miércoles, 30 de septiembre de 2015

En el día. Dedicado a un amigo pintor.





Para Ostolaza en su afán.


Tuve que llegar a ser viejo muy viejo
para soportar la
muerte de mi madre


para enterrarla entre pájaros
y árboles
bajo los clarines del silencio cuando ya todo estaba cantado helado como el alma de un zorro en los cipreses


Vladimir Herrera.
Ranhuaylla 30 de setiembre 2015. 

sábado, 13 de junio de 2015

ESCRIBE USANDIZAGA SOBRE LA OBRA GRÁFICA DE LAMBORGHINI. MACBA 30 DE ENERO A 1 DE JUNIO 2015.


LEYENDO IMÁGENES: LA OBRA GRÁFICA DE OSVALDO LAMBORGHINI

Helena Usandizaga


Al entrar en la recientemente clausurada exposición de la obra gráfica de Osvaldo Lamborghini (Barcelona, MACBA, 30 de enero - 1 de junio 2015), la mirada se topa inmediatamente con una inmensa fotografía de Lamborghini en pijama, en su cama–taller de la calle Berna, donde Vladimir Herrera le visitaba a menudo –aunque no siempre estaba ahí Lamborghini; en esa época todavía salía-. A mi memoria vino en seguida el inusual clima de aquellas veladas, de las que algunas pocas compartí; pero inusual por la naturalidad absoluta de la conversación con el encamado o tumbado Lamborghini. Y a mi memoria sensorial llega el olor de aquella habitación; no era un mal olor, pero sí a cerrado, a papeles acumulados: allí Lamborghini leía, escribía, dibujaba, conversaba.

Creo que allí daba el escritor argentino lo más tranquilo de su personalidad, aunque sus opiniones eran agudas y cortaban como cuchillos. Recuerdo también, como dice César Aira que recordamos todos los que conversamos con él, palabras sumamente ingeniosas e inteligentes; pero también alguna observación bondadosa que le hizo a Vladimir sobre las adicciones, al verlo sobresaltado frente a algo que contaba Osvaldo; como un hermano mayor que dice: “no te preocupes, yo te conozco y a ti no te pasará esto terrible que estoy contando”.

¿Qué tienen esos objetos gráficos que fascinan al desprevenido visitante de la exposición? Entre la pornografía y la belleza, entre el escepticismo y el deseo crudo, entre la utopía y el apocalipsis, entre la crueldad y la carcajada... Como la que yo solté, para sobresalto de los visitantes, ante el lema “Delatora alemana (moderna) con filósofo catalán (postmoderno)” que rotula la foto de una pareja en actitud porno-bella-pero-ligeramente-chistosa. Reí por pensar que quizás eran quienes yo pensaba que eran.

¿Por qué recortaba Lamborghini las revistas porno atrasadas que le compraba Hannah, y creaba con ellas, al componerlas y escriturarlas profusamente, escenas divertidas o serias, liberadoras o atroces? ¿Por qué “intervenía” los libros no solo con subrayados o comentarios, como tal vez hacemos todos, sino con tachaduras, pinturas, reescrituras? En uno de los niveles de su acción, es posible ver cómo al hacer esto él inventaba su libertad, y cómo creaba su propio mundo, exterior e interior. Fluía todo con precisión e imaginación, con diversión y pesimismo, con distancia y pensamiento político.

La obra gráfica de Osvaldo Lamborghini es esa construcción de su libertad y de sí mismo, y es a la vez arte, puesto que viene de un ritual de elaboración y creación que, conscientemente o no, aguarda otro de lectura. Como el de esa profesora amiga que encontré en la exposición, contemplando también, y que me dijo: “la he visto tres o cuatro veces porque... me gusta mucho”. Así de simple.

En la vitrina donde está la obra de Lamborghini se puede ver la revista Trafalgar Square, dirigida por Vladimir Herrera, pues ahí se publicó un texto crucial de su época barcelonesa; y no puedo dejar de pensar en la apertura selectiva de esa revista, que conectó con el gran escritor como si nada, como si fuera lo más normal; y ahora, al ver la exposición y leer las varias interpretaciones de su complicada relación con el campo literario, tanto argentino como barcelonés, me doy cuenta de que esa amistad entre Osvaldo y Vladimir fue casi mágica, una palabra que seguramente no le hubiera gustado mucho a Lamborghini, pero que hay que decir para entender algo de esas afinidades electivas.

HELENA USANDIZAGA.

jueves, 21 de mayo de 2015

OSCAR COLLAZOS ENTRE MIS COLOMBIANOS.

Oscar Collazos entre mis colombianos.

Hay que hacer un ejercicio de estilo para decir de Oscar Collazos que en un tiempo, en la puerta del Up and Dawn, una discoteca de Barcelona, blandíamos razones con altos argumentos y pugilato, y que perseguíamos rubias blancas de un níveo lino teatral. Las llevábamos a Boccaccio para perderlas. Les vendíamos nuestra razón de ser bien machos y bien sudamericanos. Nos ayudaban el pelo crespo de Oscar, su vozarrón y su pinta de boxeador indemne todavía. Tres son los colombianos que frecuenté aquellos años: Collazos, Rafael Humberto Moreno Duran, y el poeta Miguel de Francisco. Todos tenían problemas con Colombia y amaban Barcelona por sobre todas las cosas. Fue por esa época que Collazos emparentó con una escritora de la burguesía catalana -con piernas de abedul- por lo que un tiempo dejó de aparecerse por el Astoria. También por esa época publicó en mi revista Trafalgar Square unas prosas. Estuvo la noche en que José Bianco, en el Astoria dio a entender que no nos creía nada por estar drogados Vila- Matas, Carlos Trías y yo. Lo que no era cierto. Sólo habíamos bebido.
Discrepábamos acerca de la validez y el uso de la poesía femenina de Colombia. Nos preocupaba la extraña huida de Cobo-Borda, su abandono de España. En todo momento ocultaba su nostalgia de Bahía Solano como hacen los colombianos en general de Colombia. No así los peruanos que a cada paso nos ponemos a llorar. Contaba cosas de Belisario Betancur que me agotaban. Pero se lucía con las anécdotas de Plinio Apuleyo Mendoza, pese a mi radical izquierdismo. Pesaba sus palabras cuando hablaba de su muy amado García Marquez. Collazos era todo un estilo. El estilo absurdo del signo de Virgo.
R.H. Moreno Durand y Miguel de Francisco se le adelantaron sin yo haberlo advertido. Vaya esta nota como remedo del tiempo y azuce el largo viaje de ellos. 

miércoles, 13 de mayo de 2015

Poema Leído el 13 de mayo en la presentación de Editorial Auqui en Barcelona. En la Central del Raval.


EN LA DISTANCIA.
               Para Emilio Manzano y Enrique Murillo.

