viernes, 28 de septiembre de 2012

YRIGOYEN, HORACIO, KAVAFIS, MARILUNGO, LIDELL.


kavafis2810
Yrigoyen; Kavafis, Horacio, Marilungo,Lidell.


Debo esta reciente curiosidad por Kavafis al encuentro nada fortuito de unos versos de Horacio

 [Cambian de cielo, no de carácter, quienes cruzan el mar]

Los versos supieron ejercer influencia en algunos de sus poemas. Soy indiscreto al mencionar que en estos días también la ejercieron en mí, pero no en lo que respecta a estas líneas. Les adjudico apenas –y no es poco- el ánimo disperso que ellas sugieren. Lo demás puede bien ser fruto de la casualidad, el cansancio de una tarde y la tibieza de una reconocida cerveza holandesa. Fruto también de caer en el anecdotario suculento que proporcionan las vidas de escritores.

Leí sobre la influencia de Horacio en Kavafis en la intensa biografía sobre el poeta que lleva adelante Robert Lidell.

En su Ars Poética -sabemos por Lidell- Kavafis apunta, esta tarde me pasó por la cabeza escribir sobre mi amor. Y sin embargo no hay que hacerlo, tal es la fuerza que tiene los prejuicios. Yo me he librado de ellos, pero pienso en quienes son sus esclavos y bajo cuyos ojos podrían caer en ese papel. Y me detengo. ¡Qué pusilánime! Anotaré, con todo, una letra -T- como símbolo de este momento.

Kavafis, he leido, fue presa de algunas obsesiones. El goce erótico, las relaciones acomoditicias, el epicuerismo. Ramón Yrigoyen le adjudica una abyecta pero precisa condición: la torpeza.

Este poeta, de joven e incluso en su primera madurez, es, sobre todo, torpe –y ya no digamos en prosa, género en el que la torpeza no lo abandonó nunca-.

La torpeza, según Yrigoyen, revela en Kavafis a un ejecutor más que un poeta, ya que su labor es montar y desmontar el poema a fuerza de fracasos y sumisiones, hasta hacerlo funcionar. La implacable sentencia de Yrigoyen no es menos verdadera que reiterada. Dylan Thomas afirmó en algún momento que la tarea del poeta supone un 1% de talento y un 99% de perseverancia y Edgar Poe hizo el distingo en su ensayo El principio poético,

El hecho es que la perseverancia es una cosa y el genio otra totalmente distinta. (Poe, 11)

Hablamos entonces de dos tipos claramente diferentes: los perseverantes, o torpes, y los poetas de genio.

Recientemente, Emiliano Marilungo apuntó en este mismo soporte ["Cuando se juntan, en la lluvia, algunas lágrimas de un Dios"] algunas consignas sobre los efectos de la genialidad. Poe coincide con Marilungo, “no es ninguna mera apreciación por la Belleza que hay ante nosotros, sino un desaforado esfuerzo por alcanzar la Belleza que hay por encima (…) Por medio de la Poesía nos encontramos deshechos en lágrimas, lloramos no por exceso de placer, sino por una cierta tristeza petulante e impaciente ante nuestra incapacidad a captar ahora, totalmente, aquí en la tierra, de una vez y para siempre esas divinas y embelesadas alegrías, de las cuales a través del poema o a través de la música no alcanzamos sino breves e indeterminadas vislumbres. La lucha por aprehender el Encanto Celestial –esta lucha librada por almas adecuadamente constituidas- ha dado al mundo todo lo que a él (al mundo) se ha permitido al mismo tiempo entender y sentir como poético.” (Poe, 19-20)

Pero Poe, no obstante, va un poco más allá. La ejecución de lo poético, según Poe, tacha la perseverancia para validar la severidad

sí, con un esfuerzo sostenido, cualquier caballerito ha ejecutado una epopeya, elogiémoslo francamente por el esfuerzo –si éste es en verdad una cosa elogiable- pero abstengámonos de alabar la epopeya a causa del esfuerzo” (Poe, 11)

y aunque el distingo se nos antoje algo difuso, no es por eso poco interesante. Poe continúa,

para imponer una verdad necesitamos severidad, más que florituras de lenguaje. Tenemos que ser sencillos, precisos, lacónicos. Tenemos que ser fríos, tranquilos, desapasionados. En una palabra, tenemos que estar en ese modo que, tan cercanamente como sea posible, es el exacto reverso de la poesía.” (Poe, 17-18)

No concibo fructífero apartar tensamente una idea de otra. Corroboro tan solo que Poe no habla de la ebriedad ni del éxtasis propio de la genialidad en la ejecución como Marilungo, sino en la captación de lo poético.
El genio en sí mismo, todos nosotros lo sospechamos, presenta una cualidad insoslayable: su inasibilidad. No permite envestiduras ni persigue su propia entidad: es o no es. Lo único recuperable de él, para cualquier ser sensible, ocurre en la captación: el genio se reconoce de inmediato, como de inmediato nos reconocemos en lo que, ajeno a nuestro espíritu, nos invoca de una manera ineludible.
Captar la belleza importa un desafío personal: ese ir por encima de lo que está ante nosotros, que señala Poe. Captar el genio exige un esfuerzo mayor: cerrar los ojos, disparar y creer fielmente que hemos dado en el blanco, sin necesidad de corroborar si esto es o no verdad, pensar que sí lo hemos hecho.
Me pregunto entonces si no hay un internexo entre el poeta de genio y el poeta de talento, si no es éste al cual se refiere entre líneas Poe. La salvedad para llevar adelante esta idea es que Kavafis, si bien es un poeta torpe, un empecinado, pudo dejar un buen número de poemas maravillosos que, a veces apasionados, a veces inusitadamente cerebrales, corroboran una obra válida. Torpes, entonces, aquellos que continúan afirmándose una y otra vez sobre lo que se mueve debajo de sus pies. Con esa medida de las cosas de la que nacen poemas fervientes, orgullosos hasta el descrédito. Poemas que no pueden morir ya que tuvieron que atravesar alguna muerte para nacer. Torpes, y pensemos si en la torpeza, en ese andar a ciegas que es la torpeza, no hay visos de una extraña genialidad.

