DE ENTRE LOS HOMBRES, EL POETA ES EL QUE VIVE MÁS CERCA DE LOS ANIMALES Y DE LOS DIOSES. Teixeira de Pascoaes.
martes, 10 de marzo de 2015
sábado, 7 de marzo de 2015
MANIFIESTO PELIGROSO A FAVOR DE JUAN RAMÍREZ RUÍZ.
Manifiesto peligroso a
favor de Juan Ramírez Ruíz.
Cada uno cuide de su entierro que
imposibles no hay.
Jorge Amado.
Belleza del Barrió de la Soledad que descubrí
desde el numero 444 de la calle Ancash. Calle muy frecuentada por los que
tomaban desayunito en Bellas Artes a
unas dos cuadras de allí. En ese número, entrando a la izquierda vivía JRR. Su
mejor vecino era un tipo al que Juan había bautizado como “La Víbora”. Recuerdo
que para terminar mis artículos de Vistazo, me
refugiaba en el cuarto de Juan Ramírez Ruiz al que en ese tiempo le
decíamos “el Chome”. La chapa se la había puesto el gordo Manuel Morales en la época en que todo el manchón vivía
entre Rufino Torrico y Huancavelica. Esa prehistoria trataba de muchos
provincianos que vivían a salto de mata,
amigos todos donde el único que dormía en sábanas era Jorge Pimentel que
se trajo un barco de madera y una cómoda situándolo todo al fondo de sucesivas
habitaciones en las que dormían los demás. Coco acababa de dejar el garaje que
para mayor comodidad su familia le dejaba en la casa detrás del Ministerio de
Trabajo, en Jesús María.
2.-
Ahora, cuando veo que comienza la
construcción de la posteridad de algunos buenos poetas de mi generación, me
acerco con prosa rancia como arrimando ideas deshilvanadas a lo que después será la confusión general :
Téngase
en cuenta que es toda una operación reductora de la imagen de JRR. A favor del otro comensal de HZ.
Pimentel y del comisario paracaidista
T.M. Con la ayuda de algunos imparciales, JCY se va consolidando en
cierta sustancia gelatinosa y protofascista junto a su socio Pimentel Prieto,
sobrino predilecto de Federico Prieto Celi, capo del Opus Dei en el Perú. Esa
derecha literaria cuida su sombra postrera con menos inocencia de la que
parece. Y más eficacia de la que ostenta. En esto, la prosa de Yrigoyen huele a la mujer bigotuda que Luis Alberto Sánchez
guardaba al fondo de su casa. Digo, comienza a oler.
No hay
que olvidar que gran parte de la poesía de JRR se vale por los postulados que el
mismo Chome inventó y proclamó. HZ fue un artificio que salió de sus manos y
que ahora en la distancia ilumina el sentido de su obra. Sin HZ tendríamos a un
JRR descafeinado. Y los muchachos de entonces estaríamos hoy uniformemente
calvos. Algo que todavía no es cierto.
No hay nadie en La generación del 70
que no tenga que ver con el Palermo, El Chino-Chino y el Wony. Caíamos en el
inmenso Palermo desde más o menos las tres de la tarde hasta el cierre.
Hacíamos estación en el Versalles, El Tíboli y el Queirolo. Y un sitio elegante
en el Jirón Ocoña cuyo nombre alguno de esa época me hará recordar, ¿el Viena?
Habían noches eternas en las que por ejemplo el gordo Manuel Morales buscaba a
Aramayo para ajustar cuentas mientras nosotros lo ocultábamos alrededor de una
mesa grande en la entrada, la preferida por Miguel Gutiérrez, Reynoso, Gálvez
Ronceros y Gregorio Martínez. Yo los recuerdo voluminosos probablemente por ser
entonces muy delgado y argentino el mundillo aquel. A esa mesa, la de los
grandes conversadores, también acudían Juan Morillo, Chacho Martínez y Juan
Cristóbal. Todos tenían algo que ver con la Cantuta. Y todos eran rojos, rojos.
Como la noche de Lima que siempre era más roja cuando aparecían cada uno por su
lado El Gordo Portal y Pocho Ríos. Se armaba la grande porque su sola presencia
era la locomotora que todos esperábamos. En el fondo del Palermo sucumbíamos,
en mesas pequeñas, los que íbamos al
taller de poesía de San Marcos y la manchita de la Villarreal que poco a poco
se fue volviendo HZ. En realidad nosotros navegábamos entre un anarquismo de
cartón y un trotskismo de concha y perla. De ese momento puedo decir que
indudablemente Pimentel llevaba la batuta dados su entusiasmo e inocencia
que en partes iguales detentaba. Se había conseguido un chibolo del puesto de periódicos a la
izquierda saliendo del Palermo que apenas sacaba una cabeza de catorce años de
edad, era Eloy Jáuregui. También me
presentó a otro chibolo del otro puesto de periódicos el que estaba al lado
derecho cerca de la Plaza San Martín, era Isaac Rupay. Ellos colaborarían con
la venta de la primera revista de HZ. Pimentel el entusiasta y Juan Ramírez
Ruiz la materia pensante me hicieron conocer a Arteaga, a Lázaro, a Colan,-hicimos
una película con Colan- a José Cerna, a Nelson Castañeda, a Gamarra, a Elías
Duran y al inefable chino Yulino que llegó al centro de Lima traído por Paco
Guzmán y Andres Soto, a estos los conocía de antes, de haber terminado en
noches como esta en casa de Chabuca Granda llevados por el flaco Calvo. Chabuca
gustaba mucho de la música que hacían Paco Guzmán y Andrés Soto quien ya se
sabía un gran compositor. Aquel año vivíamos en un cuarto pequeño bajo una soga
de ahorcado tres amigos que se leían los poemas hasta altas horas de la
madrugada: éramos el zambo Verástegui, Oscar Málaga y yo. Allí acudían Pimentel
con el desayuno, Susi Baca, Aramayo, Juan Ramirez Ruiz, Feliciano Mejía El
Avispero, y Pedro Benavides con un paquete de algo. Comenzábamos el día en
medio del humo y terminábamos cantando en la Plaza Francia. Hasta que un día
Málaga se casó con la Tejerina y el zambo publicó su primer libro con Milla
Batres. Al poco tiempo Marina Castro publicó mi
Mate de Cedrón. Así fue cómo todos nos fuimos acostumbrando a un futuro de ideales sin esperanza.