Obligado por esta respiración
indómita a escribir este poema - alma
de hijo cuidando a su madre en medio del bosque-
A ella que había enterrado a Heraud
entre pájaros y árboles
como si fuese la madre de todos los poetas
le tocó dormir entre pájaros y árboles.
My name is Orson Wells

Obligado a pasear con este poema peruano en dónde lo digo todo. Digo que todos los días paso por su lado
con el ruido del coche leve por temor a despertarla. En mayo le llevo ñuccho de un plantío que florece en mayo. Luego el año se pasa a una velocidad de cine, inconmensurable. Vienen los poetas jóvenes
a lo alto de Ranhuaylla
pero yo les escondo la tumba de mi madre.
Mi nombre es Orson Wells. 

sábado, 9 de mayo de 2015

PROGRAMA DE LA SETMANA DE LA POESÍA DE BARCELONA. AUQUI PRESENTA OBRA DE LOS PERUANOS RAÚL BRÓZOVICH, OSCAR MÁLAGA Y PEDRO GRANADOS.

Celebrem la Setmana de la Poesia de Barcelona amb l'acte Traduir poesia, i la presentació de l'editorial Auqui.
A més a més, conversa entre Mèlich i Forcano, club de lectura amb l'escriptor Todd McEwen i presentació d'El niño que se desnudó delante de una webcam, de Jose Serralvo i de Deflagración, d'Aitor Romero.

Dissabte, per als petits, Contes Takatuka de dins una maleta, amb la Marietta Contacontes.



La Central de Callao
c/ Postigo de San Martín, 8 28013 Madrid

La Central del MNCARS Ronda de Atocha, 2
28012 Madrid
T. 917 878 782

La Central de la Fundación MAPFRE Paseo de Recoletos, 23 28004 Madrid
T. 917 020 237


La Central Mallorca, 237 08008 Barcelona T. 934 875 018

La Central del Raval Elisabets, 6
08001 Barcelona
T. 933 170 293


La Central del MUHBA Baixada de la llibreteria, 7 08002 Barcelona
T. 932 690 804



La Central (c/Mallorca) Mallorca, 237 / 08008 BARCELONA
"Traduir poesia"
Setmana de la Poesia de Barcelona 2015
Dilluns, 11 de maig
19:30h

Mèlich i Forcano, cara a cara. A propòsit de 'La lectura com a pregària' (Fragmenta) i 'Ciència exacta' (Proa)
Dijous, 14 de maig
19:30h


La Central del Raval Elisabets, 6 / 08002 BARCELONA
Trobada amb Todd McEwen
Lectura del llibre Boston. Sonata para un violín sin cuerdas. Dilluns, 11 de maig
19h

Editorial Auqui presenta a Brózovich, Málaga i Granados. Paraules del Poeta Rodolfo Hassler i la crítica Helena Usandizaga.
Miércoles, 13 de mayo

19:00


El niño que se desnudó delante de una webcam, de Jose Serralvo
Dijous, 14 de maig
19h

"Contes Takatuka de dins una maleta...", amb la Marietta Contacontes
Dissabte, 16 de maig
12:30h


Deflagración, d'Aitor Romero

Divendres, 15 de maig 19:30h 

jueves, 30 de abril de 2015

Editorial Auqui presenta a Brózovich, Málaga y Granados en la Librería Central de Barcelona. Palabras del Poeta Rodolfo Hassler y la crítica Helena Usandizaga. 13 de mayo a las 7p.m.




La Salvaje Melodía del Aire de Oscar Málaga, Los poemas Encontrados de Raúl Brózovich y Activado de Pedro Granados son los nuevos libros de Auqui.
Con estos tres libros de poesía, desde la ciudad peruana de Cusco, llega de nuevo a Barcelona la editorial Auqui: un nuevo concepto de libro y una fulgurante y poco convencional selección de poetas que inauguran la segunda época de esta editorial, creada en Barcelona en los años ochenta. El poeta Vladimir Herrera (Poemas incorregibles, Barcelona, Tusquets, 2000), actual director de la editorial, fue su fundador, director, editor y tipógrafo; la diseñadora y encuadernadora, ha sido y es Montse Badell. Los libros se trabajaban en una imprenta artesanal, y las ediciones, completamente hechas a mano, muy buscadas actualmente por los bibliófilos, eran tanto de autores canónicos como de autores menos conocidos, latinoamericanos y españoles. Auqui se incluía en un proyecto previo, el de la revista Trafalgar Square, revista de poesía y ficción, que apareció en Barcelona en la primavera de 1983 y que aglutinaba a un grupo de amigos como Cristina Fernández Cubas, Carlos Trías, Paula Massot, Enrique Vila- Matas, José Luis Vigil... La nueva época rescata y actualiza el espíritu de aquellos años.

lunes, 23 de marzo de 2015

Liber Forti, maestro del teatro latinoamericano se convierte en leyenda.

Imposible escribir algo tan bueno sobre Liber Forti, espejo macho del anarquismo y gran director de Teatro que acaba de pasar a la leyenda. Sólo Gregorio Moran podría darle alcance.

LA VANGUARDIA, SÁBADO, 21 MARZO 2015, P. 26 SABATINAS INTEMPESTIVAS
Gregorio Morán
Que arríen todas las banderas