No quisiera abunda en dicotomías, calculo tan solo un buen número de cualidades que distinguen a unos poetas de otros. En esas cualidades se forjan también los hombres y de ellas son fruto sus eternas digresiones.

Kavafis, insisto, no se presenta como un poeta de talento ni como uno de genio; se instala como lo que reconozco un poetamenor. Al menos ésa es la notoriedad que yo encuentro bajo este reduccionismo: un poeta capaz de una obra válida tan solo porque lo que resulta poco fehaciente de ella es su invalidez.

Anota Kavafis: “Mañana o pasado mañana, o al cabo de los años, serán escritos los versos vigorosos que aquí tuvieron su principio“.

De alguna manera, el oficio de poeta, la decisión misma de ser poeta, supone un riesgo de este talante: creerse devenir poeta sin siquiera haber escrito una sola línea. Afirmo con Yrigoyen, aunque con menos locuacidad, que cierta poesía precisa de esta aparente ingenuidad, de esta insoslayable torpeza, del vigor de un deseo que pide cumplirse para no cumplirse jamás. De plantar un símbolo en este mundo y escribir a partir de él.

Estas conjeturas y el símbolo anteriormente citado -T- ejercieron en estos días en los que leí la obra de Kavafis alguna extensión.

Vuelvo someramente a Edgar Poe. “Esta gran obra- argumenta Poe sobre elParaíso Perdido de Milton-, de hecho, ha de ser considerada como poética solamente cuando, perdiendo de vista ese requisito vital en todas las obras de arte, la Unidad, lo vemos meramente como una serie de poemas menores. Si para preservar la Unidad – su totalidad de efecto o impresión- lo leemos (como sería necesario) de un tirón, el resultado no es sino una constante alternancia de entusiasmo y depresión. Tras un pasaje de lo que sentimos que es verdadera poesía sigue inevitablemente un pasaje tópico que ningún prejuicio crítico puedo obligarnos a admirar; pero si después de terminar la obra, la volvemos a leer, omitiendo el primer libro –es decir, comenzando por el segundo- nos sorprenderá encontrar admirable lo que antes condenamos y condenable lo que anteriormente habíamos admirado tanto.” (Poe, 10)

Es tolerable en cierta poesía, como señalaba antes, considerar que una obra no es sino el multiplicarse de un deseo primigenio, imposible de descifrar, y que la poesía entonces involucra tan solo la tenacidad de responder a él con las armas que nos son dispuestas. Un deseo, apresado en un símbolo -T-: un símbolo capaz de reproducirse en todas direcciones hasta trasvestir ese deseo, aplazarlo y revivirlo una y otra vez, hasta que se nos aparezca indistinguible de todas sus réplicas. Por esta razón la poesía puede ser una simple T, y T, todas las palabras de un poema aún no escrito, y todos los poemas escritos, las innumerables maneras de haber querido decir T.

Escribe Kavafis en su Ars Poética, “también hay que tener cuidado de no olvidar que un estado anímico es verdadero y falso, posible e imposible a la vez, o más bien alternativamente. Y el poeta – que, incluso cuando trabaja de un modo más filosófico, no deja de ser un artista- ofrece una cara, lo que no significa que niegue la otra, o incluso –aunque quizá eso sea exactamente la cosa- desea hacer creer que la cara que él ofrece es la verdadera, o la que se revela más veces verdadera. (…) Muy a menudo la obra del poeta no tiene sino un sentido vago (…) Platón decía que los poetas profieren grandes mensajes cuya realización ellos no han comprobado.”

Kavafis, detrás de un símbolo, adjunta un vasto volúmen de poemas. Todos ellos, quiero creer, responden a tres poemas de su obra más temprana.
Los dos primeros, Ventanas y Muros, responden a la idea de opresión.

“pero las ventanas no se encuentran, o yo no sé
Encontrarlas. Y mejor tal vez que no las halle.
Quizás será la luz otra tortura.
Quién sabe qué novedades van a mostrarme.
(de “Ventanas”)

“Desde el mundo exterior – y yo sin percibirlo- me han encerrado.”
(de “Muros”)

En el tercero, La Ciudad, se intuye la sumisión a esa opresión, pueden presuponerse las ilusiones creadas luego de las ilusiones perdidas. En estos tres poemas me esfuerzo en creer que está todo Kavafis, el primer eslabón de una cadena y la cadena además, el ahínco de la mala suerte y las sombras que la acechan, pero no resisten a lo largo de toda su obra si no aparentemente, con la sabiduría de ser jeroglíficos hacia lo futuro, con el énfasis moderado de lo que se encuentra entre líneas. Está todo Kavafis como en una gota de agua salada está la inmensidad del mar, como en un solo instante de un ser están todas sus encarnaciones. Está todo lo que es “T” y todo lo que será de “T”.

La Ciudad, a su vez, justifica a un hombre, pero también a la posible intención de la obra y su desarrollo, importa una suerte de ubicuidad del símbolo irresoluble. El hombre que ha de errar eternamente en búsqueda de lo mismo cuando lo mismo guarda la creencia de ser otra cosa, cuando lo mismo es nuevo en tanto lo hayamos olvidado.

