domingo, 1 de marzo de 2015

PEQUEÑA GRAN CRÓNICA DE AMÉRICO FERRARI SOBRE E.A.W.



Emilio Adolfo Westphalen
por Américo Ferrari.

El nombre y la obra de Emilio Adolfo Westphalen, uno de los mayores poetas del siglo XX, no se puede decir que tenga hoy, a escala internacional, ni siquiera una vaga resonancia aunque se haya muerto el año pasado a los 90 años. Es verdad que los poetas por lo general no suenan ni resuenan mucho; pero es verdad también que después de haber escrito y publicado sus dos primeros libros de poemas (Las ínsulas extrañas a los 22 años en 1931 y Abolición de la muerte en 1933 a los 24 años) Westphalen dejó de escribir y publicar poesía, salvo algunos textos esporádicos. Por mucho tiempo lo único que se supo del poeta fue su silencio. Yo pude leer en 1950 los dos poemarios de los años 30 porque César Moro me los prestó; después no los pude leer más hasta finales de los años 70 cuando Ricardo Silva Santisteban me mandó fotocopias de los dos poemarios pidiéndome un comentario para la revista Creación y Crítica. En 1980 salió por fin en México Otra imagen deleznable con un puñado de poemas escritos y desconocidos hasta entonces y finalmente Alianza Editorial de Madrid se decidió a publicarlo en 1991 aunque con muchas reservas por el riesgo de no venta, y eso, gracias a la rabiosa insistencia de José Ángel Valente que acabó por tratar a los editores de analfabetos porque les estaba presentando a uno de los más grandes poetas de lengua castellana y se resistían a
editarlo. Así me lo contó el propio Valente. Y en el fondo, comercialmente, los editores tenían razón: el libro aparentemente no se vendió o muy poco y después de 11 años no creo que lo hayan reeditado. Entre la poesía publicada de Emilio, mencionaré un poemario aparte constituido por nueve textos eróticos que André Coyné encontró en una vieja carpeta que probablemente provenía de César Moro, y que André hizo publicar en la editorial Auqui de Barcelona a cargo del poeta peruano Vladimir Herrera, con el título Cuál es la risa.

Inútil insistir sobre la excelencia de la poesía de Westphalen de la que nos va a hablar Claude Couffon; hay que leerlo u oirlo leer que es también lo que vamos a hacer esta noche. Quiero simplemente hacer hincapié en que, además de gran poeta Westphalen es un excelente poetista, crítico y comentador de poesía. Sus ensayos sobre poesía y arte han sido reunidos en 1997 por la editorial Fondo de Cultura Económica en un volumen de 430 páginas donde hay trabajos memorables sobre poesía y literatura peruana, norteamericana y europea; sobre poesía hispanoamericana curiosamente no hay nada, salvo cuatro líneas elogiosas dedicadas a Macedonio Fernández y a Borges: parece como si las fronteras entre nuestros países estuvieran sobre todo ahí para cortarle el paso a la cultura de un país a otro: estos chiles, perúes y ecuadores / que miro y aborrezco, ha escrito Carlos Germán Belli. Aborrece naturalmente las fronteras, no los países y sus poetas. Una vez le hablaba a
Emilio del gran poeta venezolano José Antonio Ramos Sucre, contemporáneo de Vallejo y Girondo: Westphalen no conocía ni su obra ni su nombre.
Los principales trabajos de Emilio sobre poetas y poesía fuera del Perú versan sobre Walt Whitman, William Carlos Williams, Marianne Moore, Ezra Pound, Eliot, Herman Melville, Gerardo de Nerval (así lo escribe él), Lautréamont, Kafka, y el movimiento Dadá; pero prácticamente nada sobre poetas españoles, italianos o alemanes, salvo en un trabajo sobre Dadá, un comentario sobre Hugo Ball, director y poeta expresionista alemán refugiado en Suiza en la guerra del 14 que fundó en Zurich precisamente el movimento Dadá del que después se apoderó Tristan Tzara, y es curioso que no haya escrito, ni dicho en las conversaciones que ha tenido conmigo sobre poesía, una palabra sobre los grandes poetas expresionistas alemanes y austríacos, cuando el expresionismo alemán es uno de los movimientos artísticos y poéticos más importantes del siglo XX, y Emilio conocía perfectamente el alemán.