Que se ha muerto Líber Forti, argentino de Tupiza (Bolivia), boliviano de Tucumán (Argentina), anarquista, teatrero –que es mucho más que actor o director de teatro–, sindicalista revolucionario, conversador inagotable, leyenda latinoamericana que lo vivió casi todo e intensamente, desde la Argentina volcánica de su adolescencia, a la Bolivia de la Central Obrera de Juan Lechín. También sobrevivió a todo y con galanura, al hambre, a la tortura, a la pena, a la pobreza y hasta al amor, porque si algo cabe añadir como estrambote al soneto quevedesco que fue su vida, atrajo a mujeres de tronío, desde su compañera militante de la primera hora, Ana Santiago, hasta la que ahora quedará como viuda imperecedera, Gisela Eufemia Ana Derpic Salazar, abogada de Potosí, que acabará convirtiéndose en legataria del patrimonio de un anarquista histó- rico, que se reduce a una hija – Gladeli–, papeles y palabras. Líber Forti falleció el miércoles –madrugada del 11 de marzo–, apenas unos
días antes del Día Internacional del Teatro y a esa edad provecta pero siempre inquietante de los 95 años. Había nacido un 19 de agosto de 1919 y era un Leo inscrito en el manual del zodiaco. Para llegar a los 95 años hay que saber manejarse muy bien en la vida; la vejez hasta tan alto grado no consiente improvisaciones sino valores consolidados. Supo escoger amigos fieles y damas con posibles. No es un reproche, tan sólo un apunte al hombre que admiré por su bravura en medio de un mundo desmoronado. ¿Qué quedaba de la audacia temeraria del viejo anarquismo argentino? Quizá poco más allá del porte, el gesto y la bella retórica de un hombre cabal que respondía al nombre de Germinal Líber Forti Carrizo. Bastaría ese Germinal, del que Zola hizo una tradición ácrata, o el Líber que consagraba la raíz italiana de algunos míticos anarquistas argentinos. Su padre, Marco Forti, impresor y librero, huyó de la represión argentina para instalarse en Tupiza, en el sur de Bolivia, donde se había creado en 1906 la primera organización anarquista boliviana, la Unión Obrera 1o de Mayo, editora de La Aurora Social. (Me siento, mientras escribo esto, como un anticuario que exhibiera una pieza insólita de la brutal historia de la
entonces denominada clase trabajadora). Como es obligado el toque de color local –¿a qué viene este, contándonos historias de sudacas, ausentes de catalanidad y arraigo casolano?– debo decir que yo conocí a Líber Forti en Barcelona, donde fuera de un puñado de admiradores más viejos que la pana y algún arrumbado de última hora, ni dios le hizo maldito caso. Y eso que vivía entonces con Nuria Álvarez, un encanto de mujer con paciencia infinita, segura y arrogante, pero un tanto perpleja ante aquel tipo donde se mezclaba el amor a la humanidad y el egoísmo patológico de todo redentor seguro de sí mismo. A Líber Forti debo la aventura quizá más surrealista de mi vida. Embarcarme en una biografía del desconocido Rafael Barrett (1876-1910) que me lanzó al Buenos Aires violento del anarquismo, al Paraguay irredimible y a la ciudad-mundo de Montevideo, con escalas en Perú y Bolivia, desde La Paz a su amada Cochabamba. Por mi culpa perdí la única oportunidad de ser nombrado ciudadano honorífico de una ciudad donde no había estado nunca,Tupiza, donde me esperaba desde el alcalde hasta el común de sus habitantes para concederme tal honor, y que él mantuvo en tanto secreto que yo no
acerté a ir porque me quedaba lejísimos. Tupiza, con sus autoridades a la cabeza, se indignó por mi gesto de no recibir el honor que había organizado Líber Forti y del que yo desconocía todo. Prometí ir a disculparme y resarcirme, pero ya creo que será reencarnado en pájaro andino. No es una historia personal la de Líber Forti por más que él me animara a reconstruir la vida y obra de Rafael Barrett, y su compadre y mecenas Tyron Heinrich, boliviano de Santa Cruz, me ayudara en el operativo por tierras ignotas. Aquel librito que le llenó de zozobra y que titulé Asombro y búsqueda de Rafael Barrett (que publicaría sin muchas ganas mi amigo Herralde en Anagrama, allá por el otoño del 2007 con gran éxito de crítica y público, diríamos con sarcasmo, porque no recuerdo más que una reseña y era insultante). Resultó que su intención de hacer un gran homenaje a quien había sido inspiración del anarquismo argentino, ayuno de fuste teórico y riquísimo por otra parte en la acción directa, terminó en un librito amoroso hacia la figura del protagonista, el olvidado Rafael Barrett, santanderino de Torrelavega cuando aún no existía Cantabria, aristócrata tronado, gran cultura de músico y políglota, y sobre todo una
personalidad intachable de intelectual en la vorágine entre dos siglos, el XIX y el XX, viajando entre el provinciano Madrid, el París cosmopolita y el que para nuestra cultura sería un lejano Londres. Una experiencia que para mí se resumió en un esbozo biográfico y una implacable crítica a los oportunistas que habían manipulado su brillante obra de periodista de ideas. Pero lo cierto es que Rafael Barrett era tan anarquista como podría haberlo sido yo, pero no como Líber Forti, militante de la acracia, y eso le generó un desasosiego que superó con su despierta inteligencia y su desprecio hacia los arribistas, que le exigieron una declaración pública rechazando mi libro y que se encontraron con el muro infranqueable de su honestidad intelectual. Apenas fue un incidente en una vida como la suya donde había pasado primero por la FORA, la legendaria organización sindical anarquista argentina, tras una experiencia como linyera (léase en castellano liñera), o lo que es lo mismo, los que se subían a los vagones de ganado y se instalaban en vagabundos errantes en busca de trabajo y oxígeno, huidizos de los pistoleros de la patronal por los territorios de la Pampa. Conservo un apunte de mis interminables
conversaciones con Líber Forti, datada el día 1 de enero del 2005 en Cochabamba, que he vuelto a leer emocionado: “No tengo celos por las mujeres. Me los quitó una prostituta en Tucumán cuando tenía pocos años, iba de pantalón corto y los cafisos que jugaban a las cartas después de comer me llamaban El Bachiller. ¡Ciao Bachiller! La conocí porque me encargó llevarle 20 pesos a una hija que tenía en un colegio. Se sorprendió tanto de que yo cumpliera, que un día me saludó con otra del oficio de la que me enamoré, perdidamente, pero me dijo que tenía un cafiso que estaba enfermo, y como yo viera una guitarra colgada de la pared –era músico– yo se lo dije como lo sentía, que no tenía que dejarlo. Estaba enamorado de una mujer que se acostaba con otro y yo lo comprendía. Un día no quiso seguir ese juego y se marchó y ni en la casa de prostitutas supieron más de ella. Yo tampoco”. En junio del 2012 Líber Forti vino a España por última vez. Quería ir a Asturias, para él otra arcaica leyenda revolucionaria, y escuchar al amigo Jerónimo Granda, cantante de Oviedo, al que yo reconocí como el principal promotor intelectual del libro sobre Rafael Barrett. Le acompañó su amigo y mecenas Tyron Heinrich, que se había convertido en
su alma máter tras quedar seducido al escucharle conferenciando en un colegio de élite en Santa Cruz, Bolivia. Fue nuestro último encuentro en vivo. El siguió luego hasta París para charlar con Elizabeth Burgos y Regis Debray sobre la eterna experiencia de Bolivia, del Che, de su derrota, y de esa esperanza en un mundo diferente. Ahora, que acaba de morir a edad tan conservadora como son 95 años, quisiera recordarle con una estrofa del peruano César Vallejo. Él hubiera preferido que fueran de nuestro León Felipe, al que trató y que le dedicó elogios inolvidables, pero el derecho de los supervivientes a veces se reduce a escoger el epitafio: “Al fin de la batalla, y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre y le dijo: ‘No mueras, te amo tanto’. Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo”. 

sábado, 7 de marzo de 2015

MANIFIESTO PELIGROSO A FAVOR DE JUAN RAMÍREZ RUÍZ.

Manifiesto peligroso a favor de Juan Ramírez Ruíz.
                              
                          Cada uno cuide de su entierro que imposibles no hay.
                               Jorge Amado.
 1.-

 Belleza del Barrió de la Soledad que descubrí desde el numero 444 de la calle Ancash. Calle muy frecuentada por los que tomaban desayunito en Bellas Artes  a unas dos cuadras de allí. En ese número, entrando a la izquierda vivía JRR. Su mejor vecino era un tipo al que Juan había bautizado como “La Víbora”. Recuerdo que para terminar mis artículos de Vistazo, me  refugiaba en el cuarto de Juan Ramírez Ruiz al que en ese tiempo le decíamos “el Chome”. La chapa se la había puesto el gordo Manuel Morales  en la época en que todo el manchón vivía entre Rufino Torrico y Huancavelica. Esa prehistoria trataba de muchos provincianos que vivían a salto de mata,  amigos todos donde el único que dormía en sábanas era Jorge Pimentel que se trajo un barco de madera y una cómoda situándolo todo al fondo de sucesivas habitaciones en las que dormían los demás. Coco acababa de dejar el garaje que para mayor comodidad su familia le dejaba en la casa detrás del Ministerio de Trabajo, en Jesús María.