“Nuevos lugares no hallarás, no hallarás otros mares.
La ciudad te seguirá. Te perderás por las mismas
Calles. Y envejecerás en los mismos barrios;
Y te saldrán canas en las mismas casas.
Siempre llegarás a la misma ciudad.”
(de “La Ciudad”)

Poe determina la Unidad en un obra concebida con un fin de Unidad; El Paraíso Perdido de Milton no es sino la suma de sus partes; el Infierno de Dante no hace sino reclamar su acaecer en el Paraíso. La épica del medioevo requería una organización temporal y espacial, reclamaba un hombre que era uno y que su unicidad adscribiera a una creencia de orden superior que la hiciera permisible.
La obra de la modernidad –y pocos poetas, en los términos de Baudelaire, podrían encajar tan bien en la definición de modernidad- no puede sino explicar su sentido en lo disperso, en las pistas que van dejándose encontrar, en lo que se desapercibe como un hito para devenir una forma de caminar, luego de haber llegado a la meta. Un camino que, a gatas, vaya formulando en la fe esquiva e inestable de quien lo anda con cierto recelo y temeridad.

Kavafis es la obra que reclama su fin en el principio, que sucede en un futuro por el rastro indicativo del pasado, que guarda en nervios primigenios la información de su longevidad.
Kavafis, entiendo, supo muy bien que no hay manera de creer en lo propio sino en la lenta y trabajosa afirmación del ser en la tierra, sin miramientos, a puro orgullo, con la sangre gélida de quien se alza contra el mundo y el temor secreto de quien se sabe solo, y en consecuencia, único habitante de él, porque lo particular ha de provenir de una decisión por siempre honesta, de una fugaz y obtusa fe de sentirse vivo. Porque la fe de los escépticos es fruto, no de la ceguera, sino de la torpeza de arremeter, presumiendo la caída.

Un símbolo no es sino unas de las formas del vaticinio. Del reencuentro nada fortuito con lo inusitado.
Kavafis quiso que supiéramos algunas de estas cosas.

 M.A. de La periódica revisión dominical.

martes, 25 de septiembre de 2012

LOS AMIGOS DE ENTONCES

Gonzalo Herralde, E. Vila-Matas, Cristina Fernández Cubas, Vladimir Herrera y Luisa Casas. Era el cincuenta cumpleaños del poeta y Tusquets celebraba la salida de los Poemas Incorregibles. Beatriz de Moura nos invitaba a La Balsa, el restaurante que la editorial tiene en la parte alta de Barcelona.

jueves, 20 de septiembre de 2012

ESPAÑOLA JULIA CASTILLO Y LOS 7 MOVIMIENTOS.


Vladimir Herrera compuso y tiró a mano para Editorial Auqui los ejemplares de 7 movimientos de Julia Castillo, en su taller de la Calle Madrazo, y Montse Badell se ocupó de la encuadernación.  Nunca como antes la tipografía y la encuadernación artesanales estuvieron a la altura de la buena Poesía. Este artículo de Fernández Alba encontrado por azar  cobra inusitada luz cuando  ya el recuerdo de una noche de presentaciónes en el Círculo de Bellas Artes de Madrid se va tornando borroso como un tranvía de color sepia que se aleja.

ENSEÑANZAS.
Antonio Fernández Alba.

Con bastante precisión se suele confinar al poeta junto a los territorios  donde predomina el concepto de tiempo, de la misma manera que el artista ha de conquistar  aquellos lugares que corresponden al espacio. El tiempo, efectivamente es dominio sustantivo del poeta. El espacio ámbito adjetivado del artista. Julia Castillo en 7 movimientos , como lo hiciera en Demanda de Cartago (1978) nos invita a revisitar los tiempos sedimentados en la noche de la historia urbana. Fue la ciudad antes “urbis” que “civitas”. Tiempo en el residir del ser, antes que espacio para el habitar del hombre, porque la realidad de lo que denominamos ciudad se manifiesta como sensaciones sustantivadas extraídas de los itinerarios que anidan en la memoria. Proust lo ha dicho mejor: “Lo que llamamos realidad es una relación entre aquellas sensaciones y aquellas memorias que nos rodean simultáneamente”.
Julia Castillo nos representa en estos 7movimientos aquella ciudad edificada  más en lla topografía de la “razón mítica” que postula el poeta que en la planimetría de las razones técnicas que ordena el arquitecto.
Aquí fue Troya/  viste yerba/mayor/ Sansón y duda”
Sí el tiempo es dominio sustantivo del poeta.
Poderosa/la puerta/ dio a sus olas/que tierna/la ancha boca/ de perlas,/el corazón.”
Julia Castillo en este monólogo interior de recuerdo poetizado  nos redescubre la imagen de la ciudad desde una metamorfosis de la ruina. Pero hemos dicho imagen  y sería más preciso incorporar los axiomas de la metáfora. Sólo la ciudad puede surgir en el entorno metafórico , de la misma manera que el símbolo se perpetua  una vez localizados los lugares para ejercitar el rito.
Aquí, allí, ahí , una ciudad en busca del mito, ideada aquí desde la metáfora, formalizada allí desde el símbolo. Ciudad allí tomada y destruida, tiempo de batalla para la contienda de los dioses. Metáfora y símbolo….largas sombras, naves negras, ausencia de olas, el campo desdichado cuando llega el estío, hierba y rosas en ausencia de perlas, el viento como llanto, el desierto en la lejanía. En la penumbra Homero, con el poeta sale el sol y pacen curiosos árboles y raíces. Rebelde el amor, también allí en Troya la airada, El tiempo, la anciana que abraza el mar. ¿Acaso Troya no son siete ciudades?, siete cantos, 7 movimientos y en la quilla de la nave Helena.
“colgarás/ hierba y rosas/ más subidas/enfermedades/furiosa envidia/la sangre/la quilla/ dígalas,/ tu navecilla:/ presto la conocerás.”
La idea de simultaneidad la evoca Julia Castillo en los 7 movimientos que construyen el poema, logrando convertir el recuerdo en relato mítico, transfigurando un pasado que se cree existió y permanece adormecido en las marismas del recuerdo.
Antonio Fernández Alba. Diario 16, jueves 5 de julio del 90.

martes, 18 de septiembre de 2012

CAMBIO DE TRENES EN IRAPUATO.


