigo. Rosina

Anónimo dijo...

La vida sabe mucho de dar largas al asunto, sin duda, aunque también sabe cómo hacernos vivir un instante largo en las palabras. Gracias, Helena, me he tomado el café leyendo, y me he quedado con una sonrisa larga esta mañana.
Saludos, Vladi.
Mauricio Zabalgoitia.