2.-

Ahora, cuando veo que comienza la construcción de la posteridad de algunos buenos poetas de mi generación, me acerco con prosa rancia como arrimando ideas deshilvanadas  a lo que después será la confusión general :
 Noto un afán de desprestigio de la obra de JRR en lo que por ejemplo escribe José Carlos Yrigoyen. Pendejín al que no le gusta polemizar cuando se le dice que su idea de la república de las letras es más bien la de la República de Salo, ello, en el remiendo de ensalada literaria que suponen sus reseñas.
Téngase en cuenta que es toda una operación reductora de la  imagen de JRR. A favor del otro comensal de HZ. Pimentel y del comisario paracaidista  T.M. Con la ayuda de algunos imparciales, JCY se va consolidando en cierta sustancia gelatinosa y protofascista junto a su socio Pimentel Prieto, sobrino predilecto de Federico Prieto Celi, capo del Opus Dei en el Perú. Esa derecha literaria cuida su sombra postrera con menos inocencia de la que parece. Y más eficacia de la que ostenta. En esto, la prosa de Yrigoyen  huele a la mujer bigotuda que Luis Alberto Sánchez guardaba al fondo de su casa. Digo, comienza a oler.

No hay que olvidar que gran parte de la poesía de JRR se vale por los postulados que el mismo Chome inventó y proclamó. HZ fue un artificio que salió de sus manos y que ahora en la distancia ilumina el sentido de su obra. Sin HZ tendríamos a un JRR descafeinado. Y los muchachos de entonces estaríamos hoy uniformemente calvos. Algo que todavía no es cierto.

 3.-

No hay nadie en La generación del 70 que no tenga que ver con el Palermo, El Chino-Chino y el Wony. Caíamos en el inmenso Palermo desde más o menos las tres de la tarde hasta el cierre. Hacíamos estación en el Versalles, El Tíboli y el Queirolo. Y un sitio elegante en el Jirón Ocoña cuyo nombre alguno de esa época me hará recordar, ¿el Viena? Habían noches eternas en las que por ejemplo el gordo Manuel Morales buscaba a Aramayo para ajustar cuentas mientras nosotros lo ocultábamos alrededor de una mesa grande en la entrada, la preferida por Miguel Gutiérrez, Reynoso, Gálvez Ronceros y Gregorio Martínez. Yo los recuerdo voluminosos probablemente por ser entonces muy delgado y argentino el mundillo aquel. A esa mesa, la de los grandes conversadores, también acudían Juan Morillo, Chacho Martínez y Juan Cristóbal. Todos tenían algo que ver con la Cantuta. Y todos eran rojos, rojos. Como la noche de Lima que siempre era más roja cuando aparecían cada uno por su lado El Gordo Portal y Pocho Ríos. Se armaba la grande porque su sola presencia era la locomotora que todos esperábamos. En el fondo del Palermo sucumbíamos, en mesas pequeñas,  los que íbamos al taller de poesía de San Marcos y la manchita de la Villarreal que poco a poco se fue volviendo HZ. En realidad nosotros navegábamos entre un anarquismo de cartón y un trotskismo de concha y perla. De ese momento puedo decir que indudablemente Pimentel llevaba la batuta dados su entusiasmo e  inocencia  que en partes iguales detentaba. Se había conseguido  un chibolo del puesto de periódicos a la izquierda saliendo del Palermo que apenas sacaba una cabeza de catorce años de edad, era Eloy Jáuregui.  También me presentó a otro chibolo del otro puesto de periódicos el que estaba al lado derecho cerca de la Plaza San Martín, era Isaac Rupay. Ellos colaborarían con la venta de la primera revista de HZ. Pimentel el entusiasta y Juan Ramírez Ruiz la materia pensante me hicieron conocer a Arteaga, a Lázaro, a Colan,-hicimos una película con Colan- a José Cerna, a Nelson Castañeda, a Gamarra, a Elías Duran y al inefable chino Yulino que llegó al centro de Lima traído por Paco Guzmán y Andres Soto, a estos los conocía de antes, de haber terminado en noches como esta en casa de Chabuca Granda llevados por el flaco Calvo. Chabuca gustaba mucho de la música que hacían Paco Guzmán y Andrés Soto quien ya se sabía un gran compositor. Aquel año vivíamos en un cuarto pequeño bajo una soga de ahorcado tres amigos que se leían los poemas hasta altas horas de la madrugada: éramos el zambo Verástegui, Oscar Málaga y yo. Allí acudían Pimentel con el desayuno, Susi Baca, Aramayo, Juan Ramirez Ruiz, Feliciano Mejía El Avispero, y Pedro Benavides con un paquete de algo. Comenzábamos el día en medio del humo y terminábamos cantando en la Plaza Francia. Hasta que un día Málaga se casó con la Tejerina y el zambo publicó su primer libro con Milla Batres. Al poco tiempo Marina Castro publicó mi  Mate de Cedrón. Así fue cómo todos nos fuimos acostumbrando a un  futuro de ideales sin esperanza.

4.-

La escena empieza en el Queirolo yendo hacia Colmena. Por allí vivía Patrick con su abuela inglesa. Cerca al Tíboli la discusión se iba tornando ácida y peligrosa. Los dos hermanos o algo parecido se peleaban con su padre. En esa época Patrick vuelto de Europa vendía sin zapatos la revista de Rosina. Y José ya había hecho su yunta en la mesa de Lorenzo Ozores, Coca y Carancho, siempre cachacientos ellos con la dimensión de la mosca. Y sobre todo con el entusiasmo nuestro.  El Chome no los tragaba ni con pintura de aceite. José Rosas miraba con curiosidad y temor desbordante las mesas del Palermo. Temía que Málaga, quien según nosotros lo había superado poéticamente, además le quitara la hembrita.  Por lo que desaparecía siempre. Así y todo terminábamos en los Yonja Parties de Leoncio Bueno en los talleres de baterías Túnjar en Breña, apretadísimos, porque las dimensiones del local eran fantásticamente pequeñas, aquello sólo con Leoncio y su familia estaba lleno.