Vagando en la red tras los pasos de José Carlos Becerra me encuentro con La Ceiba en Llamas que Alvaro Ruiz Abreu tenía publicado  sobre la poesía de JCB, de quien hablábamos allende los mares de los ochentas. A Ruíz Abreu le pusimos el largo  sobrenombre de Cambio de trenes en Irapuato.Era uno de los mexicanos amigos más graciosos que frecuentaba en mi estancia europea. Creo que por aquel entonces estaba él vinculado a Circulo de Lectores y a la UAB. Como era de esperarse en un capricornio ahora es un importante escritor mexicano de segura influencia académica y editorial. En el texto que sigue veo que no ha perdido para nada su picardía y crudeza

VLADIMIR HERRERA.


LA INFAME CRUDA.
Me despertó la infame cruda. El día anterior había festejado mi cumpleaños; entre pocos amigos, muchos tragos, quejas esporádicas y música, se fue la tarde y parte de la noche. Ahora había que pagar el precio; me dolían hasta las pestañas; salí de mi habitación, la luz de la mañana me hirió los ojos. Era un frío 7 de enero de 1999. Había cumplido 64 años. Pasaron, como aguacero de mayo, mi adolescencia, mi juventud, las ilusiones, los retos. Vi crecer a mis hijos, casarse y alejarse de mí?. Ya olvidé cuántas guerras hubo en el mundo desde entonces; pero recuerdo muy bien la estela que dejaron. La mañana era fría y oscura; había un silencio total en la ciudad. No sé por qué se me vino a la cabeza el sexenio del Presidente Camacho que dejó al país pasmado. En esa época colocaron la capital del país entre Tlaxcala y Veracruz; construyeron una ciudad como de espejos, la Nueva Azteca; allá trabajan mis hijos en el Ministerio de la Economía.
Bajé por un agua mineral. El malestar insistía. Llegó la depresión. Y lo peor, sus destellos: Murió Pepe, ese gordo increíble con quien hice mi primera incursión amorosa allá en los años cincuenta; el año pasado enterramos a Andrés, mi cuate del alma, ave nocturna que bebía hasta dormido. Otros amigos se esfumaron.
Un día empezó a emigrar gente; hastiados de la ciudad, maldiciéndola, partían sin rumbo fijo. Esto se despobló. Yo me quedé esperando. “No seas necio, me dijo Chema, el smog te va a matar. íAnda, vámonos!”. Eso fue en 1995, después de la “catástrofe del siglo”, como llamó la prensa a la nube fatal que mató defeños como moscas. Se fueron muchos. La descentralización fue una realidad. Construyeron Nueva Azteca. Y me quedé solo en esta casa de la Condesa que compré en los años de la abundancia petrolera. Sólo espero a la huesuda, sentado, mientras las tardes, ahora claras y risueñas, pasan sobre mí. Me he quedado sordo de tanto silencio. Ya no hay aeropuerto capitalino, sino tres repartidos en tres estados. Se llevaron las industrias. Hablo a solas, mientras el murmullo de los pájaros me arrulla. Volvieron y con ellos los cielos límpidos-y la luz color azul de las montañas. ¿Dónde habrán quedado las voces estridentes que anunciaban catástrofes imprevisibles para el año 2000? Estamos en la antesala del nuevo siglo y no veo a ninguno de los jinetes del Apocalipsis. Creí estar soñando o peor, alucinando. Desperté a Martina, mi mujer, y me mandó al diablo. ¿Es que vivía en un mundo aún ingrato, azotado por el hambre y el frío, el odio y la competencia? El D.F. olía a cosas podridas, era una rana de color gris-verdoso, viviendo su natural metamorfosis. Prometí no beber nunca más y no festejar otro cumpleaños.
ALVARO RUÍZ ABREU.

domingo, 16 de septiembre de 2012

STALINGRADO DE ODISEAS STENOPOULOS.



Stalingrado no es
Un grado de la escritura
Ni un gallo sarraceno
Con su garlopa  de luz
En el jardín de la historia
No es una edad el Volga
Tan viejo el mismo Stalin
Como tú
Poeta sin pasado, desprevenido.
O.S.

domingo, 9 de septiembre de 2012

EL AMIGO PORTUGUÉS NUNO JÚDICE.


A Nuno Júdice le conocí en  Rumanía. Entre poetas culpables y  desesperados por el fin de su padre Ceaucescu. Se trataba de un encuentro en los extremos de la latinidad. En Constanza, a orillas del Mar Negro bajo la sombra de Ovidio escuchamos  un coro de vestales en una sinfonía de oscuridad y plenilunio. Bebíamos y cantábamos aunque el tema de aquel encuentro de poetas fuera la melancolía. Ovidio tenía la primera palabra. Pero también averiguamos acerca de las relaciones del Poder y la Poesía: la gloria del tiempo. V.H.


Principios
Podríamos saber un poco más
de la muerte. Pero no sería eso lo que nos haría
desear morir más
aprisa.
Podríamos saber un poco más
de la vida. Tal vez no necesitaríamos vivir
tanto, cuando sólo se precisa saber
que debemos vivir.
Podríamos saber un poco más
del amor. Pero no sería eso lo que nos haría dejar
de amar al saber claramente lo que es el amor, o
amar más todavía al descubrir que, aun así, nada
sabemos del amor.
 
Traducción de Elkin Obregón

miércoles, 5 de septiembre de 2012

POEMA DE GABRIEL FERRATER.


Gabriel Ferrater.