4.-
La escena empieza en el Queirolo
yendo hacia Colmena. Por allí vivía Patrick con su abuela inglesa. Cerca al
Tíboli la discusión se iba tornando ácida y peligrosa. Los dos hermanos o algo
parecido se peleaban con su padre. En esa época Patrick vuelto de Europa vendía
sin zapatos la revista de Rosina. Y José ya había hecho su yunta en la mesa de
Lorenzo Ozores, Coca y Carancho, siempre cachacientos ellos con la dimensión de
la mosca. Y sobre todo con el entusiasmo nuestro. El Chome no los tragaba ni con pintura de
aceite. José Rosas miraba con curiosidad y temor desbordante las mesas del
Palermo. Temía que Málaga, quien según nosotros lo había superado poéticamente,
además le quitara la hembrita. Por lo
que desaparecía siempre. Así y todo terminábamos en los Yonja Parties de
Leoncio Bueno en los talleres de baterías Túnjar en Breña, apretadísimos,
porque las dimensiones del local eran fantásticamente pequeñas, aquello sólo
con Leoncio y su familia estaba lleno.
5.-
A falta de mayor consuelo y con los
bolsillos repletos de nada y poesía, cuando nos tocaba las tres de mañana nos
poníamos en camino con el Chome, Verástegui y un muchacho extraño y silencioso
llamado José Carlos Illescas. Nos íbamos a esperar la salida de los talleres de
la Prensa en el Jirón de la Unión. A esa hora salía Julio Polar, gran amigo de
Juan que nos metía un rollo político hasta el amanecer.
Hablábamos casi conspirando de Mario
Luna que estaría por llegar de Chimbote y de los pucallpinos José Carlos
Rodriguez y el chino Najar. La idea de poesía militante y organizada con bases
en todo el Perú se fue gestando entonces. La idea de poesía para Todos también.
Era Julio Polar que se imaginaba un inmenso sindicato de poetas, al ser él ya
sindicalista en La Prensa. Eran los años del Gobierno de Velasco. Estoy
convencido que Julio influenció en Juan los
temas que después redactó en Palabras
Urgentes, el Manifiesto que Pimentón incluyó en su Libro Kenacort y Valium
diez. No creo que Pimentel lo hubiera hecho de mala fe sino más bien llevado
por su entusiasmo desbordante. Pero creo que a Juan le pilló de sorpresa y no
le gustó nadita porque en esencia el
texto le pertenecía a él. Y me lo dijo.
A Juan Ramirez Ruiz le pasaron cosas
como estas antes y después de lo que cuento. Creo que ese tipo de situaciones
le importunaban de sobre manera. Eran la guinda en un país donde todo estaba y
seguiría estando repartido. Sufría de
una rabia lúcida por tanto. Y encontraba en la conversación y la amistad una
isla de consuelo.
6.- La que yo llamo segunda
impostura de HZ es cuando nuestro querido Chome que nunca había viajado, mira
descender un gran paracaídas desde el cielo de México. En él descendía sobre
las papas de Lima el incontrastable Tulio Mora. Quién regresaba al Perú luego de
una estancia guerrillera de tequila y mezcal en algún momento compartida con el
suscrito. Durante casi un año de Trago en
México el incontrastable jamás me habló de HZ. Sabía que yo sabía que él no tenía nada que ver con el
tema. Por lo que me sorprendió su nueva militancia limeña. No creo que a Juan
Ramírez Ruíz le gustara mucho esta presencia sobrevenida y liderando lo poco
que quedaba del movimiento, porque HZ era un movimiento. Y al Incontrastable
jamás antes lo habíamos tenido en esas filas. O sea que, nuevamente alguien se
le coló por delante a nuestro querido Chome.
7
La tercera vez en que alguien (casi
siempre alguno sin talento) se le puso por delante a JRR. Fue con un premio en
Lima que consistía en un viaje a España
y que en último momento se lo dieron a un pituco fantasmón de apellido
Sánchez Aizcorbe. Me lo contó Chacho Martínez al llegar a mi casa de Barcelona.
En voz baja, porque atrás estaba el
fantasmón. Chacho me dijo que era un huevón que se había traído porque el no
sabía de aeropuertos y menos ingles. Y me pidió que lo alojara. Aquel fantasma
-que más tarde escribió algo contra mi- me cayó gorrino desde el principio porque,
por culpa suya, mi amigo el Chome había quemado lo único que tenía en la vida
que era su colchón. Y yo no había podido verlo en Barcelona.
8
Ramírez Ruiz tenía una novia de gran presencia por quién Pimentel decía
“dónde está tu chinón cuñao”. Era una bibliotecaria ponja creo que del grupo exquisito
de bibliotecarias que emparentó con poetas por aquellos años. No diré nombres.
Con ella y sus amigas, más Rubén Urbizagástegui también bibliotecario y gran
amigo de Juan, hicimos excursión por los lados de Canta durante un día y una
noche y un día más. Se notaba que aquel “chinón” amaba a Juan y que Juan era
feliz. Nunca lo había visto tan sereno y contento.
9
El Chome, casi abandonando la adolescencia
ya había sido lo que se llama patrón de chongo o capitán de buque en el norte. Había
cumplido con el sueño de García Márquez. Por ello en las largas conversaciones
parecía mucho más maduro que los demás. Y esa experiencia la trajo a Lima. Me
aconsejaba que no me metiera en ese negocio. Que lo mejor era tener tu hembrita
verdadera etc. Yo le hice caso.
10
Hace poco, en la última conversación
secreta con Julio Polar, propiciada por Domingo de Ramos, hablamos de todo esto.
Julio había ya renunciado a cualquier opinión pública y más aún, a cualquier
reclamo. Pero convinimos en que todo había sido una gran impostura, incluso el
cielo de papel japonés a dónde dicen que van los poetas perdidos. El y Juan lo
estarán sabiendo.
VLADIMIR HERRERA. Hacienda Ranhuaylla, 21 de mayo del 2014.
jueves, 5 de marzo de 2015
CARTA BREVE ACERCA DE UNA GRAN IMPOSTURA. Para José Rosas Ribeyro en el día de su cumpleaños. De un feminista inauténtico.
Carta breve acerca de una gran impostura. Para José Rosas Ribeyro en el día de su cumpleaños. De un feminista inauténtico.
Hay dos clases de impostura: la que inventa y la que suplanta, la que construye y la que destruye identidades. En la primera sobresalen los heterónimos de Pessoa (también algunos femeninos) y los apócrifos de Machado; un ejemplo de la segunda podría ser el caso del sindicalista catalán Enric Marco, quien recientemente se hizo pasar por sobreviviente de los campos de concentración nazis y llegó a hacer de esto un modo de vida.
La impostura que inventa autores y sus biografías la refiere José Rosas Ribeyro a Jusep Torres Campalans, de Max Aub, novela en la que Aub inventó no solamente a este escritor y pintor sino también algunas de sus obras pictóricas, y a otros textos sobre autores y autoras imaginarios creadas por Aub en su Antología traducida (1963). Pero la tradición es antigua: tan antigua que la escritora anónima peruana conocida como Amarilis aludió a Lope de Vega en su famosa “Epístola de Amarilis para Belardo” con el nombre de este heterónimo que Lope de Vega incluye en sus comedias y en sus romances pastoriles, siguiendo la tradición virgiliana. Y antes y después de Pessoa y Machado, que son, anteriores a Aub, podríamos seguir sin fin con el juego de inventar escritores y textos. Un juego que se ha detectado hace años en un poema atribuido a
una tal Márgara Sáenz, ecuatoriana que habría vivido entre
1937 y 1964.