5.-

A falta de mayor consuelo y con los bolsillos repletos de nada y poesía, cuando nos tocaba las tres de mañana nos poníamos en camino con el Chome, Verástegui y un muchacho extraño y silencioso llamado José Carlos Illescas. Nos íbamos a esperar la salida de los talleres de la Prensa en el Jirón de la Unión. A esa hora salía Julio Polar, gran amigo de Juan que nos metía un rollo político hasta el amanecer.
Hablábamos casi conspirando de Mario Luna que estaría por llegar de Chimbote y de los pucallpinos José Carlos Rodriguez y el chino Najar. La idea de poesía militante y organizada con bases en todo el Perú se fue gestando entonces. La idea de poesía para Todos también. Era Julio Polar que se imaginaba un inmenso sindicato de poetas, al ser él ya sindicalista en La Prensa. Eran los años del Gobierno de Velasco. Estoy convencido que Julio influenció en Juan  los temas que después  redactó en Palabras Urgentes, el Manifiesto que Pimentón incluyó en su Libro Kenacort y Valium diez. No creo que Pimentel lo hubiera hecho de mala fe sino más bien llevado por su entusiasmo desbordante. Pero creo que a Juan le pilló de sorpresa y no le gustó nadita  porque en esencia el texto le pertenecía a él. Y me lo dijo.
A Juan Ramirez Ruiz le pasaron cosas como estas antes y después de lo que cuento. Creo que ese tipo de situaciones le importunaban de sobre manera. Eran la guinda en un país donde todo estaba y seguiría estando  repartido. Sufría de una rabia lúcida por tanto. Y encontraba en la conversación y la amistad una isla de consuelo.

6.- La que yo llamo segunda impostura de HZ es cuando nuestro querido Chome que nunca había viajado, mira descender un gran paracaídas desde el cielo de México. En él descendía sobre las papas de Lima el incontrastable Tulio Mora. Quién regresaba al Perú luego de una estancia guerrillera de tequila y mezcal en algún momento compartida con el suscrito. Durante casi un año de Trago en  México el incontrastable jamás me habló de HZ. Sabía que  yo sabía que él no tenía nada que ver con el tema. Por lo que me sorprendió su nueva militancia limeña. No creo que a Juan Ramírez Ruíz le gustara mucho esta presencia sobrevenida y liderando lo poco que quedaba del movimiento, porque HZ era un movimiento. Y al Incontrastable jamás antes lo habíamos tenido en esas filas. O sea que, nuevamente alguien se le coló por delante a nuestro querido Chome.

7

La tercera vez en que alguien (casi siempre alguno sin talento) se le puso por delante a JRR. Fue con un premio en Lima que consistía en un viaje a España  y que en último momento se lo dieron a un pituco fantasmón de apellido Sánchez Aizcorbe. Me lo contó Chacho Martínez al llegar a mi casa de Barcelona.  En voz baja, porque atrás estaba el fantasmón. Chacho me dijo que era un huevón que se había traído porque el no sabía de aeropuertos y menos ingles. Y me pidió que lo alojara. Aquel fantasma -que más tarde escribió algo contra mi- me cayó gorrino desde el principio porque, por culpa suya, mi amigo el Chome había quemado lo único que tenía en la vida que era su colchón. Y yo no había podido verlo en Barcelona.

8

Ramírez Ruiz tenía una novia  de gran presencia por quién Pimentel decía “dónde está tu chinón cuñao”. Era una bibliotecaria ponja creo que del grupo exquisito de bibliotecarias que emparentó con poetas por aquellos años. No diré nombres. Con ella y sus amigas, más Rubén Urbizagástegui también bibliotecario y gran amigo de Juan, hicimos excursión por los lados de Canta durante un día y una noche y un día más. Se notaba que aquel “chinón” amaba a Juan y que Juan era feliz. Nunca lo había visto tan sereno y contento.

9

El Chome, casi abandonando la adolescencia ya había sido lo que se llama patrón de chongo o capitán de buque en el norte. Había cumplido con el sueño de García Márquez. Por ello en las largas conversaciones parecía mucho más maduro que los demás. Y esa experiencia la trajo a Lima. Me aconsejaba que no me metiera en ese negocio. Que lo mejor era tener tu hembrita verdadera etc. Yo le hice caso.

10


Hace poco, en la última conversación secreta con Julio Polar, propiciada por Domingo de Ramos, hablamos de todo esto. Julio había ya renunciado a cualquier opinión pública y más aún, a cualquier reclamo. Pero convinimos en que todo había sido una gran impostura, incluso el cielo de papel japonés a dónde dicen que van los poetas perdidos. El y Juan lo estarán sabiendo.

VLADIMIR HERRERA. Hacienda Ranhuaylla, 21 de mayo del 2014.

jueves, 5 de marzo de 2015

CARTA BREVE ACERCA DE UNA GRAN IMPOSTURA. Para José Rosas Ribeyro en el día de su cumpleaños. De un feminista inauténtico.


Carta breve acerca de una gran impostura. Para José Rosas Ribeyro en el día de su cumpleaños. De un feminista inauténtico.
Hay dos clases de impostura: la que inventa y la que suplanta, la que construye y la que destruye identidades. En la primera sobresalen los heterónimos de Pessoa (también algunos femeninos) y los apócrifos de Machado; un ejemplo de la segunda podría ser el caso del sindicalista catalán Enric Marco, quien recientemente se hizo pasar por sobreviviente de los campos de concentración nazis y llegó a hacer de esto un modo de vida.