Exeunt personae

Tú, hija clara del silencio, me dices
que si no sé callar, te puedo decir las cosas
que se han dicho siempre, y te escuchas
como la mano que sopesa el sol de invierno
y recibe la luz global y vaga, sin
reventarla en figuras y colores.
              Tú, madre de los olvidos, no me solicitas
a soñar que podrás quererme
y a reunir trozos de mí para ponértelos
en el regazo, y ensalzarte la finura
del jarro que quizá tendremos entero
cuando me serenes el pulso que tiembla.
              Tú, hermana indulgente, no ves en mí
cosas que te molesten para no verme,
y me tomas como una costumbre, abierto y vacío,
y vas por mí sin retirar nada,
con un instinto de mucho antes, sencillo
como lo es la sangre de los hombres y las mujeres.

Versión de José María Valverde


jueves, 30 de agosto de 2012

GRAN COLETTI, V.H. Y LA CHOLITA USANDIZAGA EN EL CALLAO.

 Pasamos una tarde inolvidable en algún sitio de Chucuito embebidos por las cervezas de mi sobrino Coletti. Extrañamente el mar parecía una plantación de girasoles colorados. Tiempo después encontré este texto del que se revela como el mayor escritor de puño y letra  del puerto:
ITALIANOS EN CHUCUITO.
El abuelo manoseaba un juguete particular mientras me hablaba, "un teléfono para buzos" ,así lo llamaba él, pero sólo era un cordel de pescar que conectaba dos vasos comunicantes de tecnopor. Nos detuvimos "en seco" frente a la puerta del Edificio Ronald, que en su pasaje de mármol exhibe una galería de bustos de los genios de la humanidad. El abuelo liaba un cigarro fino y con su famosa boina nos adentraba hacia el Callao antiguo, lateando fresco, desarreglado, hacia su famosa esquina de Constitución y Libertad, donde nos permitió degustar de la galantería de sus piropos, (mal llamados por las gevas "cumplidos") poniendo en práctica su "experimento sonoro".
-Usted quédese aquí mientras yo doy la vuelta  a la esquina y le hablo, y cuando lanzaba uno, yo veía llegar el verso, ondulando por el hilo hasta mi oreja.
Antes hizo un aspaviento, nos movió las manos y todo el esqueleto de pescado, luego empezó a rezarnos esos piropos que lo inmortalizarían por esas casas de madera de la Playa de la Ribera:
-"Quién fuera lágrima, para nacer en tus ojos y morir en tu boca?..."
(M.C.)

miércoles, 29 de agosto de 2012

VALLEJO: LA INTUICIÓN DE MOME.