En efecto, sabemos que el famoso poema “Otra vez Amarilis” (¿es casualidad la alusión a una escritora que jugaba con las identidades?) ha sido escrito por tres señores bastante inteligentes y dueños del lenguaje literario, que compusieron un texto interesante que se deja leer con cierta fruición, con las dosis justas de erotismo, despecho y desesperación. Me refiero a Cisneros, Lauer y Oquendo. Pero que es aventurado definir como “excelente poema” o como “el primer poema femenino erótico, osado y sin inhibiciones” (Rosas, 2010). El poema funciona, aunque a partir de fórmulas ya ensayadas: se encuentran patrones de la situación erótica (“Una vez dije allí no ¿recuerdas?, dije después donde quieras”) por ejemplo en el texto de Julio Cortázar "Tu más profunda piel"1, especialmente en el último párrafo (“...sollozabas una súplica de oscura aquiescencia, de derramado pelo...); del despecho y la furia tras la separación (“¿Qué otro vientre recibe tu miel mía, peruano? Di/ qué frívola puta, qué sórdida hipócrita limeña”) en “Las furias y las penas” de Pablo Neruda (“En dónde te desvistes?/ En un ferrocarril, junto a un peruano rojo
...”); del juego con los pronombres (“Uno y uno, dos solos: yo y esa mierda que tú soy y yo añoras, desgraciado”) en “Las babas del diablo” de Cortázar3 (“Si se pudiera decir:
En efecto, sabemos que el famoso poema “Otra vez Amarilis” (¿es casualidad la alusión a una escritora que jugaba con las identidades?) ha sido escrito por tres señores bastante inteligentes y dueños del lenguaje literario, que compusieron un texto interesante que se deja leer con cierta fruición, con las dosis justas de erotismo, despecho y desesperación. Me refiero a Cisneros, Lauer y Oquendo. Pero que es aventurado definir como “excelente poema” o como “el primer poema femenino erótico, osado y sin inhibiciones” (Rosas, 2010). El poema funciona, aunque a partir de fórmulas ya ensayadas: se encuentran patrones de la situación erótica (“Una vez dije allí no ¿recuerdas?, dije después donde quieras”) por ejemplo en el texto de Julio Cortázar "Tu más profunda piel"1, especialmente en el último párrafo (“...sollozabas una súplica de oscura aquiescencia, de derramado pelo...); del despecho y la furia tras la separación (“¿Qué otro vientre recibe tu miel mía, peruano? Di/ qué frívola puta, qué sórdida hipócrita limeña”) en “Las furias y las penas” de Pablo Neruda (“En dónde te desvistes?/ En un ferrocarril, junto a un peruano rojo
...”); del juego con los pronombres (“Uno y uno, dos solos: yo y esa mierda que tú soy y yo añoras, desgraciado”) en “Las babas del diablo” de Cortázar3 (“Si se pudiera decir:
yo vieron subir la luna, o: nos me duele el fondo de los
ojos”).
No es casual que estemos hablando de patrones acuñados por escritores hombres: ¿hay alguien que no haya sentido, al leer este poema, el vago eco de una voz masculina afirmando y cantando, a través de la voz femenina, un triunfo erótico y pasional? Este claro imaginario masculino podría ser, legítimamente, el juego de una conciencia femenina, si Márgara Sáenz hubiera escrito este poema, pero ya sabemos que no es así. En todo caso, el juego de construir una identidad y un poema tiene gracia, pero no la tiene que José Rosas, tal vez por la admiración –que no diré la envidia- hacia lo que considera una gesta logradísima, se lance, 35 años después de la escritura de unos poemas, a emular la hazaña “desvelando” su paternidad compartida (con Elqui Burgos) de la versión final de esos poemas de María Emilia Cornejo. Con un ansia salvadora que parece invadirle intermitentemente para rescatar a las mujeres del feminismo “mojigato y manipulador” o “cucufato y mentiroso, y que proviene también de la “rabia” (Izquierdo, mayo 2008) -otro sentimiento que le invade al ver el perverso uso que las feministas hacen de los textos, en este caso de los de María Emilia Cornejo- Rosas desvela que ellos construyeron en realidad los tres poemas mejores de Cornejo, pero que hasta ahora, sorprendentemente, cada vez que él lo revelaba se instalaba un pesado silencio. Se sabe (lo dice Armando Arteaga) que María Emilia entregó
No es casual que estemos hablando de patrones acuñados por escritores hombres: ¿hay alguien que no haya sentido, al leer este poema, el vago eco de una voz masculina afirmando y cantando, a través de la voz femenina, un triunfo erótico y pasional? Este claro imaginario masculino podría ser, legítimamente, el juego de una conciencia femenina, si Márgara Sáenz hubiera escrito este poema, pero ya sabemos que no es así. En todo caso, el juego de construir una identidad y un poema tiene gracia, pero no la tiene que José Rosas, tal vez por la admiración –que no diré la envidia- hacia lo que considera una gesta logradísima, se lance, 35 años después de la escritura de unos poemas, a emular la hazaña “desvelando” su paternidad compartida (con Elqui Burgos) de la versión final de esos poemas de María Emilia Cornejo. Con un ansia salvadora que parece invadirle intermitentemente para rescatar a las mujeres del feminismo “mojigato y manipulador” o “cucufato y mentiroso, y que proviene también de la “rabia” (Izquierdo, mayo 2008) -otro sentimiento que le invade al ver el perverso uso que las feministas hacen de los textos, en este caso de los de María Emilia Cornejo- Rosas desvela que ellos construyeron en realidad los tres poemas mejores de Cornejo, pero que hasta ahora, sorprendentemente, cada vez que él lo revelaba se instalaba un pesado silencio. Se sabe (lo dice Armando Arteaga) que María Emilia entregó
los poemas a Isaac Rupay, director de la revista donde
aparecieron, pero pongamos que después Rosas y Burgos
los “arreglaron” para convertirlos en excelentes poemas
construidos por dos poetas varones. Si fuera cierto -
pongamos que estructuraron, de la manera que sea, versos
ya existentes-, lo evidente es que los autores se
encontraron con un material más potente y resistente
que el anterior, y que no pudieron escribir un poema
como “Otra vez Amarilis”, en el que la presencia/
ausencia del hombre crea sentimientos de absoluta
entrega y de absoluta carencia.