En cuanto a los poetas peruanos sobre los que ha escrito y que él admiraba más hay que mencionar a Eguren, César Moro, Martín Adán y José María Arguedas; escribió también un excelente ensayo sobre la obra poética de Sebastián Salazar Bondy, uno de los grandes poetas peruanos menos divulgados en el Perú, en América y en el resto del mundo, y quiero recalcar que también redactó una nota sobre un
gran poeta casi totalmente olvidado o relegado en el Perú: Luis Valle Goicochea, nacido en 1911, el mismo año que Westphalen, y muerto en 1953: su “translúcido y desolado lirismo no ha obtenido aún (...)3⁄4ni el reconocimiento debido ni la asignación del lugar que bien merece en las letras peruanas”, dice Emilio Adolfo en esa nota que data de 1978: el desconocimiento de Valle Goicochea no se ha movido, pero se puede abrigar la esperanza de que quizá lo descubran en el Perú hacia el 2050... Vuelvo a los cuatro que más quería y admiraba Westphalen: Eguren, Moro, Martín Adán y Arguedas, pero hay que decir que su en relación con Martín Adán había un rasgo particular y es la complicidad entre los dos en el culto y la devoción a la obra de Eguren y que Martín Adán ha expresado en su libro De lo barroco en el Perú. En 1985 en Lima fui a visitar un día a a Emilio: lo encontré demudado y consternado: Martín Adán estaba entonces entre la vida y la muerte y murió pocas semanas después. Westphalen me dijo: -Acabo de ir a visitar a Martín Adán: no me reconoció; al cabo de un rato me reconoció; hablamos de poesía y de pronto me dijo: -Sabes, yo no creo que Eguren haya sido un gran poeta. Este vuelco en los sentimientos de Martín Adán por Eguren visiblemente lo impresionó tanto que años después en una conferencia sobre poesía peruana que Westphalen dio en el Congreso de la República en Lima, repitió prácticamente con las mismas palabras lo que me contó a mí aquel día de 1985. Está en un volumen que reúne las conferencias dictadas en el Congreso.

He dejado para el fin la relación de Westphalen con Vallejo. Profesaba una admiración sin límites por Trilce, admiración que expresa sin reservas en su importante trabajo Poetas en la Lima de los años treinta. Para el resto de la obra tenía muchas reservas que proceden probablemente de la incompatibilidad entre la tendencia surrealizante de Westphalen donde dominan los raudales de imágenes e innegables coincidencias con la visión que tenían de la vida y la poesía los mejores poetas surrealistas, César Moro entre ellos, el ultraamigo de Emilio. Vallejo en cambio abonimaba de Breton y su grupo surrealista, a juzgar por una nota demoledora sobre los surrealistas y su jefe que publicó en 1930 en la revista Amauta y que se titula, si mal no me acuerdo, “Un cadáver”, o sea Breton. Visiblemente lo que menos tragaba Westphalen en Vallejo era su patetismo humanitario y el aspecto religioso, podemos decir incluso católico, de su poesía. Discutimos sobre eso más de una vez, hasta que me mandó una carta en la que hablando de Vallejo, me decía: “No me podrás negar que no se puede ser impunemente nieto de dos curas españoles”. Impunemente, desde luego, no. Y Vallejo efectivamente era nieto de dos curas españoles y de dos indias chimú, aparentemente “sobrinas” de esos curas: su punición por parte de abuelos...

Termino con unas palabras sobre la mudez o silencio empecinado que se solía achacar al poeta presentado como
una persona que no despegara los labios ni para conversar, lo que es totalmente falso. Recuerdo haber leído un comentario tonto de Unamuno sobre las Hurdes, ese pueblo español conocido por su pobreza sobre el que Buñuel hizo una película. Dice Unamuno: “Dicen que los habitantes de las Hurdes no comen. No es verdad: yo los he visto comer”; sobre Westphalen yo podría decir lo mismo: Dicen que no hablaba: es falso, yo lo he oído hablar... Era simplente una persona lacónica y reservada que evitaba abrir la boca para decir cualquier tontería, especialmente, pienso, en reuniones de amigos tontos o donde hubiera un tonto hablador: -¡Y cuánta reunión de amigos tontos / Y qué nido de tigres el tabaco! – dice Vallejo en uno de sus poemas de París. Ernesto More en su libro César Vallejo en la encrucijada del drama peruano cuenta que una vez Víctor Raúl Haya de la Torre visitó París y sus amigos peruanos le ofrecieron una cena. Haya de la Torre se levantó para un brindis y se lanzó en un discurso inacabable; en una pausa Vallejo le dio una palmada en el hombro y le dijo – Hermano, toma tu vino y cállate. Vallejo y Westphalen: dos lacónicos.