Vallejo atrapa a la poesía – o, lo que es lo mismo, a las mismísimas palabras, al lenguaje -, la sujeta de la solapa y le retuerce el cuello hasta vencerla, hasta lograr (al menos por momentos) avasallarla, desmontarla, transformarla en añicos. Vallejo apunta la llama de la antorcha hacia la médula del acontecimiento, hacia el hueso del ser, y allí apoya y mira cómo el fuego comienza a subir. Es el fuego, el único fuego cierto, un espasmo de luz ontológica que derriba con fulminante exaltación a los centinelas del sentido que le salen a cada paso.
 Una genuina inversión del azar, el testimonio de la absoluta inoperancia de los testimonios, de cualquier testimonio sintactizado. El sopapo de la falta de sentido encajado en el rostro del lenguaje sacralizado a golpes de diccionario y autoritarismo. Vallejo disuelve la supuesta esencia del lenguaje para que tras la evaporación, en medio de la bruma grisácea y aromada de sospechas, pueda verse – aunque sea por instantes más breves que cualquier noción de instante – el verdadero ser de la palabra, vehículo capitalmente emocional, afectivo.
 Vallejo retrocede. Da un paso atrás, y otro, y otro. Retrocede de la cultura al sentido, del sentido al lenguaje y de allí a la palabra, y al silencio, y al vacío. Vallejo retrocede para demostrar que únicamente en ciertos retrocesos se precursa el avance. Hay en esto más “destrucción de la cultura” que en mil tratados psico-sociológicos.
La vanguardia es el olvido, el abandono irremediable de lo siempre-por-abandonarse, el pisoteo constante sobre la huella irreconocible. Pero la cultura tiene un estigma para cada corte, una réplica. La vanguardia tiene al paso del tiempo, al simple transcurso de la duración, como Némesis. La vanguardia debe impugnarse,comerse a sí misma, para ser. Hoy es simple decirlo, a cualquiera le resulta evidente; piletones de tinta se han secado con las derivas críticas de la ambigüedad vanguardista, con la cháchara de tanto frustrado que la va de censor de la consistencia artística. Pero en aquel tiempo, cuando la vanguardia era todavía menos una teoría que una actitud en germen, era otro el cantar y otros, claro, los intérpretes.
 Vallejo es la vanguardia de la vanguardia, el paso previo a cualquier paso, el retroceso anterior a cualquier retroceso. Y su testamento más cabal es Trilce, hechicera pócima que reniega de cualquier fórmula preestablecida, incluso de cualquier fórmula preestablecida de trasgresión. Trilce está hecha del genio de Vallejo, pese los pataleos de la crítica literaria institucional y pese a la envidia de los colegas; es un objeto inasible, un anti-objeto que cumple – tal vez como ningún otro, exceptuando las cabriolas de Joyce, el cuchillo de Artaud o el posterior cut-up de Burroughs – con las condiciones añoradas de la teoría de la recepción vanguardista, a saber, participación prioritaria del lector, sentido abierto de la obra, fragmentación, incompletad, latencia de una pluralidad de significaciones no-excluyentes.
 Curioso desacuerdo: presencia y ausencia del autor. Curioso y fructífero. Vallejo descubre la quintaesencia de la vanguardia en el (in)exacto cruce de la subjetividad productora del desarreglo sensorial y la libertad esencial del sentido gramatical. Presencia y ausencia del autor: genialidad medular, inconmensurable, del Vallejo-hombre y emancipación gloriosa del lenguaje y la imaginación. Trilce en sí no es otra cosa que el bailoteo gracioso, consternado y anárquico al que está conminado el lector entre la ausencia y la presencia del autor.
 “Escapo de una finta, peluza a peluza.
Un proyectil que no sé dónde irá a caer.
Incertidumbre. Tramonto. Cervical coyuntura.
Chasquido de moscón que muere a mitad de su vuelo y cae a tierra.
¿Qué dice ahora Newton?” (del poema XII)
El poemario es de 1922, una fecha que por sí misma lo ubica en una corriente frenética de renovaciones y rupturas. Lo interesante es que aún en ese tiempo tan convulsivo, Trilce parece llegar un paso-más-allá. Después de mucho sacarle el polvo a los monumentos literarios de la época se puede ver a Trilce – tan apocado al principio, tan ladeado hasta por razones geográfico-culturales – en su huidizo esplendor como el alegato más incontestable del alma vanguardista.
 “Cual mi explicación.
Esto me lacera de tempranía.
Esa manera de caminar por los trapecios.
Esos corajosos brutos como postizos.
Esa goma que pega el azogue al adentro.
Esas posaderas sentadas para arriba.
Ese no puede ser, sido.
Absurdo.
Demencia” (del poema XIV)
 Ese no puede ser, sido; desafío a cualquiera a encontrar una frase que condense de forma más efectiva y brillante la esencia de la poesía. Vallejo es el antes del después, pero también el antes del antes. O al menos lo intenta, y eso lo justifica más que cualquier obra, que cualquier poema en particular. Gran parte de la crítica (con Yurkievich a la cabeza) ha desesperado por establecer de modo definitivo la relación entre Vallejo y la vanguardia; no es difícil comprender las razones de esa desesperación, Vallejo escribe Trilce en una sincronía asombrosa con las revulsiones que se están generando en Europa, en el centro del mundo cultural y eso, al parecer, no puede dejarse pasar por alto. Pero más allá de las filiaciones que se le endosan – el ultraísmo principalmente – Vallejo logra rendir a cualquier enemigo, es decir a cualquier crítico-detective con la lupa siempre en el bolsillo, hurgando en las raíces de lo nuevo.
En Trilce hay ultraísmo, efectivamente; también futurismo, surrealismo, simbolismo mallarmeano…siquiera falta ese romanticismo ya sacudido que tanto resuena en Yeats o en Eliott. El caso es que en Trilce hay todo eso y más, un más con status de excedencia inasible. Los estudiosos hablarán enseguida de “asimilación”, de “influencia”, de “amalgamas”. Vaya uno a saber. Para mí que es simplicidad y genio.
“Absurdo / Demencia” escribe Vallejo. Si en algo coinciden todos los ismos que hoy etiquetamos como “Vanguardia” es en el rechazo al racionalismo, especialmente a la noción de explicación que enarbola e impone el racionalismo. En ese sentido, la vanguardia es un grito primal, una reacción última y vigorosa del ser humano para desligarse de las reducciones informativas y causales. Vallejo es un ejemplo extremo de esa actitud y, se sabe, cuando un ejemplo se vuelve extremo deja de ser ejemplo; el ejemplo se caracteriza por la medianidad, está atado al promedio. El absurdo de Trilce hace frente a cualquier tentativa de sumisión a las reglas, incluso a las vanguardistas, a las que nada casualmente el propio Vallejos describió unos años más tarde como meras nuevas fórmulas, haciendo especial referencia al surrealismo.
El absurdo, al menos como polo, rompe con cualquier fórmula. Se dirá sin mentir que hasta el absurdo tiene una fórmula, al menos una lógica interna y secreta que rige la ordenación. Pero esa intangibilidad, ese halo de misterio ¿no lo eximen de ser reducido a fórmula? Por ahora, me atengo a los hechos: sin lugar a dudas Vallejo ha influido sobre la poesía de varias generaciones, todos los grandes poetas (latinoamericanos especialmente) posteriores tienen algo de Vallejo en su escritura, pero ninguno, ninguno de ellos, escribe como Vallejo.
 En este punto, conjeturo, Vallejo lleva un poco más allá las pretensiones de las vanguardias: la ausencia de escuela del escritor dice más de lo que anuncia.
“Haga la cuenta de mi vida
o haga la cuenta de no haber aún nacido
no alcanzaré a librarme.
 No será lo que aún no haya venido, sino
lo que ha llegado y ya se ha ido,
sino lo que ha llegado y ya se ha ido”
 La vanguardia está decididamente orientada hacia el futuro. Su propia esencia es el futuro, pero esencia no nace sino de un determinado ademán hacia el pasado. La vanguardia toma al pasado en un nivel institucional (la tradición) como su peor enemigo, y aquí Vallejo vuelve a discrepar: el pasado también es el pasado de los individuos, el constante “irse” que oficia siempre de fondo en la vida de las personas. Fondo vacío, escenografía compuesta de imágenes borrosas en su huida e implacablemente nítidas a la vez en sus huellas. Cualquier “hacer cuentas” con la vida incluye los destellos privados, las delicias y catástrofes locales. El futuro de este modo no es un borrón y cuenta nueva, una tabula rasa, sino un manto nuevo desplegado sobre las ruinas ardientes de un pasado del que nadie se libra.
 “Como si nos hubiesen dejado salir! Como
si no estuviésemos embrazados siempre
a los dos flancos diarios de la fatalidad!”