Pero la cosa va más allá, y el caso es que la hipótesis se nos derrumba porque los testigos del hecho son mudos: que yo sepa, Elqui calla y tampoco el otro supuesto testigo que esgrime Rosas al principio de su alegato confirma esa escritura varonil y salvadora: en él, Rosas (Rosas Ribeyro, enero 2008) parece sentirse como el que salva del caos y de la mala escritura a la pobre María Emilia Cornejo, y aparenta realizar así una operación de impostura creativa que lo convierte en autor de la versión final de los poemas que, según él, “son el resultado de un trabajo de montaje y construcción que en 1973 hicimos al alimón Elqui Burgos y yo en base a los textos que nos alcanzó Hildebrando Pérez un año después de la muerte de María Emilia Cornejo” (Rosas Ribeyro, enero 2008). Podría entonces con esto, al parecer, acercarse al envidiado “juego que Elqui y yo asumimos con el espíritu irreverente con que un
Pero la cosa va más allá, y el caso es que la hipótesis se nos derrumba porque los testigos del hecho son mudos: que yo sepa, Elqui calla y tampoco el otro supuesto testigo que esgrime Rosas al principio de su alegato confirma esa escritura varonil y salvadora: en él, Rosas (Rosas Ribeyro, enero 2008) parece sentirse como el que salva del caos y de la mala escritura a la pobre María Emilia Cornejo, y aparenta realizar así una operación de impostura creativa que lo convierte en autor de la versión final de los poemas que, según él, “son el resultado de un trabajo de montaje y construcción que en 1973 hicimos al alimón Elqui Burgos y yo en base a los textos que nos alcanzó Hildebrando Pérez un año después de la muerte de María Emilia Cornejo” (Rosas Ribeyro, enero 2008). Podría entonces con esto, al parecer, acercarse al envidiado “juego que Elqui y yo asumimos con el espíritu irreverente con que un
anónimo poeta peruano había creado poco antes a una
supuesta poetisa ecuatoriana” (Rosas Ribeyro, enero 2008).
(Aquí está el origen del bicho).
Si eso no fuera cierto, si la suposición que hacemos fuera falsa, la declaración de autoría sería una impostura del segundo tipo, la que consiste en suplantar una identidad o una obra ya existente. Pues bien: al principio del artículo que citamos, Rosas solicita el apoyo de Hildebrando Pérez, al que presenta como depositario del secreto de la autoría de los poemas de Cornejo. Pero, para su mala suerte, el profesor Hildebrando rehúsa hablar de las correcciones a posteriori y, más aún, post mortem de que habla Rosas en su alegato. Apenas se compromete a hablar del taller de poesía de San Marcos en el que los poetas se criticaban y corregían unos a otros, y concluye que “los poemas de María Emilia han crecido desde entonces ante los lectores y seguirán creciendo más sin duda alguna: es más, creo que alcanzarán alturas insospechadas al margen de las acertadas propuestas o enmiendas que en ese entonces José y Elqui le alcanzaron a la muchacha mala de la historia” (el énfasis es mío). Para insistir: en ese entonces, durante el taller; y le alcanzaron, es decir, según la tercera acepción de la palabra en el DRAE, “coger algo alargando la mano para tomarlo”, usado en sentido factitivo, es decir hacer que María Emilia coja, alargando la mano, las correcciones y comentarios. Y nada más: no hay mención a esos poemas que, supuestamente, Hildebrando Pérez
Si eso no fuera cierto, si la suposición que hacemos fuera falsa, la declaración de autoría sería una impostura del segundo tipo, la que consiste en suplantar una identidad o una obra ya existente. Pues bien: al principio del artículo que citamos, Rosas solicita el apoyo de Hildebrando Pérez, al que presenta como depositario del secreto de la autoría de los poemas de Cornejo. Pero, para su mala suerte, el profesor Hildebrando rehúsa hablar de las correcciones a posteriori y, más aún, post mortem de que habla Rosas en su alegato. Apenas se compromete a hablar del taller de poesía de San Marcos en el que los poetas se criticaban y corregían unos a otros, y concluye que “los poemas de María Emilia han crecido desde entonces ante los lectores y seguirán creciendo más sin duda alguna: es más, creo que alcanzarán alturas insospechadas al margen de las acertadas propuestas o enmiendas que en ese entonces José y Elqui le alcanzaron a la muchacha mala de la historia” (el énfasis es mío). Para insistir: en ese entonces, durante el taller; y le alcanzaron, es decir, según la tercera acepción de la palabra en el DRAE, “coger algo alargando la mano para tomarlo”, usado en sentido factitivo, es decir hacer que María Emilia coja, alargando la mano, las correcciones y comentarios. Y nada más: no hay mención a esos poemas que, supuestamente, Hildebrando Pérez
Grande les alcanzó a Rosas y Burgos para que los
convirtieran en poemas logrados.
Venciendo el temor a meterme en un avispero debo reconocer que JRR tiene argumentos para todo: dice que los testigos no hablan porque no quieren reconocer que cae el mito; dice que la Carmencita Ollé le dijo que lo sabía todo... Pero evidentemente es un paranoico que encuentra razones para su locura. De lo que nadie parece darse cuenta, porque todos andamos absorbidos en otra discusión, es de que Hildebrando Pérez NIEGA lo de la reconstrucción de los poemas a partir de un cuaderno u hojas que él habría dado a ellos, y Elqui calla en el olvido parisino.
Con lo cual sus principales testigos se van al garete.
V.H.
Venciendo el temor a meterme en un avispero debo reconocer que JRR tiene argumentos para todo: dice que los testigos no hablan porque no quieren reconocer que cae el mito; dice que la Carmencita Ollé le dijo que lo sabía todo... Pero evidentemente es un paranoico que encuentra razones para su locura. De lo que nadie parece darse cuenta, porque todos andamos absorbidos en otra discusión, es de que Hildebrando Pérez NIEGA lo de la reconstrucción de los poemas a partir de un cuaderno u hojas que él habría dado a ellos, y Elqui calla en el olvido parisino.
Con lo cual sus principales testigos se van al garete.
V.H.
domingo, 1 de marzo de 2015
PEQUEÑA GRAN CRÓNICA DE AMÉRICO FERRARI SOBRE E.A.W.
Emilio Adolfo Westphalen
por Américo Ferrari.