Para terminar, y sobre el mismo tema, dos anécdotas de Emilio: una vez lo invité a cenar en Ginebra con un argentino que quería conocerlo y que era un hablador impenitente y no paró de hablar durante toda la comida. Westphalen no despegó los labios y cuando el argentino se fue, los despegó y dijo: -Américo, este hombre es peligroso.

Y la segunda que me contó, creo, Lucho Loayza u otro amigo peruano: cuando Emilio trabajaba en la ONU en Nueva York compartía la oficina con un español fornido y desenfadado que cada mañana, cuando entraba en la oficina, saludaba a Westphalen dándole una enérgica palmada en el hombro: -Hola Emilio. Hasta que un día al acercarse el español levantando la mano, Emilio se levantó, pálido y rígido, y le dijo: -Si usted me toca, lo mato.

Y ahora me callo yo. 

lunes, 9 de febrero de 2015

PALABRAS DE HELENA USANDIZAGA A LA PARTIDA DE ANDRÉ COYNÉ.

En la foto André Coyné con el portugués Mario Cesariny.

ANDRÉ COYNÉ

No recuerdo sí conocí a André Coyné en 1975, cuando estaba en Lisboa, pero creo que fue más bien ya hacia los 80, en Barcelona. Sí que recuerdo nítidamente nuestra primera tarde de conversación, junto con Vladimir Herrera: Coyné era un conversador amable, enciclopédico en algunos temas, seductor y travieso. Mi admiración por él y por su conocimiento de Vallejo, de su poesía sobre todo, y también de Georgette, de los vallejistas y el vallejismo y los infinitos chismes y chistes de las sectas iba en aumento hasta que una boutade suya nos hacía volver a todos a tierra. También tenía un lado gruñón y autoritario que en el fondo resultaba muy gracioso. Unos años más tarde traduje su libro Fe de errores al castellano, un precioso libro que publicó Vladimir Herrera en su editorial Auqui, en 1989, y vino a Barcelona por unos días para trabajar conmigo en la traducción. Como que por entonces ya éramos amigos, disfrutamos mucho esos días de discusiones lingüísticas, pero nos peleamos bastante: él se mosqueaba con mis imprecisiones al traducir ciertas cosas del francés, bufaba indignado, y yo por mi parte le juraba que en castellano no se puede decir “Es por esto que...”, que ni soñara con hacérmelo escribir, y cosas así. Recuerdo que pensamos y discutimos mucho sobre la frase “La vie s’y entend à noyer le poisson”: noyer le poisson viene a ser algo así como marear la perdiz, pero al final lo más ajustado nos pareció “La vida sabe mucho de dar largas al asunto”. Ahí, al
traducirlo, me di cuenta de que ese aforismo contenía una terrible verdad que muchas veces, después, he comprobado. Coyné también autorizó a Auqui para hacer una edición de La tortuga ecuestre, de César Moro, y además le entregó a Vladimir Herrera, para su publicación en 1989 bajo el título Cuál es la risa, unos poemas que cuarenta años antes le había dado Emilio Adolfo Westphalen para que vieran la luz en alguna publicación española, cosa que Coyné cumplió, si bien tantas décadas después, tras hallarlos inesperadamente entre sus papeles. 
También recuerdo una mañana, en realidad eso se repitió, en que fuimos juntos a la Universitat Autònoma de Barcelona para que él diera una conferencia a mis alumnos sobre César Moro. Me preguntó, falsamente temeroso, si no se habrían escandalizado los chicos porque leyó el poema “Antonio” y porque contó la anécdota que está tras el título de La tortuga ecuestre, la de las tortugas copulando de manera arcaica y tremebunda que había visto Moro en un parque de Lima. En realidad, nada le hacía más ilusión que haberles sacudido y escandalizado un poco, pero yo le dije que no creía: nunca lo supe, y tal vez sí podía haberse dado por satisfecho con la provocación.