La asfixia es el primer síntoma de la libertad, su punto de partida. Y de alguna manera es su límite anticipado, la hiper-realista cruz que arrastra el buscador del oro inmaterial. Esa asfixia de lunes, esa asfixia cansada del comienzo, del comienzo que siempre es un (re)comienzo.
 “Murmurado en inquietud, cruzo,
el traje largo de sentir, los lunes
de la verdad.
Nadie me busca ni me reconoce,
y hasta yo he olvidado
de quién seré.
Cierta guardarropía, sólo ella, nos sabrá
a todos en las blancas hojas
de las partidas.
Esa guardarropía, ella sola,
al volver de cada facción,
de cada candelabro
ciego de nacimiento.
Tampoco yo descubro a nadie, bajo
este mantillo que iridice los lunes
de la razón;
y no hago más que sonreír a cada púa
de las verjas, en la loca búsqueda
del conocido”
 Razón y Verdad tal vez sean los dos conceptos centrales del camino racionalista. Razón y Verdad son al espíritu lo que los lunes a la semana del hombre moderno. Pero los lunes además son el día que mejor atestigua la soledad, la incomunicación propia de la mentada modernidad. Razón y Verdad sean, acaso, las causas de esa clausura, ese re-pliegue sobre sí mismo que define al hombre racional. La búsqueda de la Verdad nos ha puesto a desconfiar de todo, la vía de la Razón nos ha encerrado en nuestras propias mentes. El encuentro con el otro-conocido se torna una exploración desesperada, imposible.
 ¡Que será entonces del des-encuentro! Trilce está escrito mientras el poeta rompía con su pareja y eso se nota. El amor hacia las mujeres – tamizado por la imposible sustitución de la madre – es un imposible que luego del fracaso se torna veneno y condena. Acaso la muestra más cruel de todos los “puentes volados” de los que escribe Vallejo en el poema XXVII. En otro poema de Trilce – el LXII – se lee:
 “Y sólo cuando hayamos muerto ¡quién sabe!
Oh no. Quién sabe!
entonces nos habremos separado.
Mas si, al cambiar el paso, me tocase a mí
la desconocida bandera, te he de esperar allá;
en la confluencia del soplo y el hueso,
como antaño,
como antaño en la esquina de los novios
ponientes de la tierra.
Y desde allí te seguiré a lo largo
de otros mundos, y siquiera podrán
servirte mis nós musgosos y arrecidos,
para que en ellos poses las rodillas
en las siete caídas de esa cuesta infinita,
y así te duelan menos”
 El amor, el completo misterio que representa el amor, es el único lazo que dura en la vida, el único que se proyecta en la muerte. Pero sea cual sea ese lazo, tampoco alcanzará nunca para mitigar del todo el dolor. El otro siempre es otro y ese es, entre otras cosas, un indicador de que uno mismo siempre es uno mismo. Claro que no sabemos nada ni del otro ni de ese si-mismo que nos habita y corroe por dentro…claro que no hay forma de saber que no esté salpicada por el óxido de la razón. En navajazos del absurdo como ese está compuesto Trilce.
 Mome.
(Traído del más leído y desaparecido de los blogs: La periódica revisión dominical. Célebre) 

domingo, 5 de agosto de 2012

RES MÍSTICA: LA GRAN POESÍA DE ELQUI BURGOS.



Elqui Burgos como Vallejo tiene su Paris. Su Paris que no es el de Vallejo. Palpablemente existe en ambos Poesía en su dolor, aunque nos preguntáramos siempre cómo es que algunos, los mejores, hacen arte en esa enredadera. Y, del dolor sacan su suerte como esos monitos pintones en las ferias que en papelitos coloridos entrega el organillero a esos que  asisten que somos nosotros. Una jugada magna si no fuera porque el propio corazón se queda co-ju-do con esta poesía que ha atravesado los siglos de la soledad más perfecta. Más inigualable, al conjuro de un Stalingrado de amor, de cuerpos y de ángeles. Porque la poesía de Elqui Burgos ha debido ensayarse en una cárcel de pasiones con un diamante por brújula con el que el poeta iba rayando La Luz y La  Forma del poema: cada poema tratado como un cuerpo con hambre: cada poema tallado con ese diamante de infinito. El resultado ha sido esta Res Mística, estos poemas amargos y secos como la yerba de Urcos cuando ha dejado de llover. “Amarga y seca la soledad cuando no ha aprendido uno a alimentarse de ella” dice García Calvo y, sí pues, amarga y seca la maravilla escrita cuando ya poco se esperaba de un poeta y su grandeza.
Vladimir Herrera.

viernes, 3 de agosto de 2012

FLOR DE AMOR, UN CUENTO DE CARLOS MENESES.



 