El nombre y la obra de Emilio Adolfo Westphalen, uno de los mayores poetas del siglo XX, no se puede decir que tenga hoy, a escala internacional, ni siquiera una vaga resonancia aunque se haya muerto el año pasado a los 90 años. Es verdad que los poetas por lo general no suenan ni resuenan mucho; pero es verdad también que después de haber escrito y publicado sus dos primeros libros de poemas (Las ínsulas extrañas a los 22 años en 1931 y Abolición de la muerte en 1933 a los 24 años) Westphalen dejó de escribir y publicar poesía, salvo algunos textos esporádicos. Por mucho tiempo lo único que se supo del poeta fue su silencio. Yo pude leer en 1950 los dos poemarios de los años 30 porque César Moro me los prestó; después no los pude leer más hasta finales de los años 70 cuando Ricardo Silva Santisteban me mandó fotocopias de los dos poemarios pidiéndome un comentario para la revista Creación y Crítica. En 1980 salió por fin en México Otra imagen deleznable con un puñado de poemas escritos y desconocidos hasta entonces y finalmente Alianza Editorial de Madrid se decidió a publicarlo en 1991 aunque con muchas reservas por el riesgo de no venta, y eso, gracias a la rabiosa insistencia de José Ángel Valente que acabó por tratar a los editores de analfabetos porque les estaba presentando a uno de los más grandes poetas de lengua castellana y se resistían a
editarlo. Así me lo contó el propio Valente. Y en el fondo,
comercialmente, los editores tenían razón: el libro
aparentemente no se vendió o muy poco y después de 11
años no creo que lo hayan reeditado. Entre la poesía
publicada de Emilio, mencionaré un poemario aparte
constituido por nueve textos eróticos que André Coyné
encontró en una vieja carpeta que probablemente provenía
de César Moro, y que André hizo publicar en la editorial
Auqui de Barcelona a cargo del poeta peruano Vladimir
Herrera, con el título Cuál es la risa.
Inútil insistir sobre la excelencia de la poesía de Westphalen de la que nos va a hablar Claude Couffon; hay que leerlo u oirlo leer que es también lo que vamos a hacer esta noche. Quiero simplemente hacer hincapié en que, además de gran poeta Westphalen es un excelente poetista, crítico y comentador de poesía. Sus ensayos sobre poesía y arte han sido reunidos en 1997 por la editorial Fondo de Cultura Económica en un volumen de 430 páginas donde hay trabajos memorables sobre poesía y literatura peruana, norteamericana y europea; sobre poesía hispanoamericana curiosamente no hay nada, salvo cuatro líneas elogiosas dedicadas a Macedonio Fernández y a Borges: parece como si las fronteras entre nuestros países estuvieran sobre todo ahí para cortarle el paso a la cultura de un país a otro: estos chiles, perúes y ecuadores / que miro y aborrezco, ha escrito Carlos Germán Belli. Aborrece naturalmente las fronteras, no los países y sus poetas. Una vez le hablaba a
Inútil insistir sobre la excelencia de la poesía de Westphalen de la que nos va a hablar Claude Couffon; hay que leerlo u oirlo leer que es también lo que vamos a hacer esta noche. Quiero simplemente hacer hincapié en que, además de gran poeta Westphalen es un excelente poetista, crítico y comentador de poesía. Sus ensayos sobre poesía y arte han sido reunidos en 1997 por la editorial Fondo de Cultura Económica en un volumen de 430 páginas donde hay trabajos memorables sobre poesía y literatura peruana, norteamericana y europea; sobre poesía hispanoamericana curiosamente no hay nada, salvo cuatro líneas elogiosas dedicadas a Macedonio Fernández y a Borges: parece como si las fronteras entre nuestros países estuvieran sobre todo ahí para cortarle el paso a la cultura de un país a otro: estos chiles, perúes y ecuadores / que miro y aborrezco, ha escrito Carlos Germán Belli. Aborrece naturalmente las fronteras, no los países y sus poetas. Una vez le hablaba a
Emilio del gran poeta venezolano José Antonio Ramos
Sucre, contemporáneo de Vallejo y Girondo: Westphalen
no conocía ni su obra ni su nombre.
Los principales trabajos de Emilio sobre poetas y poesía fuera del Perú versan sobre Walt Whitman, William Carlos Williams, Marianne Moore, Ezra Pound, Eliot, Herman Melville, Gerardo de Nerval (así lo escribe él), Lautréamont, Kafka, y el movimiento Dadá; pero prácticamente nada sobre poetas españoles, italianos o alemanes, salvo en un trabajo sobre Dadá, un comentario sobre Hugo Ball, director y poeta expresionista alemán refugiado en Suiza en la guerra del 14 que fundó en Zurich precisamente el movimento Dadá del que después se apoderó Tristan Tzara, y es curioso que no haya escrito, ni dicho en las conversaciones que ha tenido conmigo sobre poesía, una palabra sobre los grandes poetas expresionistas alemanes y austríacos, cuando el expresionismo alemán es uno de los movimientos artísticos y poéticos más importantes del siglo XX, y Emilio conocía perfectamente el alemán.
En cuanto a los poetas peruanos sobre los que ha escrito y que él admiraba más hay que mencionar a Eguren, César Moro, Martín Adán y José María Arguedas; escribió también un excelente ensayo sobre la obra poética de Sebastián Salazar Bondy, uno de los grandes poetas peruanos menos divulgados en el Perú, en América y en el resto del mundo, y quiero recalcar que también redactó una nota sobre un
Los principales trabajos de Emilio sobre poetas y poesía fuera del Perú versan sobre Walt Whitman, William Carlos Williams, Marianne Moore, Ezra Pound, Eliot, Herman Melville, Gerardo de Nerval (así lo escribe él), Lautréamont, Kafka, y el movimiento Dadá; pero prácticamente nada sobre poetas españoles, italianos o alemanes, salvo en un trabajo sobre Dadá, un comentario sobre Hugo Ball, director y poeta expresionista alemán refugiado en Suiza en la guerra del 14 que fundó en Zurich precisamente el movimento Dadá del que después se apoderó Tristan Tzara, y es curioso que no haya escrito, ni dicho en las conversaciones que ha tenido conmigo sobre poesía, una palabra sobre los grandes poetas expresionistas alemanes y austríacos, cuando el expresionismo alemán es uno de los movimientos artísticos y poéticos más importantes del siglo XX, y Emilio conocía perfectamente el alemán.