Coyné, muy joven, en 1948, había prácticamente huido de la terrible Europa de la postguerra, fría y gris y transida de muerte, para llegar como profesor de francés a Lima, donde encontró que el gris tenía otros matices y que todo
le reenviaba a la vida, y donde sobre todo conoció a César Moro y fue iniciado en el Perú gracias a un guijarro que rodó por los acantilados de Lima mientras bajaban al mar Coyné y Moro, guijarro que le dio en la frente y le abrió una brecha que jamás se cerraría: el amor por el Perú y el conocimiento de su fuerza.

Su comprensión de la poesía de César Moro no se basaba solo en su capacidad de recordar historias que están tras los poemas, ni mucho menos, sino que era un conocimiento profundo del universo de Moro, del que fue amante, amigo y albacea testamentario. La difusión de su obra, el hecho de que Moro tenga un lugar importantísimo en la poesía peruana, le debe casi todo a Coyné y a su incesante trabajo.

En Barcelona también pasó por una iniciación, más tardía y prosaica: se cayó por las escaleras mecánicas del metro de Lesseps y se abrió la cabeza con una brecha, profunda también, que le curaron con muchos puntos en el hospital de la Esperanza y luego en el Hospital de San Pablo –le acompañamos Juan del Solar y yo-, donde se las arregló para seguir conversando desde la camilla en la que pasó la noche en el pasillo de urgencias de San Pablo. Los médicos en prácticas, fascinados, se peleaban por cuidarle y uno de ellos me dijo que nunca había conocido a un crítico literario, y que ahora ya sabía cómo eran, aunque yo pensé


que en realidad no sabía nada de cómo son los críticos literarios si había concluido que eran como Coyné.

Teníamos la costumbre de llamarnos por teléfono: toda una tarde de chismes, lamentos, risas y reflexiones filosóficas, pero en algún momento, que no sé cuándo fue, dejamos de hacerlo. La última vez que le vi en Barcelona volvía de Perú y me pidió que le fuera a buscar a la estación de Sants porque estaba cansado y desorientado, pero esa vez no tuvimos mucho tiempo para conversar.


Siempre pensé en recuperar nuestras tardes de risas y llantos aunque fuera por teléfono, esas conversaciones en las que sabía pasar de la travesura provocadora y el egocentrismo a la empatía y la complicidad, pero nunca lo hice, porque nunca hallaba el tiempo, y ahora ya nunca lo podré hacer. La vie s’y entend à noyer le poisson: la vida, es cierto, sabe mucho de dar largas al asunto. 
Helena Usandizaga.

miércoles, 28 de enero de 2015

A LA SANTIDAD DEL JUGADOR DE JUEGOS DE AZAR. UN TÍTULO DE LIBERTELLA.


La posesión del lenguaje es un absoluto muy relativo para
Hector Libertella, donde dice arrebol dice árbol donde dice Goyeneche todo termina en fenómeno gramático y “la boca muestra sólo un pentagrama y los dientes son sílabas sueltas.” Y hay un pronto en el que el lector sabe que el autor le engañará. Se jodió el contrato de veredicción.
Y el que engañará ya ni siquiera es autor, ya ni siquiera es paisaje. Como que ha llegado a esa perfección argentina de la que todos hablan: ha dado el pasito sutil casi de tango en medio del estropicio literario. No se podía hacer nada con tamaña obra fragmentaria dirían los editores que él nunca tuvo en cuenta. Tampoco se podía sostener su nombre en una urna. Había ultrapasado a sus contemporáneos al mismo tiempo en que todo le daba igual. La carrera la había ganado pero en el último tramo decidió repetir sus pasos para que los otros llegaran a la meta y ser por fin el último. Igualmente su risa, la de fumador sin dientes, tan alta como una carcajada me hacía entender su nostalgia evanescente. Estábamos en México. Era un México de hablar pausado. Ahora, 33 años después me sorprendo, con este título: A La Santidad Del Jugador De Juegos de Azar, como no podía ser de otro modo. Acaso evocando La Leyenda del Santo Bebedor de Joseph Roth. O acaso no. Pero siempre nos tomaban el pelo los santos y las santidades aunque el cuño fuera alcohólico o erizado de alcoholismo. De allí la sorpresa y el azar. Lamborghini lo sabe en el cielo, él que era un santo material, y Libertella también debe

estar sabiéndolo. Hasta aquí la evocación del dueño de la electricidad del lenguaje: Libertella ya no es Libertella y nunca quiso serlo. Dejó labradas páginas de sentido ciego. Se burlo de todos, de, principalmente Borges. Dijo: Góngora será el destino de todos ellos: ni siquiera aparece
en este libro.
Vladimir Herrera. Cusco 28 de enero 2015. 

domingo, 25 de enero de 2015

ESCRITURAS DEL EUROPEO CLAUDIO MAGRIS.