La impostura que inventa autores y sus biografías la refiere José Rosas Ribeyro a Jusep Torres Campalans, de Max Aub, novela en la que Aub inventó no solamente a este escritor y pintor sino también algunas de sus obras pictóricas, y a otros textos sobre autores y autoras imaginarios creadas por Aub en su Antología traducida (1963). Pero la tradición es antigua: tan antigua que la escritora anónima peruana conocida como Amarilis aludió a Lope de Vega en su famosa “Epístola de Amarilis para Belardo” con el nombre de este heterónimo que Lope de Vega incluye en sus comedias y en sus romances pastoriles, siguiendo la tradición virgiliana. Y antes y después de Pessoa y Machado, que son, anteriores a Aub, podríamos seguir sin fin con el juego de inventar escritores y textos. Un juego que se ha detectado hace años en un poema atribuido a
una tal Márgara Sáenz, ecuatoriana que habría vivido entre 1937 y 1964.
En efecto, sabemos que el famoso poema “Otra vez Amarilis” (¿es casualidad la alusión a una escritora que jugaba con las identidades?) ha sido escrito por tres señores bastante inteligentes y dueños del lenguaje literario, que compusieron un texto interesante que se deja leer con cierta fruición, con las dosis justas de erotismo, despecho y desesperación.  Me refiero a Cisneros, Lauer y Oquendo. Pero que es aventurado definir como “excelente poema” o como “el primer poema femenino erótico, osado y sin inhibiciones” (Rosas, 2010). El poema funciona, aunque a partir de fórmulas ya ensayadas: se encuentran patrones de la situación erótica (“Una vez dije allí no ¿recuerdas?, dije después donde quieras”) por ejemplo en el texto de Julio Cortázar "Tu más profunda piel"1, especialmente en el último párrafo (“...sollozabas una súplica de oscura aquiescencia, de derramado pelo...); del despecho y la furia tras la separación (“¿Qué otro vientre recibe tu miel mía, peruano? Di/ qué frívola puta, qué sórdida hipócrita limeña”) en “Las furias y las penas” de Pablo Neruda (“En dónde te desvistes?/ En un ferrocarril, junto a un peruano rojo
...”); del juego con los pronombres (“Uno y uno, dos solos: yo y esa mierda que tú soy y yo añoras, desgraciado”) en “Las babas del diablo” de Cortázar3 (“Si se pudiera decir:
yo vieron subir la luna, o: nos me duele el fondo de los ojos”).
No es casual que estemos hablando de patrones acuñados por escritores hombres: ¿hay alguien que no haya sentido, al leer este poema, el vago eco de una voz masculina afirmando y cantando, a través de la voz femenina, un triunfo erótico y pasional? Este claro imaginario masculino podría ser, legítimamente, el juego de una conciencia femenina, si Márgara Sáenz hubiera escrito este poema, pero ya sabemos que no es así. En todo caso, el juego de construir una identidad y un poema tiene gracia, pero no la tiene que José Rosas, tal vez por la admiración –que no diré la envidia- hacia lo que considera una gesta logradísima, se lance, 35 años después de la escritura de unos poemas, a emular la hazaña “desvelando” su paternidad compartida (con Elqui Burgos) de la versión final de esos poemas de María Emilia Cornejo. Con un ansia salvadora que parece invadirle intermitentemente para rescatar a las mujeres del feminismo “mojigato y manipulador” o “cucufato y mentiroso, y que proviene también de la “rabia” (Izquierdo, mayo 2008) -otro sentimiento que le invade al ver el perverso uso que las feministas hacen de los textos, en este caso de los de María Emilia Cornejo- Rosas desvela que ellos construyeron en realidad los tres poemas mejores de Cornejo, pero que hasta ahora, sorprendentemente, cada vez que él lo revelaba se instalaba un pesado silencio. Se sabe (lo dice Armando Arteaga) que María Emilia entregó
los poemas a Isaac Rupay, director de la revista donde aparecieron, pero pongamos que después Rosas y Burgos los “arreglaron” para convertirlos en excelentes poemas construidos por dos poetas varones. Si fuera cierto - pongamos que estructuraron, de la manera que sea, versos ya existentes-, lo evidente es que los autores se encontraron con un material más potente y resistente que el anterior, y que no pudieron escribir un poema como “Otra vez Amarilis”, en el que la presencia/ ausencia del hombre crea sentimientos de absoluta entrega y de absoluta carencia.

Pero la cosa va más allá, y el caso es que la hipótesis se nos derrumba porque los testigos del hecho son mudos: que yo sepa, Elqui calla y tampoco el otro supuesto testigo que esgrime Rosas al principio de su alegato confirma esa escritura varonil y salvadora: en él, Rosas (Rosas Ribeyro, enero 2008) parece sentirse como el que salva del caos y de la mala escritura a la pobre María Emilia Cornejo, y aparenta realizar así una operación de impostura creativa que lo convierte en autor de la versión final de los poemas que, según él, “son el resultado de un trabajo de montaje y construcción que en 1973 hicimos al alimón Elqui Burgos y yo en base a los textos que nos alcanzó Hildebrando Pérez un año después de la muerte de María Emilia Cornejo” (Rosas Ribeyro, enero 2008). Podría entonces con esto, al parecer, acercarse al envidiado “juego que Elqui y yo asumimos con el espíritu irreverente con que un
anónimo poeta peruano había creado poco antes a una supuesta poetisa ecuatoriana” (Rosas Ribeyro, enero 2008). (Aquí está el origen del bicho).
Si eso no fuera cierto, si la suposición que hacemos fuera falsa, la declaración de autoría sería una impostura del segundo tipo, la que consiste en suplantar una identidad o una obra ya existente. Pues bien: al principio del artículo que citamos, Rosas solicita el apoyo de Hildebrando Pérez, al que presenta como depositario del secreto de la autoría de los poemas de Cornejo. Pero, para su mala suerte, el profesor Hildebrando rehúsa hablar de las correcciones a posteriori y, más aún, post mortem de que habla Rosas en su alegato. Apenas se compromete a hablar del taller de poesía de San Marcos en el que los poetas se criticaban y corregían unos a otros, y concluye que “los poemas de María Emilia han crecido desde entonces ante los lectores y seguirán creciendo más sin duda alguna: es más, creo que alcanzarán alturas insospechadas al margen de las acertadas propuestas o enmiendas que en ese entonces José y Elqui le alcanzaron a la muchacha mala de la historia” (el énfasis es mío). Para insistir: en ese entonces, durante el taller; y le alcanzaron, es decir, según la tercera acepción de la palabra en el DRAE, “coger algo alargando la mano para tomarlo”, usado en sentido factitivo, es decir hacer que María Emilia coja, alargando la mano, las correcciones y comentarios. Y nada más: no hay mención a esos poemas que, supuestamente, Hildebrando Pérez

Grande les alcanzó a Rosas y Burgos para que los convirtieran en poemas logrados.
Venciendo el temor a meterme en un avispero debo reconocer que JRR tiene argumentos para todo: dice que los testigos no hablan porque no quieren reconocer que cae el mito; dice que la Carmencita Ollé le dijo que lo sabía todo... Pero evidentemente es un paranoico que encuentra razones para su locura. De lo que nadie parece darse cuenta, porque todos andamos absorbidos en otra discusión, es de que Hildebrando Pérez NIEGA lo de la reconstrucción de los poemas a partir de un cuaderno u hojas que él habría dado a ellos, y Elqui calla en el olvido parisino.

Con lo cual sus principales testigos se van al garete.
V.H.

domingo, 1 de marzo de 2015

PEQUEÑA GRAN CRÓNICA DE AMÉRICO FERRARI SOBRE E.A.W.



Emilio Adolfo Westphalen
por Américo Ferrari.

El nombre y la obra de Emilio Adolfo Westphalen, uno de los mayores poetas del siglo XX, no se puede decir que tenga hoy, a escala internacional, ni siquiera una vaga resonancia aunque se haya muerto el año pasado a los 90 años. Es verdad que los poetas por lo general no suenan ni resuenan mucho; pero es verdad también que después de haber escrito y publicado sus dos primeros libros de poemas (Las ínsulas extrañas a los 22 años en 1931 y Abolición de la muerte en 1933 a los 24 años) Westphalen dejó de escribir y publicar poesía, salvo algunos textos esporádicos. Por mucho tiempo lo único que se supo del poeta fue su silencio. Yo pude leer en 1950 los dos poemarios de los años 30 porque César Moro me los prestó; después no los pude leer más hasta finales de los años 70 cuando Ricardo Silva Santisteban me mandó fotocopias de los dos poemarios pidiéndome un comentario para la revista Creación y Crítica. En 1980 salió por fin en México Otra imagen deleznable con un puñado de poemas escritos y desconocidos hasta entonces y finalmente Alianza Editorial de Madrid se decidió a publicarlo en 1991 aunque con muchas reservas por el riesgo de no venta, y eso, gracias a la rabiosa insistencia de José Ángel Valente que acabó por tratar a los editores de analfabetos porque les estaba presentando a uno de los más grandes poetas de lengua castellana y se resistían a
editarlo. Así me lo contó el propio Valente. Y en el fondo, comercialmente, los editores tenían razón: el libro aparentemente no se vendió o muy poco y después de 11 años no creo que lo hayan reeditado. Entre la poesía publicada de Emilio, mencionaré un poemario aparte constituido por nueve textos eróticos que André Coyné encontró en una vieja carpeta que probablemente provenía de César Moro, y que André hizo publicar en la editorial Auqui de Barcelona a cargo del poeta peruano Vladimir Herrera, con el título Cuál es la risa.