En cuanto a los poetas peruanos sobre los que ha escrito y que él admiraba más hay que mencionar a Eguren, César Moro, Martín Adán y José María Arguedas; escribió también un excelente ensayo sobre la obra poética de Sebastián Salazar Bondy, uno de los grandes poetas peruanos menos divulgados en el Perú, en América y en el resto del mundo, y quiero recalcar que también redactó una nota sobre un
gran poeta casi totalmente olvidado o relegado en el Perú:
Luis Valle Goicochea, nacido en 1911, el mismo año que
Westphalen, y muerto en 1953: su “translúcido y desolado
lirismo no ha obtenido aún (...)3⁄4ni el reconocimiento
debido ni la asignación del lugar que bien merece en las
letras peruanas”, dice Emilio Adolfo en esa nota que data
de 1978: el desconocimiento de Valle Goicochea no se ha
movido, pero se puede abrigar la esperanza de que quizá lo
descubran en el Perú hacia el 2050... Vuelvo a los cuatro
que más quería y admiraba Westphalen: Eguren, Moro,
Martín Adán y Arguedas, pero hay que decir que su en
relación con Martín Adán había un rasgo particular y es la
complicidad entre los dos en el culto y la devoción a la
obra de Eguren y que Martín Adán ha expresado en su
libro De lo barroco en el Perú. En 1985 en Lima fui a
visitar un día a a Emilio: lo encontré demudado y
consternado: Martín Adán estaba entonces entre la vida y la
muerte y murió pocas semanas después. Westphalen me
dijo: -Acabo de ir a visitar a Martín Adán: no me reconoció;
al cabo de un rato me reconoció; hablamos de poesía y de
pronto me dijo: -Sabes, yo no creo que Eguren haya sido
un gran poeta. Este vuelco en los sentimientos de Martín
Adán por Eguren visiblemente lo impresionó tanto que
años después en una conferencia sobre poesía peruana que
Westphalen dio en el Congreso de la República en Lima,
repitió prácticamente con las mismas palabras lo que me
contó a mí aquel día de 1985. Está en un volumen que
reúne las conferencias dictadas en el Congreso.
He dejado para el fin la relación de Westphalen con Vallejo. Profesaba una admiración sin límites por Trilce, admiración que expresa sin reservas en su importante trabajo Poetas en la Lima de los años treinta. Para el resto de la obra tenía muchas reservas que proceden probablemente de la incompatibilidad entre la tendencia surrealizante de Westphalen donde dominan los raudales de imágenes e innegables coincidencias con la visión que tenían de la vida y la poesía los mejores poetas surrealistas, César Moro entre ellos, el ultraamigo de Emilio. Vallejo en cambio abonimaba de Breton y su grupo surrealista, a juzgar por una nota demoledora sobre los surrealistas y su jefe que publicó en 1930 en la revista Amauta y que se titula, si mal no me acuerdo, “Un cadáver”, o sea Breton. Visiblemente lo que menos tragaba Westphalen en Vallejo era su patetismo humanitario y el aspecto religioso, podemos decir incluso católico, de su poesía. Discutimos sobre eso más de una vez, hasta que me mandó una carta en la que hablando de Vallejo, me decía: “No me podrás negar que no se puede ser impunemente nieto de dos curas españoles”. Impunemente, desde luego, no. Y Vallejo efectivamente era nieto de dos curas españoles y de dos indias chimú, aparentemente “sobrinas” de esos curas: su punición por parte de abuelos...
Termino con unas palabras sobre la mudez o silencio empecinado que se solía achacar al poeta presentado como
una persona que no despegara los labios ni para conversar,
lo que es totalmente falso. Recuerdo haber leído un
comentario tonto de Unamuno sobre las Hurdes, ese
pueblo español conocido por su pobreza sobre el que
Buñuel hizo una película. Dice Unamuno: “Dicen que los
habitantes de las Hurdes no comen. No es verdad: yo los he
visto comer”; sobre Westphalen yo podría decir lo mismo:
Dicen que no hablaba: es falso, yo lo he oído hablar... Era
simplente una persona lacónica y reservada que evitaba
abrir la boca para decir cualquier tontería, especialmente,
pienso, en reuniones de amigos tontos o donde hubiera un
tonto hablador: -¡Y cuánta reunión de amigos tontos / Y
qué nido de tigres el tabaco! – dice Vallejo en uno de sus
poemas de París. Ernesto More en su libro César Vallejo en
la encrucijada del drama peruano cuenta que una vez
Víctor Raúl Haya de la Torre visitó París y sus amigos
peruanos le ofrecieron una cena. Haya de la Torre se
levantó para un brindis y se lanzó en un discurso
inacabable; en una pausa Vallejo le dio una palmada en el
hombro y le dijo – Hermano, toma tu vino y cállate. Vallejo
y Westphalen: dos lacónicos.
Para terminar, y sobre el mismo tema, dos anécdotas de Emilio: una vez lo invité a cenar en Ginebra con un argentino que quería conocerlo y que era un hablador impenitente y no paró de hablar durante toda la comida. Westphalen no despegó los labios y cuando el argentino se fue, los despegó y dijo: -Américo, este hombre es peligroso.
Para terminar, y sobre el mismo tema, dos anécdotas de Emilio: una vez lo invité a cenar en Ginebra con un argentino que quería conocerlo y que era un hablador impenitente y no paró de hablar durante toda la comida. Westphalen no despegó los labios y cuando el argentino se fue, los despegó y dijo: -Américo, este hombre es peligroso.
Y la segunda que me contó, creo, Lucho Loayza u otro
amigo peruano: cuando Emilio trabajaba en la ONU en
Nueva York compartía la oficina con un español fornido y
desenfadado que cada mañana, cuando entraba en la
oficina, saludaba a Westphalen dándole una enérgica
palmada en el hombro: -Hola Emilio. Hasta que un día al
acercarse el español levantando la mano, Emilio se levantó,
pálido y rígido, y le dijo: -Si usted me toca, lo mato.
Y ahora me callo yo.
Y ahora me callo yo.
lunes, 9 de febrero de 2015
PALABRAS DE HELENA USANDIZAGA A LA PARTIDA DE ANDRÉ COYNÉ.
En la foto André Coyné con el portugués Mario Cesariny.
ANDRÉ COYNÉ
ANDRÉ COYNÉ
No recuerdo sí conocí a André Coyné en 1975, cuando
estaba en Lisboa, pero creo que fue más bien ya hacia los
80, en Barcelona. Sí que recuerdo nítidamente nuestra
primera tarde de conversación, junto con Vladimir Herrera:
Coyné era un conversador amable, enciclopédico en
algunos temas, seductor y travieso. Mi admiración por él y
por su conocimiento de Vallejo, de su poesía sobre todo, y
también de Georgette, de los vallejistas y el vallejismo y los
infinitos chismes y chistes de las sectas iba en aumento
hasta que una boutade suya nos hacía volver a todos a
tierra. También tenía un lado gruñón y autoritario que en el
fondo resultaba muy gracioso. Unos años más tarde traduje
su libro Fe de errores al castellano, un precioso libro que
publicó Vladimir Herrera en su editorial Auqui, en 1989, y
vino a Barcelona por unos días para trabajar conmigo en la
traducción. Como que por entonces ya éramos amigos,
disfrutamos mucho esos días de discusiones lingüísticas,
pero nos peleamos bastante: él se mosqueaba con mis
imprecisiones al traducir ciertas cosas del francés, bufaba
indignado, y yo por mi parte le juraba que en castellano no
se puede decir “Es por esto que...”, que ni soñara con
hacérmelo escribir, y cosas así. Recuerdo que pensamos y
discutimos mucho sobre la frase “La vie s’y entend à noyer
le poisson”: noyer le poisson viene a ser algo así como
marear la perdiz, pero al final lo más ajustado nos pareció
“La vida sabe mucho de dar largas al asunto”. Ahí, al
traducirlo, me di cuenta de que ese aforismo contenía una
terrible verdad que muchas veces, después, he
comprobado. Coyné también autorizó a Auqui para hacer
una edición de La tortuga ecuestre, de César Moro, y
además le entregó a Vladimir Herrera, para su publicación
en 1989 bajo el título Cuál es la risa, unos poemas que
cuarenta años antes le había dado Emilio Adolfo
Westphalen para que vieran la luz en alguna publicación
española, cosa que Coyné cumplió, si bien tantas décadas
después, tras hallarlos inesperadamente entre sus papeles.