Existe la escritura diurna que requiere de un orden, una
responsabilidad, una moral-se extiende el escritor en su argumento- y hay una escritura nocturna en la que encontramos el infierno, la cloaca de la existencia, de la historia. Existe la angustia y podemos llegar a perder el sentido de los valores. No cuenta la vida en sí, la vida se fragmente donde solo vemos lo que ha quedado después de una catástrofe. Creo que no debemos confundir los dos momentos. Luego existe la escritura que nace de un momento de absoluto desorden en el que el escritor se enfrenta cara a cara con la medusa, con la insostenibilidad de la vida. La vida como una inmensa ola del mar que arrastra los restos del naufragio a la arena y sólo vemos los restos. Debemos vivir ese momento de angustia, debemos perder en algún momento el sentido de la continuidad, del orden, de los valores, porque estamos frente a frente a un momento insostenible. Hablando con Sábato hemos estado de acuerdo en que hay una escritura diurna cercana al orden y otra nocturna que habla de la cloaca de la existencia de la historia. Nunca hay que confundirlos.

Claudio Magris en una entrevista de Eduardo Larrocha. 

jueves, 15 de enero de 2015

Humareda. Escrito para un encuentro de poetas y pintores en Lampa.










MANIFIESTO RESIDENTE:

En el libro que la Galería Moll le dedica a Víctor
Humareda, curiosamente está consignado que, el gran maestro, en su infancia, había sido cuidado por Don Juan Herrera. La noticia no dejó de serme grata aunque yo estuviera al tanto por boca del propio maestro de su relación especial con mi familia. Sí pues. Es cierto que mi abuelo Don Juan Herrera cuidó de algún modo la infancia de Víctor Humareda. Es cierto que tuvo dos hijas, René y Carmen Herrera con la señora Gallegos madre de Víctor. También es cierto que Humareda creció con mi padre, tenían la misma edad y jugaban en el río de Lampa. Ambos estaban encantados con París, el uno con los impresionistas y el otro con las novelas de Eugenio Sue.

Yo conocí a Humareda en la casa de Víctor Delfín en Barranco y desde entonces caminábamos por Lima probando postres y hablando de nuestros paisanos. También lo acompañaba a La Nené de la avenida Colonial donde él no probaba ni una gota de alcohol. En su habitación del Hotel Lima tenía un retrato enmarcado de su madre al lado de la cama, un cajón con trapos coloridos para limpiar pinceles, y un ropero estrecho. El Gran Maestro me dibujaba con palabras su idea de hacer del puente de Lampa una hermosa terraza con sombrillas y café, una postal del impresionismo con luces de Degas y


temores de Toulouse Lautrec.Yo imaginaba un malecón a orillas de esa parte del río.Un paseo que reflejara esas aguas.
Pasado el tiempo veo que Lampa no cuenta con la obra de Víctor Humareda. La placa que señala la casa de su nacimiento está borrada. La casa todavía no ha sido expropiada por el municipio para hacer en ella una casa museo. Que es lo propio. La manera de cuidar la obra de un gran pintor. Que no se nos vea a los lampeños como sirvientes del turismo sino como a personas generosas y cultas que cuidan su arte y sus artistas.


Vladimir Herrera 

sábado, 3 de enero de 2015

Absoluta vigencia del Pequeño Deslinde de Helena Usandizaga en Trafalgar Square 6.

En la primavera de 1988 salió el número seis de la Revista Trafalgar Square. Con todo  fue el número más provocativo de los diez que salieron en Barcelona. En él se inscribe este Deslinde petit que parafraseando a Alfonso Reyes el gran polígrafo mexicano hizo Helena Usandizaga tocando un tema que al mismo autor del Deslinde hubiera hecho gozar.






viernes, 2 de enero de 2015

POEMA TIPOGRÁFICO EN LA REVISTA TRAFALGAR SQUARE. PRIMAVERA DE 1988.