Inútil insistir sobre la excelencia de la poesía de Westphalen de la que nos va a hablar Claude Couffon; hay que leerlo u oirlo leer que es también lo que vamos a hacer esta noche. Quiero simplemente hacer hincapié en que, además de gran poeta Westphalen es un excelente poetista, crítico y comentador de poesía. Sus ensayos sobre poesía y arte han sido reunidos en 1997 por la editorial Fondo de Cultura Económica en un volumen de 430 páginas donde hay trabajos memorables sobre poesía y literatura peruana, norteamericana y europea; sobre poesía hispanoamericana curiosamente no hay nada, salvo cuatro líneas elogiosas dedicadas a Macedonio Fernández y a Borges: parece como si las fronteras entre nuestros países estuvieran sobre todo ahí para cortarle el paso a la cultura de un país a otro: estos chiles, perúes y ecuadores / que miro y aborrezco, ha escrito Carlos Germán Belli. Aborrece naturalmente las fronteras, no los países y sus poetas. Una vez le hablaba a
Emilio del gran poeta venezolano José Antonio Ramos Sucre, contemporáneo de Vallejo y Girondo: Westphalen no conocía ni su obra ni su nombre.
Los principales trabajos de Emilio sobre poetas y poesía fuera del Perú versan sobre Walt Whitman, William Carlos Williams, Marianne Moore, Ezra Pound, Eliot, Herman Melville, Gerardo de Nerval (así lo escribe él), Lautréamont, Kafka, y el movimiento Dadá; pero prácticamente nada sobre poetas españoles, italianos o alemanes, salvo en un trabajo sobre Dadá, un comentario sobre Hugo Ball, director y poeta expresionista alemán refugiado en Suiza en la guerra del 14 que fundó en Zurich precisamente el movimento Dadá del que después se apoderó Tristan Tzara, y es curioso que no haya escrito, ni dicho en las conversaciones que ha tenido conmigo sobre poesía, una palabra sobre los grandes poetas expresionistas alemanes y austríacos, cuando el expresionismo alemán es uno de los movimientos artísticos y poéticos más importantes del siglo XX, y Emilio conocía perfectamente el alemán.

En cuanto a los poetas peruanos sobre los que ha escrito y que él admiraba más hay que mencionar a Eguren, César Moro, Martín Adán y José María Arguedas; escribió también un excelente ensayo sobre la obra poética de Sebastián Salazar Bondy, uno de los grandes poetas peruanos menos divulgados en el Perú, en América y en el resto del mundo, y quiero recalcar que también redactó una nota sobre un
gran poeta casi totalmente olvidado o relegado en el Perú: Luis Valle Goicochea, nacido en 1911, el mismo año que Westphalen, y muerto en 1953: su “translúcido y desolado lirismo no ha obtenido aún (...)3⁄4ni el reconocimiento debido ni la asignación del lugar que bien merece en las letras peruanas”, dice Emilio Adolfo en esa nota que data de 1978: el desconocimiento de Valle Goicochea no se ha movido, pero se puede abrigar la esperanza de que quizá lo descubran en el Perú hacia el 2050... Vuelvo a los cuatro que más quería y admiraba Westphalen: Eguren, Moro, Martín Adán y Arguedas, pero hay que decir que su en relación con Martín Adán había un rasgo particular y es la complicidad entre los dos en el culto y la devoción a la obra de Eguren y que Martín Adán ha expresado en su libro De lo barroco en el Perú. En 1985 en Lima fui a visitar un día a a Emilio: lo encontré demudado y consternado: Martín Adán estaba entonces entre la vida y la muerte y murió pocas semanas después. Westphalen me dijo: -Acabo de ir a visitar a Martín Adán: no me reconoció; al cabo de un rato me reconoció; hablamos de poesía y de pronto me dijo: -Sabes, yo no creo que Eguren haya sido un gran poeta. Este vuelco en los sentimientos de Martín Adán por Eguren visiblemente lo impresionó tanto que años después en una conferencia sobre poesía peruana que Westphalen dio en el Congreso de la República en Lima, repitió prácticamente con las mismas palabras lo que me contó a mí aquel día de 1985. Está en un volumen que reúne las conferencias dictadas en el Congreso.

He dejado para el fin la relación de Westphalen con Vallejo. Profesaba una admiración sin límites por Trilce, admiración que expresa sin reservas en su importante trabajo Poetas en la Lima de los años treinta. Para el resto de la obra tenía muchas reservas que proceden probablemente de la incompatibilidad entre la tendencia surrealizante de Westphalen donde dominan los raudales de imágenes e innegables coincidencias con la visión que tenían de la vida y la poesía los mejores poetas surrealistas, César Moro entre ellos, el ultraamigo de Emilio. Vallejo en cambio abonimaba de Breton y su grupo surrealista, a juzgar por una nota demoledora sobre los surrealistas y su jefe que publicó en 1930 en la revista Amauta y que se titula, si mal no me acuerdo, “Un cadáver”, o sea Breton. Visiblemente lo que menos tragaba Westphalen en Vallejo era su patetismo humanitario y el aspecto religioso, podemos decir incluso católico, de su poesía. Discutimos sobre eso más de una vez, hasta que me mandó una carta en la que hablando de Vallejo, me decía: “No me podrás negar que no se puede ser impunemente nieto de dos curas españoles”. Impunemente, desde luego, no. Y Vallejo efectivamente era nieto de dos curas españoles y de dos indias chimú, aparentemente “sobrinas” de esos curas: su punición por parte de abuelos...

Termino con unas palabras sobre la mudez o silencio empecinado que se solía achacar al poeta presentado como
una persona que no despegara los labios ni para conversar, lo que es totalmente falso. Recuerdo haber leído un comentario tonto de Unamuno sobre las Hurdes, ese pueblo español conocido por su pobreza sobre el que Buñuel hizo una película. Dice Unamuno: “Dicen que los habitantes de las Hurdes no comen. No es verdad: yo los he visto comer”; sobre Westphalen yo podría decir lo mismo: Dicen que no hablaba: es falso, yo lo he oído hablar... Era simplente una persona lacónica y reservada que evitaba abrir la boca para decir cualquier tontería, especialmente, pienso, en reuniones de amigos tontos o donde hubiera un tonto hablador: -¡Y cuánta reunión de amigos tontos / Y qué nido de tigres el tabaco! – dice Vallejo en uno de sus poemas de París. Ernesto More en su libro César Vallejo en la encrucijada del drama peruano cuenta que una vez Víctor Raúl Haya de la Torre visitó París y sus amigos peruanos le ofrecieron una cena. Haya de la Torre se levantó para un brindis y se lanzó en un discurso inacabable; en una pausa Vallejo le dio una palmada en el hombro y le dijo – Hermano, toma tu vino y cállate. Vallejo y Westphalen: dos lacónicos.