También recuerdo una mañana, en realidad eso se repitió,
en que fuimos juntos a la Universitat Autònoma de
Barcelona para que él diera una conferencia a mis alumnos
sobre César Moro. Me preguntó, falsamente temeroso, si no
se habrían escandalizado los chicos porque leyó el poema
“Antonio” y porque contó la anécdota que está tras el título
de La tortuga ecuestre, la de las tortugas copulando de
manera arcaica y tremebunda que había visto Moro en un
parque de Lima. En realidad, nada le hacía más ilusión que
haberles sacudido y escandalizado un poco, pero yo le dije
que no creía: nunca lo supe, y tal vez sí podía haberse dado
por satisfecho con la provocación.
Coyné, muy joven, en 1948, había prácticamente huido de
la terrible Europa de la postguerra, fría y gris y transida de
muerte, para llegar como profesor de francés a Lima,
donde encontró que el gris tenía otros matices y que todo
le reenviaba a la vida, y donde sobre todo conoció a César
Moro y fue iniciado en el Perú gracias a un guijarro que
rodó por los acantilados de Lima mientras bajaban al mar
Coyné y Moro, guijarro que le dio en la frente y le abrió
una brecha que jamás se cerraría: el amor por el Perú y el
conocimiento de su fuerza.
Su comprensión de la poesía de César Moro no se basaba
solo en su capacidad de recordar historias que están tras
los poemas, ni mucho menos, sino que era un
conocimiento profundo del universo de Moro, del que fue
amante, amigo y albacea testamentario. La difusión de su
obra, el hecho de que Moro tenga un lugar importantísimo
en la poesía peruana, le debe casi todo a Coyné y a su
incesante trabajo.
En Barcelona también pasó por una iniciación, más tardía y
prosaica: se cayó por las escaleras mecánicas del metro de
Lesseps y se abrió la cabeza con una brecha, profunda
también, que le curaron con muchos puntos en el hospital
de la Esperanza y luego en el Hospital de San Pablo –le
acompañamos Juan del Solar y yo-, donde se las arregló
para seguir conversando desde la camilla en la que pasó la
noche en el pasillo de urgencias de San Pablo. Los médicos
en prácticas, fascinados, se peleaban por cuidarle y uno de
ellos me dijo que nunca había conocido a un crítico
literario, y que ahora ya sabía cómo eran, aunque yo pensé
que en realidad no sabía nada de cómo son los críticos
literarios si había concluido que eran como Coyné.
Teníamos la costumbre de llamarnos por teléfono: toda una
tarde de chismes, lamentos, risas y reflexiones filosóficas,
pero en algún momento, que no sé cuándo fue, dejamos de
hacerlo. La última vez que le vi en Barcelona volvía de Perú
y me pidió que le fuera a buscar a la estación de Sants
porque estaba cansado y desorientado, pero esa vez no
tuvimos mucho tiempo para conversar.
Siempre pensé en recuperar nuestras tardes de risas y
llantos aunque fuera por teléfono, esas conversaciones en
las que sabía pasar de la travesura provocadora y el
egocentrismo a la empatía y la complicidad, pero nunca lo
hice, porque nunca hallaba el tiempo, y ahora ya nunca lo
podré hacer. La vie s’y entend à noyer le poisson: la vida, es
cierto, sabe mucho de dar largas al asunto.
Helena Usandizaga.
miércoles, 28 de enero de 2015
A LA SANTIDAD DEL JUGADOR DE JUEGOS DE AZAR. UN TÍTULO DE LIBERTELLA.
La posesión del lenguaje es un absoluto muy relativo para
Hector Libertella, donde dice arrebol dice árbol donde dice Goyeneche todo termina en fenómeno gramático y “la boca muestra sólo un pentagrama y los dientes son sílabas sueltas.” Y hay un pronto en el que el lector sabe que el autor le engañará. Se jodió el contrato de veredicción.
Y el que engañará ya ni siquiera es autor, ya ni siquiera es paisaje. Como que ha llegado a esa perfección argentina de la que todos hablan: ha dado el pasito sutil casi de tango en medio del estropicio literario. No se podía hacer nada con tamaña obra fragmentaria dirían los editores que él nunca tuvo en cuenta. Tampoco se podía sostener su nombre en una urna. Había ultrapasado a sus contemporáneos al mismo tiempo en que todo le daba igual. La carrera la había ganado pero en el último tramo decidió repetir sus pasos para que los otros llegaran a la meta y ser por fin el último. Igualmente su risa, la de fumador sin dientes, tan alta como una carcajada me hacía entender su nostalgia evanescente. Estábamos en México. Era un México de hablar pausado. Ahora, 33 años después me sorprendo, con este título: A La Santidad Del Jugador De Juegos de Azar, como no podía ser de otro modo. Acaso evocando La Leyenda del Santo Bebedor de Joseph Roth. O acaso no. Pero siempre nos tomaban el pelo los santos y las santidades aunque el cuño fuera alcohólico o erizado de alcoholismo. De allí la sorpresa y el azar. Lamborghini lo sabe en el cielo, él que era un santo material, y Libertella también debe
Hector Libertella, donde dice arrebol dice árbol donde dice Goyeneche todo termina en fenómeno gramático y “la boca muestra sólo un pentagrama y los dientes son sílabas sueltas.” Y hay un pronto en el que el lector sabe que el autor le engañará. Se jodió el contrato de veredicción.
Y el que engañará ya ni siquiera es autor, ya ni siquiera es paisaje. Como que ha llegado a esa perfección argentina de la que todos hablan: ha dado el pasito sutil casi de tango en medio del estropicio literario. No se podía hacer nada con tamaña obra fragmentaria dirían los editores que él nunca tuvo en cuenta. Tampoco se podía sostener su nombre en una urna. Había ultrapasado a sus contemporáneos al mismo tiempo en que todo le daba igual. La carrera la había ganado pero en el último tramo decidió repetir sus pasos para que los otros llegaran a la meta y ser por fin el último. Igualmente su risa, la de fumador sin dientes, tan alta como una carcajada me hacía entender su nostalgia evanescente. Estábamos en México. Era un México de hablar pausado. Ahora, 33 años después me sorprendo, con este título: A La Santidad Del Jugador De Juegos de Azar, como no podía ser de otro modo. Acaso evocando La Leyenda del Santo Bebedor de Joseph Roth. O acaso no. Pero siempre nos tomaban el pelo los santos y las santidades aunque el cuño fuera alcohólico o erizado de alcoholismo. De allí la sorpresa y el azar. Lamborghini lo sabe en el cielo, él que era un santo material, y Libertella también debe
estar sabiéndolo. Hasta aquí la evocación del dueño de la
electricidad del lenguaje: Libertella ya no es Libertella y
nunca quiso serlo. Dejó labradas páginas de sentido ciego.