El poema concreto no es más concreto que el de uno, tipográfico, brasileño o no. Y la idea de otrora, de cualquier concretista  de que el poema es palpable más allá de su serenidad, truena. El poema tipográfico construido sobre la caja maquinal matinal que deja los dedos sucios de gasolina y huele a tiempo, que, además suma una reflexión a su grupa. Pergueño de Bitti por ejemplo es volver a la proporción áurea resuelta bajo la sombra de Bodoni y destinada para el espacio que logra el poema gráfico. Los motivos también fueron cayendo en juego de caligrama mientras se construía el pincel roto bueno para empezar cualquier poema mundano. Pero también está el temor de Bitti a que la llama auquénida le escupa el cuadro cuando todo Renacimiento a orillas del Lago de Juli es la presencia de la primera imprenta de América. /Aún/ Perfecto/ Maniatado/ como miedo/ pero no miedo/ ni sensación ni/ nada/ que pueda/ inspirar/ y que inspire./ Así fue cómo sobre una vieja Minerva plana V.H. fabricó este poema para la Revista Trafalgar Square en la primavera de 1988.

jueves, 4 de diciembre de 2014

EL AZAR OBJETIVO EN LA CAPILLA DEL HOTEL MONASTERIO DEL CUZCO.

El arte colonial cuzqueño adicto al pandeoro hace que el diablo le señale al ángel algo en un libro mientras al fondo caen irredentos quienes por error hubieran leído qué. Sin embargo los ángeles lucen serenos de semblante porque no hay lucha sino acabamiento. No han triunfado la luz ni la oscuridad y dos libros ocupan el lugar central de la escena que hubiera hecho las delicias de Lezama Lima quien de seguro las habría agregado a su Expresión Americana. Abajo, dos adolescentes sonríen mientras venden sus libros.


Texto de Pedro Granados en la presentación de Editorial Auqui. Con Rodolfo Hinostroza, Helena Usandizaga y Vladimir Herrera, en medio del barroco cuzqueño.


viernes, 14 de noviembre de 2014

PERE GIMFERRER EN ITALIANO O EN BIZANCIO.

Pere Gimferrer en italiano.


Alguno
Poeta
Al que la vejez
Le llega
Casi como bendición
O premio
Porque de joven
Había sabido ser
El más feo de los hombres
Alguno
Digo
Poeta que escribe en múltiples lenguas
A esta hora
Me conmueve
Con su dolor que ya no es dolor
Sólo onomatopeya y cualquier latín
Y divinidad pura
Pero entonces su grandeza
Su pequeño país
Su don de gentes
Su laureado teléfono
De cuando amaba a Clarita
Su pequeño apartamento
En una ciudad famosa
Me traen al recuerdo que yo también 

Descubrí la poesía misma con Baudelaire

Como él a los doce años. En la infancia. 
V.H.
Ranhuaylla Hacienda, 14 de noviembre del 2014.

martes, 11 de noviembre de 2014

PARA ENTENDER A RODOLFO HINOSTROZA DE VLADIMIR HERRERA, SU AMIGO.





A Juan Cristobal, con quien nunca tuve disidencia por haber vivido en otro planeta, le dirijo estas líneas, cuando es fatigoso y permanente el ataque a Rodolfo Hinostroza en nombre de un izquierdismo anticomunista de guerrilleros buenos y otros que no lo son, aunque permanezcan en la montaña recién desacralizada como decía Lihn. También le muestro cómo William Rowe, que pertenece a la generación de J.C y de Hinostroza y que vivió su juventud en el Perú, discierne en un tema espinoso como el de la aproximación a Heraud. Así pues, camarada, que nuestros vicios ideológicos iluminen nuestra jornada.

W. Rowe “Para llegar Rodolfo Hinostroza”, en Miguel Casado (ed.), Cuestiones de poética en la actual poesía en castellano, Madrid/ Frankfurt, Iberoamericana/ Vervuert, 2009, pp. 137-154.

En 1963, el joven poeta peruano, Javier Heraud, murió acribillado en la selva peruana. Tenía 21 años. Había entrado clandestinamente al país
con un pequeño grupo de compañeros. Su meta era crear un foco guerrillero. Creía que de ese modo abrirían el camino a la revolución. Cuando murió Heraud, escribió Washington Delgado, otro poeta, algo mayor que él, ‘Dice un prosista chino que al principio no existe el camino, pero cuando muchos hombres pasan por un mismo sitio aparece el camino. Así es la revolución . . . entre el verbo y la acción el revolucionario escoge la acción.’ Por detrás, sin embargo, alentaba un discurso del martirio que no difería del que alimentaba el Poder.