Para terminar, y sobre el mismo tema, dos anécdotas de Emilio: una vez lo invité a cenar en Ginebra con un argentino que quería conocerlo y que era un hablador impenitente y no paró de hablar durante toda la comida. Westphalen no despegó los labios y cuando el argentino se fue, los despegó y dijo: -Américo, este hombre es peligroso.

Y la segunda que me contó, creo, Lucho Loayza u otro amigo peruano: cuando Emilio trabajaba en la ONU en Nueva York compartía la oficina con un español fornido y desenfadado que cada mañana, cuando entraba en la oficina, saludaba a Westphalen dándole una enérgica palmada en el hombro: -Hola Emilio. Hasta que un día al acercarse el español levantando la mano, Emilio se levantó, pálido y rígido, y le dijo: -Si usted me toca, lo mato.

Y ahora me callo yo. 

lunes, 9 de febrero de 2015

PALABRAS DE HELENA USANDIZAGA A LA PARTIDA DE ANDRÉ COYNÉ.

En la foto André Coyné con el portugués Mario Cesariny.

ANDRÉ COYNÉ

No recuerdo sí conocí a André Coyné en 1975, cuando estaba en Lisboa, pero creo que fue más bien ya hacia los 80, en Barcelona. Sí que recuerdo nítidamente nuestra primera tarde de conversación, junto con Vladimir Herrera: Coyné era un conversador amable, enciclopédico en algunos temas, seductor y travieso. Mi admiración por él y por su conocimiento de Vallejo, de su poesía sobre todo, y también de Georgette, de los vallejistas y el vallejismo y los infinitos chismes y chistes de las sectas iba en aumento hasta que una boutade suya nos hacía volver a todos a tierra. También tenía un lado gruñón y autoritario que en el fondo resultaba muy gracioso. Unos años más tarde traduje su libro Fe de errores al castellano, un precioso libro que publicó Vladimir Herrera en su editorial Auqui, en 1989, y vino a Barcelona por unos días para trabajar conmigo en la traducción. Como que por entonces ya éramos amigos, disfrutamos mucho esos días de discusiones lingüísticas, pero nos peleamos bastante: él se mosqueaba con mis imprecisiones al traducir ciertas cosas del francés, bufaba indignado, y yo por mi parte le juraba que en castellano no se puede decir “Es por esto que...”, que ni soñara con hacérmelo escribir, y cosas así. Recuerdo que pensamos y discutimos mucho sobre la frase “La vie s’y entend à noyer le poisson”: noyer le poisson viene a ser algo así como marear la perdiz, pero al final lo más ajustado nos pareció “La vida sabe mucho de dar largas al asunto”. Ahí, al
traducirlo, me di cuenta de que ese aforismo contenía una terrible verdad que muchas veces, después, he comprobado. Coyné también autorizó a Auqui para hacer una edición de La tortuga ecuestre, de César Moro, y además le entregó a Vladimir Herrera, para su publicación en 1989 bajo el título Cuál es la risa, unos poemas que cuarenta años antes le había dado Emilio Adolfo Westphalen para que vieran la luz en alguna publicación española, cosa que Coyné cumplió, si bien tantas décadas después, tras hallarlos inesperadamente entre sus papeles. 
También recuerdo una mañana, en realidad eso se repitió, en que fuimos juntos a la Universitat Autònoma de Barcelona para que él diera una conferencia a mis alumnos sobre César Moro. Me preguntó, falsamente temeroso, si no se habrían escandalizado los chicos porque leyó el poema “Antonio” y porque contó la anécdota que está tras el título de La tortuga ecuestre, la de las tortugas copulando de manera arcaica y tremebunda que había visto Moro en un parque de Lima. En realidad, nada le hacía más ilusión que haberles sacudido y escandalizado un poco, pero yo le dije que no creía: nunca lo supe, y tal vez sí podía haberse dado por satisfecho con la provocación.

Coyné, muy joven, en 1948, había prácticamente huido de la terrible Europa de la postguerra, fría y gris y transida de muerte, para llegar como profesor de francés a Lima, donde encontró que el gris tenía otros matices y que todo
le reenviaba a la vida, y donde sobre todo conoció a César Moro y fue iniciado en el Perú gracias a un guijarro que rodó por los acantilados de Lima mientras bajaban al mar Coyné y Moro, guijarro que le dio en la frente y le abrió una brecha que jamás se cerraría: el amor por el Perú y el conocimiento de su fuerza.

Su comprensión de la poesía de César Moro no se basaba solo en su capacidad de recordar historias que están tras los poemas, ni mucho menos, sino que era un conocimiento profundo del universo de Moro, del que fue amante, amigo y albacea testamentario. La difusión de su obra, el hecho de que Moro tenga un lugar importantísimo en la poesía peruana, le debe casi todo a Coyné y a su incesante trabajo.

En Barcelona también pasó por una iniciación, más tardía y prosaica: se cayó por las escaleras mecánicas del metro de Lesseps y se abrió la cabeza con una brecha, profunda también, que le curaron con muchos puntos en el hospital de la Esperanza y luego en el Hospital de San Pablo –le acompañamos Juan del Solar y yo-, donde se las arregló para seguir conversando desde la camilla en la que pasó la noche en el pasillo de urgencias de San Pablo. Los médicos en prácticas, fascinados, se peleaban por cuidarle y uno de ellos me dijo que nunca había conocido a un crítico literario, y que ahora ya sabía cómo eran, aunque yo pensé


que en realidad no sabía nada de cómo son los críticos literarios si había concluido que eran como Coyné.

Teníamos la costumbre de llamarnos por teléfono: toda una tarde de chismes, lamentos, risas y reflexiones filosóficas, pero en algún momento, que no sé cuándo fue, dejamos de hacerlo. La última vez que le vi en Barcelona volvía de Perú y me pidió que le fuera a buscar a la estación de Sants porque estaba cansado y desorientado, pero esa vez no tuvimos mucho tiempo para conversar.


Siempre pensé en recuperar nuestras tardes de risas y llantos aunque fuera por teléfono, esas conversaciones en las que sabía pasar de la travesura provocadora y el egocentrismo a la empatía y la complicidad, pero nunca lo hice, porque nunca hallaba el tiempo, y ahora ya nunca lo podré hacer. La vie s’y entend à noyer le poisson: la vida, es cierto, sabe mucho de dar largas al asunto. 
Helena Usandizaga.