Flordeamor

En enero le brotaron claveles rojos mientras leía la carta que él le había escrito. Toda la familia, estupefacta primero, alborozada después, la rodeó cariñosamente. La madre, tras besarla emocionada, fue la primera en arrancarle las flores y comprobar que eran tan naturales como las de cualquier jardín. Luego, pidió a sus otros hijos que salieran a venderlas aunque, como es lógico, se reservó unas cuantas para ella. Al día siguiente fue el padre el que quedó absorto cuando vio a su hija nuevamente cubierta de claveles, los que con presteza la fueron arrancados y vendidos en la ciudad. Así se sucedieron los días hasta la llegada de febrero y, en medio de los suspiros y cándidas miradas a lontananza producidas por una nueva carta, nacieron hermosas margaritas que la familia en pleno se encargó de recortar. En ese mismo mes llegaron dos cartas más, coincidiendo con la frondosidad del florecimiento. El padre, muy satisfecho con la novedad, decidió abandonar su trabajo en la fábrica y montar una floristería. Al mes siguiente brotaron magnolias. La madre estuvo muy contenta porque era su flor favorita. Poco a poco todos los hermanos dejaron sus respectivos trabajos y comenzaron a cumplir tareas en el flamante negocio del padre. Cuando llegó el mes de abril hubo alegres apuestas entre los familiares. Unos aseguraban que nacerían crisantemos, otros creían que serían azucenas. Pero pasaron los primeros días sin que brotara una sola flor, lo que causó cierto pánico en el hogar, hasta que alguien recordó que habían transcurrido semanas sin que el cartero llamase a la puerta. En esos días de escasez epistolar, ella salía de su casa y mirando hacia el horizonte suspiraba candorosa, como si estuviese orando en silencio hacia las lejanías. Fue justamente en esos momentos de dulce clamor esperanzado en que se solía sumergir, cuando unos pálidos pero bellos y enormes gladiolos la empezaron a cubrir desde la cabeza hasta los pies. La familia, convencida de haber superado el mal momento, respiró tranquila y miró con optimismo hacia el futuro. En los días subsiguientes, no obstante no llegar carta, siguieron brotando gladiolos sin cesar hasta la entrada del mes de mayo. Una noche, mientras padres y hermanos discutían en la sobremesa, y no sin algún temor, qué flor les daría ese mes, tuvieron la oportuna visita del cartero. La madre descubrió una letra extraña en el sobre. El padre, muy previsor, sugirió leer la carta antes de entregársela. El tema fue motivo de discusión  durante algunos días, pero las diferencias cesaron cuando vieron que la dulce enamorada empezaba a cubrirse de orquídeas. La familia, sumamente regocijada, aunque no totalmente alejada del miedo, se reunió una noche mientras ella dormía. El cambio de opiniones entre padre e hijos estuvo a punto de ser agrio pero, finalmente, reinó la cor-dura. Al final, todos estuvieron de acuerdo en no decirle una sola palabra acerca de la decisión que habían tomado. La hermana mayor quiso saber qué harían en el caso de que la enfermedad avanzase y les llegara una triste noticia. Un gesto de terror se apoderó de todos los familiares que debieron sentir, por un momento, la amarga sensación de enfrentarse nuevamente con la imagen de la pobreza. No obstante, de inmediato se dieron ánimos unos a otros, diciéndose que no sería un mal grave, y que tratándose de un hombre joven, tampoco sería de larga duración. Terminado el mes de mayo y ante la ausencia de noticias, a alguno de los hermanos se le ocurrió la falsificación de una carta y a otro la fabulación de un mensaje oral que les traía un amigo. Pero debieron desistir de tales remedios porque a los pocos días comenzaron a florecer camelias. Transcurrida otra semana, una mañana la madre, acostumbrada a acercarse muy de madrugada a la cama de su hija, con el fin de ser la que le arrancase las primeras flores, tuvo momentos de horrible angustia al encontrarla desprovista del más leve rastro de florecimiento. No se atrevieron a preguntarle qué le estaba pasando, pero sí trataron el caso entre ellos. Aterrorizados la escuchaban llorar en las noches y, a veces, hasta la veían hablar y gesticular en su oscura soledad, con una delicadeza y una abnegación que les parecía que él se hallaba frente a ella. Ante el imponente temor de que el jardín se marchitase totalmente y para siempre, decidieron urdir una treta. Decirle, casi indirectamente, como si hablasen de estrellas o de países inefables, que sabían de su propia llegada. Sin embargo, ella no parecía escucharles, y no hacía más que suspirar entrecerrando los ojos. La madre, en esas mañanas frías en que llegaba con paso cansino hasta su cama, repetía quedo pero junto a sus oídos, el nombre del muchacho. La hermana mayor tenía a su cargo el espíritu de la farsa, y aseguraba que un amigo de él la había llamado para anunciar que él vendría en días muy próximos. Cuando ocurría todo esto ella sólo atinaba a sonreír débilmente y era en esos precisos instantes cuando, tímidamente, brotaba alguna camelia, y toda la familia miraba con ansiedad la cara, el pelo, las piernas, en espera de que nacieran otras flores más. Tras una noche de horribles presentimientos y forzadas cavilaciones, pues había concluido el mes de junio sin contar con la presencia del cartero, la madre acudió como siempre, casi a la alborada, a la cama de la inocente enamorada y, al verla, no pudo contener un grito de estentóreo jubilo. La cama estaba cubierta de flores que se desbordaban y caían al suelo. Claveles, lilas, magnolias, rosas, azucenas, crisantemos. Una deliciosa fragancia y una hermosa variedad de colores. Llamó a voces a todos los hermanos, quienes aun soñolientos llegaron junto a ella y se asombraron ante el prodigio. La tarea de recoger flores del suelo, de sobre los muebles, de la cama, se inició de inmediato. Unos agachados, otros a gatas, iban recolectando las rosas, los claveles, los crisantemos. Los depositaban en canastas, trasladando estas, cuando llenas, a las otras habitaciones. Trabajaban febrilmente, con la satisfacción pintada no solo en los ojos, sino en cada movimiento. Tenían la seguridad de que la crisis estaba superada, de que el miedo debía quedar atrás. Alguno no podía evitar una risa nerviosa de alegría. Otros indicaban que se terminara de recoger todas las flores del suelo para luego continuar con las de la cama. Ninguno, ni la madre que solía hacerlo casi siempre, se preocupó por arrancarle las flores que le cubrían la cara y besarla en la frente. Sólo cuando el suelo quedó limpio, se decidió a acometer esa tarea. Fue en ese preciso instante cuando se escuchó la voz del cartero que traía una nueva carta. Todos quedaron quietos una fracción de segundo, pero luego continuaron en lo suyo. El padre descubrió una letra desconocida en el sobre, nervioso lo desgarró y leyó en voz baja, enrojeciendo tras cada palabra. La madre buscó con ahínco el rostro de su hija bajo las gardenias, bajo las violetas y los claveles. Los hermanos quisieron descubrirle los pies y siguieron llenando canastas con flores. Mientras el padre se dirigía a ellos para comunicarles el contenido de la carta, los hermanos y la madre seguían luchando, con más rabia que pena, por encontrarla debajo de las últimas flores.

 

Carlos Meneses