Heraud era del grupo de jóvenes peruanos que habían viajado a Cuba para estudiar cine. Entre ellos estuvo Rodolfo Hinostroza. El estudio del cine resultó ser eufemismo del entrenamiento guerrillero. RH se negó a seguir ese camino. En la ocasión de la muerte de Heraud, entre las personas de izquierda, se alimentó el discurso del heroísmo y del martirio. Se escribía de ‘la muerte de un hombre por su pueblo’, de uno que ‘murió por nosotros.’ En la poesía del propio Heraud, también estaba la muerte como telos y valor: ‘supuse que / al final moriría / alguna tarde / entre pájaros / y árboles’; ‘la poesía es entonces, / el amor, la muerte, / la
redención del hombre.’ Detrás de la palabra está el sacrificio, dándole valor.
Difícil oponerse a tal discurso. De allí seguramente viene el verso de RH: ‘Que se abra para ti la rosa amarga del malentendido.’ Y estos otros:

Yo no estaré. Entonces mis huesos hablarán por mí,
y este siglo de catástrofes y trágica grandeza, penderá
ante mis ojos que vieron el fulgor de la matanza. Entonces
querré decir que mi amor fue más hondo . .

PARA ENTENDER A RODOLFO HINOSTROZA DE VLADIMIR HERRERA, SU AMIGO.





A Juan Cristobal, con quien nunca tuve disidencia por haber vivido en otro planeta, le dirijo estas líneas, cuando es fatigoso y permanente el ataque a Rodolfo Hinostroza en nombre de un izquierdismo anticomunista de guerrilleros buenos y otros que no lo son, aunque permanezcan en la montaña recién desacralizada como decía Lihn. También le muestro cómo William Rowe, que pertenece a la generación de J.C y de Hinostroza y que vivió su juventud en el Perú, discierne en un tema espinoso como el de la aproximación a Heraud. Así pues, camarada, que nuestros vicios ideológicos iluminen nuestra jornada.

W. Rowe “Para llegar Rodolfo Hinostroza”, en Miguel Casado (ed.), Cuestiones de poética en la actual poesía en castellano, Madrid/ Frankfurt, Iberoamericana/ Vervuert, 2009, pp. 137-154.

En 1963, el joven poeta peruano, Javier Heraud, murió acribillado en la selva peruana. Tenía 21 años. Había entrado clandestinamente al país
con un pequeño grupo de compañeros. Su meta era crear un foco guerrillero. Creía que de ese modo abrirían el camino a la revolución. Cuando murió Heraud, escribió Washington Delgado, otro poeta, algo mayor que él, ‘Dice un prosista chino que al principio no existe el camino, pero cuando muchos hombres pasan por un mismo sitio aparece el camino. Así es la revolución . . . entre el verbo y la acción el revolucionario escoge la acción.’ Por detrás, sin embargo, alentaba un discurso del martirio que no difería del que alimentaba el Poder.

Heraud era del grupo de jóvenes peruanos que habían viajado a Cuba para estudiar cine. Entre ellos estuvo Rodolfo Hinostroza. El estudio del cine resultó ser eufemismo del entrenamiento guerrillero. RH se negó a seguir ese camino. En la ocasión de la muerte de Heraud, entre las personas de izquierda, se alimentó el discurso del heroísmo y del martirio. Se escribía de ‘la muerte de un hombre por su pueblo’, de uno que ‘murió por nosotros.’ En la poesía del propio Heraud, también estaba la muerte como telos y valor: ‘supuse que / al final moriría / alguna tarde / entre pájaros / y árboles’; ‘la poesía es entonces, / el amor, la muerte, / la
redención del hombre.’ Detrás de la palabra está el sacrificio, dándole valor.
Difícil oponerse a tal discurso. De allí seguramente viene el verso de RH: ‘Que se abra para ti la rosa amarga del malentendido.’ Y estos otros:

Yo no estaré. Entonces mis huesos hablarán por mí,
y este siglo de catástrofes y trágica grandeza, penderá
ante mis ojos que vieron el fulgor de la matanza. Entonces
querré decir que mi amor fue más hondo . .