Se burlo de todos, de, principalmente Borges. Dijo:
Góngora será el destino de todos ellos: ni siquiera aparece
en este libro.
Vladimir Herrera. Cusco 28 de enero 2015.
en este libro.
Vladimir Herrera. Cusco 28 de enero 2015.
domingo, 25 de enero de 2015
ESCRITURAS DEL EUROPEO CLAUDIO MAGRIS.
Existe la escritura diurna que requiere de un orden, una
responsabilidad, una moral-se extiende el escritor en su
argumento- y hay una escritura nocturna en la que
encontramos el infierno, la cloaca de la existencia, de la
historia. Existe la angustia y podemos llegar a perder el
sentido de los valores. No cuenta la vida en sí, la vida se
fragmente donde solo vemos lo que ha quedado después
de una catástrofe. Creo que no debemos confundir los dos
momentos. Luego existe la escritura que nace de un
momento de absoluto desorden en el que el escritor se
enfrenta cara a cara con la medusa, con la insostenibilidad
de la vida. La vida como una inmensa ola del mar que
arrastra los restos del naufragio a la arena y sólo vemos los
restos. Debemos vivir ese momento de angustia, debemos
perder en algún momento el sentido de la continuidad, del
orden, de los valores, porque estamos frente a frente a un
momento insostenible. Hablando con Sábato hemos estado
de acuerdo en que hay una escritura diurna cercana al
orden y otra nocturna que habla de la cloaca de la
existencia de la historia. Nunca hay que confundirlos.
Claudio Magris en una entrevista de Eduardo Larrocha.
jueves, 15 de enero de 2015
Humareda. Escrito para un encuentro de poetas y pintores en Lampa.
MANIFIESTO RESIDENTE:
En el libro que la Galería Moll le dedica a Víctor
Humareda, curiosamente está consignado que, el gran
maestro, en su infancia, había sido cuidado por Don Juan
Herrera. La noticia no dejó de serme grata aunque yo
estuviera al tanto por boca del propio maestro de su
relación especial con mi familia. Sí pues. Es cierto que mi
abuelo Don Juan Herrera cuidó de algún modo la infancia
de Víctor Humareda. Es cierto que tuvo dos hijas, René y
Carmen Herrera con la señora Gallegos madre de Víctor.
También es cierto que Humareda creció con mi padre,
tenían la misma edad y jugaban en el río de Lampa. Ambos
estaban encantados con París, el uno con los impresionistas
y el otro con las novelas de Eugenio Sue.
Yo conocí a Humareda en la casa de Víctor Delfín en
Barranco y desde entonces caminábamos por Lima
probando postres y hablando de nuestros paisanos.
También lo acompañaba a La Nené de la avenida Colonial
donde él no probaba ni una gota de alcohol. En su
habitación del Hotel Lima tenía un retrato enmarcado de
su madre al lado de la cama, un cajón con trapos coloridos
para limpiar pinceles, y un ropero estrecho. El Gran
Maestro me dibujaba con palabras su idea de hacer del
puente de Lampa una hermosa terraza con sombrillas y
café, una postal del impresionismo con luces de Degas y
temores de Toulouse Lautrec.Yo imaginaba un malecón a
orillas de esa parte del río.Un paseo que reflejara esas
aguas.
Pasado el tiempo veo que Lampa no cuenta con la obra de
Víctor Humareda. La placa que señala la casa de su
nacimiento está borrada. La casa todavía no ha sido
expropiada por el municipio para hacer en ella una casa
museo. Que es lo propio. La manera de cuidar la obra de
un gran pintor. Que no se nos vea a los lampeños como
sirvientes del turismo sino como a personas generosas y
cultas que cuidan su arte y sus artistas.
Vladimir Herrera
sábado, 3 de enero de 2015
Absoluta vigencia del Pequeño Deslinde de Helena Usandizaga en Trafalgar Square 6.
En la primavera de 1988 salió el número seis de la Revista Trafalgar Square. Con todo fue el número más provocativo de los diez que salieron en Barcelona. En él se inscribe este Deslinde petit que parafraseando a Alfonso Reyes el gran polígrafo mexicano hizo Helena Usandizaga tocando un tema que al mismo autor del Deslinde hubiera hecho gozar.
viernes, 2 de enero de 2015
POEMA TIPOGRÁFICO EN LA REVISTA TRAFALGAR SQUARE. PRIMAVERA DE 1988.
El poema concreto no es más concreto que el de uno, tipográfico, brasileño o no. Y la idea de otrora, de cualquier concretista de que el poema es palpable más allá de su serenidad, truena. El poema tipográfico construido sobre la caja maquinal matinal que deja los dedos sucios de gasolina y huele a tiempo, que, además suma una reflexión a su grupa. Pergueño de Bitti por ejemplo es volver a la proporción áurea resuelta bajo la sombra de Bodoni y destinada para el espacio que logra el poema gráfico. Los motivos también fueron cayendo en juego de caligrama mientras se construía el pincel roto bueno para empezar cualquier poema mundano. Pero también está el temor de Bitti a que la llama auquénida le escupa el cuadro cuando todo Renacimiento a orillas del Lago de Juli es la presencia de la primera imprenta de América. /Aún/ Perfecto/ Maniatado/ como miedo/ pero no miedo/ ni sensación ni/ nada/ que pueda/ inspirar/ y que inspire./ Así fue cómo sobre una vieja Minerva plana V.H. fabricó este poema para la Revista Trafalgar Square en la primavera de 1988.
jueves, 4 de diciembre de 2014
EL AZAR OBJETIVO EN LA CAPILLA DEL HOTEL MONASTERIO DEL CUZCO.
El arte colonial cuzqueño adicto al pandeoro hace que el diablo le señale al ángel algo en un libro mientras al fondo caen irredentos quienes por error hubieran leído qué. Sin embargo los ángeles lucen serenos de semblante porque no hay lucha sino acabamiento. No han triunfado la luz ni la oscuridad y dos libros ocupan el lugar central de la escena que hubiera hecho las delicias de Lezama Lima quien de seguro las habría agregado a su Expresión Americana. Abajo, dos adolescentes sonríen mientras venden sus libros.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)














